sábado, 2 de febrero de 2013

40 años de Tigres en el jardín, Antonio Carvajal

Mis inicios en esto de la poesía tienen una fecha clara y un nombre propio: Facultad de Traducción e Interpretación de Granada y Antonio Carvajal, entonces profesor de una asignatura de libre configuración llamada Introducción a la métrica. 

Hoy tengo en la mesa Miradas sobre el agua y Tigres en el jardín, los dos firmados y dedicados por el autor. En el primero la firma va acompañada de la fecha "19 NOV. 2001". El segundo no tiene fecha, pero el trazo de la dedicatoria es más firme, su caligrafía es más redondeada, más grácil, como si el tiempo transcurrido entre las dos dedicatorias -calculo que un par de años- hubiera servido para rejuvenecer al autor. Aun más, frente al porte sereno de un hombre encanecido y manos toscas de campo, en la fotografía de contracubierta del segundo libro aparece el primer plano de un Antonio Carvajal veinteañero, con una sonrisa abierta y franca como un estandarte de vida. 

Han pasado más de diez años. Todo se vuelve difuso. Entre lo difuso, destaca el recuerdo de una poesía primeriza, tabla de salvación de aquel estudiante quizás perdido y encontrado en la pedagogía ética de Antonio. A través de sus versos y de las conversaciones en su casa del Suspiro, se nos iba dando el modo de entendernos en el mundo a partir de unos valores que yo admiraba: compromiso, entrega, amistad. Con el Renault Clío de mi padre iba los domingos a la casa del Suspiro para encontrarme, la verdad que con bastante timidez, con mucha gente del mundo de la poesía como Luis Javier Moreno, Antonio Piedra o Andrés Sánchez Robayna y, en general, amigos como Dionisio Pérez Venegas, Ricardo García, José Manuel Ruiz, José Cabrera, Juanjo Castro o Juan Andrés García Román. De todos ellos guardo un recuerdo que a veces se confunde con la emoción por estar siempre al amparo de las palabras de Antonio Carvajal.

Ayer, en la presentación de un libro que sirve de homenaje a Antonio y de celebración onomástica de su histórico Tigres en el jardín, volví a sumergirme en esto de la poesía. Cuando la poesía era una excusa para encontrarse y hablar de otras cosas, pero también un momento de consuelo ante lo que se adivina en sus versos: el torrente de vida que pasa junto a una tierra seca donde todo acabará. Ayer Antonio volvió a leer sus versos en público y yo estaba ahí escuchando, otra vez embargado por la timidez del alumno ante el maestro y por la emoción de algo para lo que no encuentro otra palabra que nostalgia.

La poesía de Antonio Carvajal es, ante todo, un acto de entrega. Como su vida. Repito de memoria sus palabras: todo acto amoroso consiste en entrar en el otro, entregarse al otro renunciado a uno mismo en lo que viene a ser una muerte anticipada.



SUICIDIO

Por los secretos picos y encorvados atajos,
allí donde la lumbre no permite el sollozo,
encontré tus pupilas horadadas de grajos,
un silencio de pluma por tu naciente bozo.

Bella estabas desnuda de todos los trabajos,
púrpura y agua solas en tu extenso alborozo,
y era tu risa un párpado de nubes, y badajos
sonando alegremente en el fondo de un pozo.

Ángel quizá de besos, pero no de mi hastío,
te reclinaste clara sobre el brocal redondo
y me llamaste rayo de pájaro y de río.

Allí corté a la aurora su postrer rizo blondo,
lo coloqué en tus sienes, y un terco escalofrío
dejó tu mano pálida para siempre en el pozo.


(Tigres en el jardín)










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