domingo, 8 de enero de 2012

Cartas a Emma Bowlcut, Bill Callahan

No todos tenemos la suerte de ser Bukowski o de tener padres alcohólicos y poder contarlo después. Aparentemente Bill Callahan tampoco. Pero Bill Callahan es un músico underground que mola, mola en el sentido auténtico, como los que graban sonidos guturales en casa y luego los venden. No sé si imaginármelo a lo Daniel Johnston o más bien a lo Mourinho. No sé, quizás sea una mezcla de ambos. Pero sus padres fueron language analysts for the National Security Agency, qué se va a rascar de ahí. El caso es que a Bill Callahan se le va la pinza y es capaz de escribir esto: “Tu respuesta llegó como un molusco que una gaviota hambrienta hubiera dejado caer. Acaso la gente todavía cocina berberechos”. Y lo mejora: “A tu carta se le enrolló el pelo”. Y aún mejor el final de esta carta número dos: “Estoy deseando que seas mi eslabón perdido. Tu carta encajó en la cerradura de mi vida como una llave. Gírala”.

Alguien que escribe esto no necesita saber escribir. Bill Callahan no escribe: enlaza, enrama o envisca imágenes como saltos de liebre. Hace conexiones deslumbrantes. Hace rizoma. Un ejemplo: “Necesito una copa de vino al final del día. Luces de Navidad para el cerebro. En tiempos de paz contemplamos gaviotas. No quiero destruir nada”.

Son 62 cartas que el protagonista sin nombre escribe a una chica que ha conocido en una fiesta y con la que sólo ha intercambiado unas palabras. No me queda claro en qué tiempo viven ni a qué se dedica el protagonista, que por momentos se diría que está interno en un sanatorio. El de su mente. Y bendito sea: “Tus ojos eran la habitación. El tren inferior de tu cuerpo era como el río Mystery. Y tu voz era muchas voces distintas”.

El chico está solo. Y le gusta el boxeo. Y escribe cartas como si tendiera camisetas lavadas o su soledad: “Eres mi taza favorita de acampada, mi mástil, mi bandera perfectamente plegada”. Pero la trama es lo de menos. Lo bueno, lo desbordante es el exceso asociativo, imponente, brillante, con el que Callahan va ordenando el caos, reproduciendo el libre fluir de su conciencia, torrencial pero sutil. Monstruos con lacitos.

Cinco años tardó Callahan en escribir este libro que se lee en una tarde. El ‘estilo Gimeno’, la ‘locura Mestre’ o la ‘poesía Levé’ están aquí y deben de ser algo como cuando, por arte de magia, Hamlet aparecía en el Cide Hamet, al final todo es lo mismo.

Escribir y escribir como rehabilitación de uno mismo. El protagonista tiene la autoestima por los suelos, está aislado, no participa de las costumbres sociales o familiares y ni siquiera cree en la validez del lenguaje para expresar lo que piensa. Le gusta ir contra el establishment, ser el aspirante y no el campeón. Todo es fracaso: “Si las palabras son una divisa, entonces todo lo que tengo es calderilla”.  

Es entrañable ver cómo se desarma y confiesa: “Necesito un poco de cariño del bueno, pellizcar un culo prieto en tejanos, a ser posible”. Uno cree que va a leer una novela y resulta que es algo epistolar que acaba siendo poesía: “Hay una constelación que me recuerda al hueso de tu cadera. Creo que estoy intentado acercarme a ese chorro de luz. […] Puedo sentir la forma en que tus caderas encajarían en mis manos perfectamente, como la culata de un rifle de toda la vida…

Y el miedo: “No dejes que me meta solo en ese oscuro agujero”.

Un libro muy Alpha Decay, muy Tao Lin. Humor, (in)trascendencia, aislamiento, necesidad. Un corazón ineficaz pidiendo ayuda es este libro.

martes, 3 de enero de 2012

La adoración, Juan Andrés García Román

"En algún estado de conciencia individual lo bello eclipsa todo lo demás, y el tiempo y la pérdida."


Recuerdo estar hablándole en San Juan de Dios o en Obispo Hurtado. Era otoño y había carritos de bebé, escaparates luminosos y una vendedora de castañas asadas en la esquina con Puentezuelas, pero -ahora lo sé- él pensaba en ornitorrincos y en frutas híbridas a los que en mitad de la calle daba vida con su lápiz y su libretilla. Yo lo entendí y asumí con entereza el proceso de juanandresación: me había comprado una libretilla y un lápiz pequeño. Y esperé a los ornitorrincos.


Expósito, acompañado del sherpa, emprende un incierto viaje; una mañana despierta y encuentra a su lado unas tijeras abiertas. El sherpa abre la palma de su mano y deposita en las manos de Expósito las mondas de sus uñas, diciendo:


"por si un día no puedes ver la luna".


Habla Fruela Fernández de una dimensión García Román y no puede ser más cierto. Juan Andrés escribe y habla (y viste) desde la genialidad. Quien lo conoce, lo sabe. Apenas hace unos meses que se presentó su libro en la librería Rafael Alberti de Madrid y ha tenido tiempo para aparecer en algunas listas de lo mejor de 2011. Esto deja claro 1) la expectación que produce este hombrecito con corbata que escribe escribe escribe y 2) lo rápido que prende la mecha de La adoración. Pura dinamita emocional.


"También la infancia fue vivida y no tuvo un final. Igual que tú, prometió algo que no coincidía con la vida. ¿Y se fue? ¿Y te fuiste?"


La poesía no está en los libros. Nadie enseña esto en ninguna facultad de ninguna licenciatura. Estas cosas no se enseñan, se aprenden. Juan Andrés recorre "campos semánticos emocionados", como Abraham Gragera, otro que sabe de qué va esto. Juan Andrés sabe de qué va esto: somos las personas que amamos.


"... Y obra del mismo modo con tus recuerdos. Una huella ha de olvidar si se debe a algo que fue o a algo que será. Si cavas en la huella de un pie encontrarás el pie enterrado y podrido. Pero en vez de cavar, síguela, el destino de la huella es convertir su origen en meta [...]. Los sentidos son pinceles para pintar la flor. Los lápices no dicen lo que son, sino el color del Tiempo".


La adoración tiene cosas de los Cuentos jeroglíficos, de Horace Walpole ('CAPÍTULO 8. UN NOBLE CON GORGUERA Y SU GALGO CON COLLARÍN DE VETERINARIO CONTEMPLANDO UN PAISAJE DESAPARECIDO') y de las greguerías de Gómez de la Serna ('CAPÍTULO 9. THE GAP [ÉL ME LO CONTÓ - EL MELOCOTÓN]'). Y lo tiene en los mismos títulos de cada capítulo, títulos-poema a lo Luis Rosales. Algunos me recuerdan a aquel cuento de Walpole sobre un rey con tres hijas de las cuales la menor no existía; organizó un concurso para buscarle novio y el ganador fue un príncipe muerto, claro. Pero La adoración tiene algo más y es el filo cortante de una verdad, ese vuelco de la palabra a la emoción del lector cuando no se lo espera:


"De acuerdo, estaba el mundo. [...] Debía emplearme en él, y entonces ¿buscar otra lógica sin ti o, quizás, hacia a ti como una adoración? Bueno, aquella era la forma en que yo me relacionaba con el mundo tras perderte..."


El mejor Juan Andrés, el que divaga -ojo, sin perder el hilo- evocando, por ejemplo, el primer encuentro del amor, se acerca tanto a Cortázar que es pura diversión y goce de leer. Pero no olvidemos que, aunque quiera hacer reír (tragegegedia), es una tragedia. Eso no se pierde de vista en ningún momento. Todo está bien hilvanado hasta la cima onírica del encuentro con el padre. Ahí ya no hay retórica, imágenes o metáforas que valgan. Ahí está el hombre y su dolor. Y punto.


“... moriré, moriré simplemente, lo heredé de ti.”


Me ha sorprendido la capacidad narrativa (la lírica ya la conocía). Hay pasajes realmente portentosos como el episodio del suicidio invertido del filósofo autista. Por momentos es trepidante como una aventura de Tintín o del niño-scout gafotas de Up o como Atreyu en La historia interminable o el alucinado viaje de Chihiro o, por qué no, los simpáticos acompañantes en El mago de Oz. (No extrañaría en absoluto que un día pudiéramos ver la historia de Expósito con gafas 3D en una sala de cine.) El lector se siente incluido, acogido y llevado de la mano por este camino de baldosas amarillas en la estación roja.


Y, de pronto, Juan Andrés lo hace con maestría: sosiega la acción y nos vuelve a hundir la mano en el bolsillo para darnos otra tristeza:


"La historia, mi historia. Recuerdo cómo fue la infancia en el cuerpo de un niño gordo. [...] También recuerdo que murieron juntos mi padre y la infancia. Pero trajiste otra de repuesto. [...] Eso eras tú, una reparación, un amor. [...] sí, te amé, pero también me serviste de parapeto cuando yo seguí en pos de esa ciencia incompleta y urgente de lo hermoso. Quizás no fuiste uno más de mis cromos; tal vez el álbum, no lo sé. Pero había sido yo, yo el que nos abandonó".


El sueño debe terminar. Aparece la pequeña ciudad. Allí está Expósito y allí estamos. Lo miro escribir en su libretilla, esta vez marrón aunque luego será amarilla y tendrá goma elástica. Yo no sé si decírselo entonces, volver atrás y comentarlo así sin importancia, entre el ruido de los coches y los transeúntes que pasan de largo junto a los escaparates, decirle que ha escrito el libro más conmovedor sobre el amor y la pérdida que yo he leído en mucho tiempo. Creo que nos despedimos cerca de su casa, frente al Sancho, con un abrazo.


"Yo que convertí la vida en una adoración, yo que te tuve -una niña, la niña-, pero en lugar de amarte perseguí la profesionalización de la infancia".