lunes, 24 de diciembre de 2012

Gogol y su tierna sátira social

"Esa sonrisa entrañaba una impudicia patética que resultaba tan extraña e impropia en su rostro como una mirada de piedad en la cara de un funcionario corrupto o un libro de contabilidad en manos de un poeta. Se estremeció. Ella abrió sus deliciosos labios y dijo algo, pero lo que dijo era tan estúpido, tan vulgar... como si la pérdida de la inocencia conllevara asimismo la pérdida de la inteligencia."

Nikolai Gogol: "La avenida Nevski", de Historias de San Petersburgo. Alianza.


sábado, 22 de diciembre de 2012

Darse a la lectura, Ángel Gabilondo (I)


Leer es demorarse. Si tenemos prisa o miedo, no seremos capaces de hacerlo. Sin duda require atender algunas decisivas necesidades, pero si esperamos a que todas estén cumplidas, nunca leeremos. Y no solo porque eso más bien no ocurrirá jamás, sino porque una de las condiciones fundamentales para leer es no sentirse plenamente satisfecho. Leer es siempre buscar.

(...)

... ha de abrirse en nosotros, sino un receptáculo, sí una brecha, alguna herida o escisión por la que ser capaces de escuchar no solo lo esperable, lo previsible, lo deseable.

(...)

Para leer hay que ponerse en ello, hay que echarse a leer. Semejante arrojo precisa de más valentía que la que podríamos suponer. La más atrevida, la de estar dispuestos a dejarnos decir. No solo algo por alguien, sino a dejarnos decir a nosotros mismos.

Quedamos avisados, por tanto, de que en esto de la lectura uno corre ciertos peligros. El más atractivo, quizás, el de llegar a ser otro que quien se es.

(...)

Parecería que hay momentos principales, acciones decisivas del vivir y, por otro lado, estas ocupaciones de tiempo libre. Es verdad que hemos de irrumpir en el tiempo para leer, que es tanto como decir que el verdadero hogar en el que se lee es en el tiempo.

(...)

Es necesario leer para ser otros que quienes somos. (...) La lectura es un movimiento político que precisamente moviliza la voluntad de modificar el actual estado de cosas. Y lo cierto es que es necesario que esto suceda. Leer para ser otro, para que lo que hay sea de otra manera.


Ángel Gabilondo, Darse a la lectura. RBA.




viernes, 21 de diciembre de 2012

El mundo

Dicho esto, el policía se llevó la mano al bolsillo y extrajo de él la nariz envuelta en un papel.

- ¡Sí, es mi nariz! -gritó Kovalyov-. ¡Mi mismísima nariz! Venga a tomar conmigo una tacita de té.

-Lo haría con mucho gusto, pero me es imposible. Debo ir desde aquí al Correccional. El precio de los comestibles ha subido mucho, señor... En casa, viviendo conmigo, tengo a mi suegra, o sea, a la madre de mi esposa, y a los niños. El mayor, en particular, promete mucho; es un chico muy listo, pero no tengo medios para fomentar su educación...

Kovalyov entendió de qué se trataba y, cogiendo de la mesa un billete de diez rublos, lo puso en la mano del policía, quien se inclinó y abandonó la habitación. Y casi en el mismo momento Kovalyov oyó su voz en la calle, donde estaba dando bofetadas a un campesino bobo que había entrado con su carromato en el bulevar.


"La nariz", de Historias de San Petersburgo, Nikolai Gogol. Alianza.


miércoles, 19 de diciembre de 2012

Brecht



Todos los años en septiembre, cuando empieza la escuela
acuden las mujeres de las barriadas a las papelerías
y compran libros de texto y los cuadernos para sus hijos.
Desesperadas rebuscan sus últimos centavos
en los monederos raídos, quejándose
de que el saber cueste tanto. Y no sospechan
lo malo que es el saber
que les espera a sus hijos.


Bertolt Brecht, Poemas del lugar y la circunstancia. Pre-textos.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Vilas

"El imperialismo es la negación de la conciencia. El imperialismo es la sustitución de la conciencia por un electrodoméstico o por un coche. No quise que mis hijos fuesen coches."

"El imperialismo no hace felices a los hombres. La conciencia tampoco, pero enseña un camino en donde las mentiras están ubicadas, se sabe cuáles son. Es un principio de felicidad: el señalamiento de la mentira."

España, Manuel Vilas. DVD Ediciones



lunes, 13 de agosto de 2012

Ruido blanco, Raúl Quinto


“¿Blake no habló de grilletes forjados por la mente? Dioses y diablos nos convierten en niños asustados. Debemos acabar con ellos y alzarnos, felices, altos majestuosos”.
                      Grant Morrison


Si el ruido blanco, como la luz blanca, es una señal aleatoria que contiene todas las frecuencias y si el resultante es el caos registrado en una gráfica plana, bien sirve como metáfora de un mundo saturado de señales que obtiene como resultado nuestro particular registro del caos diario, por ejemplo, en los catastrofistas noticiarios de la sobremesa. Raúl Quinto (Cartagena, 1978) —quizás porque el silencio en según qué tiempos parezca obsceno— ofrece un análisis, directo (50 páginas) y en forma de poemas, a partir de los patrones explicativos de este caos blanco que nos caracteriza; y lo hace, como no podía ser de otra forma, con el punto de mira en los mass media, instancias modeladoras de nuestras creencias, gustos, vivencias y, en última instancia, de nosotros mismos.

Entre las virtudes de Ruido blanco está la de rescatar el lenguaje de la contradicción, aquel estilo de la negación del que hablara Debord cuando los situacionistas eran cuatro locos. La contradicción es inherente a todas las cosas y también a nuestro mundo, el que unos pocos han creado para su beneficio y que, en la era del whatsapp, ha hecho de la incomunicación una de sus señas de identidad más universales. Ahora diseñamos emociones:

“Diseña un edificio cuyas puertas
desaparezcan una vez cruzadas.

Diseña una emoción”. p. 12

El ser humano es una miniatura del ser humano, un llavero en nuestros bolsillos. No necesitamos más que visitar la Piazza de la Signoria en hora punta y comernos un helado mirando la obra de los hombres. Esta vida vicaria de tamagochis, Second lives y perfiles sociales es nuestra tragedia: como una sombra nos persigue, se nos apropia y nos vive plácidamente.

“Algunos aseguran
que una cabeza separada
del cuerpo puede continuar consciente
casi medio minuto. Esos ojos
abiertos de raíz
frente a la multitud. Eso decir.” p. 12

Encuentro en Ruido blanco una obsesión por la instantánea, por la imagen detenida y fragmentaria, por la fotocomposición o la superposición, por lo difuso, lo borroso y el vértigo ante las zonas limítrofes. La tendencia instructiva-expositiva de Raúl Quinto, su estilo aséptico de laboratorio o mesa de operaciones incide sutil pero abiertamente sobre nuestra mirada acostumbrada a no ver. Mostrar la descomposición, acusarnos y, acto seguido, intuir una salida a lo que en realidad era un callejón sin entrada. Como si el ruido de las bombas creara una melodía (“En la confusión de todas las voces amanece un idioma nuevo”, p. 13), la búsqueda de un nuevo lenguaje y, con él, de una nueva identidad con la que, volviendo a Debord, nos emancipemos de las bases materialistas de la verdad tergiversada. Por eso espera el derrumbe, como una esperanza. Ese “labrarse una desgracia” de Palahniuk, la igualdad matemática del todo y la nada, el cero elemental (blanco) desde donde comenzar.

La humanidad, escribe Benjamin, convertida en espectáculo de sí misma, ha llevado su autoalienación a un grado tal que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético. Y aquí cobran sentido los poemas vertebradores del libro sobre Christine Chubbuck, periodista estadounidense que en los años setenta se suicidó mientras presentaba un informativo en televisión. Una sociedad que prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser, no puede sino celebrar estos inmensos happenings cotidianos: accidentes de tráfico, guerras y suicidios, todo televisado. El espectáculo rutinario, que nos ha servido en riguroso directo la Guerra del Golfo o la caída de las Torres Gemelas —violencia tranquilizadora desde nuestros sofás—, confiere valor de verdad a la imagen (“El encuadre lo es todo”, p. 18). La forma ha ocupado el fondo y se confirma aquella máxima de McLuhan: el medio es el mensaje. O, lo más preocupante, sencillamente no hay mensaje y por eso nos recreamos en la técnica. Nuestra sociedad, convertida en espectáculo de sí misma, se autofagocita con los Sálvame de rigor que levantan la sospecha sobre si somos la última fase de un cruel experimento conducente a salvaguardar al marionetista:

“[…] Alguien duerme.
Alguien nos sueña. Comprobaron
la eficacia del método
en animales superiores:
un elefante cae a plomo
ante los ojos de la prensa.” p. 19

Pero no está el canto apocalíptico sin más. Si hay una enfermedad, parece decir Raúl Quinto, necesitamos un diagnóstico. El problema es que el lenguaje que tenemos no sirve, necesitamos un nuevo idioma, nuevos signos. Signos como el de Christine Chubbuck (“Ella quiere expresar su condición / de palimpsesto”, p. 22), como lo es el hombre que se quema a lo bonzo en Italia o como quizá lo sea, por ridículo que parezca, “saquear” un Mercadona con carritos de la compra llenos de arroz y leche; puede que todo esto, en el terreno simbológico, contribuya a construir un nuevo lenguaje con el que sobrescribir el anterior. O no. Lo que parece claro es que necesitamos redescubrir los signos que nos rodean, volver a poseernos, sacudirnos de todo aquello que no somos.

Todo nuestro edificio está agrietado. Sus cimientos son frágiles, como nosotros. La imagen dicta nuestra fortaleza, amparada en un supuesto confort y bienestar, pero acumulamos un malestar latente (“El enjambre interior”, p. 27), la “revolución latente” de Baudrillard, pues en el fondo sabemos que todas nuestras decisiones, en el nombre de la felicidad, ya están tomadas. Nuestra vida kit nos aleja de ese “ahora absoluto” y los síntomas, la fatiga —mal del siglo de la sociedad moderna—, los despachamos con ocio y medicinas.

Somos fantasmas: alguien nos sueña. Hablamos una fantasmagoría: el significado “real” ha desaparecido y es su fantasma el que se pasea de signo en signo, sin llegar a estar en ninguno, como el deseo. Fantasmas en un mundo en el que todo remite a otra cosa, en el que los cuerpos son mercancía que adquiere su valor como objeto de consumo (“Piensa en tu reflejo escindido en el escaparate. Consume tu cuerpo”, p. 46), un mundo de saturación de voces, luces, carteles, anuncios, máquinas, es un mundo blanco por acumulación y mezcla, un cóctel de signos (“Aumentando el microscopio: un signo dentro de un signo dentro de otro signo: ruido”, p. 33) que representan este gran simulacro sublimado cayéndose a pedazos (“[…] cada veintitrés fotogramas se inserta el rostro en descomposición de Ava Gardner […] El decorado es inmenso”, p. 43). Pero es nuestro mundo y, como escribe Raúl Quinto, “No hay otro lugar. No hay otro tiempo. Solo el aquí” (p 46). Este es nuestro tiempo mítico, la profecía somos nosotros.

Ruido blanco empieza con el pesimismo de “Cero” y termina con el significativo “El ancla”. Forjar un ancla significa construir un asidero que no sea autodestrucción y que ha de partir de nosotros mismos. Sólo hay que mirar ese terreno arrasado y desposeído que llevamos adentro, atreverse a descubrir las contradicciones que albergamos. Estaremos cabreados y no tendremos miedo.  


El ancla

Ahora forjo un ancla. Una forma
afilada que enturbia el fondo del océano,
como el anzuelo que desgarra
la piel del pez sin atraparlo.
Entonces, las escamas y la herida.
El limo suspendido contra la dura roca.

Y la intemperie del adentro.

(p. 50)



Raúl Quinto nació en Cartagena (Murcia) en 1978. Es licenciado en Historia del Arte y trabaja como profesor en Almería. Ha publicado los libros de poemas Grietas (Dauro, 2002; reeditado junto a Poemas del Cabo de Gata, La Garúa, 2007), La piel del vigilante (DVD, 2005) y La flor de la tortura (Renacimiento, 2008), así como el libro de ensayos híbridos Idioteca (El Gaviero, 2010). Traducido a varios idiomas y ganador de algún que otro premio, ejerce la crítica literaria en la revista Quimera y colabora asiduamente con periódicos como La Voz de Almería. Realizó la dramaturgia de la obra de danza contemporánea Fronteras para la compañía Da.Te. Danza.





Reseña publicada en Tendencias21

miércoles, 9 de mayo de 2012

Fagocitosis, de Marcos Prior & Danide


Aprovechando que hace poco Barcelona ha celebrado su trigésima edición del Salón del Comic, uno de los eventos más importantes de Europa dentro del mundo del noveno arte, y dado que el tiempo que nos ha tocado vivir pasará a la historia por una aplastante crisis de valores con una deriva oscura y más que preocupante, creemos que el libro que hoy traemos da en el clavo por celebrar lo primero y denunciar lo segundo.
El año pasado la editorial barcelonesa Glenat publicó Fagocitosis, de Marcos Prior & Danide, una novela gráfica descarada e irreverente que bajo el signo de un necesario humor negro da un buen repaso a algunos de los mitos de oropel que nuestra sociedad de la publicidad y el consumo ha fabricado para nuestra tranquilidad.
Fagocitosis la componen 17 historietas cortas concebidas para ciudadanos que busquen entretenimiento y sepan digerir la denuncia política y social. Fagocitosis echa abajo el telón de humo de nuestra sociedad y, con humor ácido y corrosivo, nos enfrenta a nuestra verdadera condición, más cercana a la máquina que a la humanidad, de individuos devorados, fagocitados, por un sistema insaciable.
El primer relato, llamado El discreto encanto, es un divertimento que funciona como entrante perfecto. Aparece una cama vacía y deshecha, con un cenicero, una botella, un libro y lo que parece un terminal móvil de última generación. Alguien sale de la ducha, se abotona una camisa de la marca ‘Redbook’, chaqueta y bolso, y sale a la calle. Pasamos la página y conocemos a nuestro personaje: es el mismo Karl Marx por las calles difuminadas en pleno siglo XXI. Avanza y deja a su derecha un gran establecimiento de comida rápida en cuyo logo destaca la M gigante y blanca sobre fondo rojo: “Marx Donald’s”. Dentro, un niño deja un momento su hamburguesa para jugar con el regalo del menú: dos barbudos muñequitos de Marx y Engels.
A partir de aquí vemos deshumanización en todos sus niveles y con toda su crudeza: maltrato infantil, precariedad laboral, publicidad salvaje o la psicosis de los falsos ídolos de la televisión. La actualidad de los relatos es tal que por ellos desfilan personajes públicos, encubiertos pero fácilmente reconocibles, como Zizek, Carl Sagan o el mismísimo Emilio Botín. Todo esto, no lo olvidemos, con la ironía bien conseguida de unas viñetas que mezclan diversos estilos, soportes y géneros, desde lo naif al realismo, de la ciencia-ficción a la distopía, anuncios en paradas de autobús, presentaciones Power-point, ofertas de trabajo, etc.
Por las 118 páginas de Fagocitosis, entre capturas de GoogleMaps y viñetas tradicionales, se respira un aire incontenido de rabia contra nuestro particular ocaso de los dioses. El resultado es un arriesgado pero innegable producto estético que, además de crítica despiadada a la sociedad de consumo y a la crisis económica, sirve de reivindicación artística a una disciplina que ya no lo necesita. 


Publicado en Tendencias21

jueves, 3 de mayo de 2012

GreatOh!

Cuando la poesía se aleja de los cauces mediáticos establecidos y vuelve al origen, al mito, al ritual, al cuarto de estar, uno se replantea muchas cosas sobre escaparates, librerías, subvenciones, ayuntamientos, suplementos, premios, etc. El origen, perdónenme la pedantería, fue aquel sábado 28 de abril la sala de un piso con vistas a la calle Recogidas donde veinte o treinta almas encontradas asistimos a ese hecho insólito de darle un cuerpo a cada alma. Y todo, suponiendo que tal cosa exista, mediante la palabra poética.
Cuatro poetas malagueños hacen 136 km de Málaga a Granada para leer en el salón de un cuarto piso. Convocados al segundo evento organizado por Great Oh!, Sergio Franco, Isabel Bono, Francisco Javier Casado y María Eloy-García, se sentaron frente a una mesa con agua y cerveza, los asistentes se distribuyeron por sillas y sofás, y, tras un inicio de rara expectación, lograron crear una atmósfera amiga para olvidarse de la letra impresa -esa tirana del ISBN y coto cerrado de las editoriales de poesía- y para redescubrir la honestidad de una persona que cuenta algo sobre sí misma. Y punto.
Entre la seriedad y la gracia de Sergio Franco, me quedo con lo segundo. Lo mejor: su mirada irónica hacia la vida que creemos vivir y que realmente nos vive a nosotros. Unos poemas breves, con variado elemento cómico-sentimental, como esbozos de humorada casi siempre bien resuelta. Su original dramatización multiplica exponencialmente el efecto de una poesía pretendidamente intrascendente. Genial para abrir boca.
Isabel Bono funcionó de suave contrapunto. Una voz poética estupenda que nos adentró en el territorio íntimo de una frágil sensibilidad puesta al descubierto. Su tono, marcado por la escisión de la propia identidad, se pone de puntillas sobre un discurso emotivo cuyas vértebras hay que buscarlas en el lamento de amor más profundo y, por ello, más auténtico. Pudimos escuchar de la autora un único poema largo que hilvanó la anécdota cotidiana con la honda reflexión ante el leitmotiv del desarraigo vital.
Me atrevería a decir que Francisco Javier Casado fue el gran descubrimiento de la velada. De aspecto más bien tímido y reservado, siempre a un lado observando y callando, había pasado casi inadvertido hasta que llegó su turno y se obró la transformación. Francisco Javier Casado es todo un género en sí mismo. Género del exceso, autoparodia de un dramatismo que escupe versos y saliva malditismo a la centésima potencia. Sus poemas nacen desde un histrionismo cruel y suicida. En cierto momento de la noche me pareció lo más grande que había visto nunca: un Baudelaire s. XXI anunciando por televisión el fin del mundo. Demencia sutil de un profesor desdoblado en pura y desbordante materia prima para la poesía entendida como cóctel molotov.
Por último, María Eloy-García cerró el acto con su poesía ocurrente e incisiva. María Eloy-García suele dar en el clavo como lo hacen los grandes porque tiene el temblor y la grieta. Eso no se puede enseñar ni se puede aprender conscientemente, se tiene o no se tiene. Irreverente, desgarbada, descarada, su poesía fue el corolario ideal para esta reunión de chicos malos que en el fondo no lo son tanto. Todos enarbolan el yo romántico actualizado desde Málaga, en nuestro 2012 de gracia, con la nueva rebeldía del discurso irónico, blasfemo, descreído e iconoclasta. Cuatro muestras del originalísimo torrente lírico que fluye por debajo de la tierra y que no siempre se ve en las librerías. Debiéramos rescatar o importar esa costumbre argentina de organizar representaciones teatrales caseras, como esas reuniones de tupper en casa de vecinas. Debiéramos leer más y mejor poesía, es decir, debiéramos nacer Atapuerca –en verso de María Eloy-García- una y otra vez para desaprender la historia de nuestra cultura y volvernos decididamente incultos, ávidos de empezar siempre de nuevo.

Publicado en Granadaescool

martes, 10 de abril de 2012

El club de la lucha, Chuck Palahniuk

Este libro, convertido en boom editorial a raíz de su adaptación al cine, corre el riesgo de sufrir el mismo fenómeno que las burbujas que salen disparadas al abrir una botella de Coca-cola: el que va del vigoroso ímpetu inicial a la realidad progresiva de un líquido oscuro que prometía más.
Entiendo las adhesiones de sus incondicionales, la historia es pólvora pura que nos está pidiendo a gritos algo a lo que todos hemos llegado en algún momento de lucidez en la barra de un bar: romper las reglas del juego, mandarlo todo literalmente a tomar viento. Entiendo menos las críticas de quienes acusan al autor de misoginia o homoerotismo; lo primero no lo vi en el libro, y lo segundo, de haberlo, no creo que sea motivo de censura o crítica.
Entonces quedamos en que es una historia potente, que engancha a una cultura popular muy extensa, casi masiva, y que provoca reacciones contrapuestas.
De la película recuerdo como gloriosa la escena final cuando el edificio se derrumba ante los ojos del responsable de toda esta idea de los Fight Clubs. Y ante los nuestros. Gloriosa porque vemos en ese derrumbe de ladrillos y cristales, de estructuras, otro de mayor calado, más abstracto y más nocivo aún; el mismo que se representó con las Torres Gemelas yéndose al suelo por el mismo televisor y desde el mismo sofá que no cobijó cuando vimos la adaptación de David Fincher. Palahniuk, que malvendió el primer relato del que acabó saliendo el libro entero, supo dar en el clavo: activó la rabia contenida de muchas generaciones que se sienten estafadas. Estafadas por muchos motivos, uno de ellos porque la publicidad nos hizo creer que seríamos algo mejor de lo que finalmente acabamos siendo; y porque la sociedad que nos hemos inventado nos tiene anestesiados con catálogos de Ikea para decorar los pisos que nos tiramos la mitad de nuestra vida pagando. No somos nada en la Historia, ni siquiera parte imprescindible de un engranaje que se sirve de nuestra capacidad de trabajo y de consumo como mercancía para alentar sus fuegos fatuos cotizados en dólares y en poder.
Tyler Durden es el nuevo mesías acorde a nuestro tiempo: nacido de la esquizofrenia y el insomnio de la vida yuppie. Y la salida gloriosa que este mesías propone a nuestras vidas diminutas acaba siendo una gloriosa destrucción, porque la perfección sólo dura un instante. El proyecto anarquista y militarizado de nuestro héroe paranoico incluye un sabotaje desde los mismos pilares de la sociedad, es decir, llevado a cabo por un ejército de vidas diminutas alienadas (los hijos medianos de Dios). Pero este proyecto se torna inviable y nos deja con la amarga sospecha de que, por mucho que nos decepcione, al final este es el menos malo de los mundos posibles. Es un proyecto dispuesto a devorarse a sí mismo. El proyecto vence a costa del propio proyecto. Y ahí está la épica, porque con la muerte nos convertimos en héroes.
Pero ni eso.
Quizás me desanimara al final porque constaté que las burbujas acaban siendo ese líquido oscuro que beberemos igual.

“Somos los hijos medianos de la historia, educados por la televisión para creer que un día seremos millonarios y estrellas de cine y estrellas de rock. Pero no es así. Y acabamos de darnos cuenta.”

El club de la lucha, Chuck Palahniuk. Mondadori 2010.

sábado, 7 de abril de 2012

Color carne, de Erika Martínez

Quien no ha encontrado el cielo abajo no lo encontrará arriba […] Esta cita de Emily Dickinson encabeza Color carne, el primer poemario de Erika Martínez, con el que ganó el I Premio de Poesía Joven de RNE en 2008. La cita, certera, bien elegida, nos muestra el camino por el que adentrarnos en este libro primerizo pero con las cosas muy claras.

Quizás uno de sus mayores logros sea situar al yo, y con él a todos nosotros, en el lugar exacto en que vivimos: un aquí y un ahora que configuran una realidad que, queramos o no, es la que tenemos. Por eso, la distinción arriba y abajo queda perfectamente desmitificada en el discurso inteligente de alguien que vive y escribe dentro de sus coordenadas históricas: “este cielo que nos hicimos en la tierra / tan ruin, tan puñetero”. Y este tiempo nuestro establece una relación de dominación entre lo exterior y lo interior, relación en la que nosotros siempre llevamos las de perder a no ser que optemos, claro, por la ironía y la conciencia clara de lo que nos ha tocado ser: somos lo que camina de los escaparates al edificio de cristales donde trabajamos nuestra jornada completa, en el mejor de los casos: “Hoy, por ejemplo, / he trabajado todo el día. / No he hablado con nadie. / Nadie me ha contemplado. / Me siento muy feliz.” Nuestro modo de existir jerarquizado -alguien manda y alguien obedece dentro de un edificio- nos condena a la vida moderna, la que nos oprime, nos controla, nos aísla, la que nos hace felices. Erika, en estado de alerta, cuestiona el mismo sistema que nos provee de sueños confortables. Quizás si accediéramos a las entrañas del edificio, dice, descubriríamos que ese zumbido de fondo no es más que la turbina de un sueño colectivo.

Si estamos condenados a vivir dentro del sueño, al menos no nos autodestruyamos. Aquí es donde entra en juego otro de los ejes del libro: nuestra propia incertidumbre como método de conocimiento, humana incertidumbre que con sus equivocaciones ofrece más vida verdadera que toda la maquinaria inventada por el hombre. Porque lo que queda sin nosotros es un refugio perfecto, sí, pero vacío: “Qué importa que haya un techo / que nos resguarde en medio de la guerra / cuando la carne prende”. Así que la historia va de nosotros, de prestarnos un corazón cuando queremos recolocar las piezas del puzle aunque sepamos que en realidad no importa porque no hay ningún puzle.

Esta solidaridad hacia lo que nos rodea conecta con lo que Erika llama el bosque interior. El yo, escindido, también se ha vuelto sospechoso. Como si quisiéramos impulsarnos para saltar y, al hacerlo, con una mano agarrásemos el tronco de la historia y la otra fuera a la zaga de un insecto azul; es decir, como si nuestro bosque interior se debatiera constantemente entre la constatación de la realidad y el impulso inexorable del deseo. El yo, que se tiene a sí mismo por enemigo, sólo sabe que el conflicto es su única verdad. Vivir es equivocarse a conciencia, como estaciones de un viaje donde lo importante no es adónde vamos, sino de qué estamos aprendiendo a huir. Precisamente porque el futuro no ofrece ninguna seguridad (“el lento porvenir de su fracaso”), debemos aprender que el pasado y sus ritos no constituyen ninguna amenaza, antes bien son los muebles con los que hacemos habitable nuestra casa.

Erika logra construir un poemario sólido, sin altibajos, donde el peso de la realidad se siente a flor de piel, pero con una mueca irónica en los labios. Los mecanismos del sistema nos han contagiado y ahora somos esa contradicción andante que ha asumido como un acto reflejo los resortes capitalistas de la sociedad. Sí, pero dentro del edificio que el hombre ha inventado como presunción, dentro de esa vida fosilizada de ventanas y escaparates, hay una carne asombrada que impone el caos y la deriva como única certeza, la palabra y sus insuficiencias como herramienta imprescindible en este pacto cómplice con el mundo y con los que nos rodean.

Color carne constituye una mirada irónica e inteligente desde un rico mundo interior lleno de provechosas contradicciones -del erotismo al feminismo, de la crítica social a la búsqueda de una identidad- que nos recuerdan que, con nuestro granito de arena, podemos hacer de la realidad una ficción más navegable. Por todo esto, tres años después, seguimos recomendando la lectura de este libro pequeño pero necesario.

Erika Martínez (Jaén, 1979) es doctora en Filología Hispánica y licenciada en Teoría de la Literatura. Su primer libro de poemas, Color carne (Pre-textos, 2009), fue galardonado con el Premio de Poesía Joven Radio Nacional de España. Es responsable de la edición de Quiroga íntimo (Páginas de Espuma, 2010) y las antologías La voz en bandolera (Visor, 2007), de la poeta argentina Diana Bellesi, y Me incitó el espejo (DVD, 2010), del poeta chileno David Rosenmann-Taub, preparada junto con Álvaro Salvador. Escribe una columna semanal en el diario Granada Hoy, y actualmente desarrolla su labor investigadora en La Sorbona (París IV). Su página web es www.erikamartinez.es

GENEALOGÍA
El día que me atropellaron
mi madre, en la consulta,
sintió que le crujía
de pronto la cadera,
mi hermana la clavícula,
mi sobrina la tibia,
mi pobre prima la muñeca.
Les siguieron mis cuatro tías
y mis firmes abuelas,
con sus costillas y sus muelas,
con sus sorpresas respectivas.
Entre todas, aquel extraño día,
se repartieron
hueso por hueso
el esqueleto
que yo no me rompía.
Les quedo para siempre agradecida.

Color carne, Erika Martínez. Pretextos 2009. p. 13

Publicado en Granadaescool

viernes, 30 de marzo de 2012

Una ausencia planetaria

Thomas Wolfe (1900-1938) va colocando sus palabras como si en cada una de ellas quedara descompuesto el universo, con un brutal sentido de lo irrepetible. Este Big bang emocional que nos propone en sus libros, tan cercanos a la autobiografía lírica como a la confesión elegíaca, viene a sugerirnos que el mundo es un lugar que nos pertenece en la medida que nosotros mismos: nada. El hombre es ‘ese viejo que se hace llamar inventor y que no inventa nada’; también el escritor, eterno retorno de todas las vidas que van a dar al bolígrafo, que es el morir.
La editorial Periférica publicó El niño perdido en 2011, cosechando un buen puñado de críticas favorables, y con justicia, ya que aquél fue posiblemente uno de los mejores libros del año. Ahora publica Una puerta que nunca encontré, aunque es lo mismo porque en cada uno de sus libros Wolfe extiende su soledad sobre una mesa de operaciones. El primero era un desbordado canto fúnebre a la pérdida de la infancia que martillea con la muerte prematura de su hermano Grover a los doce años; este segundo ahonda en esa soledad no elegida, sino recibida como designio o castigo, que sobrevuela aquí igual que un carroñero sobre la pieza de nostalgia que no se descompone: la pérdida del padre.
Aunque en Una puerta que nunca encontré Wolfe no alcanza siempre las cimas de lirismo emocionado, apabullante y perturbador de El niño perdido, sí que consigue volver a disecar una emoción muy viva a través de un lenguaje exacto y minucioso, por momentos casi iluminado. Wolfe es un hombre sin esperanza, hasta el punto de tener que inventarse la carta que en sueños le escribiría su padre para darle ánimos, y esta operación de escritura terapéutica y conciliadora con el mundo es de una tristeza absoluta, un canto a la vida desde la muerte.
Dijo Faulkner que Thomas Wolfe era el mejor escritor de su generación. Desde aquí solo podemos agradecer a Periférica que nos haya acercado la voz de este hombre solitario que parece contener la tierra entera y cuya lectura recomendamos por una cuestión de esperanza: su trabajo consiste en intuir lo invisible, mostrárnoslo y volver a dejarlo oculto.

“… cruzando la tierra yerma y gris de una especie de ausencia planetaria, donde no había sombra ni refugio ni cobijo, donde no había lugar para descansar, ningún dormitorio, ninguna puerta para acceder a él, y donde, cada vez más exhausto, estaba obligado a bracear a ciegas, y para el resto de mi vida, por aquella enorme ausencia”. (p.84)




Esta reseña se publicará en Tendencias21

sábado, 17 de marzo de 2012

Essex County 1, Historias de la Granja, por Jeff Lemire

La primera parte de la trilogía Essex County nos cuenta la historia de Lester, un niño de diez años que crece en un pueblo agrícola de Canadá. Lester acaba perder a su madre y ahora vive con su tío, con quien mantiene una relación distante. A Lester le gustan los cómics y viste una capa y un antifaz con los que se ayudará para llevar a cabo la misión de salvar el mundo de un inminente ataque alienígena. Sin embargo, esa capa y ese antifaz significan mucho más: son la cortina que tapa lo que hay al otro lado de la infancia. Y al otro lado de la infancia, como sabemos, está la vida, de la que nos conviene estar bien resguardados con la ayuda de nuestros sueños. 


Historias de la Granja (Astiberry, 2007) nos acerca, a través de unas viñetas con trazo duro pero sensible, a un mundo que, a pesar de la lejanía -al otro lado del Atlántico-, nos conmueve como un golpe seco bien adentro.


Jeff Lemire (Canada, 1976) es escritor y dibujante de cómics.  

jueves, 15 de marzo de 2012

El origen del mundo, Pierre Michon

Aunque la traducción al español este mismo año ha decidido llamarlo El origen del mundo (Anagrama, 2012), Pierre Michon publicó este libro, originalmente titulado Le Grande Beune, en la editorial Verdier en 1996, cuando el autor contaba con cincuenta y un años. 

En él da voz a un maestro de veinte años que va a trabajar a la escuela de Castelnau, un pequeño pueblo de la Dordoña, y su obsesionada pasión oculta por la madre soltera que atiende un estanco. Michon se introduce en la piel del joven maestro con una intensidad tal, que resulta perturbadora la capacidad de evocación casi carnal de sus palabras. La minuciosidad de sus descripciones, con una prosa madura e hipnótica, hace que el lector sienta como propio el latir de la sangre que se agolpa en las mejillas de la estanquera al volver de sus enigmáticos paseos por el campo. Uno acaba entendiendo —y haciéndose cómplice— de su obsesión por esas medias de nailon, tan humanamente y de la misma manera en que adoptamos el viaje que el profesor Humbert describía desde el borde del paladar hasta el borde de los dientes para pronunciar su —nuestra— Lolita

Por las 83 páginas de este inmenso libro, en el que no sobra nada, se pasean la sensualidad de Nabokov, el amor telúrico de Neruda, el redoble ancestral y prehistórico de Carpentier o la gracia iluminada de Gabriel García Márquez

Una lección de cómo hacer gran literatura sin necesidad de inventar supercherías y sin caer en manoseados tópicos; de los extremos de precisión y evocación a los que puede llegar el lenguaje que convierte la lectura en toda una experiencia sensorial; de cómo una historia a priori trivial puede atraparnos con algo tan antiguo como inusual: el arte de seducir con las palabras. 

Ochenta y tres páginas que se degustan casi dolorosamente, con el sufrimiento clandestino del que roza una mano que nos entrega un paquete de Marlboro desde el otro lado de un mostrador: “Se volvió, se le vio la axila cuando alzó el brazo hacia sus estantes, y la mano franca, suavísima, ensortijada, se me abrió ante los ojos llevando en la palma el paquete rojo y blanco de Marlboro”. (p. 21) 

Un poblado con un río (el gran Beune del título original), un poblado rodeado por senderos que se pierden entre nogales y piedras castigadas por juncos, un poblado que bien puede existir o no, es el escenario perfecto para hablarnos del misterio de la vida, del origen del mundo que está contenido en la ternura y la brutalidad de nuestras pasiones, a las que Pierre Michon apela tocando las teclas justas. Léanlo. 

“…la lluvia que sólo cubre el mundo para que podamos ver en su lugar nuestros sueños, la saciedad de nuestros sueños detrás de esa cortina gris donde todo está permitido” (p. 80).  



Publicado en Tendencias21

La adoración, Juan Andrés García Román 2.0

“Si yo muero, ¿«esto» puede no haber sucedido?” Esta pregunta atormenta a Expósito, el personaje protagonista de La Adoración que nos invita a emprender un nostálgico viaje hacia un pasado-futuro. Aunque es un viaje solitario, Expósito no lo va a recorrer solo: cuenta con la compañía de sus amigos, los personajes secundarios de esta deslumbrante historia; pero, sobre todo, cuenta con un seguro de vida contra el abandono: sus recuerdos.
La Adoración, (DVD Ediciones, 2011) libro con el que Juan Andrés García Román (Granada, 1979) está obteniendo el reconocimiento unánime de la crítica, viene a refrendar lo que ya apuntaba El fósforo astillado(DVD Ediciones, 2008): que nos encontramos ante una de las voces más originales y con más talento dentro panorama poético español.
Juan Andrés hace buenas las palabras de Chéjov cuando decía ‘si quieres ser universal, habla de tu aldea’. Su aldea no puede ser más reconocible: la pérdida. El viaje alucinado y entrañable que Juan Andrés inventa es en realidad un intento de analizar y asumir su propia identidad a través de tres puertas abiertas: la pérdida del padre, la pérdida de la infancia y la pérdida del amor. Y lo consigue de manera sorprendente gracias a su personalísima capacidad de jugar con la emoción del lenguaje, estirarla hasta que parezca una ilusión: “Se puede deshacer un nudo pero no su alma. […] Puedes cerrar una puerta, pero no pretender que no se abra más; cerrarás el acto de haber abierto la puerta un día determinado, no la puerta. Si una puerta se abre, queda abierta siempre”. Expósito, su alter ego, parece buscar un sentido a la vida después de la pérdida; eso o ‘morir de belleza’, su proyecto asesino. El dicho machadiano de “se canta lo que se pierde” se queda cojo para Expósito, que con los fragmentos del recuerdo aspira a contar, mejorándola, la historia de un amor perdido.“Así se transforma nuestra vivencia en hazaña”, afirma.
En otro momento, se menciona su síndrome de Diógenes sentimental, ese afán de coleccionismo que lo echó a perder todo. Así, Expósito atormentado se culpa continuamente por lo que, por otro lado, considera inevitable: al tener que elegir entre la felicidad y la vida, la vida siempre sale perdiendo. Después descubrimos que la felicidad era mentira, pero ya es tarde. Lo único que nos queda es inventar la ficción del encuentro imposible para curar la ficción de la única vida posible. El mundo se vuelve de este modo nuestra ficción, un pretexto más para hacer poesía: “fuera de lo que te obsesiona, fuera de la infancia y de esa muchacha que yerra por tu herrumbre, ¿sientes algo?” La ventaja del poeta es la de quien establece las reglas del juego y puede crear ‘árboles torcidos para ahorcados indecisos’.
“Yo en cambio me equivoqué olvidando tu presencia, volviéndote a esperar en otros cuerpos, en otras formas. Fui un mercader de tu posibilidad, un experto en lugar de un amante. […] Yo que convertí la vida en una adoración, yo que te tuve –una niña, la niña-, pero en lugar de amarte perseguí la profesionalización de la infancia”. Expósito pide perdón y al menos nosotros lo perdonamos y le damos las gracias por dejarnos entrar y emocionarnos en su bosque de preguntas. ¿De verdad hemos vivido? Cuando desaparezcamos, ¿qué quedará de esto? No lo sabemos, pero mientras tanto háganse un favor y lean La Adoración de Juan Andrés García Román.

Este artículo apareció en Granadaescool

viernes, 9 de marzo de 2012

El asesino hipocondríaco, Juan Jacinto Muñoz Rengel

Me temo que en esta ocasión voy a poner el contrapunto a los muchos elogios que ha recibido este libro desde que Plaza&Janés lo editara hace unos meses. Juan Jacinto Muñoz Rengel (nombre eneasílabo digno de la realeza) hace tantas cosas relacionadas con la literatura que me imagino que vive de esto. Es decir, estamos ante un libro escrito por un escritor profesional. A mí eso siempre me da cierta envidia al mismo tiempo que me previene contra lo que tal o cual editorial pretendan venderme. El hecho es que yo mismo compré este libro en una librería, animado por un repentino afán de consumir literatura de actualidad. De actualidad y de éxito: El asesino hipocondríaco se colocó en poco tiempo entre la lista de los 30 libros más vendidos en España.
El argumento es, a priori, sugerente: un singular asesino a sueldo debe terminar un trabajo que le han encargado y por el que le han pagado por adelantado. Pero para ello deberá sobreponerse al sinfín de dolencias –reales o imaginarias- con las que su propia naturaleza le irá zancadilleando en los momentos más inoportunos. Buena parte del libro consiste en la rigurosa exposición de estos males o dolencias, entre los que se cuentan la afasia de Wernicke, el síndrome de Moebius o el síndrome de Ondina. Se trata de enfermedades raras que aquejan a un selecto club de malditos entre los que se encuentra Y., el protagonista de esta historia. Junto a él, o antes que él, desfilan un buen número de enfermos ilustres (Kant, Molière, Poe, Proust o Voltaire), sobre los que Rengel nos va dando cuenta como documentación intercalada.
Encuentro en este libro un enciclopédico trabajo de documentación sobre medicina y sobre biografías de ilustres pensadores y escritores. La nomenclatura médica, tan interesante, produce a veces cierto empacho en la lectura y uno no sabe si está leyendo un tratado sobre enfermedades raras. Quizás lo más interesante sean los capítulos dedicados a las tribulaciones de una docena de famosos escritores y pensadores. Se aprenden muchas curiosidades y anécdotas que con suerte podremos sacar a relucir en alguna conversación antes de que caigan en el olvido.
Además, a este libro también hay que reconocerle una buena dosis de inventiva, sobre todo en su inicio. Aunque me cuesta ver lo de desternillante o inquietante, sí es una novela original. Contiene buenos momentos de humor, humor que quiere ser negro, que hacen que uno acabe sintiendo una mezcla de rara ternura y desesperación por el torpe asesino a sueldo. Y. es un tragicómico híbrido entre Dexter, el inspector Gadget y Mortadelo a la argentina. Su tarea de acabar con la vida de Blaisten se ve truncada continuamente en una especie de autosabotaje que nos hace pensar si realmente quiere matarlo o si, por el contrario, prefiere postergarlo indefinidamente para así poder vivir un día más. Entre pistolas, hilos de pescar, agujas y venenos, Y. se siente Sísifo aunque el lector se lo imagine como un patoso doble de Mr. Bean. La figura del doble aparece bosquejada con Blastein, su potencial víctima y segunda mitad de esta extraña pareja. Supongo que esta es la parte humorística que desea explotar el autor. A mi juicio falta ingenio para mantener el ritmo y la peripecia. Hay un gran inicio que poco a poco se ve defraudado y que, avanzada la lectura (p. 172), reflota algo con un giro en la trama que insufla aire a una historia en punto muerto.
Muñoz Rengel se muestra como un escritor efectivo, solvente, con oficio. Una leve trama detectivesca (construida sobre la identidad desconocida de la persona que paga por asesinar a Blaisten) que se hubiera podido despachar en un relato, le sirve para escribir un libro de 216 páginas. Depende de cómo se lea, el libro puede funcionar más como anecdotario de ilustres hipocondríacos que como historia de ficción. Sea como sea, Muñoz Rengel ha creado un personaje original y susceptible de protagonizar más historias como esta en el futuro. Un personaje-compendio de las más insólitas enfermedades que, en su discurso contra la medicina (“la medicina es sólo el arte de entretener al paciente”), sólo está declarando el peso de su soledad para acometer una ardua tarea: la de vivir un día más.


Así comienza el libro:


"No me queda más que un día de vida, después de haber escatimado quince millares a la muerte, sólo me resta uno más. Dos, a lo sumo. Tengo la absoluta certeza de que ni un día más tarde de hoy moriré. Como mucho mañana. Contravendría todas las leyes de la naturaleza que mi cuerpo transido de enfermedades, horadado por todas las afecciones, se sostuviera con vida un día más. Pero no me puedo ir sin antes haber acabado con Eduardo Blaisten. Me pagaron por adelantado, y yo soy un hombre de moral kantiana." 


Reseña publicada en Tendencias21

sábado, 3 de marzo de 2012

Yaiza Martínez

Texto leído en la presentación de Yaiza Martínez
Lectura en la Biblioteca Pública de Granada
03 de marzo de 2012

Casi justificándose empieza Yaiza su último libro publicado: Siete-Los perros del cielo. Escribe: “Una estructura arbórea pide la trama […] ubica bajo la gravedad del lenguaje una verosimilitud”. Creo que este verso contiene algunas de las claves del libro y de la poesía de Yaiza. La estructura, la forma, la geometría. Yaiza lleva a cabo en sus poemas una profunda reflexión sobre las posibilidades del lenguaje y la poesía. En ella, la poeta es una mujer especular, un espejo del mundo que tiende puentes baudelerianos entre las cosas, encontrando sus conexiones ocultas. Y esto lo hace desde, en palabras suyas, “un diminuto espacio / un hoyo”, donde Yaiza encuentra su habitación propia, su lugar en el mundo a partir de la filosofía de lo pequeño: las ramas de un árbol. Y su lugar en el mundo, desde el que descubre esa trama, es un lugar apartado, un rincón kafkiano, un ángulo a lo Orson Welles en Ciudadano Kane. La mirada que Yaiza lanza al mundo circundante es una mirada primigenia, como la de Chaplin hace algunas décadas poniendo al descubierto las ruedas perversas que hacían girar al mundo. Yaiza se tumba en la tierra y oye las raíces. Y nuestras raíces están claras, todos procedemos de una abuela-árbol y de “un semillero de sueños vulgares” (cito a Yaiza).
Este homenaje constante a lo que hemos sido impregna su poesía y nos revela otro de sus rasgos definitorios: la humildad. Yaiza parece querer decirnos que nuestro lugar en el mundo es muy pequeño, pero que el mundo no es sino un conjunto de muchos lugares pequeños. Y en este punto tenemos que volver a la estructura. El árbol que se ramifica, el rizoma de Deleuze, o el fractal, esa figura geométrica en la que cada una de las partes mantiene una relación de semejanza con la figura completa. La esencia del lenguaje es fractal y la poesía eleva al máximo las posibilidades del lenguaje, desborda lo previsible (cito a Carmen Anisa). Por eso muchos de sus poemas son un volver a lo mismo, una letanía de imágenes con que se nos sugiere, por un lado, la fractura del lenguaje y, por otro, la fractura interior.
Ésta, la fractura interior, tiene diversas aristas. Escribe Yaiza: “… el ambiente de callejuelas blandas / entre las que crecía la historia familiar / hacia el futuro y el pasado / -un gusano que se arrastra hacia sí mismo.” Una de las aristas posibles, motivo de la trama, es esa historia familiar que nos ha marcado a fuego. Historia familiar, no olvidemos, que engendra y contiene la historia universal. Irse de casa como símbolo del abandono primero. Después, el otro abandono, de tintes dramáticos, con la figura del hijo: “Mi niño y yo encogidos frente al mar, / frente a la penumbra / llamándote en silencio”. Recuerda a aquello que le leí una vez a Jenaro Taléns, “El ausente se marcha cada día”, o al famoso verso machadiano “Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar”. De este modo, el abandono, la soledad o la ausencia adquieren estatuto de símbolo mediante elementos como la ciudad o el agua. Es aquí, en la cosmovisión del dolor, donde Yaiza despliega su potencial expresivo. Por ejemplo: “únicamente / la lona abierta / golpeada por el aire / sobre las cañas de nuestro esqueleto”.  Una imagen concreta, precisa y perfecta para lograr el efecto deseado: que nos sintamos solos, comunicar su soledad para, de este modo, aligerarla. El poema como expiación precisamente es el título de la sección de uno de sus libros. La escritura encuentra así su sentido: el de purificar una mancha. Leemos: “El poema es la expiación / de la carne que aparece / Los escucho asentir en el rumor / del viento entre las hojas”.
La soledad nos impulsa hacia la búsqueda de consuelo y a apoyar la espalda en los “grandes árboles”, otro símbolo recurrente en la poesía de Yaiza. Así, escribe: “Qué bien se está a la sombra de los grandes árboles”. No hace falta decirlo de otra forma, es así de sencillo. Es otro acierto, tensar la herramienta del lenguaje poético, que alcanza verdaderos momentos de lucidez e iluminación, como en este ejemplo cercano a la greguería: “Pestañas, una tristeza que el aire se lleva / como a las hojas del patio”.
Me gusta cómo Yaiza alterna distintos tonos en sus poemas. Lo discursivo da paso a lo metafórico, lo simbólico al anecdotario. Me parece uno de sus mayores logros técnicos, junto al ritmo y a la cuidada estructura unitaria. Las referencias personalísimas nos guían por una posible lectura figurativa dentro del entramado simbólico. “Dijiste les haremos una casa con un doble tejado / porque te confesé que tenía / la limitada cualidad del muro”. Su discurso, o su “muñón discursivo” como ella escribe, se preña de voces que habitan la casa del lenguaje. El mundo es reconstruido en el poema y habitado por los nombres que pueblan su memoria. Vivos y muertos. Los muertos nos recuerdan que seguimos vivos. Nos desposeen, nos arrancan como láminas, como hojas; quedamos con ellos, pero aquí. Los vivos nos salvan. Son los hijos. Ellos que, habitándola, crean nuestra casa.
Los poemas de Yaiza recrean a menudo escenas familiares con ternura y sorpresa: “Desde el horizonte / vinieron al ungimiento / como una luz / y en el pantano de una sola moneda / el uno al otro se mordieron las colas / mientras tú y yo / -agujero en el árbol- / solo podíamos verlos crecer”. El nacimiento da paso a la contemplación de la vida que permanece en los hijos: “El verano fue tan apretado como un ovillo: / sus cuerpos chapoteaban contra mí / mientras con mis huesos hacíamos la cabaña / sobre ella la sal / de sus vocecitas / antes del amanecer lloraban”. La ausencia se vuelve presencia. El hijo ha creado una red de presencias que llegan hasta hoy. El bosque de niños ha creado el hogar. El niño, -en una expresión tierna y casi humorística lo llama “verdad rolliza”-, constituye el gran vínculo con un mundo que estaba escindido. “Había incontables motivos para seguir viviendo”, escribe Yaiza, “la crisálida explotó en mi boca / el mismo día que comenzamos el viaje”. Parece que asistimos a la historia de una reconciliación con la vida y con uno mismo mediante los hijos, el vínculo, el gran sentido que nos restituye la paz y el sosiego.
Sin embargo, Yaiza es consciente de nuestra temporalidad y deja abierta una puerta a la incertidumbre. Las puertas que dan al rencor, al remordimiento. Las puertas de una memoria ancestral que nos sitúa en el origen, frente a nosotros mismos, frente a la mujer, madre y protectora que habla desde la soledad y desde la escucha humillada. Aparece el filo de otra verdad cortante: el miedo a morir sin voz, bajo las piedras, igual que sus antepasadas.
La fractura interior queda configurada y expuesta con perfección de geometría y con valentía. Esta realidad poliédrica y mentirosa es la que configura lo que Yaiza llama la trampa de la luz. La luz es a veces lo que no se ve, la oscuridad se ilumina, sólo hay que saber mirarla.
Entre las muchísimas cosas que me dejo en el tintero, rescato un par. Primero, el sutil pero sostenido diálogo que Yaiza entabla con la tradición. Leyendo sus poemas me acuerdo de Pizarnik, Valente, Gamoneda, Bachmann, Celan, Vallejo o Amalia Bautista. Yaiza ensaya el libro-poema, a lo Rosales en La casa encendida o a lo Ernesto Cardenal en su Canto cósmico (pero sin ser tan insoportable). Crea un laberinto de palabras en el que perderse significativamente. Como el juego de repetir muchas veces una palabra hasta que pierde su sentido. Desemantizar el lenguaje para semantizar al mundo. Esto habla muy bien de una tarea poética consciente y muy autoexigente, esa “lenta construcción de la palabra” que decía Lorenzo Plana. Así Yaiza logra su mejor exponente: una voz poética personal construida sobre un universo y una mitología propios.
Por último, me voy a quedar con el juego de dádivas en que se puede convertir la vida: la madre se ofrece en dádiva y, al mismo tiempo, es elegida para recibir otra dádiva. Esa existencia gozosa es la que nos salva. Y, ante el pequeño abismo que separa los que ya no están de los que están, los muertos de los vivos, esta es la lección que encontramos en los versos de Yaiza, y con la que termino: “la viva en busca del molde de la muerta / hace un arco bajo el peso inadecuado / de una esperanza enorme / que se revuelve en contra del destino”.
Revolvámonos hoy contra el destino. Es el propósito que debemos repetirnos cada día. Al menos esto debemos agradecer hoy a Yaiza por recordárnoslo.

La poeta y narradora Yaiza Martínez es licenciada en Filología Hispánica (UCM). Ha escrito libros de poesía: Rumia Lilith (2001), El hogar de los animales Ada (Editorial Devenir, 2007), Agua (Ediciones Idea, 2008) y Siete-Los perros del cielo (Leteo, 2010). Es autora, igualmente, de la novela Las mujeres solubles (Lulu.com, 2008). Sus poemas se han editado en diversas. Traductora, crítica literaria, en la actualidad es redactora-jefe de la revista de Ciencia y Humanidades Tendencias21.

domingo, 8 de enero de 2012

Cartas a Emma Bowlcut, Bill Callahan

No todos tenemos la suerte de ser Bukowski o de tener padres alcohólicos y poder contarlo después. Aparentemente Bill Callahan tampoco. Pero Bill Callahan es un músico underground que mola, mola en el sentido auténtico, como los que graban sonidos guturales en casa y luego los venden. No sé si imaginármelo a lo Daniel Johnston o más bien a lo Mourinho. No sé, quizás sea una mezcla de ambos. Pero sus padres fueron language analysts for the National Security Agency, qué se va a rascar de ahí. El caso es que a Bill Callahan se le va la pinza y es capaz de escribir esto: “Tu respuesta llegó como un molusco que una gaviota hambrienta hubiera dejado caer. Acaso la gente todavía cocina berberechos”. Y lo mejora: “A tu carta se le enrolló el pelo”. Y aún mejor el final de esta carta número dos: “Estoy deseando que seas mi eslabón perdido. Tu carta encajó en la cerradura de mi vida como una llave. Gírala”.

Alguien que escribe esto no necesita saber escribir. Bill Callahan no escribe: enlaza, enrama o envisca imágenes como saltos de liebre. Hace conexiones deslumbrantes. Hace rizoma. Un ejemplo: “Necesito una copa de vino al final del día. Luces de Navidad para el cerebro. En tiempos de paz contemplamos gaviotas. No quiero destruir nada”.

Son 62 cartas que el protagonista sin nombre escribe a una chica que ha conocido en una fiesta y con la que sólo ha intercambiado unas palabras. No me queda claro en qué tiempo viven ni a qué se dedica el protagonista, que por momentos se diría que está interno en un sanatorio. El de su mente. Y bendito sea: “Tus ojos eran la habitación. El tren inferior de tu cuerpo era como el río Mystery. Y tu voz era muchas voces distintas”.

El chico está solo. Y le gusta el boxeo. Y escribe cartas como si tendiera camisetas lavadas o su soledad: “Eres mi taza favorita de acampada, mi mástil, mi bandera perfectamente plegada”. Pero la trama es lo de menos. Lo bueno, lo desbordante es el exceso asociativo, imponente, brillante, con el que Callahan va ordenando el caos, reproduciendo el libre fluir de su conciencia, torrencial pero sutil. Monstruos con lacitos.

Cinco años tardó Callahan en escribir este libro que se lee en una tarde. El ‘estilo Gimeno’, la ‘locura Mestre’ o la ‘poesía Levé’ están aquí y deben de ser algo como cuando, por arte de magia, Hamlet aparecía en el Cide Hamet, al final todo es lo mismo.

Escribir y escribir como rehabilitación de uno mismo. El protagonista tiene la autoestima por los suelos, está aislado, no participa de las costumbres sociales o familiares y ni siquiera cree en la validez del lenguaje para expresar lo que piensa. Le gusta ir contra el establishment, ser el aspirante y no el campeón. Todo es fracaso: “Si las palabras son una divisa, entonces todo lo que tengo es calderilla”.  

Es entrañable ver cómo se desarma y confiesa: “Necesito un poco de cariño del bueno, pellizcar un culo prieto en tejanos, a ser posible”. Uno cree que va a leer una novela y resulta que es algo epistolar que acaba siendo poesía: “Hay una constelación que me recuerda al hueso de tu cadera. Creo que estoy intentado acercarme a ese chorro de luz. […] Puedo sentir la forma en que tus caderas encajarían en mis manos perfectamente, como la culata de un rifle de toda la vida…

Y el miedo: “No dejes que me meta solo en ese oscuro agujero”.

Un libro muy Alpha Decay, muy Tao Lin. Humor, (in)trascendencia, aislamiento, necesidad. Un corazón ineficaz pidiendo ayuda es este libro.