‘El invierno, otra vez’, Juan Antonio Bernier


Todo poema cuenta, además, una historia. Puede ser la historia de su lectura, de su recepción, o, como en este caso, la de su composición —no nos engañemos: ambas son la misma historia: la primera inventa a la segunda—. Por eso todo texto (empieza) acaba siendo a la vez un paratexto de sí mismo, o un metatexto; el lector toma prestado del autor cierta audacia exploradora con la que, si insiste lo suficiente, podría resquebrajar el muro. Esto, resquebrajar el muro, quizá sea el objetivo final de todo poema, de toda escritura, y aquí incluimos como texto al propio lector en su conversación con el mundo a propósito del texto, es decir, consigo mismo.

Este poema, ‘El invierno, de nuevo’, se ha convertido en un espacio habitable. Una superficie blanda sobre la que recostarme, igual que algunos poemas de Mary Oliver son un grato paseo sobre la hierba. Es ya un hueco en mi interior, o más: una miniatura de mi propia interioridad. Tiene este poema su parcela en alguna parte de mi organismo como yo la tengo, por modesta que sea, en el universo.

Desde el juego de opuestos estructuralista (hierba / muro, el crecimiento / lo inerte) hasta el Romanticismo de Schelling (la naturaleza como espíritu visible y el espíritu como naturaleza invisible), este breve texto recrea en su interior —en su organismo vivo— todo un devenir, una fenomenología del espíritu poético. Recrea un lector, lo convoca, de nuevo casi lo inventa, casi he sido reinventado en su lectura y, al encuentro conmigo mismo, casi quedo apresado como una mariposa entre la aguja y el corcho.

El optimismo que rezuma es ya noticia, es casi contracultural, desarma con su honda sencillez toda la parafernalia presentista, hedonista y materialista de un mundo que ha erigido nuevos dioses en una inmediatez narcisista que casi tiene más de niño expósito que de niño malcriado. Y contiene también su contrapunto, como si en el fruto anidase ya su acabamiento: ese verso «anómalo y terrible» que se resuelve magníficamente con el mínimo colofón de los dos últimos versos «pienso en mi amor; se parece a esta hierba».

Termino con una íntima sospecha: existe una conjura de la naturaleza y es independientemente de nosotros. La vida también ocurre (¿solamente?) si no miramos. Me gustan esas personificaciones («darle la espalda»,«dolor inerte») y ese conjurar, de nuevo, los opuestos, vida y muerte, resueltos en un amor que florece, y a la dupla vida-muerte añade belleza, los tres puntos cardinales obligados —inevitables— en este navegar incierto de redescubrirnos por dentro con la ayuda del verso susurrado por fuera.


EL INVIERNO, DE NUEVO

La hierba del solar ha crecido con fuerza.
No ha habido un solo día de este otoño
en que los elementos
le hayan dado la espalda.

Desde aquí puedo verla. Es un regalo
frente al dolor inerte de los muros.
El viento, el sol, las nubes, le han sido favorables
(también ellos, con su espalda de sombra).

En esta edad anómala y terrible,
pienso en mi amor;
se parece a esta hierba.


Juan Antonio Bernier,
del libro Así procede el pájaro.

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