jueves, 29 de diciembre de 2011

Árboles con tronco pintado de blanco, Juan Antonio Bernier

Supe de Juan Antonio Bernier hace años por algún amigo en común ya mencionado en este blog. Un joven poeta joven, parafraseando uno de sus poemas. Joven pero ya semiconsagrado. Descendiente de Juan Bernier (recientemente editado en Pre-textos) que por entonces algo tenía que ver con Cabra y yo estaba en Lucena. Lo vi allí mismo, en Lucena, con motivo de unas jornadas sobre orientalismo organizadas por el multiusos Manuel Lara Cantizani, todo un derroche verbal. Y percibí el magnetismo que lo acompaña, que lo precede. Chaqueta de cuero negra, pelo descuidado, largo y formando bucles. Manos en los bolsillos, porte setentero. Parecía Lou Reed. Fue visto y no visto, como un buen rockero.

Lo conocí hace algo más de un año en la última edición de Cosmopoética. Yo iba invitado por Fruela, se supone que con el visto bueno de Bernier, y allí, antes del recital, nos tomamos una cocacola en la terraza de un bar. Creo que nuestra conversación se limitó a esto:

YO - No te pude mandar mi libro porque me pusiste una dirección en la que ya no estabas.
ÉL - Ya, ahora estoy en Bulgaria.

Fruela dijo algo y ahí se terminó. Yo había leído 'Así procede el pájaro' y me habían gustado mucho los primeros poemas; alguno de ellos, creo que el primero, me recordaba a uno esos versos que no salen de la cabeza durante un tiempo. Era de Andrade.

Hace poco tuve noticias de la publicación de su segundo libro también en Pre-textos. Tan sólo su segundo libro. Quizás sea el buen consejo o quizás la buena contención, pero tener más de treinta años y haber públicado sólo dos libros es todo un logro. Los dos en Pre-textos. Y los dos con el suficiente eco para no pasar desapercibidos. De este segundo leí una entrevista a Martín López-Vega donde decía que era un libro "tonto de remate":

"Me ha puesto de mal humor. Si uno quiere aprender a distinguir con facilidad sencillez de simplonería, profundidad de pose, probablemente en ningún libro lo vaya a tener tan fácil como en este. Ofende en este libro la pose: para Bernier escribir un poema es hacer algo "bonito". Así que estos poemas son como cuadros comprados en Ikea. Casi se salvan los poemas que se fían al chiste final, cuando el chiste tiene gracia. Inane, lleno de giros que alguno dirá juanramonianos pero que son cien por cien de la moda del tiempo ("Nuestras voces, una a una"), cuando no estupideces como "Un joven profesor joven", que ofenden por su pretendido esteticismo burdo, trasnochado y simplón. Y ofende doblemente porque sabiendo como sabe uno que Bernier no es tonto, ni mucho menos, no entiende cómo puede haber escrito un libro que es tonto de remate."

Desconozco si hay rencillas personales de por medio o si simplemente está diciendo lo que piensa. Diría que lo segundo. Después leí unas palabras de Juan Andrés García Román a propósito de la poesía de Bernier. Leer a Juan Andrés, hable de lo que hable y diga lo que diga, siempre enriquece. Habla del neosimbolismo del primer libro pero apenas toca el segundo. Y hace unos días me compré el libro y lo leí. Y entendí. Es un libro arriesgado que lleva al extremo un modo de hacer poesía.

El libro está publicado en la colección La cruz del sur de Pre-textos, donde publican Atencia, Segovia, Juárez, García Marruz o Gimeno. Sin duda es una apuesta. Y toda apuesta implica un riesgo. Será ese magnetismo que desprenden ciertas personas el que hace que, casi dos años después, aún me gustaría enviarle mi libro. El poema que copio me parece el mejor del libro. El que mejor enlaza con aquellos primeros poemas de Así procede el pájaro y el que más me gusta.


Como estar abrazados.
Uno se siente,
no sé,
como lleno por fuera.

Y hay un ritmo en la calle
que sigue sin nosotros,
y el día pasa así
aunque no nos afecta
porque eres hermosa

y mi belleza tiende hacia la tuya.

Ahora ya lo sé,
te he comezado un poema
y lo escribo despacio
cuando estamos aquí,
en el hueco entre nosotros.

"No sé, quizás, supongo, pero",
Juan Antonio Bernier

martes, 27 de diciembre de 2011

Una belleza vulgar, Damián Tabarovsky

Leí hace tiempo sobre este libro aquí y he tenido varios meses el título revoloteando en mi cabeza hasta que un día me decidí y lo pedí en amazon. Ahí comenzó un lento y laborioso -inconstante- peregrinar por sus páginas. Una belleza vulgar se llama. Me gusta la sinceridad, así en general, y por eso me gusta que en la contracubierta se advierta claramente de que este libro no va de nada. (No como en Vidas ajenas, de Carrère. Tras los elogios grandilocuentes y autocomplacientes que lo precede, bastan 40 páginas para abrir la boca y soltar un sumario pffff. Lección: el valor real de un libro puede ser inversamente proporcional a los (auto)elogios que contiene aquí o allí. Lección de humildad.) En efecto, el libro no va de nada. Bueno, va de algo muy insignificante: una hojita que cae. Ya está. La hojita cae por una calle argentina y nadie la mira, nadie sabe de su existencia, no sirve de nada su historia. ¿No sirve de nada su historia y ninguna historia? Quizá una historia sin importancia puede ser también una historia extraordinaria. Y puede que exista también los sublime de la nada, de lo trivial, lo repetido. Nuestra época sería la época de los discursos laberínticos, reformuladores, reiterativos, vacíos. Tenemos en la esquina grandes contenedores para reciclarlo todo y narramos una y otra vez lo mismo hasta convertirlo en nuevo. Mientras, una hoja cae en el desinterés del mundo. Nuestra sublimidad es ser precarios, son las ruinas, una existencia destinada al olvido. K mirando la vida desde debajo de una mesa. Es la hora de lo bajo, lo menor, lo pequeño. Ahora la belleza es el esqueleto de la belleza. La hojita cae sin que nadie se dé cuenta de que el abismo está ahí. Aviso: se necesitan dosis de voluntad para leer el libro. Y algo de estética, teoría literaria o filosofía. Siempre es más fácil llamar a un libro De vidas ajenas y que la crítica lo alabe y que se venda. Lo difícil es escribir un libro que no vaya de nada, que pasen de él y que te dé igual. El primero se lleva el dinero y el segundo nada. El primero todo y el segundo nada. En eso consiste lo sublime hoy, en no acabar como acaban todos. Todos los que pueden, claro.

lunes, 12 de diciembre de 2011

El discurso vacío, Mario Levrero

Los motivos de lectura de un libro son variados. Unos los leemos porque llevamos tiempo con la idea, otros sencillamente nos persiguen, y los hay que se hacen los encontradizos en una librería. El discurso vacío pertenece a este último caso: el de los encontradizos. Fue en la Antonio Machado, la del Círculo de Bellas Artes, y estaba en la sección de novedades-guay, creo. Venía avalado por dos recientes aciertos en Caballo de Troya, así que lo cogí, lo giré y leí la contracubierta:

«Cuando se llega a cierta edad, uno deja de ser el protagonista de sus acciones: todo se ha transformado en puras consecuencias de acciones anteriores. Lo que uno ha sembrado fue creciendo subrepticiamente y de pronto estalla en una especie de selva que lo rodea por todas partes, y los días se van nada más que en abrirse paso a golpes de machete, y nada más que para no ser asfixiado por la selva; pronto se descubre que la idea de practicar una salida es totalmente ilusoria, porque la selva se extiende con mayor rapidez que nuestro trabajo de desbrozamiento y sobre todo porque la misma idea de ‘salida’ es incorrecta; no podemos salir porque al mismo tiempo no queremos salir, y no queremos salir porque sabemos que no hay hacia dónde salir, porque la selva es uno mismo, y una salida implicaría alguna clase de muerte o simplemente la muerte. Y si bien hubo un tiempo en que se podía morir cierta clase de muerte de apariencia inofensiva, hoy sabemos que aquellas muertes eran las semillas que sembramos de esta selva que hoy somos.»

Dentro del libro sigue así:

«Sin embargo hoy vi, hacia la caída del sol, el reflejo de unos rayos rojizos del sol en unos ladrillos de cerámica barnizada, y me di cuenta de que aún estoy vivo, en el verdadero sentido de la palabra, y de que aún puedo llegar a situarme en mí mismo: todo es cuestión de encontrar cierto punto justo, mediante cierta voltereta espiritual; no puedo evitar la maraña de consecuencias, no puedo pretender ser el protagonista, otra vez, de mis acciones, pero sí me es posible rescatarme dentro de esas nuevas pautas, aprender a vivir otra vez, de otra manera. Hay una forma de dejarse llevar para poder encontrarse en el momento justo en el lugar justo, y este ‘dejarse llevar’ es la manera de ser el protagonista de las propias acciones ––cuando uno ha llegado a cierta edad»

Así que uno se embarca en la lectura del libro esperando encontrar esta intensidad. Esperando apabullarse de lo etéreo cotidiano. Pero va pasando las páginas y a duras penas se obliga a coger el lápiz y subrayar esta o aquella línea donde se entrevé algo. Dobla una página como certificación de que ha leído el libro y que encontró cosas interesantes. Pero no es suficiente, dónde está la selva, dónde está el desbrozamiento, se pregunta. La respuesta: al final, en las dos últimas páginas.

No me arrepiento de haber leído este libro. De hecho, a medida que su recuerdo me queda más borroso lo voy apreciando más. Encuentro en él algunas de las pequeñas manías diarias. Y esa caída y reconstrucción del yo, ese obrarse el mundo o el infierno cada vez que abrimos una puerta o sostenemos una taza. Estar buscando el centro, la estructura, cuando de pronto oímos al vecino a través de la pared. Me queda la frustrante sensación de que esconde más de lo que muestra. Y de que Mario Levrero habría sido un buenamigomío, de esos con los que nunca se habla, con los que se pierde el contacto, de los que no sabes absolutamente nada.

sábado, 10 de diciembre de 2011

¿Por qué hay que leer El niño perdido, de Thomas Wolfe?

1. Porque hace tiempo que no me emociona tanto la belleza de la escritura. 
2. Porque pocos han expresado tan bien en qué consiste el fracaso de la memoria.
3. Porque habla del Tiempo.
4. Porque es un manual de cómo se hace una descripción literaria.
5. Porque de no hacerlo sería imperdonable.


  «Digamos simplemente que era América, que era el Sur. Familiar como los vientos de marzo, como una garganta irritada, como la nariz cuando te pica, como el barco colorado lleno de paja y desolación. O como abril, abril y un enamoramiento salvaje. Digamos que era simplemente todo esto, escueto, desolado, como un bizcocho, adorable, lírico y maravilloso. Digamos simplemente que era difícil de explicar. América, viejos ladrillos con aspecto de bizcocho, un almacén y abril. Y el Sur.»

  «Y ese hombre ahora sabe que él mismo es apenas un átomo sin nombre, un átomo perdido en el vacío, una cifra irrisoria y llena de polvo que gira alrededor de un tiempo incontable, y que todos los sueños, la fortaleza, la pasión y la fe en la juventud han acabado por marchitarse.»



*El niño perdido. Thomas Wolfe, Periférica, 2011

jueves, 8 de diciembre de 2011

Hemos venido aquí para nacer

Ayer conocí a Lorenzo Plana. La primera noticia que tuve de él fue a través de Juan Andrés García Román, quien me recomendó su libro Ancla como uno de los mejores libros de poesía de los últimos veinte años. Ahora, varios años después, puedo decir que ha influido enormemente en mi manera de escribir. Cuando tuve en las manos mi Carretera blanca le pedí a Juan Andrés su dirección y se lo envié. En respuesta recibí una carta manuscrita que transmitía algo tan intangible como la ternura. Ayer, en la presentación del libro La adoración (DVD) de Juan Andrés, tuve la oportunidad de conocerle. Descubrí algunos de esos detalles que nos sirven para recordar a las personas. Es bastante más alto que yo y pierde la mirada mientras cuenta algo con un hilo de voz que obliga a acercar el oído -y que de paso permite a su interlocutor escudriñarlo sin reparos. La conversación fluía despacio pero en crescendo. Nos contó que solía ver vídeos de David Bowie y de los Beatles en youtube. Pero creo que el mejor momento de la noche fue cuando, de improviso, nos hizo un truco de magia, el mismo truco de arrancarse el dedo que yo hago a los niños pequeños. Sin avisar, mientras hablábamos de música, lo hizo. Encuentro en Lorenzo Plana la misma ternura que en sus poemas. O dicho de otro modo, lo mejor de su poesía es que es la expresión sincera de un persona entrañable. Y que nos hiciera ese truco de magia infantil tiene mucho que ver con la maquinaria de su poesía: pesada y liviana a un tiempo. Después yo me fui a dormir y él se quedó. Claro, se quedó como se quedan sus versos. Sentado en un taburete, chaqueta de cuero negro, mirada observadora y un truco de magia en la recámara.


[Escrito el 31 de noviembre de 2011]