domingo, 16 de agosto de 2015

'Herida en cuatro tiempos', Claudio Rodríguez

No sé si fue aquella vez en Jun, cuando llevé en coche a mi amigo el poeta a una lectura organizada, creo recordar, para la llamada tercera edad. Jun entonces se había granjeado cierta notoriedad por ser pionero en nuestro país en materia de tecnología informática, transmitiendo online desde plenos hasta actos culturales, cosa que unos años atrás tenía su aquél. Como llegamos con tiempo, después de aparcar entramos a un bar cercano, uno de esos de provincias, genuinos, donde uno tiene la certera sensación de ser un forastero. Ya en el centro cultural, acomodamos unas sillas en círculo, no más de diez, y, a diferencia de esos actos a los que acude gente de renombre, (por ejemplo, presentaciones de libros, conmemoraciones, etc.), los cuatro gatos, canosos y despreocupados que allí estábamos nos dejamos llevar sinceramente en una conversación amena. Como sucede cuando se sabe que lo que hacemos no tiene importancia y que, si la tuviera, no lo disfrutaríamos. Y, sin embargo, claro que tuvo importancia: aquí estoy yo recordándolo, yo que he asistido y me he aburrido o he ambicionado –es lo mismo– en decenas de lecturas de esas a las que acude gente de renombre. 

Hoy he cogido el tomo de Poesía completa (1953-1991) de Claudio Rodríguez, en edición de Tusquets, y he abierto el libro por la página 223, justo en el poema que abre el libro "El vuelo de la celebración". Claudio Rodríguez escribió este poema después de que su hermana menor fuera apuñalada en plena calle en un crimen pasional. Dijo el poeta que la escritura del poema le ayudó a seguir adelante.

"El vuelo de la celebración" es de 1976. Más de cuarenta años después, este poema tiene una vigencia lamentable que nos acusa de inhumanidad y sinsentido. En este verano del año 2015 donde el terror de la violencia contra la mujer –y contra los hijos– resulta incomprensible, quizás debamos detenernos y respirar la belleza y el dolor de estos versos del genial poeta Claudio Rodríguez. 

No estoy seguro sobre si Juan Andrés leyó entonces este poema. Pero recuerdo la imagen de la almendra, dicha por él, con una trágica belleza, uno de esos hallazgos que asombran y estremecen.



HERIDA EN CUATRO TIEMPOS


I
AVENTURA DE UNA DESTRUCCIÓN

Cómo conozco el algodón y el hilo de esta almohada
herida por mis sueños,
sollozada y desierta,
donde crecí durante quince años.
En esta almohada desde la que mis ojos
vieron el cielo
y la pureza de la amanecida
y el resplandor nocturno
cuando el sudor, ladrón muy huérfano, y el fruto transparente
de mi inocencia, y la germinación del cuerpo
eran ya casi bienaventuranza.

La cama temblorosa
donde la pesadilla se hizo carne,
donde fue fértil la respiración,
audaz como la lluvia,
con su tejido luminoso y sin ceniza alguna.

Y mi cama fue nido
y ahora es alimaña;
ya su madera sin barniz, oscura,
sin amparo.

No volveré a dormir en este daño, en esta
ruina,
arropado entre escombros, sin embozo,
sin amor ni familia,
entre la escoria viva.
Y al mismo tiempo quiero calentarme
en ella, ver
cómo amanece, cómo
la luz me da en mi cara, aquí en mi cama.
La vuestra, padre mío, madre mía,
hermanos míos,
donde mi salvación fue vuestra muerte.


II
EL SUEÑO DE UNA PESADILLA

El tiempo está entre tus manos:
tócalo, tócalo. Ahora anochece y hay
pus en el olor del cuerpo, hay alta marea
en el mar del dormir, y el surco abierto
entre las sábanas.
La cruz de las pestañas
a punto de caer, los labios hasta el cielo del techo,
hasta la melodía de la espiga,
hasta esta lámpara de un azul ya pálido,
en este cuarto que se me va alzando
con la ventana sin piedad,
maldita y olorosa, traspasada de estrellas.
Y en mis ojos la estrella, aquí, doliéndome,
ciñéndome, habitándome astuta
en la noche de la respiración, en el otoño claro
de la amapola del párpado,
en las agujas del pinar del sueño.
Las calles, los almendros,
algunos de hoja malva,
otros de floración tardía, frente
a la soledad del puente
donde se hila la luz: entre los ojos
tempranos para odiar. Y pasa el agua
nunca tardía del Duero,
emocionada y lenta,
quemando mi infancia.
¿Qué hago con mi sudor, con estos años
sin dinero y sin riesgo,
sin perfidia siquiera ahora en mi cama?
¿Y volveré a soñar
esta pesadilla? Tú estate quieto, quieto.
Pon la cabeza alta y pon las manos
en la nuca. Y sobre todo ve
que amanece, aún aquí,
en el rincón del uso de tus sueños,
junto al delito de la oscuridad,
junto al almendro. Qué bien sé su sombra.


III
HERIDA

¿Y está la herida ya sin su hondo pétalo,
sin tibieza,
sino fecunda con su mismo polen,
cosida a mano, casi como un suspiro,
con el veneno de su melodía,
con el recogimiento de su fruto,
consolando, arropando
mi vida?

Ella me abraza. Y basta.
Pero no pasa nada.
No es lo de siempre: no es mi amor en venta,
la desnudez de mi deseo, ni
el dolor inocente, sin ventajas,
ni el sacrificio de lo que se cotiza,
ni el despoblado de la luz, ni apenas
el tallo hueco,
nudoso, como el de la avena, de
la injusticia. No,
no es el color canela
de la flaqueza de los maliciosos,
ni el desencanto de los desdichados,
ni el esqueleto en flor,
rumoroso, del odio. Ni siquiera la vieja
boca del rito
de la violencia.

Aún no hay sudor, sino desenvoltura;
aún no hay amor, sino las pobres cuentas
del engaño vacío.
Sin rendijas ni vendas
vienes tú, herida mía, con tanta noche entera,
muy caminada,
sin poderte abrazar. Y tú me abrazas.

Cómo me está dañando la mirada
al entrar tan a oscuras en el día.
Cómo el olor del cielo,
la luz hoy cruda, amarga,
de la ciudad, me sanan
la herida que supura con su aliento
y con su podredumbre,
asombrada y esbelta,
y sin sus labios ya,
hablando a solas con sus cicatrices
muy seguras, sin eco,
hacia el destino, tan madrugador,
hasta llegar a la gangrena.
                            Pero
La renovada aparición del viento,
mudo en su claridad,
orea la retama de esta herida que nunca
se cierra a oscuras.

Herida mía, abrázame. Y descansa.


IV
UN REZO

¿Cómo el dolor, tan limpio y tan templado,
el dolor inocente, que es el mayor misterio,
se me está yendo?
Ha sido poco a poco,
con la sutura de la soledad
y el espacio sin trampa, sin rutina
de tu muerte y la mía.
Pero suena tu alma, y está el nido
aquí, en el ataúd,
con luz muy suave.

Te has ido. No te vayas. Tú me has dado la mano.
No te irás. Tú, perdona, vida mía,
hermana mía,
que esté sonando el aire
a ti, que no haya techos
ni haya ventanas con amor al viento,
que el soborno del cielo traicionero
no entre en tu juventud, en tu tan blanca,
vil muerte.
Y que tu asesinato
espere mi venganza, y que nos salve.
Porque tú eres la almendra
dentro del ataúd. Siempre madura.

martes, 11 de agosto de 2015

Objetor de conciencia

Relatar mis propias experiencias psíquicas comenzando con el cristianismo y desarrollando a partir de él, de modo sistemático, la historia de mi credo personal, sería una  empresa imposible; todos mis libros son una tentativa de hacerlo. Entre sus lectores se encuentran muchos para quienes estos libros tienen un sentido y un valor bien determinados: porque en ellos han visto confirmadas sus propias y más importantes experiencias, victorias y derrotas. No son muy numerosos, pero tampoco son numerosos los hombres que tienen experiencias psíquicas. La mayoría no llega nunca a la madurez, se queda en el estado primitivo, en la fase infantil de los conflictos y desarrollos; quizás la mayoría no llega ni a conocer el «segundo grado», y se detiene en el irresponsable mundo animal de sus instintos y sueños infantiles, y la saga de un estado más allá de su penumbra, de un bien y un mal, de una desesperación por el bien y el mal, de una redención a la luz de la gracia, les parece risible.
(HESSE, H.: Mi credo. Bruguera, 1977. Págs. 92-93) 


No sin antes reconocer la poca utilidad y la casi ninguna fiabilidad de este juego, se entretiene Hermann Hesse en clasificar a los humanos en dos tipos: los piadosos, entre los que se incluye él mismo, y los racionales. Previamente, había explicado cuál es, según su experiencia vital y lectora, el camino que sigue todo hombre: «de la inocencia a la culpa, de la culpa a la desesperación y de la desesperación al fracaso o a la liberación». A la liberación final se accedería con la fe. Estos tres grados de la historia evolutiva del hombre, comunes a todas las creencias y religiones, tienen un carácter gradual y reversible, es decir, quien haya alcanzado el segundo grado puede por momentos sentir la vida como lo hacía en el grado anterior; sin embargo, quien esté en el primer grado, muy difícilmente entenderá las revelaciones que acontecen en los grados posteriores. 

Últimamente, y cuento ya en años, muchas de mis lecturas van, consciente o inconscientemente, al encuentro de algún tipo de hondura vital, alguna aproximación a la trascendencia que suele darse a partir de una vivencia personal. Recuerdo la angustia y la decepción última con la lectura del Diario íntimo unamuniano. Aún creo sentir a veces la excitación interior que me produjeron las dudas metafísicas del lúcido y desgraciado Andrés Hurtado en El árbol de la ciencia. Aunque no siempre la aplique, confieso que de cuando en cuando necesito la medicación revitalizante de Nietzsche. Mi mirada se abisma si pienso en Confesión, el admirable relato de la profunda crisis existencial que tuvo a Tolstoi al borde del suicidio en la plenitud de su vida. Y tiendo a la mansedumbre al evocar las conversaciones de Siddharta con Govinda, Kamala o Vasudeva o las de Harry Haller con Armanda. 

Trazamos nuestro perfil con cada elección y también, como nos avisa Ortega, con la oquedad que abrimos siempre al elegir. Agrandamos o achicamos nuestra huella casi sin reparar en lo que hacemos. Esa feliz inconsciencia no nos reporta, sin embargo, mucha tranquilidad de espíritu. Al contrario: nos hace sospechar del reverso invisible de todas las cosas, incluidos nosotros mismos. Instalados en la sospecha, ya todo tiene otra apariencia.

Siempre tuve la intuición de que la poesía era un medio privilegiado para establecer contacto con esas experiencias psíquicas, como dice Hesse, que de otra manera nos estarían vedadas. Encontré mis iguales, mis maestros, mis confidentes, mi réplica y mi impulso, en las páginas de los libros que, siendo aún adolescente, acariciaba como si en ellas palpitara la sangre caliente que entonces anhelaba. En ellas encontré también consuelo cuando la pena hizo de mí su territorio. Tuvo la poesía entonces su razón de ser, plena e insustituible. Contribuyó, en definitiva, a ese estado que a todos los jóvenes acucia, como una cortesana que irreflexivamente despreciáramos, y que después, llegados los años de las primeras canas, recordáramos con melancolía. Me refiero a la ilusión.

Hoy, con las primeras y las segundas canas, hablo con mi amigo el poeta, también entrado en estas canas metafóricas, y compruebo el maltrato al que sometemos los jóvenes y los mayores a la poesía. Como con tantas otras cosas, hacemos de la poesía una herramienta más de nuestra voluntad, sucia de anhelos, ansiedad y sed. Es el sino de los tiempos, deseamos figurar, exhibirnos, estar siempre online, esperando no sé qué reconocimiento o premio. En unos casos basta un puñado de Me gusta; en otros las ambiciones son más altas y se espera aparecer en una antología de las que sientan el canon, sea lo que sea eso. 

Cuando éramos jóvenes nos gustaba fantasear con un futuro en el que seríamos importantes. Después, la vida va colocando a cada uno en un sitio más o menos cómodo, al menos lo suficiente para soportarlo. El caso es que hay quien no lo soporta. Dejamos que nuestra voluntad, esa maraña de instintos y miedos, nos gobierne y que, de paso, haga suyo cuanto creamos. Me dijeron –y luego leí– que la mejor opción es la del observador. La de quien mira con un afán de pura contemplación, manteniendo su voluntad al margen, anulándola si es preciso, para así empaparse de las cosas tal como son, sin pretender nada detrás de ellas. Si buscamos algo detrás de las cosas, malo. Recuerdo el poema que abre La eterna cualquiercosa, el último libro de Martín López-Vega, como un animalillo manso a nuestros pies.

No es que el mundo esté bien hecho, como decía Guillén, es que el mundo es así y yo estoy en él, no para ensuciarlo, sino para contemplarlo, comprenderlo y admirarlo. Esta es la manera de comprometerse que no salpica a la belleza. En palabras de Billy Wilder en Irma la dulce, el mundo es una lucha total y no se puede ser objetor de conciencia. Pero cuidemos también la manera en que deseamos las cosas, pues de ello depende que cualquier cosa nos asombre y nos haga eternos.




CANCIÓN DEL RINOCERONTE 

Es hermosa la niebla en la mañana de Aluche
que no deja ver los edificios del centro ni la Sierra. 
Es hermoso el ladrido de Jacob en el rellano
y son hermosas las antenas orientadas a rutinarios satélites
y es hermosa la tienda de modas pasadas de moda de la esquina
y es hermoso el gesto de brazos caídos de los árboles
y el modo en que mi amor arrastra las zapatillas por el pasillo. 
Es hermosa la cuchara de madera para la miel
y el brillo turbio de la miel y su sabor dulce-amargo-dulce. 
Es hermoso el olor a café recién hecho y a pan recién tostado
que se abre paso desde una cocina en al que nunca estuvimos
en casas de generaciones anteriores a la nuestra:
nuestros genes huelen a pan y café. 
Es hermoso saberse aquí,
en el ínfimo instante de no estar en parte alguna,
moderadamente feliz y no desdichado, algo tan común.
Existente y no existente.
En el presente en lugar de en el no-presente
de las cosas que no volverán y las que no llegarán nunca. 
Aunque estando aquí estoy también en esos no-presentes
que un día se bifurcaron dejando atrás hoyes posible
sa cambio de este de hoy. Todo es cuestión
de un cambio de postura, estar aquí o allí,
incluso en los allíes que no existieron nunca.
Sentir cómo hubiera sido otro estar distinto de este mismo ser.
Y mientras tanto irme pero estar aquí, sin saber para quién. 
Es hermosa la niebla de los lugares a los que nunca iremos,
donde somos quienes ya no seremos.
Es hermosa la señal que emiten y hace interferencias
con la emisión del presente,
dejándonos entrever a un tiempo
qué fuimos, qué no seremos, descodificar el ahora
como si no fuera más que una ecuación cuya única incógnita
es si el resultado es +(yo) o –(yo). 
Es hermoso el sueño que tengo de otra vida paralela
en otra dimensión con otras leyes
y hermoso no saber, a despertar,
cuál es más real
ni cuál el basurero de la otra,
cuál la que la otra sostiene, la que me justifica. 
Es hermoso el encorvado andar de los ancianos
y es hermoso el insoportable palique de las cotorras
en los árboles vecinos y es hermoso este instante
sólo por ser este instante que ya no es
y es a la vez cuanto fue y no fue,
cuanto será y cuanto ya no.
Es hermoso el libro sobre la mesa del salón
que cita el primer texto budista:
«Camina solo como un rinoceronte».
Es hermoso recoger los hilos que el día tiende
y con ellos componer, delicada y exhausta,
nuestra canción. 
Es hermoso caminar solo entre la bruma
sabiéndome tantos a la vez.
Soy una conversación de inexistentes.
Soy lo que queda de una infinidad de futuros
que viven su truncada existencia dentro de mí.
Es hermoso haber elegido tantas veces:
soy un cruce de cruces de caminos. 
Es hermosa la niebla en la mañana de Aluche
que sólo deja ver hacia adentro,
niebla en la que entrar es entrarse.  
Como una multitud reconciliada,
camino solo entre la bruma
igual que un rinoceronte entre las ruinas
de un mundo suyo y no suyo.
Es hermosa la existencia. 
(LÓPEZ-VEGA, M.: La eterna cualquiercosa. Pre-textos, 2014. Págs. 9-11)

sábado, 1 de agosto de 2015

Cuaderno de anotaciones: Crear la escucha. Los objetos y la ética en Martín López-Vega

Siempre tras la huella de lo grande y de lo eterno, nunca satisfecho con lo minúsculo y lo bonito. Quienes se reconozcan en estas palabras que Armanda le dirige a Harry Haller en El lobo estepario, ya habrán intuido alguna vez que no hay conclusión a cada final de historia, que el aprendizaje es siempre otra posibilidad y otra ramificación, que vivir, en definitiva, es el arte de la sucesión y el aplazamiento. Una incómoda sospecha y, finalmente, una melancólica confirmación se erguía con cada hoja arrancada a todos los libros en los que nos hemos confundido. 

Quienes no puedan discernir lo minúsculo y lo bonito del envilecimiento, habrán comprendido alguna vez que no cabe más heroicidad que el repliegue. Este replegarse pasa por nuestros ojos niños como un tren descarrilado, y así lo queremos. Deseamos huir(nos) de ese modo: replegados, retorcidos, aniñados, felices. El poema que hemos querido escribir cada mañana y que siempre ha acabado, en el mejor de los casos, en un airoso humorismo, ese poema también ha fracasado. 

Quienes viven así ya sabrán que hay pocas salidas. Una de ellas es aprender de una vez a reír. La risa atronadora, la carcajada. Una mueca que nos distancie, ingrávida, huidiza; que nos abra en canal a la posibilidad que somos y nos cuelgue para que los que vengan pasen y miren lo que llevan dentro. 

Mis limitaciones me han impedido verlo de otro modo. La existencia, pues, diremos enigma irresoluble del que sólo nos llegan lejanas intuiciones. Debemos componérnoslas para dejar a medias un rompecabezas mínimamente aceptable. Y ese es nuestro legado. 

Pensemos que las cosas guardan mensajes ocultos, que cifran nuestra estancia, y que sólo con una atenta escucha –y un moderado distanciamiento– podremos sorprenderlas. Valoremos la escucha, la quietud, la vigilia, la pureza indestructible del instante. (Qué raro que los árboles no se tumben a dormir la siesta, canta Neil Young). Establezcamos correspondencias entre los objetos y dispongamos que sólo aquel que sabe escuchar las descubre. Escuchar será la contemplación del ahora, del yo, de todos los ahoras posibles, los que ni siquiera llegaron a ser y los que ya fueron. Todas las figuras en que se descompone el caos del yo quedarían reorganizadas en un proceso de adaptación al medio. La memoria y la conciencia serán el panel que une los cables.

Pero quizás no. Las cosas están ahí. Es la mirada que las relaciona, imaginando conexiones entre ellas. El poeta tiene como materia al mundo. Con él juega, consigo mismo juega. Juguemos. Y de paso abramos un camino. Concluyamos –es decir, reiniciemos– la búsqueda porque en la persecución del sentido lo que cuadra es hermoso y hemos venido para la hermosura.

Esta será la ética, el modo de estar en el mundo. Esta es la elección. Y no es poca cosa. No sé si fue Nietzsche quien dijo que, puesto que lo necesitamos, deberíamos tener mucho cuidado con lo que decidimos creernos. 


*     *     *

Es hermoso el sueño que tengo de otra vida paralela
en otra dimensión con otras leyes
y hermoso no saber, al despertar,
cuál es más real
ni cuál el basurero de la otra,
cuál la que la otra sostiene, la que me justifica.


*     *     *

Has regresado a casa y no ha cambiado nada.
Dejas el pan sobre la mesa,
lo partes y repartes entre todos.
Morderemos la corteza y al llegar a la miga
por fin entenderemos.


Los fragmentos pertenecen a los poemas Canción del rinoceronte y Puerta entornada, del libro La eterna cualquiercosa, de Martín López-Vega, publicado por Pre-textos en 2014.