lunes, 27 de mayo de 2013

Lucian Blaga, por Abraham Gragera

Recuerdo una canción de McEnroe donde Ricardo Lezón escribe: "Dicen los indios que el alce nunca aprendió a llorar, por eso embiste a los árboles, para descargar toda la furia y la rabia que no le deja vivir". Y recuerdo ese poema de Baudelaire, "Les aveugles", que termina con aquel "¿Qué buscan los ciegos en el cielo?". 

Y me encuentro este poema de Lucian Blaga, traducido por Abraham Gragera, que me hace pensar en ese Gran Recorrido en cuyo extremo está alguien parecido a mí esperando que no sea yo el que llega.


A MIS LECTORES
Lucian Blaga

Aquí mi casa. Allá el sol y el jardín con las colmenas.
Pasáis por el camino, miráis tras la verja,
y esperáis que os hable. ¿Y por dónde empezar?
Creedme, por favor, creedme,
hablar podría sobre cualquier cosa tanto como quisiera,
del Destino, de la Bondad de la serpiente,
de los arcángeles que surcan
con su arado la tierra de los hombres,
del cielo al que tendemos,
del odio y la caída, de penas y calvarios,
y, por encima de todo, del Gran Recorrido.
Pero nuestras palabras son sólo las lágrimas
de aquellos que quisieron llorar y no pudieron.
Son tan amargas todas las palabras...
Dejadme, pues,
caminar en silencio entre vosotros,
cruzar la calle con los ojos cerrados.



Traducción del inglés de Abraham Gragera

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Blog de Abraham Gragera



domingo, 26 de mayo de 2013

Actos de amor, Antonio Praena



Actos de amor
Antonio Praena
Ayto. San Sebastián de los Reyes, 2011
XXII Premio Nacional de Poesía “José Hierro”



El inagotable –y agotado– debate en torno a la muerte, ya sea en términos místicos o materialistas, no ofrece mucha madeja y la ofrece toda. Al final es lo mismo. Alguien recreando razones para eludir, suavizar, postergar, asumir lo inevitable. Esta poesía mística a lo Santa Teresa tiene momentos de aridez existencial a lo Unamuno aderezados con un culturalismo clásico a lo Juan Antonio González Iglesias (a quien, por cierto, va dedicado un poema del libro). Y ahí surge la mano amiga, que no deja de ser uno mismo jugando a darse consuelo, que no razones. 

Tijera conceptista mezclada con habla coloquial en un discurso tenso y meditado. Canto fúnebre por la humanidad, añoranza del hombre con Dios y del hombre con el hombre. Y, finalmente, canto de vida y esperanza. Todo esto es Actos de amor, el viaje de Ulises envuelto en una reflexión desengañada sobre la finitud y nuestros límites temporales. Nuestras vidas son líneas que se cortan en el tiempo y que en cada intersección dejan un acto de amor, un exceso de amor condenado a no tener sentido. La misma locura es un acto de amor irremisible. Y la manera en que el lenguaje apresa a la experiencia. También el amor es un acto de lenguaje. "No existe el amor si no se dice", escribe Antonio Praena, velando por su existencia y al mismo tiempo lamentándose de que eso no baste. La pura contradicción, mal que nos pese, alimenta la poesía: "Que está la vida fuera de estas líneas".

Quizás el mayor acto de amor derive de nuestra imposibilidad de apresar nada. De mantener nada vivo. Ni a nosotros mismos. Esta disolución del yo en el tiempo y en los otros acaba siendo el leitmotiv de este libro. Actos de amor son las distintas entregas del yo hacia los otros, único instante en que la vida es verdad, cuando suena al unísono de otra vida. El resto, es poesía. 

Al final el libro se convierte, cerrando el camino iniciado, en homenaje de vida al prójimo. El yo sólo encuentra sentido en la existencia si es a través del otro. Creo que aquí, igual que al comienzo, baja de nuevo el nivel. Los poemas centrales, más desgarrados, con voz más telúrica y honda, son los que hacen de este libro lo que es: una lucha con y por la vida.



MI VIDA SEGÚN BACON

A principios de junio
de 1972,
justo en los días de mi nacimiento,
Bacon termina el tríptico en que un hombre
escupe, caga, piensa y se contempla
sobre unos vanos negros que,
según la grabación de la audioguía,
pretenden ser memoria de la muerte.

Quizá a las mismas horas en que Bacon,
en un estudio sucio a las afueras
del Londres más borracho y escabroso,
firmaba su retrato de lo humano,
en un perdido pueblo de Granada
llegaba a la existencia un niño pobre.
                                                              Y ahora mismo
–14 de febrero, 2009,
sala de exposiciones temporales–
se encuentran aquel hombre que ya nunca
podrá escupir, pensar ni contemplarse
sobre ventanas negras, y este niño,
que, gracias a que Bacon la ha pintado,
contempla su otra vida y no la extraña.



LEGIÓN

Como puede decirlo
tan sólo quien no sabe lo que dice,
se me mueren en ti
los hombres que no he sido.

No he sido aquel que amaste, ni tampoco
el hombre que soñó que tú lo amabas.

No he sido el que ahora mismo te recuerda,
pues no recuerdo bien cuál fue mi sueño.

Posiblemente todos se extraviaron
por sendas que jamás transitaré.

Y ahora que en la noche llamo a alguien,
tan sólo aquel que un día tú quisiste
podría socorrerme si viviera.
Mas ese solamente estuvo vivo
el tiempo de tu tiempo y es por eso
mejor dejarlo aquí:
                                ya es tarde, me confundo
y debo abandonar a este que escribe
en aguas somnolientas y encontrarme
mañana con un ser desconocido
en este cuerpo mismo que me habita.
Mas, antes de entregarlo
                                          a la disolución
la última pregunta:
¿podrá tal vez la vida devolverme,
con estos mismo ojos y este llanto,
de todos los que fueron sólo a aquel
que tuvo vida en ti?

Ausente como yo, mi voz responde:
tu vida fue verdad, querido Antonio,
tan sólo con el paso de la suya.
El resto, solamente
materia de un poema.

sábado, 18 de mayo de 2013

Aurora, Lêdo Ivo


Generalmente uno envidia la niñez irrecuperable, la valentía que nunca se ha tenido, algún tobillo delgado o quizás un músculo grueso. Yo voy a envidiar esta mañana, jugando a ser la nostalgia de una epifanía del traducido, a Martín López-Vega. Por el tiempo que pasó trasladando al español estos versos escritos en portugués. 

AGUA NEGRA

Estoy de nuevo en Rotterdam
entre navíos y guindastes.
Bajo el sol que abriga el frío y la noche
muchachas rubias y espigadas caminan por las calles floridas sorbiendo helados
y los pedales de las bicicletas que cruzan los canales modulan el tránsito del tiempo
que se yergue en el aire como la corola de un tulipán.
En los escaparates de las tiendas los maniquíes inmóviles
me hacen señas, saben que soy un extranjero
y sus ojos ciegos se clavan en mí con amor.
Vengo de los pantanos.
En el cielo claro de Rotterdam
que rechaza aceptar la imposición de lo oscuro
la prolongada noche de verano
se cobra en mí promesas no cumplidas.
En la mesa del silencio deposito
mi disculpa y justificación.
Sólo merezco perdón y tolerancia.
Vengo de los pantanos y de las miasmas que hierven en el agua negra de las lagunas
y no he traído conmigo más que una patria perdida
y el recuerdo de un pubis muy amado.


Una patria perdida y el recuerdo de un pubis amado me parecen un buen corolario para cualquier cosa. La capacidad de penetración conceptual que Lêdo Ivo demuestra en Aurora, –sin recurrir al artilugio lingüístico o a ese tono justiciero con el mundo–, es algo a lo que se llega pocas veces. Me recuerda a aquel libro de María Victoria Atencia, De pérdidas y adioses, –otra joya  publicada en la colección "La Cruz del Sur"– un libro que imagino sólo se puede escribir cuando uno lleva mucho tiempo por aquí. Si algo potencia la palabra poética debe ser su terquedad por que quedemos aquí, por aquí, sin ni siquiera preguntarse nada. Simplemente mirando, sin que tenga que existir nada.


EL AUTOMÓVIL NEGRO

¿Quién ha dejado este automóvil en el garaje?
En el garaje vacío ningún auto
está aparcado. Y nadie se atrevería
a cruzar el espacio en que los sueños
y la basura de los astros se amontonan. En que la vida
corre como el agua de las pilas rotas.
Mucho más allá de cualquier vértigo o pensamiento

se extiende la autopista inalcanzable.
Se bifurca cuando la noche cae
y surgen moteles iluminados y gasolineras
puestos por el tiempo en el portal del mundo
que oscila siempre entre lo horrendo y lo bello.
En la oscuridad del día fugitivo
el aparcacoches avanza y por fin descubre
un automóvil negro aparcado en el garaje.


ESCUCHAR

Que nazca el día y de nuevo venga
a ofrecerme sus migajas:
eso pido a la noche casi extinta
y a la nube enrojecida suspendida del cielo como un globo.
Cuando surge la aurora comienzo a caminar
en dirección a las grandes claridades.
Hasta que anochezca escucharé
el torbellino de las voces que tropiezan en el aire
como crujido de cristales rotos.
¿Soy un mudo entre quienes hablan o quien habla entre los mudos?
Espero a que los hombres callen como calla el mar entre mareas
y se enciendan de nuevo los fuegos terrestres.
¿Soy un extranjero entre la multitud que camina
buscando los autobuses y los trenes jadeantes que avanzan en la niebla
o es esta mi patria, burbujeante e imperfecta?
La noche se abre como cola de pavo real
y yo soy un hijo de la noche y sé escuchar
el silencio que desciende de las estrellas.
El privilegio de estar solo me será devuelto
como única recompensa a mí reservada.
Dormiré, soñaré y aguardaré la aurora
para ir junto a ella al encuentro de los hombres
y escuchar de nuevo el lenguaje del día.







Aurora, Lêdo Ivo. Pre-textos, 2013.
Traducción de Martín López-Vega.


lunes, 13 de mayo de 2013

Los que duermen, Juan Gómez Bárcena



Los que duermen
Juan Gómez Bárcena
Salto de página, 2012



Un mundo donde los indios se hacen servir por esclavos españoles, donde las palabras son la mercancía más codiciada de un rey que cree poseer los países cuyos nombres ha comprado. Un mundo sin tiempo o el mundo de todos los tiempos donde una reina desanda por los años un camino que le lleve a la niñez de su amado. Donde una yegua vieja y desdentada devuelve al pasado a quien la cabalga. Donde Aquiles huye de Aquiles, prefiere el anonimato a la gloria. Un mundo donde nos volvemos espectadores del enigma de nuestra Historia y se nos recuerda que, a veces, y esto contiene toda una teoría del arte y del hombre, repetir mucho una mentira es hacerla verdad.

Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984) es una de las recientes aportaciones que la editorial Salto de Página regala al lector atento y curioso. Apartarse de las corrientes menos mainstream suele ser una apuesta incierta, pero cuando se hace de este riesgo un criterio ético y profesional, no queda más que aplaudir en silencio estos tesoros decididamente enterrados y el mapa que se nos pone en las manos.

El lector que se acerca a Los que duermen no ha de saber nada de antemano. No necesita advertencias ni guías de lectura. Presenciará la construcción de universos reconocibles por donde, a través de una desbordada imaginación, se van colando las paradojas de nuestra propia historia y que acabarán levantando espacios tan mullidos que podremos habitarlos. Habitarnos también. Convertirnos en cómplices improvisados de esa Literatura que Nabokov puso fecha de nacimiento con aquel ¡Que viene el lobo! Juan Gómez Bárcena, entre parodias imperialistas y sus utopías del lenguaje, da vida al mito. Lo rescata con gran eficacia imaginativa al servicio de unas mínimas tramas que hacen las delicias de quienes sienten ese malestar por la expropiación del tiempo mítico y su degradación en salas de cine, escaparates o en los rutinarios discursos políticos. La Literatura se escribe con mayúscula cuando deviene propuesta de una ética mejor. Cuando nos reconcilia con lo que éramos.

Y qué lugar mejor para reencontrarnos que este banquete festivo frente al epitafio de la humanidad. La estrategia es que el sentido de la existencia llegará mientras nos cuenten historias. Y que, cuando llegue, estaremos tan adentro de esas historias que ya no nos importará. No lo necesitaremos. Esta empresa quijotesca que es la literatura se construye sobre una gran sugestión. Damos vida a dioses y viajamos en el tiempo porque creemos que es posible, y será posible mientras no dejemos de creer. Hay aquí un saludable alegato por la literatura y, después de todo, por el hombre. Los dioses éramos nosotros.

Esa enseñanza contiene toda la grandeza y la miseria imaginable. Pues no se puede volver del conocimiento y, como Aquiles abandonando Troya en busca de la vida larga y tranquila que los dioses no le dieron, cualquier intento por ir más allá de lo que nos es dado provocará nuestra desintegración. Ahí están otra vez los dioses castigándonos. Nuestros modernos dioses, dinero, imagen, poder, ciencia, progreso, ofreciéndonos una existencia diferida, inyectándonos un deseo diferido. Y la sospecha de si somos receptores secundarios de unas emociones prediseñadas antes de que las sintamos. A la osadía le sigue la culpa y la búsqueda de la inocencia perdida. Aquiles arrepentido y nosotros sin darnos cuenta de que ya viajamos en el tiempo. La vida, para quien sabe mirarla, es el más fascinante viaje en el tiempo.

Entre las miserias rescatadas está la de Hitler en algunos relatos magistrales. El elemento fantástico y los escenarios exóticos dejan paso al drama burgués de nuestro tiempo contemporáneo. Nuestra historia es también una repetición abominable. Algo humano, constitutivo, nos empuja a lo desconocido, al crimen, nos condena a repetirnos. La naturaleza humana bajo el punto de mira. A veces hacemos hablar al mito y el mito apabulla: todos los sentidos están aquí, en el mito y en la barbarie de la especie.

Este libro "horriblemente bello" (Matías Candeira) nos recuerda que lo sobrenatural está en nosotros. Nuestra mirada obra la creación a cada instante. Es un buceo onírico en la oscuridad donde nuestros sueños y el tiempo oscilan bajo el faro intermitente que activamos al abrir y cerrar los ojos. Juan Gómez Bárcena traza un bosque y un camino. Recorrerlo es trabajo del lector. Un trabajo gozoso que le dará un espejo y una invitación a mirar al otro lado. Eso es lo que hace de este libro muchos libros, uno para cada uno de sus lectores. Alguien debe velar mientras todos dormimos, alguien que sabe que la verdad es a veces más difícil de aceptar que la mentira. Alguien consciente de la inutilidad de una vida mal contada. 



Publicado en Tendencias21.

sábado, 4 de mayo de 2013

Las cosas naturales, Rafael Juárez


Otoño es siempre, ahora.
No existía el otoño
ni existirá. Va dentro
de nosotros, que somos
hoja caída hoy,
mañana viento fuerte,
un minuto la lluvia
que se anuncia sin alas
y otro minuto el lúcido
atardecer que huye.

No somos sino alarde,
mutación. No existimos,
como el otoño. Vamos,
ahora, siempre, dentro.




Cuando creía en la poesía. Había pensado empezar así, pero la otra parte del silogismo me atenaza: sería reconocer que ya no creo en la poesía. No tengo respuesta, sólo alguna intuición. Por ejemplo, la de que antes, cuando iba a tientas, creía más, o al menos de una forma provechosa, como el reino interior que se me iba construyendo para vivir. Después, cuando esto se profesionalizó, hubo un hechizo roto, un vanidad. La poesía se pareció al pie de página de la poesía, ese lugar en el que queríamos figurar. Por supuesto, eso era lo máximo a lo que se podía aspirar: a un pie de página. 

Me he comprado otro ejemplar de Las cosas naturales, un libro de poesía de antes, quiero decir de mi antes. Alguien me regaló mi primer ejemplar de este libro hace diez años, con lo que ya se ha convertido en mudo compañero de viaje. Abro el libro y lo huelo. La fecha de publicación es 1990 y pienso que, a juzgar por su olor, puede que nadie lo haya abierto desde entonces. 

Conocí a Rafael Juárez varias veces. No puedo decir que lo conozca, sólo que lo conocí, que coincidí con él en algunas ocasiones literarias. La primera con la edición de mi primer libro de poesía por la Diputación de Granada. Ahora se me hace evidente que "Pie de página" habría sido mejor nombre para la editorial y para mí. Rafael Juárez trabajaba en el servicio de publicaciones de la Diputación, o algo así. Leyó el libro y me aconsejó quitar de aquí y de allí. Después, pasados los años, lo volví a ver quizás tres o cuatro veces en alguna lectura poética que incluso compartimos. 

Pienso que Rafael Juárez, hombre esquivo, tímido y con tendencia al mutismo, también se ha convertido en mudo compañero de viaje. He ido leyendo sus libros y él, aquel ejemplar que me regalaron hace diez años, me ha ido leyendo a mí. No sé si he cambiado, pero el poema sigue ahí, trabajándome para que dé algún fruto.