A flor de piel, Nora Muñiz

Al releer el apoteósico final de este libro, me viene a la memoria, por contagio, Hasta aquí todo va bien (Candaya, 2025), el libro de Estela Sanchis, cuyo final, como este, produce una sacudida difícil de olvidar, una pequeña catarsis que quedamos rumiando unos días. Aquí esa sacudida es ciertamente incómoda, contiene un cierre narrativo que exigía —y casi justificaba— toda la violencia acumulada para salir ahora como un chorro a presión. La imagen, hiperrealista y a la vez simbólica, nos atravesada la retina, por más que la tengamos endurecida por la cascada de brutalidad que consumimos a diario y sin pestañear. Pero la palabra escrita a veces duele más que la imagen. No es un logro menor. Nora Muñiz nos ofrece en las últimas páginas de A flor de piel casi una crucifixión, con algo más de lírica pero con una carga sufrimiento similar. El cierre cose con hilo —la metáfora es estructuralmente perfecta— todo lo que se había ido diseminando a lo largo de la novela, la memoria, el fracaso, el dolor. Tres generaciones, abuela, madre e hija, en un bordado gore. El cuerpo de la hija es el bastidor donde abuela y madre, y la propia niña, han cosido sus vidas. No sabríamos cómo buscar culpables ni creo que sea necesario. La tragedia, en sí, es liberadora, castiga como una plaga, alivia de seguir sufriendo pues, cuando ya se ha alcanzado el límite, qué puede quedar sino honrar ese otro limes al que la escritura, y con nosotros ella, nos hemos consagrado. Ocurre aquí como con la mística. La imagen y el símbolo son vehículos más que necesarios imprescindibles para comunicar si quiera de refilón la experiencia del dolor más exquisito, más prístino y creativo que pueda imaginarse. Prueba es este libro.


Aquí, un botón de muestra:


«Era la primera semana que pasaban sin pelear en meses. La niña había dejado e hacer berrinche por cualquier cosa. La mamá por fin se sentía tranquila, como si le hubieran dado el inhalador a ella y pudiera respirar de nuevo. Odiaba la pubertad de su hija, extrañaba cuando, llegando de trabajar, le contaba de su día, de lo que había aprendido, de sus amigos. Le encantaban sus anécdotas sobre los comentarios de los niños de su salón y las travesuras que les hacían a las maestras. Le gustaba llegar a casa y no estar sola, en la cocina, moviendo ollas y sartenes para que no la inundara el silencio. Pero esta semana había sido excelente, la niña le había contado varias anécdotas y Mildred por fin le había dado crédito por su trabajo. Era la primera vez que el director escuchaba su nombre y eso la llenó de esperanza. Rafael también estaba siendo más amable que de costumbre. Había dicho que iba a intentar dejar el cigarro. Fuera del silencio familiar, las cosas iban bien.

¿Sería demasiado invitar a Rafael a la casa en la siguiente semana? Sabía que a su hija no le caía muy bien y que tal vez sería forzar las cosas, pero extrañaba mucho la compañía de un hombre. Tal vez si ignoraba el castigo de la niña por un día y la dejaba ver televisión, ella accedería a que invitar a su novio. Una cosa por otra. Sí, eso haría. Se merecía un descanso de sentirse miserable. Mañana mismo le hablaría a Rafael y haría las paces con su hija. Lo mejor sería que fuera con una cena tranquila, tal vez pizza. Pizza y cervezas, para bajarle un poco al alcohol. Unas coronitas nunca estaban de más. La niña podría tomar Manzanita porque era una ocasión especial. Y verían una película. Ojalá que Rafael dijera que sí. ¿Aceptaría ver una película de Disney si ella le hacía una mamada?»

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