martes, 29 de enero de 2013

El tiempo de Juan Manuel Gil

Esta es la presentación que he hecho esta tarde de Mi padre y yo. Un western (El Gaviero, 2012) de Juan Manuel Gil en Granada:


Escribe Alejandro Zambra un breve ensayo titulado El tiempo de Natalia Ginzburg donde cuenta su experiencia como lector de la escritora italiana: “El descubrimiento de un gran escritor de alguna manera modifica todo lo que sabíamos o creíamos saber: sus libros estaban a la espera desde siempre, y es poco o nada lo que podemos decir sobre ellos. Incluso deseamos haberlos leído antes, como si no bastara el momento presente”. A continuación, explica cómo, algunas veces, el deseo de compartir nuestras lecturas rivaliza con el impulso de esconderlas. Su descubrimiento de la autora le resultó tan deslumbrante que divaga con la idea de un futuro en el que, al ser preguntado qué fue de su vida durante aquellos meses, simplemente responderá, con alegría, que había estado leyendo a Natalia Ginzburg.

En Léxico familiar Natalia Ginzburg nos cuenta la historia de su familia, judía y antifascista, y consigue retratar su tiempo pero no desde el testimonio histórico, sino desde las frases gruñonas de su padre, las ocurrencias de su madre, el lenguaje perdido de su comunidad. No idealiza; al contrario, desdramatiza, busca los matices en la memoria y no en la literatura, pero a la vez entiende la literatura como única forma de expresión.

Me ha parecido oportuno volver a estas palabras de Alejandro Zambra sobre la autora italiana porque los puntos de contacto que encuentro con el caso de Juan Manuel Gil son llamativos. Almeriense con varios libros publicados, uno de poesía (Guía inútil de un naufragio) en la prestigiosa y desaparecida editorial DVD, el otro de narrativa (Inopia) también publicado en El Gaviero, Juan Manuel, como Ginzburg, no encontró su estilo en la virtuosa imitación de los poemas de moda, sino en la sobremesa familiar. Como ella, ha escrito no para cerrar unos diálogos y, con ellos, su experiencia, sino para participar en ellos otra vez y, de paso, tendernos una mano a sus lectores ofreciéndonos formar parte de ellos. Leer este libro es recordar los libros propios que no hemos escrito pero quisiéramos escribir para devolverle la mano a Natalia y a Juan Manuel.

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Supe de este libro por casualidad como por casualidad estoy aquí hoy hablando sobre él. Enseguida me llamó la atención la cuidada edición imitando el formato de las antiguas novelas del oeste, género del que, nos cuenta Juan Manuel, su padre era un lector incansable. Lo leí en una tarde, en realidad, en quince minutos, pero su lectura no terminó cuando cerré el libro. Lo que voy a leer a continuación, antes de dar paso al autor, es el texto que escribí, a modo de reseña, sobre Mi padre y yo. Un western.  

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YO: ¿Papá, quién ha arreglado el termo?
MI PADRE: Sí.
(p. 13)

A pesar de cosas como esta, nada en este libro es absurdo. Al contrario, este librito de 37 páginas con prólogo del mismo autor es un calculado mínimo artefacto. Un libro que siempre da más: se lee en diez minutos pero también esto es una apariencia, porque se vuelve a leer una y otra vez, porque apetece. Un libro que merece más de una lectura es un buen libro.

Hay un juego ficcional sobre la autoría del libro. ¿Lo escribe el autor a partir de lo que dijo su padre? ¿Se lo inventa todo? Este recurso narrativo del manuscrito encontrado, dicho por otro, transcrito o inspirado en otro, tan tradicional, en un libro tan digamos exótico es parte del artefacto. Además del prólogo, está formado por brevísimos diálogos, muchos de dos intervenciones, llegando a admitir acotaciones, lo que los legitima como textos teatrales.

La figura del padre, burlona, cínica, evasiva en sus respuestas, es el tema central. Los diálogos al teléfono, a veces instantáneas delirantes, sortean con ingenio el riesgo de caer en la humorada fácil. Ser gracioso es todo un arte, nadie lo duda, y este padre no desmerece en sus conversaciones telefónicas al mejor Gila haciéndose el loco, jugando al despiste, desbaratando un discurso que, sin embargo, nunca pierde su sentido y, aún más, la emoción de fondo. Porque este libro se convierte desde el prólogo en un emocionado homenaje a la figura del padre, magnética, omnímoda, en la línea quizás de la grandiosa Fun home de una inspiradísima Alison Bechdel, o de Héctor Abad Faciolince haciendo lo propio con su progenitor en el entrañable El olvido que seremos. Juan Manuel Gil aborda el género del treintañero nostálgico que tan bien están popularizando el italiano Ugo Cornia o la citada Bechdel. En todos estos casos se da la presencia paternal como motor y detonante de la silenciosa bomba emocional contenida en nuestros apellidos.

En la dupla padre-hijo hay una química especial, obvia por una parte, pero inesperada. El hijo busca consejo y el padre devuelve un chiste tras otro. Y sin embargo el hijo aprende. Un método de enseñanza por evasión, por desvío, por silencio. Encuentro aquí esa creencia en que la verdad está en el interior de uno mismo. Una mayéutica desmitificadora y necesaria para cambiar el punto de mira y decirse de vez en cuando no es para tanto, nada de lo que hacemos es para tanto. Ni siquiera la escritura.

MI PADRE: ¿Qué buscas en ese cajón?
YO: Mi cuaderno.
MI PADRE: A ver si me vas a perder algo importante.
(P. 24)

Y hacerlo desde el humor y desde el amor, en ese duelo dialéctico de pistoleros, afilado y tierno como una tira cómica que enseña de un golpe de vista más que cien páginas de otra cosa. Construirse una presencia, una voz y un espacio, infundir respeto y admiración a partir del silencio. Esa lección vital que Juan Manuel Gil, personaje, le debe a su padre, personaje, y nosotros a los dos. La pega, quizás la única pega que le puedo encontrar a este libro es que termine en la página 37. El lector queda a la espera y esto, quedar pendiente de una espera que es casi lo mismo que decir albergar una esperanza, debe de ser un mérito añadido atribuible a ese padre y su manía, mal que nos pese, de callar a tiempo.

YO: Domingo soleado en el sur. ¿Se puede pedir más?
MI PADRE: Silencio.
(p. 17)




sábado, 26 de enero de 2013

Juan Manuel Gil presenta “Mi padre y yo. Un western”


Hay libros que desbordan. Páginas que contienen letras pero que son incapaces de contener todo lo que éstas significan. Historias de las que apenas se nos presenta un corte longitudinal suficiente para cautivarnos precisamente por el material que falta, por lo que se intuye detrás. Hay libros que dejan un regusto duradero muy parecido a la felicidad. Mi padre y yo. Un western (El Gaviero, 2012) es uno de esos libros.

Camino de convertirse en un libro de culto, esta obra del almeriense Juan Manuel Gil se ha ganado ya el derecho de ser una de las mejores noticias editoriales de los últimos meses. ¿Por qué? Les dejo un apunte: el autor da en la tecla exacta para retratar un mundo muy particular, el que se crea entre un padre nada convencional y su hijo, y lo hace mediante unos brevísimos e inspiradísimos diálogos que trazan un camino de aprendizaje donde el humor señala, en un puzle que el lector enseguida reconoce y recompone, el camino hacia el amor.


[Al teléfono]

Yo: Papá, ¿cómo estás hoy?
Mi padre: Espera, que es tu madre la que lleva ese asunto. Te paso con ella.


Juan Manuel Gil estará en Granada presentando esta genial incursión en la literatura más inclasificable.

Lugar: Biblioteca de Andalucía, C/ Profesor Sainz Cantero 6 (Granada)
Hora: 20:00 h.
Fecha: 29 de enero.

Enlace al evento en Facebook:







Publicado en Granadaescool!

Caoscopia en Quimera, por Raúl Quinto

Raúl Quinto habla en Quimera de Caoscopia, de Yaiza Martínez, como "poesía del siglo XXI". Escribe Raúl: "[La poesía es] Algo en el límite de lo sagrado que, como la curva caoscópica, hila lo visible con lo invisible." Y una sospecha: que la red ya existía antes de que Internet cambiara nuestras vidas: "Yaiza Martínez logra aquí la que considero la primera aproximación plenamente lograda a la noción de hipertexto propia de Internet. (...) Vemos por primera vez como de manera natural un texto poético asume en su escritura esa forma de leer y ver el mundo, de pensar, al cabo, que ha traído la red."



lunes, 21 de enero de 2013

Casi amor, Ugo Cornia


Casi amor
Ugo Cornia
Periférica
2012
Traducción de Francisco de Julio Carrobles


En 2011 la editorial Periférica nos acercaba la figura de Ugo Cornia, hasta entonces, si no me equivoco, inédita en nuestro país. Y lo hacía, doce años después de su publicación italiana en 1999, con Sobre la felicidad a ultranza, un libro que enseguida se convirtió en una grata sorpresa. Celebrado por la crítica y con una cálida acogida por los lectores, esta primera novela de Ugo Cornia contagiaba un aire entusiasta, paradójicamente entusiasta, ya que el narrador construye su relato a partir de momentos dolorosos como son la pérdida de un ser querido.

Un año después, a finales de 2012, para celebración de los que degustaron y aplaudieron aquella primera, Periférica repite, también con una década de retraso respecto a la publicación italiana original en 2001, con Casi amor, libro que continúa el camino marcado por su predecesor. Novela de introspección, soplo nostálgico pero jubiloso de la vida, que otorga al lector una posición privilegiada de acompañante en el viaje interior del escritor italiano por algunos escenarios selectos de su vida. Al igual que sucedía con el primero, este segundo libro constituye un homenaje en clave optimista a una vida que no por ya vivida deja de serlo, de estar aún viva. El narrador, en un tono distendido y ameno, nos deja entrar en esa maraña que forman los pensamientos, los anhelos y los recuerdos, polarizada inevitablemente sobre lo que llama una “catástrofe invisible” cuyo peso va a erigirse como desafío ya, quizás, para siempre. Y ante este desafío el que gana es, claro, el lector, que asiste al proceso exhaustivo de autoanálisis de un hombre dotado especialmente para transmitirnos la importancia de las cosas más sencillas. Cornia, en ese estilo sencillo, casi adolescente, dice hacer de “megánofo feliz” de esas voces ausentes que a menudo hablan a través de la suya. Quizás su éxito pueda explicarse, en parte, por esa capacidad de consagrar su voz a los demás, a ese vasto dominio de otros que se sienten dichos por él, sin un discurso grandilocuente, con la mezcla justa de ternura e ironía para querer pasar de página con una media sonrisa en los labios.

Con treinta y cinco años, Ugo Cornia repasa lugares en los que dice haber sido “demasiado feliz” para concluir: “Puede que haya sido demasiado feliz de un modo imaginario”. Una edad adecuada para comprender que vivir consiste también en restaurar esos lugares que, de tan felices, nos dejaron escindidos en dos. Pero ¿y si ni siquiera ellos existieron? ¿Qué papel juega aquel que fuimos en este que ahora somos? Cornia siempre nos habla de sí mismo en retrospectiva y eso casi es una respuesta. Primero hay que deshacer esos nudos y, después, disfrutar de que aquellos lugares, momentos y personas se conviertan, dentro del “cine de nuestra cabeza”, en una proyección única, en un acontecimiento.

Porque se trata de eso, de convertir cualquier instante, por intrascendente que sea, en un acontecimiento. Sus primeros escarceos sexuales, conducir a 20 por hora viendo el paisaje, tomarse una cerveza con su novia o ir a pescar bajo la lluvia. Su actitud, lo que contagia de su forma de ver el mundo, queda resumida en estas palabras: “el que está enamorado es siempre como nuevo en el mundo (…) Cuando eres presa del enardecimiento total eres siempre como alguien que acaba de caer en la tierra hace diez minutos. Mirar la vida es ya nombrarla. Una manera de posicionarse, de estar aquí. Uno de esos versos mágicos de Lorenzo Plana revelaban esto mismo: “Hemos venido aquí para nacer”. Nacer continuamente es reconstruir nuestra era mítica, la que nos deja marcados por una cadena de primeras veces, primeros pequeños descubrimientos, primera nueva vida. Territorio abandonado y desprestigiado: nosotros. Somos nuestra mirada. Somos nosotros. Y también nuestra nostalgia, esa obsesión de vivir dos veces, en directo y en diferido, en un platonismo autorreferente, para luego tratar de gestionarlo con palabras en lo que sería algo así como escritura “digestiva”, “nutritiva”: “una tarde volveré a revivir entero este momento maravilloso, y ese día lejano que regresa será una verdadera maravilla, como algo que no se ha acabado de digerir del todo”. Escribe Cornia que no vivir con naturalidad y no aprovechar las ocasiones que nos prepara el mundo es una humillación. Así lo entiende y lo lleva a la práctica con este ejercicio de nombrar la experiencia, decirla con la candidez del niño de treinta y cinco años, porque nunca dejamos de ser “alguien que está empezando”.

Reflexiva, de tono exaltado pero meditativo, construida mediante digresiones hilvanadas por el hilo conductor de la excitación de sentirse vivo, entre la novela de formación, el diario y, si apuramos, el libro de viajes –son protagonistas algunos pueblos de los alrededores de Módena. Casi amor es un viaje al origen mismo de las emociones. Una invitación a cohabitar esa mirada asombrada que, entre recordar y olvidar, se decanta por estar en medio de las cosas para no pensar en ellas, ya saben, como alguien que acaba de caer en la tierra hace diez minutos.



Publicado en Tendencias21. 

viernes, 18 de enero de 2013

El tiempo menos solo, Abraham Gragera


El tiempo menos solo
Abraham Gragera
Pre-textos, 2012
Colección La Cruz del Sur


Crecí pensando que escribir de una determinada manera, siguiendo unos determinados esquemas formales, estaba pasado de moda. La moda, entonces, venía dictada por un discurso más, digamos, entendible, un léxico de uso diario, una poética que reconciliara al lector con la poesía. Después nos agarró esa otra moda moderna o posmoderna, no sé, de fragmentar las cosas, de coger la ola buena eliotiana, el buen Ashbery. Todo iba rápido y uno tenía que apresurarse. El endecasílabo bajo sospecha, el poema en prosa socorrido, Bukowski, Carver, Bolaño, realismo sucio, irracionalismo, el afterpop. Uno se pierde. Y, perdido, entiende que es mejor guardarse de escribir, al menos un tiempo, y echarse a leer. Después de todo, leer es otra forma de escribir. Quizás los libros que uno no escribiría nunca o los que uno querría escribir si pudiera. O sencillamente los libros que otro tiene que escribir para accionar algún mecanismo. Porque, de vez en cuando, aparece un libro que justifica nuestra paciencia y nuestra entrega. Y ahí está uno, leyendo unas páginas en las que se descubre, unos versos que nos contienen, un libro que nos dice.

El tiempo menos solo es el nuevo libro de Abraham Gragera. Todo un acontecimiento –en la modesta escala poética–, tras los casi ocho años transcurridos desde el primero, Adiós a la época de los grandes caracteres (Pre-textos, 2005). Martín López-Vega habla del tic imitativo que suscitó este debut, a su juicio, debido a que no fue bien entendido. Este segundo vendría a confirmar la propuesta del primero: una renovación formal basada en la “lectura honda y reveladora de la tradición”. El fruto de la contención y la coherencia es este libro que, con apenas dos meses en la sección de novedades, va camino de convertirse ya en un clásico. Si, como dice Italo Calvino, un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir, El tiempo menos solo ya lo es. Propone suficientes argumentos para abordar nuestra propia existencia y condición, para,  en palabras de Ángel Gabilondo, “sentir bien acompañada nuestra soledad”.

Abraham Gragera es un poeta de cualquier época nacido cerca del siglo XXI. Su inteligente y rico diálogo con la tradición se refleja en poemas portentosos, como “Los años mudos” o “Remoto figurado”, que piden ser releídos en voz alta como cuando intentamos memorizar algo que nos toca. Sentirnos llamados e incluidos en esa meditación por momentos iluminada sobre el hombre y su tiempo, sobre el hombre y su tarea en el tiempo y en el lenguaje, un suave misticismo, entre lo hímnico y lo elegíaco, que constituye un elogio de la poesía desde ella misma, sin recurrir a modas. Enseguida uno lo reconoce: aquí hay poesía. Poesía, además, rara, poco común: un nuevo clasicismo que recupera estrofas tan difíciles como la sextina o la décima con la eficacia de quien sabe que para decirlo hondo hay que decirlo sencillo. ("Por qué es difícil escribir, / por qué no basta / el simple amor...") Una poesía que recoge piezas tradicionales como la albada, que se enriquece con el recurso de la écfrasis que motiva el poema “La novia judía (Rembrandt)”, en un diálogo abierto y constante con la tradición pero sin caer en el culturalismo. Sin caer en nada, y aquí está el mérito, el de la palabra justa y necesaria.

El trabajo del poeta, escribía Rilke, era el de nombrar las cosas. Gragera está en esta misma encrucijada (“se muere cuando no nos queda a nadie quien decir”) y, de paso, nos convoca a nosotros, lectores, a reunirnos con algo también raro, poco común: la gran poesía.




LAGUNA

Y el ángel dijo entonces: te enseñaré qué pintan ahora los maestros antiguos. Y me llevó a otra sala, y me mostró un paisaje: una laguna de aguas verdiazules, con huellas de un naufragio, y una multitud en cada orilla.
Quiénes son, pregunté; por qué lloran.
Los que nacieron en el siglo de la muerte de la muerte, respondió; los que ya nunca podrán cruzar al otro lado.

lunes, 14 de enero de 2013

Presentación de “Ruido blanco”, de Raúl Quinto


El año pasado la editorial cordobesa La Bella Varsovia publicaba un libro de poemas de ese género incómodo que no desaprovecha la ocasión para apelar abiertamente al lector. Raúl Quinto, crítico y poeta, entonaba su yo acuso con unos poemas contundentes, formalmente siempre al límite. El mensaje: la voladura silenciosa de nuestras cabezas. Bueno, quizás no tanto. Pero sí la de Christine Chubbuck, periodista estadounidense que se suicidó durante un informativo en 1974. Con un discurso fragmentado, híbrido y plenamente consciente de los males que aquejan a nuestro tiempo, Raúl Quinto escribió uno de los  libros más originales de los últimos años.

Si somos capaces de apagar un rato la televisión podremos escuchar algún crujido. Muchos crujidos juntos forman ese ruido blanco del que Raúl Quinto nos hablará esta semana.

La cita será este miércoles 16 a las 21:30 en La Tertulia (C/ Pintor López Mezquita 3, Granada). Al autor le acompañará Juan Andrés García Román.


El interior del vértigo es el blog de Raúl Quinto.
Aquí el enlace al evento en Facebook.


Publicado en granadaescool.