domingo, 3 de mayo de 2015

García, Pablo García Casado

Habla Juan de Mairena en su poética de la lírica enfrentada a la lógica, pues mientras ésta acude a conceptos intemporales aquélla se expresa con la emoción viva del tiempo al que aún pertenece. Esta temporalidad marcaría la división entre una y otra. El ejemplo de lírica lo constituye para Mairena el poeta Jorge Manrique, quien se guarda bien de teorizar mediante silogismos rimados y, en su lugar, simplemente interroga por aquello que él mismo tuvo ante sus ojos y de lo que no quedará nada. Imagino que, atendiendo a este criterio de la radical temporalidad, el crítico Juan de Mairena daría el visto bueno a la inclusión de Pablo García Casado, a priori 'tan poco lírico', en esta nómina de verdaderos líricos de nuestra poesía. 

Su último libro, presentado en frasco pequeño, destila sin embargo una esencia demoledora y trágica que vive como pocos en su momento y en su entorno. Para ello, el sujeto lírico, multiplicado o escamoteado, se embebe en el mar anónimo de esos otros cuyas voces aparecen diseminadas, fragmentadas, aisladas en estos poemas. Pablo García Casado sabe que la escritura no debe dar respuestas sino formular las preguntas. Y que el sujeto es esa voz que va cambiando de traje, sin encontrar nunca acomodo, con el único recuerdo de una arcadia lejana y con muchos temores. Las voces que se pasean por estos poemas parecen siempre al borde de algo, envueltos en situaciones límite que, lejos de estallar, parecen advertir que la vida simplemente continúa, sin contar con nosotros, pero gracias a nosotros. Por eso la figura del hijo y el contrapunto del padre constituyen uno de los ejes de este libro. El hijo es continuidad, resistencia, salvación. El padre, por fin, pertenece a algo: a esa cadena de anónimos eslabones que resiste contra el tiempo. De nuevo el sujeto se confunde en el otro, el gran océano de la existencia toma la voz. 

García tiene un tono resignado, derrotado, preso del temor de quien debe asumir el fracaso que comporta toda existencia, especialmente la del ciudadano medio español que ha visto el deterioro moral de un país profundamente desengañado. Contiene este libro no pocos momentos de una desesperanza cruda, brutal y nihilista. Casi no se atisban luces, de no ser por el hijo y ese mundo de la niñez recuperada. El padre, que también fue niño, se siente incapaz de dar respuesta al dolor y al sufrimiento que aqueja a una sociedad decepcionada por las promesas de eternidad y perpetuo ocio con las que se nos vendió el progreso tecnológico. El enigma de la vida resurge con más fuerza. Por eso el individuo se hace pequeño, se vuelve solidario, porque necesita al otro. Nos necesitamos ante el abismo. Hay en García una preocupación social tan fuerte que hacen de la escritura una necesidad ética. Los poemas de este libro avisan de un país envilecido y naufragado, del miedo a la herencia que les quedará a nuestros hijos y de la necesidad de impedirlo con lo que sea, aunque sea con poesía. 

Ya no nos abrazamos. Ceremonias, funerales, cenas de compromiso, manos blandas que se estrechan. Nos decimos que ya no somos los de antes, y es cierto. Porque estamos solos, ahora sí estamos solos. No es la retórica de los poemas adolescentes, es la soledad verdadera. La de estar a los pies de la cama de tu hijo. La de estar a los pies de la tumba de tu padre. La de no saber qué número marcar. Ni para qué.
Fragmento del poema 'Devoradores'.