domingo, 26 de abril de 2015

Inclinación al envés, Julio César Galán

Inclinación al envés
Julio César Galán
Pre-textos, 2014
Colección El pájaro solitario
Prólogo de Juan Andrés García Román

Dice el DRAE que el envés es la parte opuesta al haz de una tela o de otras cosas. Por tanto, una inclinación al envés de algo podría entenderse como un afecto o propensión hacia aquello que no se deja ver fácilmente, aquello cuya naturaleza está en no ser visto. Encontrar el camino que dé acceso a esta penumbra va a ser la misión de la escritura. La penumbra se hace fuera y también dentro del sujeto que escribe aquello que es él mismo. Así, es objeto y es lector, su propio lector: un haz luminoso que acompaña, dejando hacer, al discurrir del poema. La existencia se hace poema y el sujeto su compañero.

Julio César Galán, ese poeta raro en palabras de Juan Andrés García Román –digno de mención es su portentoso prólogo, una ingeniosa y laberíntica ficción de tintes épicos–, construye, trabaja y pule el poema con tal cuidado que parece estar haciendo lo propio consigo mismo y con su cerco, la existencia y sus límites. Tiene algo –o mucho– de experiencia lúdica, ficticia, literaria este juego en verso que rescata la idea del poema en marcha, palimpsesto con correcciones (entre otros, de Ángel Cerviño), notas a los poemas, referencias bibliográficas, pasajes dudosos y lecturas conjeturadas. El juego, como sabemos, es el trabajo del niño y el niño, desde su atalaya, como dijo Eisenstein de Chaplin, sabe mirar el mundo primigeniamente. Creo que aquí hay que buscar uno de los anillos de este libro: la puesta en abismo del pasatiempo de vivir, una ficción dentro de otra ficción formando el tronco de una existencia a la que se aplica una mirada de asombro original y primario. El poeta está a la espera, escucha, mira, canta.

Qué gozo no sentirse mentido
ni engañado cuando sabes
que todo es mentira y engaño,
cuando la dicha se reduce
tan sólo al intercambio
de unas cuantas palabras consigo mismo.

Nace el pájaro –alma en hojas– y la escritura-pájaro como disfraz ligero de algo muy pesado, para quitar peso conceptual. Su levedad y su lirismo edulcoran la amargura de unas interrogaciones que parecen sogas: ¿buscas el fuego?, ¿qué encuentras cuando llegas?, ¿morirás volando?, ¿volar es morir? El poema es el espacio para con-jugar: la interrogación, la búsqueda, la carencia. Y el pájaro sonando. Estar en el mundo deja pocas opciones, así que hay que volver al origen, a la niñez, al canto. La razón es simple: en el canto sólo existe el canto. El sujeto queda al margen, se diluye en otros, huye de sí, y ahí, fuera de sí, es donde finalmente se encuentra.

Pero hay más: el pájaro, ocioso, canta dando forma al vacío, elabora el mundo, re-creándolo hacia un encuentro. Salimos de la niñez huérfanos y volvemos a ella porque queremos salir del desierto en que nos hemos convertido. El pájaro disfraza un desamparo de dimensiones bíblicas. El sujeto queda escindido: padezco de una otredad incurable. Ese es el estado carencial, la convalecencia tras esa irreprimible inclinación al envés, que se resuelve de manera gozosa en un canto celebratorio, presencial y transformador. El canto que nace de la necesidad de crear es una máquina imparable de re-creación lírica: coge un trozo de existencia y la vuelve poema.

La escritura para Julio César Galán es este hecho primario de decir, una experiencia transformadora, genésica, mediante la cual se apropia del mundo y de sí mismo para, por fin, con ese fondo de pájaro que hay en nosotros, como si fuera a comenzar todo de nuevo, sin saber por qué ni para qué, hacerlo una y otra vez: regresar y regresar y regresar. 



lunes, 20 de abril de 2015

¿Por qué hay poemas y no más bien nada?, Ángel Cerviño

Pensemos en un chatarrero que empuja su carretilla entre la niebla. Su caminar no es un avanzar, no persigue llegar sino sólo seguir deambulando. Paseante por una ciudad en ruinas, mirando fijamente el contenido viscoso y pobre de su tambaleante carretilla, ese chatarrero es el poeta. Lo que empuja son palabras y caminar es su labor. He ahí la única certeza de que dispone, todo lo demás es incertidumbre.

Esta imagen de la precariedad y el desaliento del poeta se nos ofrece a modo de explicación, una justificación exculpatoria, de un libro que, como la mariposa, ha roto en artefacto rotundo pero leve. Su fragilidad es también su fortaleza, pues sólo quien sabe que no sabe conoce alguna certeza. Un discurso del extravío donde resuena un cierto neoplatonismo movedizo que parece decirnos: hay que volverse inevitablemente hacia la ausencia. El chatarrero recoge, revuelve, busca ecos de lo perdido. Como si sólo le quedara el vano intento de las cenizas, tantear un pensamiento extraviado del que sólo le llegaran ecos. Esa ausencia apenas intuida es la materia del poema. 

La reflexión sobre el lenguaje poético, sobre la recepción del poema o sobre el proceso de creación son los resortes que se activan en cada palabra dejada sobre estos textos escurridizos, reacios a cualquier taxonomía o exégesis. El texto está ahí no para ser descompuesto, sino para dejar que crezca; no para llevar a un sitio, sino para perderse en sí mismo. Y sin embargo, estos textos intentan a cada paso justificarse, intentan, contra toda lógica, ser. Como buen artefacto, incluyen manual de montaje y desmontaje, otra capa más que le sirve al yo lírico para apartarse ante aquello que va cobrando autonomía y que ya no le pertenece a él más que al lector. O mejor: ya no es de nadie. El poema es ciega indefinición, pura hipótesis, ausencia y provisionalidad. La ironía, entonces, se hace patente: el poema es lo que no puede ser. Promesa constante, vacío, un azar a lo sumo.

Ángel Cerviño elabora, con fingida indecisión, un discurso híbrido, polifónico y autorreferente que convierte el lenguaje poético en un espacio infinito desde el que hablar y desde el que hablarse. El lugar de la poesía, como avanza el título del libro, es el no lugar. El poema escapa por sus propios intersticios, es un túnel silencioso, largo y estrecho, formado por algo que no se ve: ausencia y vacío. Hablar desde esta ausencia, arriesgarse a no decir o al decir forajido, es, pues, lo propio del poema. 

No es éste un libro fácil y ni mucho menos es libro de una única lectura. Hace tiempo que ¿Por qué hay poemas y no más bien nada? me mira amenazante desde una sombra de mi escritorio. Lo he cerrado pero sé que el libro sigue abierto. Sé, entonces, que la precariedad y la indigencia del chatarrero que empuja su carretilla ha entrado en mí. Lo que no sé es si ahora yo soy el que empuja o si me han dejado entre la carga de palabras que son arrastradas a ningún sitio.


- ¿...?- Pienso en un narrador poco omnisciente que hiciera partícipe al lector de su desaliento: persigue a sus personajes con el escaso afán de un detective, los pierde de vista con demasiada frecuencia, se le escabullen en una avenida populosa o en un oscuro pasaje, y no puede continuar la narración más que a base de suposiciones, erradas conjeturas que evidencian a cada paso su incompetencia. Añora con amargura los buenos viejos tiempos en que cualquier novelista de tres al cuarto estaba en todo momento al corriente de los pensamientos más inanes de cada una de sus criaturas. Él no está nunca seguro de las motivaciones que conducen a sus personajes a actuar de tal o cual manera, tiene dudas más que razonables acerca de los vericuetos de la trama e ignora a todas luces en qué dirección avanza el relato. Pierde el control y, a falta de otras certezas, se deja conducir por intuiciones que de continuo lo atascan en nuevos callejones sin salida.- ¿...?- ¿Acaso no trabaja el poeta en similares condiciones?

¿Por qué hay poemas y no más bien nada?, Ángel Cerviño, p.72


Publicado en Tendencias21.



jueves, 9 de abril de 2015

Antología poética, Unamuno



Recuerdo lo de «cuando me creáis más muerto retemblaré en vuestras manos» como un mantra juvenil, eufórico y justiciero que creo haber repetido para mis adentros alguna vez, sin haber sido yo nada de eso. Puede hacer diez años, cuando frecuentaba las librerías de segunda mano. Lo compré en edición de Akal bolsillo, con fecha de 1987, justo cincuenta años después de la muerte de Unamuno, con esa inconfundible cubierta a dos colores, naranja y verde oscuro, un retrato del autor a carboncillo en el centro y un prólogo de Andrés Trapiello tan bueno que hace de este libro dos libros. 

Aquella antología poética que ahora, diez años después –por decir algo–, he rescatado de las estanterías cada vez más despobladas del que fue mi cuarto en la casa de mis padres. Los libros usados o de saldo que compraba en las librerías de mano granadinas con lo que me sobraba del dinero para comer que me daba mi madre. Con esa 'mordida', de la que ella seguramente estaba al tanto, fui formando buena parte de mi pobre e incipiente biblioteca. Ahora se mezclan ejemplares de muy distinta procedencia, valor y precio. He de decir que ya no piso las librerías de segunda mano, y siento cierta nostalgia pues ya era el mío un rostro bien conocido, hasta me saludaban de manera rutinaria. Aquellas polvorientas y lúgubres librerías en las que intentaba sublimar mi condición de solitario. Ahora un mensajero se baja de la furgoneta, toca el timbre y me entrega el libro nuevo en la mano.  

Libros y libros y libros. Son un paisaje. El de mi propia novela de formación que debe de estar más que cerrada aunque yo la sienta cada vez más inconclusa. Otra vez ese impulso destemplado por permanecer, aquel erostratismo de unos versos unamunianos que truenan igual que secos latigazos o golpes metálicos en el vacío. El vacío, ese no-lugar, donde mejor supo moverse Unamuno a su pesar, exiliado de sí mismo, en la constante incertidumbre del afuera al que indefectiblemente se dirigió. Quería ir adentro pero estaba afuera. Afuera del afuera, en los meandros lingüísticos de Foucault, resonando con fuerza, desde su olvido, en esta noche eterna de lentitudes en que todo se abandona a la ilusión de estar un día más permaneciendo. 



Me destierro a la memoria, 
voy a vivir del recuerdo; 
buscadme, si me os pierdo,
en el yermo de la historia.
Que es enfermedad la vida
y muero viviendo enfermo;
me voy, pues, me voy al yermo
donde la muerte me olvida.
Y os llevo conmigo, hermanos,
para poblar mi desierto;
cuando me creáis más muerto
retemblaré en vuestras manos.
Aquí os dejo mi alma-libro,
hombre-mundo verdadero;
cuando vibres todo entero
soy yo, lector, que en ti vibro.

Cancionero (1922-1936)

sábado, 4 de abril de 2015

Provocación, Stanislaw Lem

Alguna vez, en mi ¿tierna? infancia y ya entrado en años, después de cualquier pensamiento más o menos afortunado, o después de uno de esos momentos que uno querría apresar y guardar para siempre en los bolsillos, he fantaseado con la idea de que hubiera alguien o algo en algún sitio, seguramente por tradición la mirada se me iría hacia arriba, alguien o algo que tomara nota y llevara un recuento de cada uno de nuestros actos o pensamientos, incluso los más fútiles y vanos. Esta especie de notario de los cielos llevaría el registro de las veces que he tropezado al salir a la calle, las que he pisado un excremento canino, de las que he llorado amargamente y también de las que he hecho llorar a otros. Pensar que esa instancia imaginaria estaba ahí velando por que no se perdiera nada, de algún modo, resultaba tranquilizador y perturbador al mismo tiempo. 

Digo esto porque leyendo Provocación de Stanislaw Lem me he acordado de aquella idea cándida y, por qué no confesarlo, saber que alguien, nada menos que el señor Lem, a miles de kilómetros y decenios de distancia, ha tenido a su vez esta extravagante idea, esta pueril ocurrencia, me ha entusiasmado como quien en el recreo del colegio encuentra a otro niño solitario mirando el mismo charco. La de Lem es sin duda mejor: unos supuestos autores, J. Johnson y S. Johnson, habrían escrito una magna obra, compuesta entera datos estadísticos, donde se recoge «lo que todo el mundo está haciendo simultáneamente durante un minuto». One human minute es el título de la supuesta obra a cuya reseña Lem dedica la segunda parte de Provocación. Reseña de un libro imaginario, con dos autores casi homónimos y editorial selenita (A Moon Publishers Book), supone el pretexto ficticio para abrir una caja de Pandora muy inquietante.

Lem es más que un escritor. Sus inquietudes de erudición incluyen regiones tan vastas como la ciencia, la literatura y la filosofía. Por eso su redacción en este nuevo género de las reseñas de libros imaginarios es de una densidad apabullante. Como con Borges, uno lee a Lem sabiendo que va dejando cosas por el camino pero que es necesario hacerlo así, de lo contrario se atascaría de manera fatal en esta o aquella piedra. Con la concisión y la seguridad de un científico que mostrara un hallazgo irrefutable, Lem expone los datos sobre los procesos más morbosos que ocurren mientras usted lee esto: la sangre que bombean todos los corazones del mundo o el semen que eyaculan todos los hombres del mundo en este mismo minuto y que empequeñecen a la erupción del mayor géiser. O las hipótesis más descarnadas: si juntáramos los cuerpos de todos los seres humanos existentes en el mundo y los arrojáramos al mar, el nivel de los océanos apenas lo notaría. Los resultados, expuestos con una precisión inapelable, parecen sugerir algo que no por conocido es menos indigesto: el ser humano es un elemento totalmente prescindible en la tierra y en el universo. En efecto, como diría la película, nosotros somos contingentes, insignificantes. Deberíamos recordar esto antes de levantarnos cada mañana. 

Pero este minuto humano es solo la mitad de Provocación. La primera parte es otra reseña de un libro imaginario, en este caso los estudios de un tal Aspernicus sobre una «antropología del mal» que sugeriría que el nazismo es solo la culminación del mal asentado en la cultura mediterránea y que sigue manifestándose por metástasis hoy en día en fenómenos como el terrorismo. Nuestra inclinación al mal resultaría de una naturaleza que encuentra mayor eficacia pragmática y, por tanto, más satisfacciones en hacer el mal que en hacer el bien. En otras palabras –no olvidemos que esto lo dice un superviviente del Holocausto–, el nazismo no supuso una excepción a la regla, un único y terrible exceso; antes bien, fue la constatación del tumor que sigue extendiéndose por el cuerpo extraño de nuestra civilización hedonista. Que la distancia hacia el mal es más corta que la que nos separa del bien ya pudimos comprobarlo, por poner dos ejemplos, con películas como Viridiana o La naranja mecánica. Aunque no hay que irse tan lejos: nada como ver un telediario. Lo irónico, lo macabro, es que la legitimidad del bien, para imponerse a la ilegitimidad del mal, ha de recurrir a sus mismos mecanismos. Caer en el agujero es una inevitabilidad.

Stanislaw Lem, por último, convierte al lector de este deslumbrante libro en un mirón. Las tablas estadísticas son el ojo de la cerradura por el que miramos lo macabro de la existencia. El mirón, nos recuerda un Lem muy cerca de Nietzsche, se enfrenta cara a cara no sólo con toda su especie, sino también con su destino.

Los actos vistos en miniatura son indiferentes, ya que muestran criaturitas del tamaño de una hormiga. Los ampliado, en cambio, dan asco porque la piel más suave de la mujer más bella se ve entonces como una superficie porosa y blancuzca, de la que salen pelos gordos como colmillos, y donde los orificios de las glándulas sebáceas segregan una mucosidad brillante y pegajosa. 

miércoles, 1 de abril de 2015

El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince II

Ya somos el olvido que seremos. Cuenta Héctor Abad Faciolince que el día que un sicario del Estado le vació a su padre un cartucho de seis balas repartidas entre pecho, cuello y cara, el doctor Abad llevaba un papel en su bolsillo con este verso escrito a mano. Con él comienza el soneto 'Epitafio' de Borges. 

Medellín, Colombia entera, eran una temible y calculada balacera, un polvorín selectivo auspiciado por quienes desde el poder velaban por defender el imperio de la injusticia, la explotación y la barbarie. En este clima de auténtico fascismo, el activismo social del doctor Héctor Abad Gómez y su denuncia continua en prensa y foros públicos de la desigualdad de clases suponía una oposición intolerable, la 'amenaza comunista', blanco perfecto para la violencia totalitarista y descarnada de los paramilitares.

El hijo homónimo, único varón junto a cinco hermanas, también amenazado de muerte, igual que el padre responde con el arma más poderosa, la única que, aunque no definitiva, puede ser un remedio contra el olvido: la palabra. A la palabra fía toda posibilidad de venganza, de perdón, de recuerdo y de homenaje. A su capacidad de encontrar resonancias en unos pocos corazones amigos que, en sus propias palabras, mantengan viva la memoria y la vida de un padre ejemplar. Así sea.

Además de la figura pública del doctor, profesor, periodista, escritor y activista social, gusta especialmente la historia personal del excepcional ser humano que fue Héctor Abad Gómez, padre generoso y entusiasta, amante de la vida que supo contagiar su humanismo incondicional a quienes lo rodearon. El olvido que seremos se añade a una larga lista de libros sobre las relaciones paterno-filiales. Desde la atormentada Carta al padre de Kafka al reciente García de Pablo García Casado, pasando por Infancia de Coetzee, el genial híbrido titulado Mi padre y yo. Un western de Juan Manuel Gil o El balcón en invierno de Luis Landero. Sirva como ejemplo este fragmento que el propio Héctor Abad hijo transcribe de una carta que su padre le envió estando aquél en Italia.


En una carta que me escribió en el año 75, y que publicó como epílogo de su segundo libro (Cartas desde Asia), decía lo siguiente: «Para mí, paulatinamente, se me va haciendo cada vez más evidente que lo que más admiro es la belleza. No hay tal que yo sea un científico, como lo he pretendido –sin lograrlo– toda la vida. Ni un político, como me hubiera gustado. Es posible que de habérmelo propuesto hubiera podido llegar a ser un escritor. Pero ya tú empiezas a entender y a sentir todo el esfuerzo, el trabajo, la angustia, el aislamiento, la soledad y el intenso dolor que la vida le exige a quien escoge este difícil camino de crear belleza. Estoy seguro de que me aceptarás la invitación de que veamos juntos esta tarde Muerte en Venecia, de Visconti. La primera vez que la vi sólo me impresionó la forma. La última vez entendí su esencia, su fondo. Lo comentaremos esta noche.»