martes, 15 de mayo de 2012

Por qué Dani Benítez no tenía la culpa

Hace unas semanas el Real Madrid viajaba a Los Cármenes para enfrentarse al Granada en un partido que podía ser decisivo para las aspiraciones de salvación del equipo granadino. Si el Granada ganaba, aseguraba la categoría. Las cosas se pusieron muy a favor: Jara marcaba el 1-0. Y ahí comenzó el desastre. El Granada solo perdió el partido, primero forzando un penalti tan clamoroso como innecesario, que Ronaldo convirtió y que supuso el 1-1; y después terminó el suicidio con un gol en propia puerta. El Granada había desperdiciado un partido con todo a su favor para lograr el objetivo de la permanencia. ¿Cuál fue la reacción? ¿Se lamentaron los jugadores por las ocasiones erradas, por el penalti de principiantes o por el desgraciado gol del final? No. Todos se fueron a por el árbitro de esa manera que es ya habitual en casi todos los campos de fútbol, intimidándolo, haciéndole retroceder, sacando pecho, levantando las manos amenzantes, gritándole insultos a cinco centímetros de la cara. Los jugadores del Granada se convirtieron en matones de barrio y arrinconaron al árbitro que a duras penas aparentaba entereza mientras trataba de esquivarlos. Los insultos e insinuaciones de parcialidad palidecieron ante la pusilánime acción de un pusilánime jugador. Dani Benítez, jugador de banda, rápido, incisivo pero irregular, se acercó, de lejos, y lanzó una botella que alcanzó en la barbilla del árbitro. Acto seguido agacha la cabeza, simula no saber qué ocurre y se marcha. 

El fútbol es un deporte muy lamentable a veces. Antes que confiar en la profesionalidad de un árbitro se prefiere la sospecha, más si esa sospecha sirve para dejar en un segundo plano la torpeza del equipo. Nadie hace autocrítica. Nadie parece honrado. Ojalá algún día tengamos dirigentes en el fútbol que acometan las medidas necesarias para que no nos dé vergüenza con tanta frecuencia ver un partido de fútbol. Deportes como el baloncesto, el balonmano o el rugby se caracterizan por un respeto al estamento arbitral y al equipo rival que el fútbol ha convertido en mofa cotidiana con piscinazos, rodillazos por la espalda, engaños y todo tipo de acusaciones previas y posteriores a los partidos. Cuando hay una falta en balonmano, el árbitro pita, todos acatan y en apenas tres segundos ya están en su campo defendiendo la siguiente jugada. Cuando hay una falta en fútbol, todos sospechan del árbitro, buscan el historial de sus parientes, se acuerdan de lo que ocurrió el año anterior, lo rodean, lo amedrentan, van a por él. ¿Qué hacen los dirigentes del fútbol? Nada. El fútbol es de hombres, dirán. Sí, de hombres miserables.

Como esto es fútbol y como el público, que es el que paga, así quieren que le den gusto, hay que concluir que Dani Benítez no tuvo la culpa. Simplemente hizo lo que se espera de un deporte donde presidentes, entrenadores y jugadores instauran la sospecha, el insulto y la agresión. Los niños que ven los partidos por la tele saben qué hay que hacer cuando se pierde un partido que estaba ganado: ir a por el árbitro. Dani Benítez debió aprenderlo en su casa, viendo un partido cuando era pequeño, y el otro día transmitió ese valioso legado a muchos otros niños que perpetuarán este glorioso deporte nuestro.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Fagocitosis, de Marcos Prior & Danide


Aprovechando que hace poco Barcelona ha celebrado su trigésima edición del Salón del Comic, uno de los eventos más importantes de Europa dentro del mundo del noveno arte, y dado que el tiempo que nos ha tocado vivir pasará a la historia por una aplastante crisis de valores con una deriva oscura y más que preocupante, creemos que el libro que hoy traemos da en el clavo por celebrar lo primero y denunciar lo segundo.
El año pasado la editorial barcelonesa Glenat publicó Fagocitosis, de Marcos Prior & Danide, una novela gráfica descarada e irreverente que bajo el signo de un necesario humor negro da un buen repaso a algunos de los mitos de oropel que nuestra sociedad de la publicidad y el consumo ha fabricado para nuestra tranquilidad.
Fagocitosis la componen 17 historietas cortas concebidas para ciudadanos que busquen entretenimiento y sepan digerir la denuncia política y social. Fagocitosis echa abajo el telón de humo de nuestra sociedad y, con humor ácido y corrosivo, nos enfrenta a nuestra verdadera condición, más cercana a la máquina que a la humanidad, de individuos devorados, fagocitados, por un sistema insaciable.
El primer relato, llamado El discreto encanto, es un divertimento que funciona como entrante perfecto. Aparece una cama vacía y deshecha, con un cenicero, una botella, un libro y lo que parece un terminal móvil de última generación. Alguien sale de la ducha, se abotona una camisa de la marca ‘Redbook’, chaqueta y bolso, y sale a la calle. Pasamos la página y conocemos a nuestro personaje: es el mismo Karl Marx por las calles difuminadas en pleno siglo XXI. Avanza y deja a su derecha un gran establecimiento de comida rápida en cuyo logo destaca la M gigante y blanca sobre fondo rojo: “Marx Donald’s”. Dentro, un niño deja un momento su hamburguesa para jugar con el regalo del menú: dos barbudos muñequitos de Marx y Engels.
A partir de aquí vemos deshumanización en todos sus niveles y con toda su crudeza: maltrato infantil, precariedad laboral, publicidad salvaje o la psicosis de los falsos ídolos de la televisión. La actualidad de los relatos es tal que por ellos desfilan personajes públicos, encubiertos pero fácilmente reconocibles, como Zizek, Carl Sagan o el mismísimo Emilio Botín. Todo esto, no lo olvidemos, con la ironía bien conseguida de unas viñetas que mezclan diversos estilos, soportes y géneros, desde lo naif al realismo, de la ciencia-ficción a la distopía, anuncios en paradas de autobús, presentaciones Power-point, ofertas de trabajo, etc.
Por las 118 páginas de Fagocitosis, entre capturas de GoogleMaps y viñetas tradicionales, se respira un aire incontenido de rabia contra nuestro particular ocaso de los dioses. El resultado es un arriesgado pero innegable producto estético que, además de crítica despiadada a la sociedad de consumo y a la crisis económica, sirve de reivindicación artística a una disciplina que ya no lo necesita. 




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domingo, 6 de mayo de 2012

Sólo quiero existir

Es la frase final de una película menor de tres actores que aún no habían dado lo mejor de sí, película vista intermitentemente durante la siesta de una tarde que no pasará a la historia. El equipo de béisbol de Durham juega en la segunda división, viene a ser un C.D. Alcoyano abocado a jugarse el descenso cada año. Cada año una madura y atractiva periodista del condado se encapricha de algún jugador. Este año le toca al joven pitcher, un patán del que tratará de sacar el talento que alberga. Entre ella y un veterano catcher en el ocaso de su carrera logran que aquél haga una gran temporada y fiche por un equipo de primera. Quedan los dos, ella y él, frente a una realidad generacional. El viejo se aparta para que el joven vuele. Así que, al final, sólo quiere existir. Tiene esta pseudo-comedia romántica un toque del desamparo del Norma Desmond en El crespúsculo de los dioses o de Clark Gable y Marylin Monroe en Vidas rebeldes. Hoy precisamente llegué al siguiente pensamiento: cuando todos vayan muriendo y sus cuentas de gmail queden inactivas se perderán los vídeos de Youtube. Igual con las fotos de Tumblr. No sé si me explico. Esta es nuestra historia, bailemos en el salón porque todo lo que acumularemos será el relato de nuestro fracaso y, cuando lo entendamos, sólo querremos existir.

jueves, 3 de mayo de 2012

GreatOh!

Cuando la poesía se aleja de los cauces mediáticos establecidos y vuelve al origen, al mito, al ritual, al cuarto de estar, uno se replantea muchas cosas sobre escaparates, librerías, subvenciones, ayuntamientos, suplementos, premios, etc. El origen, perdónenme la pedantería, fue aquel sábado 28 de abril la sala de un piso con vistas a la calle Recogidas donde veinte o treinta almas encontradas asistimos a ese hecho insólito de darle un cuerpo a cada alma. Y todo, suponiendo que tal cosa exista, mediante la palabra poética.
Cuatro poetas malagueños hacen 136 km de Málaga a Granada para leer en el salón de un cuarto piso. Convocados al segundo evento organizado por Great Oh!, Sergio Franco, Isabel Bono, Francisco Javier Casado y María Eloy-García, se sentaron frente a una mesa con agua y cerveza, los asistentes se distribuyeron por sillas y sofás, y, tras un inicio de rara expectación, lograron crear una atmósfera amiga para olvidarse de la letra impresa -esa tirana del ISBN y coto cerrado de las editoriales de poesía- y para redescubrir la honestidad de una persona que cuenta algo sobre sí misma. Y punto.
Entre la seriedad y la gracia de Sergio Franco, me quedo con lo segundo. Lo mejor: su mirada irónica hacia la vida que creemos vivir y que realmente nos vive a nosotros. Unos poemas breves, con variado elemento cómico-sentimental, como esbozos de humorada casi siempre bien resuelta. Su original dramatización multiplica exponencialmente el efecto de una poesía pretendidamente intrascendente. Genial para abrir boca.
Isabel Bono funcionó de suave contrapunto. Una voz poética estupenda que nos adentró en el territorio íntimo de una frágil sensibilidad puesta al descubierto. Su tono, marcado por la escisión de la propia identidad, se pone de puntillas sobre un discurso emotivo cuyas vértebras hay que buscarlas en el lamento de amor más profundo y, por ello, más auténtico. Pudimos escuchar de la autora un único poema largo que hilvanó la anécdota cotidiana con la honda reflexión ante el leitmotiv del desarraigo vital.
Me atrevería a decir que Francisco Javier Casado fue el gran descubrimiento de la velada. De aspecto más bien tímido y reservado, siempre a un lado observando y callando, había pasado casi inadvertido hasta que llegó su turno y se obró la transformación. Francisco Javier Casado es todo un género en sí mismo. Género del exceso, autoparodia de un dramatismo que escupe versos y saliva malditismo a la centésima potencia. Sus poemas nacen desde un histrionismo cruel y suicida. En cierto momento de la noche me pareció lo más grande que había visto nunca: un Baudelaire s. XXI anunciando por televisión el fin del mundo. Demencia sutil de un profesor desdoblado en pura y desbordante materia prima para la poesía entendida como cóctel molotov.
Por último, María Eloy-García cerró el acto con su poesía ocurrente e incisiva. María Eloy-García suele dar en el clavo como lo hacen los grandes porque tiene el temblor y la grieta. Eso no se puede enseñar ni se puede aprender conscientemente, se tiene o no se tiene. Irreverente, desgarbada, descarada, su poesía fue el corolario ideal para esta reunión de chicos malos que en el fondo no lo son tanto. Todos enarbolan el yo romántico actualizado desde Málaga, en nuestro 2012 de gracia, con la nueva rebeldía del discurso irónico, blasfemo, descreído e iconoclasta. Cuatro muestras del originalísimo torrente lírico que fluye por debajo de la tierra y que no siempre se ve en las librerías. Debiéramos rescatar o importar esa costumbre argentina de organizar representaciones teatrales caseras, como esas reuniones de tupper en casa de vecinas. Debiéramos leer más y mejor poesía, es decir, debiéramos nacer Atapuerca –en verso de María Eloy-García- una y otra vez para desaprender la historia de nuestra cultura y volvernos decididamente incultos, ávidos de empezar siempre de nuevo.

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martes, 10 de abril de 2012

El club de la lucha, Chuck Palahniuk

Este libro, convertido en boom editorial a raíz de su adaptación al cine, corre el riesgo de sufrir el mismo fenómeno que las burbujas que salen disparadas al abrir una botella de Coca-cola: el que va del vigoroso ímpetu inicial a la realidad progresiva de un líquido oscuro que prometía más.
Entiendo las adhesiones de sus incondicionales, la historia es pólvora pura que nos está pidiendo a gritos algo a lo que todos hemos llegado en algún momento de lucidez en la barra de un bar: romper las reglas del juego, mandarlo todo literalmente a tomar viento. Entiendo menos las críticas de quienes acusan al autor de misoginia o homoerotismo; lo primero no lo vi en el libro, y lo segundo, de haberlo, no creo que sea motivo de censura o crítica.
Entonces quedamos en que es una historia potente, que engancha a una cultura popular muy extensa, casi masiva, y que provoca reacciones contrapuestas.
De la película recuerdo como gloriosa la escena final cuando el edificio se derrumba ante los ojos del responsable de toda esta idea de los Fight Clubs. Y ante los nuestros. Gloriosa porque vemos en ese derrumbe de ladrillos y cristales, de estructuras, otro de mayor calado, más abstracto y más nocivo aún; el mismo que se representó con las Torres Gemelas yéndose al suelo por el mismo televisor y desde el mismo sofá que no cobijó cuando vimos la adaptación de David Fincher. Palahniuk, que malvendió el primer relato del que acabó saliendo el libro entero, supo dar en el clavo: activó la rabia contenida de muchas generaciones que se sienten estafadas. Estafadas por muchos motivos, uno de ellos porque la publicidad nos hizo creer que seríamos algo mejor de lo que finalmente acabamos siendo; y porque la sociedad que nos hemos inventado nos tiene anestesiados con catálogos de Ikea para decorar los pisos que nos tiramos la mitad de nuestra vida pagando. No somos nada en la Historia, ni siquiera parte imprescindible de un engranaje que se sirve de nuestra capacidad de trabajo y de consumo como mercancía para alentar sus fuegos fatuos cotizados en dólares y en poder.
Tyler Durden es el nuevo mesías acorde a nuestro tiempo: nacido de la esquizofrenia y el insomnio de la vida yuppie. Y la salida gloriosa que este mesías propone a nuestras vidas diminutas acaba siendo una gloriosa destrucción, porque la perfección sólo dura un instante. El proyecto anarquista y militarizado de nuestro héroe paranoico incluye un sabotaje desde los mismos pilares de la sociedad, es decir, llevado a cabo por un ejército de vidas diminutas alienadas (los hijos medianos de Dios). Pero este proyecto se torna inviable y nos deja con la amarga sospecha de que, por mucho que nos decepcione, al final este es el menos malo de los mundos posibles. Es un proyecto dispuesto a devorarse a sí mismo. El proyecto vence a costa del propio proyecto. Y ahí está la épica, porque con la muerte nos convertimos en héroes.
Pero ni eso.
Quizás me desanimara al final porque constaté que las burbujas acaban siendo ese líquido oscuro que beberemos igual.

“Somos los hijos medianos de la historia, educados por la televisión para creer que un día seremos millonarios y estrellas de cine y estrellas de rock. Pero no es así. Y acabamos de darnos cuenta.”

El club de la lucha, Chuck Palahniuk. Mondadori 2010.

sábado, 7 de abril de 2012

Color carne, de Erika Martínez

Quien no ha encontrado el cielo abajo no lo encontrará arriba […] Esta cita de Emily Dickinson encabeza Color carne, el primer poemario de Erika Martínez, con el que ganó el I Premio de Poesía Joven de RNE en 2008. La cita, certera, bien elegida, nos muestra el camino por el que adentrarnos en este libro primerizo pero con las cosas muy claras.

Quizás uno de sus mayores logros sea situar al yo, y con él a todos nosotros, en el lugar exacto en que vivimos: un aquí y un ahora que configuran una realidad que, queramos o no, es la que tenemos. Por eso, la distinción arriba y abajo queda perfectamente desmitificada en el discurso inteligente de alguien que vive y escribe dentro de sus coordenadas históricas: “este cielo que nos hicimos en la tierra / tan ruin, tan puñetero”. Y este tiempo nuestro establece una relación de dominación entre lo exterior y lo interior, relación en la que nosotros siempre llevamos las de perder a no ser que optemos, claro, por la ironía y la conciencia clara de lo que nos ha tocado ser: somos lo que camina de los escaparates al edificio de cristales donde trabajamos nuestra jornada completa, en el mejor de los casos: “Hoy, por ejemplo, / he trabajado todo el día. / No he hablado con nadie. / Nadie me ha contemplado. / Me siento muy feliz.” Nuestro modo de existir jerarquizado -alguien manda y alguien obedece dentro de un edificio- nos condena a la vida moderna, la que nos oprime, nos controla, nos aísla, la que nos hace felices. Erika, en estado de alerta, cuestiona el mismo sistema que nos provee de sueños confortables. Quizás si accediéramos a las entrañas del edificio, dice, descubriríamos que ese zumbido de fondo no es más que la turbina de un sueño colectivo.

Si estamos condenados a vivir dentro del sueño, al menos no nos autodestruyamos. Aquí es donde entra en juego otro de los ejes del libro: nuestra propia incertidumbre como método de conocimiento, humana incertidumbre que con sus equivocaciones ofrece más vida verdadera que toda la maquinaria inventada por el hombre. Porque lo que queda sin nosotros es un refugio perfecto, sí, pero vacío: “Qué importa que haya un techo / que nos resguarde en medio de la guerra / cuando la carne prende”. Así que la historia va de nosotros, de prestarnos un corazón cuando queremos recolocar las piezas del puzle aunque sepamos que en realidad no importa porque no hay ningún puzle.

Esta solidaridad hacia lo que nos rodea conecta con lo que Erika llama el bosque interior. El yo, escindido, también se ha vuelto sospechoso. Como si quisiéramos impulsarnos para saltar y, al hacerlo, con una mano agarrásemos el tronco de la historia y la otra fuera a la zaga de un insecto azul; es decir, como si nuestro bosque interior se debatiera constantemente entre la constatación de la realidad y el impulso inexorable del deseo. El yo, que se tiene a sí mismo por enemigo, sólo sabe que el conflicto es su única verdad. Vivir es equivocarse a conciencia, como estaciones de un viaje donde lo importante no es adónde vamos, sino de qué estamos aprendiendo a huir. Precisamente porque el futuro no ofrece ninguna seguridad (“el lento porvenir de su fracaso”), debemos aprender que el pasado y sus ritos no constituyen ninguna amenaza, antes bien son los muebles con los que hacemos habitable nuestra casa.

Erika logra construir un poemario sólido, sin altibajos, donde el peso de la realidad se siente a flor de piel, pero con una mueca irónica en los labios. Los mecanismos del sistema nos han contagiado y ahora somos esa contradicción andante que ha asumido como un acto reflejo los resortes capitalistas de la sociedad. Sí, pero dentro del edificio que el hombre ha inventado como presunción, dentro de esa vida fosilizada de ventanas y escaparates, hay una carne asombrada que impone el caos y la deriva como única certeza, la palabra y sus insuficiencias como herramienta imprescindible en este pacto cómplice con el mundo y con los que nos rodean.

Color carne constituye una mirada irónica e inteligente desde un rico mundo interior lleno de provechosas contradicciones -del erotismo al feminismo, de la crítica social a la búsqueda de una identidad- que nos recuerdan que, con nuestro granito de arena, podemos hacer de la realidad una ficción más navegable. Por todo esto, tres años después, seguimos recomendando la lectura de este libro pequeño pero necesario.

Erika Martínez (Jaén, 1979) es doctora en Filología Hispánica y licenciada en Teoría de la Literatura. Su primer libro de poemas, Color carne (Pre-textos, 2009), fue galardonado con el Premio de Poesía Joven Radio Nacional de España. Es responsable de la edición de Quiroga íntimo (Páginas de Espuma, 2010) y las antologías La voz en bandolera (Visor, 2007), de la poeta argentina Diana Bellesi, y Me incitó el espejo (DVD, 2010), del poeta chileno David Rosenmann-Taub, preparada junto con Álvaro Salvador. Escribe una columna semanal en el diario Granada Hoy, y actualmente desarrolla su labor investigadora en La Sorbona (París IV). Su página web es www.erikamartinez.es

GENEALOGÍA
El día que me atropellaron
mi madre, en la consulta,
sintió que le crujía
de pronto la cadera,
mi hermana la clavícula,
mi sobrina la tibia,
mi pobre prima la muñeca.
Les siguieron mis cuatro tías
y mis firmes abuelas,
con sus costillas y sus muelas,
con sus sorpresas respectivas.
Entre todas, aquel extraño día,
se repartieron
hueso por hueso
el esqueleto
que yo no me rompía.
Les quedo para siempre agradecida.

Color carne, Erika Martínez. Pretextos 2009. p. 13

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viernes, 30 de marzo de 2012

Una ausencia planetaria

Thomas Wolfe (1900-1938) va colocando sus palabras como si en cada una de ellas quedara descompuesto el universo, con un brutal sentido de lo irrepetible. Este Big bang emocional que nos propone en sus libros, tan cercanos a la autobiografía lírica como a la confesión elegíaca, viene a sugerirnos que el mundo es un lugar que nos pertenece en la medida que nosotros mismos: nada. El hombre es ‘ese viejo que se hace llamar inventor y que no inventa nada’; también el escritor, eterno retorno de todas las vidas que van a dar al bolígrafo, que es el morir.
La editorial Periférica publicó El niño perdido en 2011, cosechando un buen puñado de críticas favorables, y con justicia, ya que aquél fue posiblemente uno de los mejores libros del año. Ahora publica Una puerta que nunca encontré, aunque es lo mismo porque en cada uno de sus libros Wolfe extiende su soledad sobre una mesa de operaciones. El primero era un desbordado canto fúnebre a la pérdida de la infancia que martillea con la muerte prematura de su hermano Grover a los doce años; este segundo ahonda en esa soledad no elegida, sino recibida como designio o castigo, que sobrevuela aquí igual que un carroñero sobre la pieza de nostalgia que no se descompone: la pérdida del padre.
Aunque en Una puerta que nunca encontré Wolfe no alcanza siempre las cimas de lirismo emocionado, apabullante y perturbador de El niño perdido, sí que consigue volver a disecar una emoción muy viva a través de un lenguaje exacto y minucioso, por momentos casi iluminado. Wolfe es un hombre sin esperanza, hasta el punto de tener que inventarse la carta que en sueños le escribiría su padre para darle ánimos, y esta operación de escritura terapéutica y conciliadora con el mundo es de una tristeza absoluta, un canto a la vida desde la muerte.
Dijo Faulkner que Thomas Wolfe era el mejor escritor de su generación. Desde aquí solo podemos agradecer a Periférica que nos haya acercado la voz de este hombre solitario que parece contener la tierra entera y cuya lectura recomendamos por una cuestión de esperanza: su trabajo consiste en intuir lo invisible, mostrárnoslo y volver a dejarlo oculto.

“… cruzando la tierra yerma y gris de una especie de ausencia planetaria, donde no había sombra ni refugio ni cobijo, donde no había lugar para descansar, ningún dormitorio, ninguna puerta para acceder a él, y donde, cada vez más exhausto, estaba obligado a bracear a ciegas, y para el resto de mi vida, por aquella enorme ausencia”. (p.84)




Esta reseña se publicará en Tendencias21