martes, 10 de abril de 2012

El club de la lucha, Chuck Palahniuk

Este libro, convertido en boom editorial a raíz de su adaptación al cine, corre el riesgo de sufrir el mismo fenómeno que las burbujas que salen disparadas al abrir una botella de Coca-cola: el que va del vigoroso ímpetu inicial a la realidad progresiva de un líquido oscuro que prometía más.
Entiendo las adhesiones de sus incondicionales, la historia es pólvora pura que nos está pidiendo a gritos algo a lo que todos hemos llegado en algún momento de lucidez en la barra de un bar: romper las reglas del juego, mandarlo todo literalmente a tomar viento. Entiendo menos las críticas de quienes acusan al autor de misoginia o homoerotismo; lo primero no lo vi en el libro, y lo segundo, de haberlo, no creo que sea motivo de censura o crítica.
Entonces quedamos en que es una historia potente, que engancha a una cultura popular muy extensa, casi masiva, y que provoca reacciones contrapuestas.
De la película recuerdo como gloriosa la escena final cuando el edificio se derrumba ante los ojos del responsable de toda esta idea de los Fight Clubs. Y ante los nuestros. Gloriosa porque vemos en ese derrumbe de ladrillos y cristales, de estructuras, otro de mayor calado, más abstracto y más nocivo aún; el mismo que se representó con las Torres Gemelas yéndose al suelo por el mismo televisor y desde el mismo sofá que no cobijó cuando vimos la adaptación de David Fincher. Palahniuk, que malvendió el primer relato del que acabó saliendo el libro entero, supo dar en el clavo: activó la rabia contenida de muchas generaciones que se sienten estafadas. Estafadas por muchos motivos, uno de ellos porque la publicidad nos hizo creer que seríamos algo mejor de lo que finalmente acabamos siendo; y porque la sociedad que nos hemos inventado nos tiene anestesiados con catálogos de Ikea para decorar los pisos que nos tiramos la mitad de nuestra vida pagando. No somos nada en la Historia, ni siquiera parte imprescindible de un engranaje que se sirve de nuestra capacidad de trabajo y de consumo como mercancía para alentar sus fuegos fatuos cotizados en dólares y en poder.
Tyler Durden es el nuevo mesías acorde a nuestro tiempo: nacido de la esquizofrenia y el insomnio de la vida yuppie. Y la salida gloriosa que este mesías propone a nuestras vidas diminutas acaba siendo una gloriosa destrucción, porque la perfección sólo dura un instante. El proyecto anarquista y militarizado de nuestro héroe paranoico incluye un sabotaje desde los mismos pilares de la sociedad, es decir, llevado a cabo por un ejército de vidas diminutas alienadas (los hijos medianos de Dios). Pero este proyecto se torna inviable y nos deja con la amarga sospecha de que, por mucho que nos decepcione, al final este es el menos malo de los mundos posibles. Es un proyecto dispuesto a devorarse a sí mismo. El proyecto vence a costa del propio proyecto. Y ahí está la épica, porque con la muerte nos convertimos en héroes.
Pero ni eso.
Quizás me desanimara al final porque constaté que las burbujas acaban siendo ese líquido oscuro que beberemos igual.

“Somos los hijos medianos de la historia, educados por la televisión para creer que un día seremos millonarios y estrellas de cine y estrellas de rock. Pero no es así. Y acabamos de darnos cuenta.”

El club de la lucha, Chuck Palahniuk. Mondadori 2010.

sábado, 7 de abril de 2012

Color carne, de Erika Martínez

Quien no ha encontrado el cielo abajo no lo encontrará arriba […] Esta cita de Emily Dickinson encabeza Color carne, el primer poemario de Erika Martínez, con el que ganó el I Premio de Poesía Joven de RNE en 2008. La cita, certera, bien elegida, nos muestra el camino por el que adentrarnos en este libro primerizo pero con las cosas muy claras.

Quizás uno de sus mayores logros sea situar al yo, y con él a todos nosotros, en el lugar exacto en que vivimos: un aquí y un ahora que configuran una realidad que, queramos o no, es la que tenemos. Por eso, la distinción arriba y abajo queda perfectamente desmitificada en el discurso inteligente de alguien que vive y escribe dentro de sus coordenadas históricas: “este cielo que nos hicimos en la tierra / tan ruin, tan puñetero”. Y este tiempo nuestro establece una relación de dominación entre lo exterior y lo interior, relación en la que nosotros siempre llevamos las de perder a no ser que optemos, claro, por la ironía y la conciencia clara de lo que nos ha tocado ser: somos lo que camina de los escaparates al edificio de cristales donde trabajamos nuestra jornada completa, en el mejor de los casos: “Hoy, por ejemplo, / he trabajado todo el día. / No he hablado con nadie. / Nadie me ha contemplado. / Me siento muy feliz.” Nuestro modo de existir jerarquizado -alguien manda y alguien obedece dentro de un edificio- nos condena a la vida moderna, la que nos oprime, nos controla, nos aísla, la que nos hace felices. Erika, en estado de alerta, cuestiona el mismo sistema que nos provee de sueños confortables. Quizás si accediéramos a las entrañas del edificio, dice, descubriríamos que ese zumbido de fondo no es más que la turbina de un sueño colectivo.

Si estamos condenados a vivir dentro del sueño, al menos no nos autodestruyamos. Aquí es donde entra en juego otro de los ejes del libro: nuestra propia incertidumbre como método de conocimiento, humana incertidumbre que con sus equivocaciones ofrece más vida verdadera que toda la maquinaria inventada por el hombre. Porque lo que queda sin nosotros es un refugio perfecto, sí, pero vacío: “Qué importa que haya un techo / que nos resguarde en medio de la guerra / cuando la carne prende”. Así que la historia va de nosotros, de prestarnos un corazón cuando queremos recolocar las piezas del puzle aunque sepamos que en realidad no importa porque no hay ningún puzle.

Esta solidaridad hacia lo que nos rodea conecta con lo que Erika llama el bosque interior. El yo, escindido, también se ha vuelto sospechoso. Como si quisiéramos impulsarnos para saltar y, al hacerlo, con una mano agarrásemos el tronco de la historia y la otra fuera a la zaga de un insecto azul; es decir, como si nuestro bosque interior se debatiera constantemente entre la constatación de la realidad y el impulso inexorable del deseo. El yo, que se tiene a sí mismo por enemigo, sólo sabe que el conflicto es su única verdad. Vivir es equivocarse a conciencia, como estaciones de un viaje donde lo importante no es adónde vamos, sino de qué estamos aprendiendo a huir. Precisamente porque el futuro no ofrece ninguna seguridad (“el lento porvenir de su fracaso”), debemos aprender que el pasado y sus ritos no constituyen ninguna amenaza, antes bien son los muebles con los que hacemos habitable nuestra casa.

Erika logra construir un poemario sólido, sin altibajos, donde el peso de la realidad se siente a flor de piel, pero con una mueca irónica en los labios. Los mecanismos del sistema nos han contagiado y ahora somos esa contradicción andante que ha asumido como un acto reflejo los resortes capitalistas de la sociedad. Sí, pero dentro del edificio que el hombre ha inventado como presunción, dentro de esa vida fosilizada de ventanas y escaparates, hay una carne asombrada que impone el caos y la deriva como única certeza, la palabra y sus insuficiencias como herramienta imprescindible en este pacto cómplice con el mundo y con los que nos rodean.

Color carne constituye una mirada irónica e inteligente desde un rico mundo interior lleno de provechosas contradicciones -del erotismo al feminismo, de la crítica social a la búsqueda de una identidad- que nos recuerdan que, con nuestro granito de arena, podemos hacer de la realidad una ficción más navegable. Por todo esto, tres años después, seguimos recomendando la lectura de este libro pequeño pero necesario.

Erika Martínez (Jaén, 1979) es doctora en Filología Hispánica y licenciada en Teoría de la Literatura. Su primer libro de poemas, Color carne (Pre-textos, 2009), fue galardonado con el Premio de Poesía Joven Radio Nacional de España. Es responsable de la edición de Quiroga íntimo (Páginas de Espuma, 2010) y las antologías La voz en bandolera (Visor, 2007), de la poeta argentina Diana Bellesi, y Me incitó el espejo (DVD, 2010), del poeta chileno David Rosenmann-Taub, preparada junto con Álvaro Salvador. Escribe una columna semanal en el diario Granada Hoy, y actualmente desarrolla su labor investigadora en La Sorbona (París IV). Su página web es www.erikamartinez.es

GENEALOGÍA
El día que me atropellaron
mi madre, en la consulta,
sintió que le crujía
de pronto la cadera,
mi hermana la clavícula,
mi sobrina la tibia,
mi pobre prima la muñeca.
Les siguieron mis cuatro tías
y mis firmes abuelas,
con sus costillas y sus muelas,
con sus sorpresas respectivas.
Entre todas, aquel extraño día,
se repartieron
hueso por hueso
el esqueleto
que yo no me rompía.
Les quedo para siempre agradecida.

Color carne, Erika Martínez. Pretextos 2009. p. 13

Publicado en Granadaescool