lunes, 25 de febrero de 2013

Ofelia y otras lunas, Javier Vela


OFELIA Y OTRAS LUNAS
Javier Vela
Hiperión 2012
XIX Premio de poesía Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina”



Leer a Javier Vela tiene algo de historiografía literaria. El lector se sienta ante sus poemas para entablar un improvisado diálogo con la tradición poética, en el que va tirando de un hilo que lleva a otro hilo que acaba tejiendo un centón mental donde el mismo Javier Vela se acaba insertando plácidamente. Este revisitar lo conocido, este modo de releer y apropiarse de la tradición, de entrada confieren al autor una eficacia comunicativa, un suelo firme sobre el que caminar. Asentados los cimientos, el resto de la casa debería aguantar sin problemas la tentación de los oportunismos, siempre al acecho. No veo a Javier Vela como un advenedizo o un oportunista. Al contrario, su relación con la poesía parece fuera de toda sospecha: pulidas piezas cuya rareza nace en una profunda reflexión y un indudable conocimiento de las reglas del juego. Ofelia y otras lunas confirma una trayectoria que hace de la coherencia una virtud también rara. Como con Juan Ramón, lo más alto está en lo más hondo, crecer es ahondar. Javier Vela no necesita cambiar de piel para reinventarse.

La búsqueda de un nuevo lenguaje poético, desde Baudelaire a Eliot pasando por Laforgue, por un lado y por otro la conciencia en el tiempo, su disolución en la memoria, crean un eje sobre el que giran estos poemas con tendencia a desbordar, al exceso. La primera parte del libro, “Canción del cosmonauta”, está formada por dos extensos poemas donde el autor da rienda suelta al monólogo interior de intensa evocación melancólica. Son poemas de un verso largo, litúrgico, que acentúan el carácter hímnico y que marcan un ritmo tortuoso a esta añoranza primordial de otra vida. El fraseo reiterativo, de largo desarrollo, se oxigena, por un lado, con la anécdota fragmentada, ese correlato objetivo elotiano que sirve para fijar las emociones: “Pero tú me gustabas. O al dejar una mano olvidada en la silla / en la que ibas tímidamente a sentarte”. Por otro, con un conjunto de imágenes plásticas y audaces, como sacadas de la chistera de buen mago gaditano:  “hay guantes de mendigo colgando de un paraguas”, “Eres como el tapón del infinito”, “Y hay anclas en el techo de las que penden islas navegables”. La evocación, impregnada de un romanticismo cándido y onírico, se vuelve invocación, conjuro (“Adelante, adelante, olvidémoslo todo, / perdamos para siempre la memoria y la herencia / como viejos seniles, adorables y anónimos cuyos ojos han visto demasiado”). Conjurar la memoria es una forma de revivirla para sublimarla. Escribe Jesús Aguado: “vivir es reparar los efectos de esa emboscada original que supuso la muerte del centro”. Muerto el centro, quedan las afueras, los hombres corrientes, solitarios y banales que anhelan un mundo ideal al tiempo que se burlan de sus aspiraciones románticas. Esto que dice Viorica Patea a propósito de Eliot es válido aquí también: “En la calle hace frío y alguien hunde un cuchillo / en el vientre vacío de un joyero” o “La huella en el camino / ¿qué tiene de romántica?”.

La segunda parte del libro, “Variaciones sobre una rama rota”, se compone de veintinueve poemas más cortos donde el discurso torrencial se concentra. El lirismo se disciplina y deja paso, en mayor o menor medida, a otras vetas como el irracionalismo, la anécdota o el realismo sucio. Versos como “Tráeme la tibia de la emperatriz. Mi fe, mis calcetines”, “Triste como un polígono industrial” o “la musa de un contable” sirven de ejemplo a ese afán actualizador y esa huida de la ensoñación retórica a favor de una poesía de autoconocimiento que indaga en un yo flotante en el tiempo y en el lenguaje: “¿Podré llegar de vuelta hasta la casa, / yo, el tímido, el escéptico, el favorito de las enfermeras, / que ni presté siquiera servicio militar?”

La imagen de la rama rota remite a la de Ofelia, narratario ficticio, cayendo del sauce como el hombre cayó del paraíso. La herida de este tiempo vivencial se absorbe en un tiempo cósmico que el poeta asume como parte de su destino icárico: “la idea del futuro”. Como no hay solución posible para lo desconocido, tampoco el libro parece encontrar esa salida. Los poemas adelgazan en un juego de círculos concéntricos. La voz del poeta queda repitiéndose desde su infancia lúgubre en una especie de eterno retorno cumplido en la imagen del suicidio hacia dentro: “Un niño me contempla desde el fondo / oscuro y frío del tiempo. // Sonríe, se persigna y estalla en mil palomas”. Somos un puzle de restos emocionales.

El poema más breve del libro, de un solo verso, contiene el espíritu de todo este libro. Debemos ponernos a salvo de la memoria, manifestación sensible de un tiempo inexistente fuera de nosotros. Debemos ponernos a salvo de eso que somos. El refugio de un cielo que nos amenaza con recordar que, después de todo y de todos, el meteorito éramos nosotros: “Lluvia de la memoria, mi hogar es un paraguas”. 


Publicado en Poemofilia.

sábado, 23 de febrero de 2013

La nave, José Pablo Barragán


La nave
José Pablo Barragán
El Gaviero Ediciones, 2012


Tras visionar cualquier telediario, entre sucesos, crónicas deportivas o políticas (estos días el gran debate sobre el estado de la nación), habría que preguntarse si la ciencia ficción no es en definitiva un componente estructural de toda narrativa, incluida la de nuestra existencia. La nueva realidad y su lenguaje propio, esa construcción cómplice de los medios y las instancias de poder difuso, se lo pone difícil a nuestro optimismo antropológico. Aquella suspensión de la verdad que admitía como buenos los taxis voladores de Blade Runner. La misma que hoy no tiene más remedio que admitir el apocalipsis seriado desde el sofá, en HD. La ciencia ficción está pasando una dura prueba: la de medirse con una realidad difícil de batir que hace que los relatos distópicos, de cándidos ejercicios de imaginación, se conviertan en inquietantes reflejos de nuestro tiempo.

Sea como sea, material narrativo y, ahora, también poético con La nave, de José Pablo Barragán, poeta sin problemas para versificar lo que le echen. En el poema “Soylent Green” se atreve con la actualización del clásico “Amor constante más allá de la muerte” en lo que vendría a ser un principio de ensayo sobre Quevedo y el materialismo. El alarde versificador tiene como colofón el poema “Tiempo y tiempos”, una versión ­­–traducción literaria– de “Tempo e tempi” de Montale.

Hecatombes, realidad virtual o mutaciones no son nada comparados con la imagen de un funcionario registrando la memoria del universo y completando así el mayor de los expolios, pues supone desposeernos de lo único que nos pertenece: nuestra muerte. El no-tiempo en el que se desarrollan estos poemas resulta que es el nuestro. Por eso La nave, además de maravilla científica, es una morada humana (Tomás Salvador, autor de La nave, primera novela española de ciencia ficción) para quien busca refugio de esa epidemia llamada felicidad de las masas. Los modernos dispositivos de placer (Lipovetsky) hacen realidad el mito romántico de la evasión a un paraje exótico o al menos algún sitio lo suficientemente alejado. Todo vale en la causa común de este gran simulacro, el último remanso en el que confiar y tener fe. “Por un precio asequible hacemos realidad todos sus sueños”: nuestros mitos convertidos en mercadotecnia. El grado más alto de consumo: consumimos nuestra propia historia.

“Mi vida son recuerdos implantados”, esta versión del verso machadiano, pasado por Philip K. Dick y mezclado con Ridley Scott, nos da idea del lugar donde nos sitúan los poemas de ciencia ficción de José Pablo Barragán: en el presente atemporal. El tiempo que predijo Eliot con sus hombres huecos convertido en la sospecha de si no estaremos ya hechos de recuerdos implantados. Las redes sociales, con Facebook a la cabeza, suponen el inicio de la impostura que nos cambia la ilusión de libertad por soledad. Aprender este nuevo lenguaje que nos dice supone manosear la mentira. Y esto no nos hará más libres, sino más perversos.

El Gaviero sabe moverse bien en lo limítrofe. Quizás porque en los límites es donde corremos el riesgo de encontrarnos. 


IMPOSTOR


We are the hollow men
T.S. Eliot

Esos huesos fundidos por el láser
que yacen ante mí fueron un día
mis huesos o eso hicieron que creyera
los científicos locos funcionarios
u oscuros oficiales del ejército
que vertieron cadenas de ADN
en el núcleo de un óvulo vacío
con quién sabe qué sádicos propósitos

No soy más que un fantasma una quimera
surgida de un matraz
en un laboratorio de genómica

Mi vida son recuerdos implantados
Nunca estuve en París No hubo aquel muro
junto al que descubrí cómo sabían
los besos a los quince
Mi hermana no murió en un accidente
jamás se entrelazaron nuestras manos

sábado, 2 de febrero de 2013

40 años de Tigres en el jardín, Antonio Carvajal

Mis inicios en esto de la poesía tienen una fecha clara y un nombre propio: Facultad de Traducción e Interpretación de Granada y Antonio Carvajal, entonces profesor de una asignatura de libre configuración llamada Introducción a la métrica. 

Hoy tengo en la mesa Miradas sobre el agua y Tigres en el jardín, los dos firmados y dedicados por el autor. En el primero la firma va acompañada de la fecha "19 NOV. 2001". El segundo no tiene fecha, pero el trazo de la dedicatoria es más firme, su caligrafía es más redondeada, más grácil, como si el tiempo transcurrido entre las dos dedicatorias -calculo que un par de años- hubiera servido para rejuvenecer al autor. Aun más, frente al porte sereno de un hombre encanecido y manos toscas de campo, en la fotografía de contracubierta del segundo libro aparece el primer plano de un Antonio Carvajal veinteañero, con una sonrisa abierta y franca como un estandarte de vida. 

Han pasado más de diez años. Todo se vuelve difuso. Entre lo difuso, destaca el recuerdo de una poesía primeriza, tabla de salvación de aquel estudiante quizás perdido y encontrado en la pedagogía ética de Antonio. A través de sus versos y de las conversaciones en su casa del Suspiro, se nos iba dando el modo de entendernos en el mundo a partir de unos valores que yo admiraba: compromiso, entrega, amistad. Con el Renault Clío de mi padre iba los domingos a la casa del Suspiro para encontrarme, la verdad que con bastante timidez, con mucha gente del mundo de la poesía como Luis Javier Moreno, Antonio Piedra o Andrés Sánchez Robayna y, en general, amigos como Dionisio Pérez Venegas, Ricardo García, José Manuel Ruiz, José Cabrera, Juanjo Castro o Juan Andrés García Román. De todos ellos guardo un recuerdo que a veces se confunde con la emoción por estar siempre al amparo de las palabras de Antonio Carvajal.

Ayer, en la presentación de un libro que sirve de homenaje a Antonio y de celebración onomástica de su histórico Tigres en el jardín, volví a sumergirme en esto de la poesía. Cuando la poesía era una excusa para encontrarse y hablar de otras cosas, pero también un momento de consuelo ante lo que se adivina en sus versos: el torrente de vida que pasa junto a una tierra seca donde todo acabará. Ayer Antonio volvió a leer sus versos en público y yo estaba ahí escuchando, otra vez embargado por la timidez del alumno ante el maestro y por la emoción de algo para lo que no encuentro otra palabra que nostalgia.

La poesía de Antonio Carvajal es, ante todo, un acto de entrega. Como su vida. Repito de memoria sus palabras: todo acto amoroso consiste en entrar en el otro, entregarse al otro renunciado a uno mismo en lo que viene a ser una muerte anticipada.



SUICIDIO

Por los secretos picos y encorvados atajos,
allí donde la lumbre no permite el sollozo,
encontré tus pupilas horadadas de grajos,
un silencio de pluma por tu naciente bozo.

Bella estabas desnuda de todos los trabajos,
púrpura y agua solas en tu extenso alborozo,
y era tu risa un párpado de nubes, y badajos
sonando alegremente en el fondo de un pozo.

Ángel quizá de besos, pero no de mi hastío,
te reclinaste clara sobre el brocal redondo
y me llamaste rayo de pájaro y de río.

Allí corté a la aurora su postrer rizo blondo,
lo coloqué en tus sienes, y un terco escalofrío
dejó tu mano pálida para siempre en el pozo.


(Tigres en el jardín)










viernes, 1 de febrero de 2013

Darse a la lectura, Ángel Gabilondo


Darse a la lectura
Ángel Gabilondo
RBA
2012

Uno de los libros que más he disfrutado recientemente ha sido Darse a la lectura, de Ángel Gabilondo. Pienso, como con Mal de escuela de Pennac, que debería ser de obligada lectura para todo profesor de secundaria. Como tal, empecé a leerlo quizás motivado más por una inclinación profesional –si es que es posible desligar una de otra–, pero ya en la primera página comprendí que tenía entre las manos lo más parecido a una invitación a emprender un viaje. Un viaje, por supuesto, hacia mí mismo, pero con breves paradas en estaciones donde otros viajeros sumaban su reflexión a este texto entretejido por y para nuestra tarea solitaria de leer: Ricoeur, Nietzsche, Platón, Aristóteles, Kristeva, Camus, Séneca, Marco Aurelio, Cicerón, Ovidio, René Char, Proust, Woolf, Foucault, Barthes...

Ángel Gabilondo, de semblante austero, de profesión Catedrático de Metafísica y más conocido por su incursión en la política, muestra, no obstante, una sensibilidad desconocida y emocionante. Construye con eficacia un discurso sólido, bien argumentado, pero también delicado y entusiasta, más propio de quien, más que de libros, habla de su enamoramiento. No es gratuito que precisamente esta asociación, la del amor con el acto de leer, se repita en varias ocasiones a lo largo del libro. En este sentido, en el gusto por la palabra y la emoción, en su poeticidad evidente, me recordó a esa melancolía contenida que inunda el gran Ocnos de Cernuda.

Darse a la lectura está formado por treinta y dos capítulos, de no más de cuatro o cinco páginas cada uno, en los que Gabilondo aplica su atenta y minuciosa mirada a un sinfín de lo que podríamos denominar hechos colaterales de la lectura: las condiciones físicas en las que leemos, los incentivos y la recompensa social y emocional de esta actividad, la importancia de la ficción, las relaciones entre escritura y lectura, incluso la lectura en los nuevos soportes y formatos de las tecnologías de la información. Y a lo largo de esta armazón de entradas y salidas, idas y venidas, varios caminos van adquiriendo relieve y guiando nuestra lectura hasta, quizás, el faro que alumbra las páginas de este “cielo invertido” que es un libro. Me refiero a algunas de sus ideas centrales, o mejor, a la energía concentrada en esos luminosos caminos: la lectura es una manera única de dejarnos decir, de abrirnos a otros horizontes inesperados, quizás insospechados, en definitiva, de ser otros; y, en segundo lugar, la radicalidad de la lectura como acto, sí, político e ideológico: el deber de leer no es diferente al deber de respirar para sobrevivir, por eso la lectura es siempre, además, un acto de compromiso con el mundo y con nosotros mismos, un ejercicio vital de entrega a una tarea de inconformismo y transformación que comienza en el mismo momento de elegir leer. Y, finalmente, leer, dejarse decir, arriesgarse a ser otro, es una respuesta ante lo éticamente insoportable: la respuesta de la lectura es siempre la respuesta de la libertad.

Recuerdo que fue difícil conseguir este libro. El librero me dijo que había pasado con más pena que gloria, al menos por su librería. Lo compré y estuvo algunas semanas en una estantería, junto a muchos otros libros, algunos leídos, otros esperando su momento. He de reconocer que cuando comencé a leerlo sentí, por ingenuo que parezca, lo que debió sentir Bastián, escondido en la escuela, al sumergirse en la lectura y experimentar esa sensación de soledad acompañada, esa mano tendida tan parecida a la amistad –la de un libro es la amistad más libre y desinteresada que puede recibirse– de la que todo libro es o debería ser una promesa. Queda el recuerdo del gozo que se experimenta durante la búsqueda –no se sabe muy bien de qué– cuando, por fin, sin saber cómo, fruto de la casualidad o del destino, se produce un encuentro


Publicado en Tendencias21.