Oración de la lluvia, Carmen María López


Tienen los premios Adonáis y sus accésits un aura que conecta nuestro presente con libros tan míticos, por ejemplo, como el impresionante Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez. Desde entonces, allá por 1953, Rialp ha sabido mantener una colección que está viviendo una época de esplendor merced a los últimos galardonados, libros de una calidad inusitada habida cuenta la obligada juventud de quienes los escriben, ya que, recordemos, este premio se otorga a menores de treinta y cinco años. Es el caso de Oración de la lluvia, libro que hoy nos ocupa.

Si nos fijamos en los títulos de secciones y el del conjunto entero (paratextos que en poesía suelen cumplir una función estructural pero también hermenéutica) encontramos casi una guía de lectura: oración, lluvia, Ítaca, lo divino, lo humano. Sólo faltaría añadir que es la figura de la abuela quien encarna, desde la ausencia (luego será, desde la presencia, la hija), ese linaje al que se consagra una voz poética que se debate entre el dolor de lo irreparable y la entrega gozosa a una cadena de existencias cuya temporalidad, milagros del más acá, concede un infinito.

La oración da el tono íntimo, de ruego y homenaje; la lluvia es el contacto con la naturaleza que, de paso, rescata la figura de la abuela como mediadora entre vida y arte; Ítaca es, cómo no, símbolo del origen y de esa unidad que la poeta aspira a restablecer mediante la palabra; lo divino y lo humano, en fin, son las dos caras de esa unidad y de ese origen que conforman el vértice de este libro con vocación ascensional.
La misión de la poeta aquí es hacer un ejercicio de indagación en las aristas de la memoria para, con suerte, instalarse en esa trama fugaz que llama “lo divino”. La poesía, pues, sirve de vehículo celeste y opera a modo de plegaria, esa es la oración, y de ahí el tú de los poemas, la segunda persona a la que se habla con complicidad pero también con la severidad de la advertencia si es preciso. El fruto de esta invocación poética no está allá, en las esferas insondables del cielo, sino aquí, en “esa danza sencilla de vivir”.

La poeta recibe el don de la poesía (el don de la ebriedad, todo un desgarro) de una manera suave y delicada. Aunque la palabra poética podría implicar cierta violencia en tanto que excavación interior, lo que predomina es una especie de delirio bajo control e imprescindible para esa labor de reintegración colectiva en la unidad perdida. Oficia la escritura de testigo privilegiado (“cantar desde mis ojos, ser pupila”) y, como si acabara de recibir toda la creación de golpe, no puede evitar una gratitud exultante. 

Esta reintegración primordial no puede ser sino comunitaria como tampoco pueden ser la piedad o la misericordia cosa de uno solo. Por eso en este libro desfilan, como cadena humana a través del tiempo, muchos otros que antes de nuestra poeta arrimaron el hombro en esta tarea común de recrear la luz. 

Hay en esta visión del mundo una predisposición pero también un trabajo, pues la luz, para que sea ofrenda, primero ha de invocarse; primero está la plegaria y luego la recompensa. En el principio era el verbo. Aquí hay mucha insistencia en esta digamos ontología luminosa, por cierto tan de moda hoy en día, pero sin caer en el tópico o en la fruslería. Y esto conecta lógicamente con la actitud de asombro (“El mundo es un acuario misterioso: / adoro nadar ahí”).

El motivo de la lluvia, tan insistente, símbolo de una creación que aúna los dos ámbitos, el de la vida y el del logos, funciona como columna vertebral de estos textos que van transitando el camino entre lo divino y lo humano, y en esta última estación es donde aparece la familia como depositaria de un testimonio que ahora entrega la palabra a la poeta, voz de su estirpe y, casi, de toda la humanidad. Pero con una novedad: ahora, casi como contrapeso, hay una sospecha, un recelo, un temor: “La familia es un bosque: te adentras, / caminas a través y tienes miedo.”

En “Lo humano” tenemos la caída. El pecado. El bosque es maraña, es laberinto, es oscuridad. Hemos descendido de nivel a ese mundo de copias imperfectas, de imposiciones, restricciones, de límites y agravios. Y es aquí donde la poesía cobra todo su sentido: para amortiguar o intentar aliviar el sinsentido. En este punto la escritura de Carmen María López se disgrega, se dispersa, adquiere nuevas tonalidades, se fragmenta. Hemos aterrizado en la duda. El optimismo clásico se agrietado y ahora su lugar lo ocupa la ruptura, si se quiere, romántica: el yo usurpa el lugar del dios. Su atormentada naturaleza ha colonizado la naturaleza original. 

“Vivir ha sido amar luz en la herida”. Este verso encierra —delimita por asfixia— toda la trágica voluptuosidad de la escritura poética. La poeta es consciente de su intersección entre el tiempo, la belleza y la muerte. Su única respuesta es amar. La condena de amar ese velo luminoso donde se esconde la verdad presentida. Presentida, que no poseída. En un mundo donde todo es alusión la verdad, como mucho, se intuye: se (re)crea. Y ser consciente de esta especie de artesanía ontológica y su carácter procedimental, es bailar sobre un alambre: “vivir es bagatela” —o más tarde: “vivir es ver arder”— llega a decir nuestra poeta, de repente Robinsón Crusoe dentro de su propio naufragar en una orilla donde se une a una colectividad de náufragos. Hay suficientes elementos para integrarse en una tradición que no desfallece por falta de originalidad sino que se vigoriza precisamente por una legitimidad reclamada y consumada: “todos somos Eneas y cargamos / la herida de un amor a las espaldas”. Cómo no recordar aquello de “Me llamo barro aunque Miguel me llame”. Apartada del cielo, la vida pesa, un peso muerto de vacío. 

La mirada, finalmente, se vuelve descreída, áspera, pierde delicadeza y gana en resonancias lúgubres. Y juega al contrapeso: belleza y oscuridad, materia y memoria. La dualidad ha roto aquella unidad primera y ahora todo es añoranza y búsqueda, una restitución a la que consagrar el lazo frágil de la vida. Por eso, casi como una consecuencia lógica (y biológica), aparece la hija, ese hilo de lluvia en quien depositar aquella carga de infinito que ahora trae esperanza despojada, una conciencia última de la fragilidad.

Carmen María López emprende aquí, desde múltiples posiciones, lo que podríamos llamar el camino de la conciencia de la humanidad. El origen y la meta son comunes y lo único que nos diferencia es la fase en la que cada uno se encuentra. Por eso es fácil reconocer y abrazar al prójimo cuando su rostro se nos aparece como reflejo en un río caudaloso. El rostro, decía Levinas, es la puerta de acceso al Otro, y, con él, al propio Ser, desvelando así lo que permanece oculto y únicamente se deja ver en impresiones fugaces: el solipsismo es la condena prometeica que rara vez suspendemos, por ejemplo: con la maternidad, como en el poema que comienza así: “Si pudiera besarte mientras duermes” y termina así: “nunca sepas que el mundo es una lágrima”.

La vía para esta reintegración transitoria es una ética que obliga y compromete por abrumadora dulzura. Un rapto, el de la belleza, en el que resuena todo lo que tengamos de divinidad y que no puede estar en otro lugar distinto a la piel cuarteada de una abuela y a la piel novísima de una hija, en ese tacto compartido en el tiempo, origen y meta, única verdad desvelada.

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