miércoles, 21 de agosto de 2013

Lo pequeño y lo enorme

Sestear pálido y absorto
junto a la candente tapia del huerto,
escuchar entre los ciruelos y los rastrojos
chasquidos de mirlos, rumor de sierpes.

En las grietas del suelo o sobre la arveja
espiar las filas de rojas hormigas
que ora se rompen ora se trenzan
sobre minúsculos montículos.

Observar entre frondas el palpitar
lejano de escamas de mar
mientras se elevan trémulos crujidos
de cigarras desde los calvos picos.

Y andando bajo el sol que ciega
sentir tristemente maravillado
que está toda la vida y su fatiga
en este recorrido de una tapia
coronada de trozos de botella.

Huesos de sepia, Eugenio Montale. Igitur, 2000
Traducción de Carlo Fabretti.




Sestear pálido y absorto
cerca de un muro hortense ardiente,
dar oído entre zarzas y brezos
al restallo de mirlos y sierpes.

En las grietas del suelo o en la algarroba
espiar filas de rojas hormigas
que ora se rompen y ora se embrollan
encima de gavillas minúsculas.

Observar entre fronda el palpitar
lejano de escamas de mar
mientras se elevan trémulos crujidos 
en calvos picos, de cigarras.

Y andando en el sol que deslumbra
sentir con triste maravilla
cómo toda la vida y su miseria
está en este seguir una muralla
erizada de trozos de botella.

En Una experiencia de la poesía: Eugenio Montale, de Armando Uribe Arce y publicado en El espejo de papel, Cuadernos del Centro de Investigaciones de Literatura Comparada (Universidad de Chile), en 1962.


Lo pequeño, lo minúsculo, es contrapuesto aquí –como en prácticamente toda la poesía de Montale– a lo desmesurado e inhumano habitual, al "sol que deslumbra". El poeta "espía" una vida que no es la suya, participa en cansado deseo (y sería un deseo adolescente, a juzgar por la fecha de este Meriggiare, 1916, y la de su nacimiento según los datos de Anceschi, 1896), interviene por anhelo de anulación de la conciencia en "le file di rosse formiche" o quisiera reducirse a los ásperos cantos de la cigarra. Pero, al revés de lo deseado, la conciencia se aguza, y omnipresente respecto a toda posibilidad de percepción en cada instante registra también, junto a lo mínimo, lo enorme que no se abarca: "palpitar / lejano de escamas de mar". De ahí, de ese doble dolor de una responsabilidad ante lo minúsculo y un temor reverente a lo mayúsculo, que no logran anularse mutuamente y en que el hombre, este hombre, Eugenio Montale, tampoco se anula sino crece a pesar suyo diferenciado, de aquello emana y se consolida en cristales fragilísimos y perpetuos la "triste maravilla" del poeta, su "vida y su miseria", "travaglio" como dice el italiano –usando la palabra en un sentido que acaso sólo conserva en español si es plural y se aplica al parto–, "este seguir una muralla / erizada de trozos de botella". Págs. 25-26.



     Meriggiare pallido e assorto
presso un rovente muro d'orto,
ascoltare tra i pruni e gli sterpi
schiocchi di merli, frusci di serpi.

     Nelle crepe del suolo o su la veccia
spiar le file di rosse formiche
ch'ora si rompono ed ora s'intrecciano
a sommo di minuscole biche.

     Osservare tra frondi il palpitare
lontano di scaglie di mare,
mentre si levano tremuli scricchi
di cicale dai calvi picchi.


     E andando nel sole che abbaglia
sentire con triste meraviglia
com'è tutta la vita e il suo travaglio
in questo seguitare una muraglia
che ha in cima cocci aguzzi di bottiglia.


Ossi di Sepia 1920-1927

sábado, 10 de agosto de 2013

La escritura como fin

"Escribir es una aproximación infinita, infinitamente aplazada y sucesiva a través de las interrogaciones, los eclipses y las mudanzas."

La escritura pasa de ser medio a ser fin, de ser el instrumento a ser el objeto. Sujeto y objeto, poeta y poesía, hombre y lenguaje, sin saber quién bebe de quién, quién sirve a quién y para qué. Para resistir. Haber escrito un día más es la prueba de que este día ha resistido, nosotros –y la misma existencia– con él y en él.

Luis Izquierdo, a veces bajo un tosco armazón de vieja escuela, mezcla en su escritura dardos de sentido común con una mirada desengañada y lúcida; una preocupación social que va filtrándose en el fraseo rítmico de su discurso con la autoridad de quien ha vivido mucho.

La suya es una mirada final. Sus palabras, sin quererlo, parecen abordar la recapitulación de un tiempo elegíaco, el suyo y el nuestro, en el que la esperanza se vuelve una cuestión de fe: "la insospechada fe del lírico". Poesía lúcida ante el abismo: "Al fondo del sentido no hay sentido". Poesía que, aunque bebe de las dos, se asemeja más a la vida que a la poesía misma, pues ésta acaba siendo un camino hacia aquélla: "Sólo hay un viaje del azul al cárdeno / por la vía sin fin de las palabras".

La escritura es también un ejercicio que procede de la soledad y que la exige: "pero me veo solo en la jornada / del tiempo que transcurre irredimible".

La muerte, esa soledad última, su inevitabilidad y su inminencia, es un motivo que cierra un círculo. Y aunque el círculo nunca termina, cobra sus víctimas, ha de renovarse constantemente. El poeta lo sabe y su actitud es serena.

"Será en un alba insólita,
será en el iris de la libertad
cuando goce por fin de aquel paréntesis
donde me habitaré
con otras vidas,
transitivo y feliz.
Inexistente."

jueves, 8 de agosto de 2013

Salir a la rapiña

La existencia –si se me permite la generalidad– se asemeja a una búsqueda destinada al fracaso. Pasión inútil, dijo Sartre. Se me viene a la cabeza esto y aquello de que el lenguaje es como un significado que va de significante en significante, sin encontrar acomodo –lo mismo el deseo, de cuerpo en cuerpo–, al pasar la página y leer este poema desarticulado de Olvido García Valdés:


sale cada día a la rapiña, a ver
qué encuentra que calme
un no tener a qué volverse,
                                             qué,
no objeto sino causa
mediata o móvil, no nudo o nuez 
de la rapiña, sino que huye, que
ni se piensa o sabe
que no hay, que es qué
lo que le falta y sale, busca
cualquier cosa, cualquier
nada que alimente, aunque nada
más cerrar la mano o mirar
vea que el hueco se mueve
y no se llena


Y pienso en el zapping de la televisión. Nuestra búsqueda insaciable comienza con el mando a distancia, los canales de la TDT, la publicidad invasora e indecente, la tendencia última, el estado de Facebook, el tuit que nos expone, la espera de encontrar –¿qué?– una mínima satisfacción: ¿prestigio? ¿reconocimiento? ¿compañía?

La fotografía de Olvido me mira desde la solapa. Ojos oscuros, un rostro que contiene la sombra y la luz y una apelación directa, más que directa, inaplazable, urgente, instándome a huir de la rapiña, a qué vas, si siempre encuentras esto y no tienes a qué volverte.



miércoles, 7 de agosto de 2013

El animal tiene expresión

Cojo el libro Y todos estábamos vivos, de Olvido García Valdés, que saqué prestado de la biblioteca. Ojeo algunos de poemas al azar, a mitad del volumen de más de doscientas páginas. Primero doy con un poema corto de tono casi intrascendente, una estampa lunar que contiene las palabras que dan título al libro. El siguiente poema comienza con un arranque de narración que devanea en la escena difusa de la memoria. El siguiente ahonda en la observación de la naturaleza y su celebración como aglutinadora, conciliadora de contrarios, su intensa falta de correspondencia, esa falta de la suma que hacemos nuestra. Y llego al poema de animales. Ya había notado la importancia que para Olvido García Valdés tiene el animal, instancia simbólica y también elemento poético per se.


León de san Jerónimo, perro
de san Antonio, el animal
tiene expresión. Expresión del felino,
mi gato, reconcentrada, obtusa, casi
desesperada, pertinaz, sin ceder, sin dejar
de expresar su expresión. En el museo,
jóvenes visitantes, la cabeza pelada,
padre de tres hijos, del norte o este
de Europa. Paciente, atiende
la muchacha al bebé; el bebé
y la madre, espejo sin expresión.


Comienza el poema con imaginería religiosa para aseverar: el animal tiene expresión. Si consideramos la expresión, es decir la "declaración de algo para darlo a entender" (otra de sus acepciones tiene que ver con las artes, lo que la hermanaría indirectamente con el fingimiento), como un rasgo propio del ser humano que lo distinguiría del animal, pues éste si bien puede darse a entender sin palabras, primero no sabemos si es consciente del hecho enunciativo y segundo lo haría en un grado inferior al ser humano; si admitimos esto, el poema rompe de entrada una barrera: el animal también tiene expresión. Es, además, una expresión natural, incapaz de no ser, es decir, que no puede no existir: sin dejar de expresar su expresión.

El hombre es el animal que finge, es capaz de fingir su fingimiento, puede no expresar incluso engañar simulando lo que no es. No es intrascendente que, después de declarar la naturalidad del animal que no puede dejar de ser él, aparezca el museo, lugar de turismo donde se exhibe el arte, esto es, la mentira. 

La escena se completa con la madre y el bebé formando un espejo sin expresión. Algo que adquiere aún más relieve tras presentársenos al animal como puro, natural.

Recordamos a propósito el poema que evocaba esa intuición del pájaro para procurarse amparo y sobrevivir, frente al sujeto lírico que duda, teme y anhela.

Olvido García Valdés parece sorprenderse en estos poemas al redescubrir, por evocación o por observación directa, la naturaleza de donde provenimos y de la que nos hemos apartado. Una naturaleza que, orgullosos, sometemos, dominamos y violentamos en lo que Derrida define como una guerra abierta contra el mundo animal. Tomar conciencia de esto es comprobar lo que somos y lo que éramos cuando todos estábamos vivos.