viernes, 30 de marzo de 2012

Una ausencia planetaria

Thomas Wolfe (1900-1938) va colocando sus palabras como si en cada una de ellas quedara descompuesto el universo, con un brutal sentido de lo irrepetible. Este Big bang emocional que nos propone en sus libros, tan cercanos a la autobiografía lírica como a la confesión elegíaca, viene a sugerirnos que el mundo es un lugar que nos pertenece en la medida que nosotros mismos: nada. El hombre es ‘ese viejo que se hace llamar inventor y que no inventa nada’; también el escritor, eterno retorno de todas las vidas que van a dar al bolígrafo, que es el morir.
La editorial Periférica publicó El niño perdido en 2011, cosechando un buen puñado de críticas favorables, y con justicia, ya que aquél fue posiblemente uno de los mejores libros del año. Ahora publica Una puerta que nunca encontré, aunque es lo mismo porque en cada uno de sus libros Wolfe extiende su soledad sobre una mesa de operaciones. El primero era un desbordado canto fúnebre a la pérdida de la infancia que martillea con la muerte prematura de su hermano Grover a los doce años; este segundo ahonda en esa soledad no elegida, sino recibida como designio o castigo, que sobrevuela aquí igual que un carroñero sobre la pieza de nostalgia que no se descompone: la pérdida del padre.
Aunque en Una puerta que nunca encontré Wolfe no alcanza siempre las cimas de lirismo emocionado, apabullante y perturbador de El niño perdido, sí que consigue volver a disecar una emoción muy viva a través de un lenguaje exacto y minucioso, por momentos casi iluminado. Wolfe es un hombre sin esperanza, hasta el punto de tener que inventarse la carta que en sueños le escribiría su padre para darle ánimos, y esta operación de escritura terapéutica y conciliadora con el mundo es de una tristeza absoluta, un canto a la vida desde la muerte.
Dijo Faulkner que Thomas Wolfe era el mejor escritor de su generación. Desde aquí solo podemos agradecer a Periférica que nos haya acercado la voz de este hombre solitario que parece contener la tierra entera y cuya lectura recomendamos por una cuestión de esperanza: su trabajo consiste en intuir lo invisible, mostrárnoslo y volver a dejarlo oculto.

“… cruzando la tierra yerma y gris de una especie de ausencia planetaria, donde no había sombra ni refugio ni cobijo, donde no había lugar para descansar, ningún dormitorio, ninguna puerta para acceder a él, y donde, cada vez más exhausto, estaba obligado a bracear a ciegas, y para el resto de mi vida, por aquella enorme ausencia”. (p.84)




Esta reseña se publicará en Tendencias21

sábado, 17 de marzo de 2012

Essex County 1, Historias de la Granja, por Jeff Lemire

La primera parte de la trilogía Essex County nos cuenta la historia de Lester, un niño de diez años que crece en un pueblo agrícola de Canadá. Lester acaba perder a su madre y ahora vive con su tío, con quien mantiene una relación distante. A Lester le gustan los cómics y viste una capa y un antifaz con los que se ayudará para llevar a cabo la misión de salvar el mundo de un inminente ataque alienígena. Sin embargo, esa capa y ese antifaz significan mucho más: son la cortina que tapa lo que hay al otro lado de la infancia. Y al otro lado de la infancia, como sabemos, está la vida, de la que nos conviene estar bien resguardados con la ayuda de nuestros sueños. 


Historias de la Granja (Astiberry, 2007) nos acerca, a través de unas viñetas con trazo duro pero sensible, a un mundo que, a pesar de la lejanía -al otro lado del Atlántico-, nos conmueve como un golpe seco bien adentro.


Jeff Lemire (Canada, 1976) es escritor y dibujante de cómics.  

jueves, 15 de marzo de 2012

El origen del mundo, Pierre Michon

Aunque la traducción al español este mismo año ha decidido llamarlo El origen del mundo (Anagrama, 2012), Pierre Michon publicó este libro, originalmente titulado Le Grande Beune, en la editorial Verdier en 1996, cuando el autor contaba con cincuenta y un años. 

En él da voz a un maestro de veinte años que va a trabajar a la escuela de Castelnau, un pequeño pueblo de la Dordoña, y su obsesionada pasión oculta por la madre soltera que atiende un estanco. Michon se introduce en la piel del joven maestro con una intensidad tal, que resulta perturbadora la capacidad de evocación casi carnal de sus palabras. La minuciosidad de sus descripciones, con una prosa madura e hipnótica, hace que el lector sienta como propio el latir de la sangre que se agolpa en las mejillas de la estanquera al volver de sus enigmáticos paseos por el campo. Uno acaba entendiendo —y haciéndose cómplice— de su obsesión por esas medias de nailon, tan humanamente y de la misma manera en que adoptamos el viaje que el profesor Humbert describía desde el borde del paladar hasta el borde de los dientes para pronunciar su —nuestra— Lolita

Por las 83 páginas de este inmenso libro, en el que no sobra nada, se pasean la sensualidad de Nabokov, el amor telúrico de Neruda, el redoble ancestral y prehistórico de Carpentier o la gracia iluminada de Gabriel García Márquez

Una lección de cómo hacer gran literatura sin necesidad de inventar supercherías y sin caer en manoseados tópicos; de los extremos de precisión y evocación a los que puede llegar el lenguaje que convierte la lectura en toda una experiencia sensorial; de cómo una historia a priori trivial puede atraparnos con algo tan antiguo como inusual: el arte de seducir con las palabras. 

Ochenta y tres páginas que se degustan casi dolorosamente, con el sufrimiento clandestino del que roza una mano que nos entrega un paquete de Marlboro desde el otro lado de un mostrador: “Se volvió, se le vio la axila cuando alzó el brazo hacia sus estantes, y la mano franca, suavísima, ensortijada, se me abrió ante los ojos llevando en la palma el paquete rojo y blanco de Marlboro”. (p. 21) 

Un poblado con un río (el gran Beune del título original), un poblado rodeado por senderos que se pierden entre nogales y piedras castigadas por juncos, un poblado que bien puede existir o no, es el escenario perfecto para hablarnos del misterio de la vida, del origen del mundo que está contenido en la ternura y la brutalidad de nuestras pasiones, a las que Pierre Michon apela tocando las teclas justas. Léanlo. 

“…la lluvia que sólo cubre el mundo para que podamos ver en su lugar nuestros sueños, la saciedad de nuestros sueños detrás de esa cortina gris donde todo está permitido” (p. 80).  



Publicado en Tendencias21

La adoración, Juan Andrés García Román 2.0

“Si yo muero, ¿«esto» puede no haber sucedido?” Esta pregunta atormenta a Expósito, el personaje protagonista de La Adoración que nos invita a emprender un nostálgico viaje hacia un pasado-futuro. Aunque es un viaje solitario, Expósito no lo va a recorrer solo: cuenta con la compañía de sus amigos, los personajes secundarios de esta deslumbrante historia; pero, sobre todo, cuenta con un seguro de vida contra el abandono: sus recuerdos.
La Adoración, (DVD Ediciones, 2011) libro con el que Juan Andrés García Román (Granada, 1979) está obteniendo el reconocimiento unánime de la crítica, viene a refrendar lo que ya apuntaba El fósforo astillado(DVD Ediciones, 2008): que nos encontramos ante una de las voces más originales y con más talento dentro panorama poético español.
Juan Andrés hace buenas las palabras de Chéjov cuando decía ‘si quieres ser universal, habla de tu aldea’. Su aldea no puede ser más reconocible: la pérdida. El viaje alucinado y entrañable que Juan Andrés inventa es en realidad un intento de analizar y asumir su propia identidad a través de tres puertas abiertas: la pérdida del padre, la pérdida de la infancia y la pérdida del amor. Y lo consigue de manera sorprendente gracias a su personalísima capacidad de jugar con la emoción del lenguaje, estirarla hasta que parezca una ilusión: “Se puede deshacer un nudo pero no su alma. […] Puedes cerrar una puerta, pero no pretender que no se abra más; cerrarás el acto de haber abierto la puerta un día determinado, no la puerta. Si una puerta se abre, queda abierta siempre”. Expósito, su alter ego, parece buscar un sentido a la vida después de la pérdida; eso o ‘morir de belleza’, su proyecto asesino. El dicho machadiano de “se canta lo que se pierde” se queda cojo para Expósito, que con los fragmentos del recuerdo aspira a contar, mejorándola, la historia de un amor perdido.“Así se transforma nuestra vivencia en hazaña”, afirma.
En otro momento, se menciona su síndrome de Diógenes sentimental, ese afán de coleccionismo que lo echó a perder todo. Así, Expósito atormentado se culpa continuamente por lo que, por otro lado, considera inevitable: al tener que elegir entre la felicidad y la vida, la vida siempre sale perdiendo. Después descubrimos que la felicidad era mentira, pero ya es tarde. Lo único que nos queda es inventar la ficción del encuentro imposible para curar la ficción de la única vida posible. El mundo se vuelve de este modo nuestra ficción, un pretexto más para hacer poesía: “fuera de lo que te obsesiona, fuera de la infancia y de esa muchacha que yerra por tu herrumbre, ¿sientes algo?” La ventaja del poeta es la de quien establece las reglas del juego y puede crear ‘árboles torcidos para ahorcados indecisos’.
“Yo en cambio me equivoqué olvidando tu presencia, volviéndote a esperar en otros cuerpos, en otras formas. Fui un mercader de tu posibilidad, un experto en lugar de un amante. […] Yo que convertí la vida en una adoración, yo que te tuve –una niña, la niña-, pero en lugar de amarte perseguí la profesionalización de la infancia”. Expósito pide perdón y al menos nosotros lo perdonamos y le damos las gracias por dejarnos entrar y emocionarnos en su bosque de preguntas. ¿De verdad hemos vivido? Cuando desaparezcamos, ¿qué quedará de esto? No lo sabemos, pero mientras tanto háganse un favor y lean La Adoración de Juan Andrés García Román.

Este artículo apareció en Granadaescool

viernes, 9 de marzo de 2012

El asesino hipocondríaco, Juan Jacinto Muñoz Rengel

Me temo que en esta ocasión voy a poner el contrapunto a los muchos elogios que ha recibido este libro desde que Plaza&Janés lo editara hace unos meses. Juan Jacinto Muñoz Rengel (nombre eneasílabo digno de la realeza) hace tantas cosas relacionadas con la literatura que me imagino que vive de esto. Es decir, estamos ante un libro escrito por un escritor profesional. A mí eso siempre me da cierta envidia al mismo tiempo que me previene contra lo que tal o cual editorial pretendan venderme. El hecho es que yo mismo compré este libro en una librería, animado por un repentino afán de consumir literatura de actualidad. De actualidad y de éxito: El asesino hipocondríaco se colocó en poco tiempo entre la lista de los 30 libros más vendidos en España.
El argumento es, a priori, sugerente: un singular asesino a sueldo debe terminar un trabajo que le han encargado y por el que le han pagado por adelantado. Pero para ello deberá sobreponerse al sinfín de dolencias –reales o imaginarias- con las que su propia naturaleza le irá zancadilleando en los momentos más inoportunos. Buena parte del libro consiste en la rigurosa exposición de estos males o dolencias, entre los que se cuentan la afasia de Wernicke, el síndrome de Moebius o el síndrome de Ondina. Se trata de enfermedades raras que aquejan a un selecto club de malditos entre los que se encuentra Y., el protagonista de esta historia. Junto a él, o antes que él, desfilan un buen número de enfermos ilustres (Kant, Molière, Poe, Proust o Voltaire), sobre los que Rengel nos va dando cuenta como documentación intercalada.
Encuentro en este libro un enciclopédico trabajo de documentación sobre medicina y sobre biografías de ilustres pensadores y escritores. La nomenclatura médica, tan interesante, produce a veces cierto empacho en la lectura y uno no sabe si está leyendo un tratado sobre enfermedades raras. Quizás lo más interesante sean los capítulos dedicados a las tribulaciones de una docena de famosos escritores y pensadores. Se aprenden muchas curiosidades y anécdotas que con suerte podremos sacar a relucir en alguna conversación antes de que caigan en el olvido.
Además, a este libro también hay que reconocerle una buena dosis de inventiva, sobre todo en su inicio. Aunque me cuesta ver lo de desternillante o inquietante, sí es una novela original. Contiene buenos momentos de humor, humor que quiere ser negro, que hacen que uno acabe sintiendo una mezcla de rara ternura y desesperación por el torpe asesino a sueldo. Y. es un tragicómico híbrido entre Dexter, el inspector Gadget y Mortadelo a la argentina. Su tarea de acabar con la vida de Blaisten se ve truncada continuamente en una especie de autosabotaje que nos hace pensar si realmente quiere matarlo o si, por el contrario, prefiere postergarlo indefinidamente para así poder vivir un día más. Entre pistolas, hilos de pescar, agujas y venenos, Y. se siente Sísifo aunque el lector se lo imagine como un patoso doble de Mr. Bean. La figura del doble aparece bosquejada con Blastein, su potencial víctima y segunda mitad de esta extraña pareja. Supongo que esta es la parte humorística que desea explotar el autor. A mi juicio falta ingenio para mantener el ritmo y la peripecia. Hay un gran inicio que poco a poco se ve defraudado y que, avanzada la lectura (p. 172), reflota algo con un giro en la trama que insufla aire a una historia en punto muerto.
Muñoz Rengel se muestra como un escritor efectivo, solvente, con oficio. Una leve trama detectivesca (construida sobre la identidad desconocida de la persona que paga por asesinar a Blaisten) que se hubiera podido despachar en un relato, le sirve para escribir un libro de 216 páginas. Depende de cómo se lea, el libro puede funcionar más como anecdotario de ilustres hipocondríacos que como historia de ficción. Sea como sea, Muñoz Rengel ha creado un personaje original y susceptible de protagonizar más historias como esta en el futuro. Un personaje-compendio de las más insólitas enfermedades que, en su discurso contra la medicina (“la medicina es sólo el arte de entretener al paciente”), sólo está declarando el peso de su soledad para acometer una ardua tarea: la de vivir un día más.


Así comienza el libro:


"No me queda más que un día de vida, después de haber escatimado quince millares a la muerte, sólo me resta uno más. Dos, a lo sumo. Tengo la absoluta certeza de que ni un día más tarde de hoy moriré. Como mucho mañana. Contravendría todas las leyes de la naturaleza que mi cuerpo transido de enfermedades, horadado por todas las afecciones, se sostuviera con vida un día más. Pero no me puedo ir sin antes haber acabado con Eduardo Blaisten. Me pagaron por adelantado, y yo soy un hombre de moral kantiana." 


Reseña publicada en Tendencias21

sábado, 3 de marzo de 2012

Yaiza Martínez

Texto leído en la presentación de Yaiza Martínez
Lectura en la Biblioteca Pública de Granada
03 de marzo de 2012

Casi justificándose empieza Yaiza su último libro publicado: Siete-Los perros del cielo. Escribe: “Una estructura arbórea pide la trama […] ubica bajo la gravedad del lenguaje una verosimilitud”. Creo que este verso contiene algunas de las claves del libro y de la poesía de Yaiza. La estructura, la forma, la geometría. Yaiza lleva a cabo en sus poemas una profunda reflexión sobre las posibilidades del lenguaje y la poesía. En ella, la poeta es una mujer especular, un espejo del mundo que tiende puentes baudelerianos entre las cosas, encontrando sus conexiones ocultas. Y esto lo hace desde, en palabras suyas, “un diminuto espacio / un hoyo”, donde Yaiza encuentra su habitación propia, su lugar en el mundo a partir de la filosofía de lo pequeño: las ramas de un árbol. Y su lugar en el mundo, desde el que descubre esa trama, es un lugar apartado, un rincón kafkiano, un ángulo a lo Orson Welles en Ciudadano Kane. La mirada que Yaiza lanza al mundo circundante es una mirada primigenia, como la de Chaplin hace algunas décadas poniendo al descubierto las ruedas perversas que hacían girar al mundo. Yaiza se tumba en la tierra y oye las raíces. Y nuestras raíces están claras, todos procedemos de una abuela-árbol y de “un semillero de sueños vulgares” (cito a Yaiza).
Este homenaje constante a lo que hemos sido impregna su poesía y nos revela otro de sus rasgos definitorios: la humildad. Yaiza parece querer decirnos que nuestro lugar en el mundo es muy pequeño, pero que el mundo no es sino un conjunto de muchos lugares pequeños. Y en este punto tenemos que volver a la estructura. El árbol que se ramifica, el rizoma de Deleuze, o el fractal, esa figura geométrica en la que cada una de las partes mantiene una relación de semejanza con la figura completa. La esencia del lenguaje es fractal y la poesía eleva al máximo las posibilidades del lenguaje, desborda lo previsible (cito a Carmen Anisa). Por eso muchos de sus poemas son un volver a lo mismo, una letanía de imágenes con que se nos sugiere, por un lado, la fractura del lenguaje y, por otro, la fractura interior.
Ésta, la fractura interior, tiene diversas aristas. Escribe Yaiza: “… el ambiente de callejuelas blandas / entre las que crecía la historia familiar / hacia el futuro y el pasado / -un gusano que se arrastra hacia sí mismo.” Una de las aristas posibles, motivo de la trama, es esa historia familiar que nos ha marcado a fuego. Historia familiar, no olvidemos, que engendra y contiene la historia universal. Irse de casa como símbolo del abandono primero. Después, el otro abandono, de tintes dramáticos, con la figura del hijo: “Mi niño y yo encogidos frente al mar, / frente a la penumbra / llamándote en silencio”. Recuerda a aquello que le leí una vez a Jenaro Taléns, “El ausente se marcha cada día”, o al famoso verso machadiano “Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar”. De este modo, el abandono, la soledad o la ausencia adquieren estatuto de símbolo mediante elementos como la ciudad o el agua. Es aquí, en la cosmovisión del dolor, donde Yaiza despliega su potencial expresivo. Por ejemplo: “únicamente / la lona abierta / golpeada por el aire / sobre las cañas de nuestro esqueleto”.  Una imagen concreta, precisa y perfecta para lograr el efecto deseado: que nos sintamos solos, comunicar su soledad para, de este modo, aligerarla. El poema como expiación precisamente es el título de la sección de uno de sus libros. La escritura encuentra así su sentido: el de purificar una mancha. Leemos: “El poema es la expiación / de la carne que aparece / Los escucho asentir en el rumor / del viento entre las hojas”.
La soledad nos impulsa hacia la búsqueda de consuelo y a apoyar la espalda en los “grandes árboles”, otro símbolo recurrente en la poesía de Yaiza. Así, escribe: “Qué bien se está a la sombra de los grandes árboles”. No hace falta decirlo de otra forma, es así de sencillo. Es otro acierto, tensar la herramienta del lenguaje poético, que alcanza verdaderos momentos de lucidez e iluminación, como en este ejemplo cercano a la greguería: “Pestañas, una tristeza que el aire se lleva / como a las hojas del patio”.
Me gusta cómo Yaiza alterna distintos tonos en sus poemas. Lo discursivo da paso a lo metafórico, lo simbólico al anecdotario. Me parece uno de sus mayores logros técnicos, junto al ritmo y a la cuidada estructura unitaria. Las referencias personalísimas nos guían por una posible lectura figurativa dentro del entramado simbólico. “Dijiste les haremos una casa con un doble tejado / porque te confesé que tenía / la limitada cualidad del muro”. Su discurso, o su “muñón discursivo” como ella escribe, se preña de voces que habitan la casa del lenguaje. El mundo es reconstruido en el poema y habitado por los nombres que pueblan su memoria. Vivos y muertos. Los muertos nos recuerdan que seguimos vivos. Nos desposeen, nos arrancan como láminas, como hojas; quedamos con ellos, pero aquí. Los vivos nos salvan. Son los hijos. Ellos que, habitándola, crean nuestra casa.
Los poemas de Yaiza recrean a menudo escenas familiares con ternura y sorpresa: “Desde el horizonte / vinieron al ungimiento / como una luz / y en el pantano de una sola moneda / el uno al otro se mordieron las colas / mientras tú y yo / -agujero en el árbol- / solo podíamos verlos crecer”. El nacimiento da paso a la contemplación de la vida que permanece en los hijos: “El verano fue tan apretado como un ovillo: / sus cuerpos chapoteaban contra mí / mientras con mis huesos hacíamos la cabaña / sobre ella la sal / de sus vocecitas / antes del amanecer lloraban”. La ausencia se vuelve presencia. El hijo ha creado una red de presencias que llegan hasta hoy. El bosque de niños ha creado el hogar. El niño, -en una expresión tierna y casi humorística lo llama “verdad rolliza”-, constituye el gran vínculo con un mundo que estaba escindido. “Había incontables motivos para seguir viviendo”, escribe Yaiza, “la crisálida explotó en mi boca / el mismo día que comenzamos el viaje”. Parece que asistimos a la historia de una reconciliación con la vida y con uno mismo mediante los hijos, el vínculo, el gran sentido que nos restituye la paz y el sosiego.
Sin embargo, Yaiza es consciente de nuestra temporalidad y deja abierta una puerta a la incertidumbre. Las puertas que dan al rencor, al remordimiento. Las puertas de una memoria ancestral que nos sitúa en el origen, frente a nosotros mismos, frente a la mujer, madre y protectora que habla desde la soledad y desde la escucha humillada. Aparece el filo de otra verdad cortante: el miedo a morir sin voz, bajo las piedras, igual que sus antepasadas.
La fractura interior queda configurada y expuesta con perfección de geometría y con valentía. Esta realidad poliédrica y mentirosa es la que configura lo que Yaiza llama la trampa de la luz. La luz es a veces lo que no se ve, la oscuridad se ilumina, sólo hay que saber mirarla.
Entre las muchísimas cosas que me dejo en el tintero, rescato un par. Primero, el sutil pero sostenido diálogo que Yaiza entabla con la tradición. Leyendo sus poemas me acuerdo de Pizarnik, Valente, Gamoneda, Bachmann, Celan, Vallejo o Amalia Bautista. Yaiza ensaya el libro-poema, a lo Rosales en La casa encendida o a lo Ernesto Cardenal en su Canto cósmico (pero sin ser tan insoportable). Crea un laberinto de palabras en el que perderse significativamente. Como el juego de repetir muchas veces una palabra hasta que pierde su sentido. Desemantizar el lenguaje para semantizar al mundo. Esto habla muy bien de una tarea poética consciente y muy autoexigente, esa “lenta construcción de la palabra” que decía Lorenzo Plana. Así Yaiza logra su mejor exponente: una voz poética personal construida sobre un universo y una mitología propios.
Por último, me voy a quedar con el juego de dádivas en que se puede convertir la vida: la madre se ofrece en dádiva y, al mismo tiempo, es elegida para recibir otra dádiva. Esa existencia gozosa es la que nos salva. Y, ante el pequeño abismo que separa los que ya no están de los que están, los muertos de los vivos, esta es la lección que encontramos en los versos de Yaiza, y con la que termino: “la viva en busca del molde de la muerta / hace un arco bajo el peso inadecuado / de una esperanza enorme / que se revuelve en contra del destino”.
Revolvámonos hoy contra el destino. Es el propósito que debemos repetirnos cada día. Al menos esto debemos agradecer hoy a Yaiza por recordárnoslo.

La poeta y narradora Yaiza Martínez es licenciada en Filología Hispánica (UCM). Ha escrito libros de poesía: Rumia Lilith (2001), El hogar de los animales Ada (Editorial Devenir, 2007), Agua (Ediciones Idea, 2008) y Siete-Los perros del cielo (Leteo, 2010). Es autora, igualmente, de la novela Las mujeres solubles (Lulu.com, 2008). Sus poemas se han editado en diversas. Traductora, crítica literaria, en la actualidad es redactora-jefe de la revista de Ciencia y Humanidades Tendencias21.