viernes, 22 de marzo de 2013

Los años mudos de Abraham Gragera

Si hacemos caso a las antologías y a las bases de los concursos literarios, uno deja de ser joven a partir de los 30. Como mucho, siendo benevolentes, a los 35. Sin entrar a debatir la arbitrariedad de estos cortes, operativos pero absurdos, Abraham Gragera (1973) ya habría dejado de ser un poeta joven hace algunos años y El tiempo menos solo, publicado con casi cuarenta años, vendría a ser un libro ya en plena etapa de madurez, es decir, de no juventud. Esta distinción generacional debería dejarse ver en unos poemas también de alguna forma maduros pero sin excluir su juventud, pues es difícil admitir que la voz poética pueda participar de esa imposición de envejecer prematuramente.

A veces las dedicatorias son esclarecedoras en estas cuestiones: un poeta joven aún le dedica el libro a sus padres mientras que un poeta no joven ya lo dedica a su mujer. Gragera, como corresponde, hace lo segundo con su escueta dedicatoria: a mi mujer. Más importante, un poeta no joven empieza a escribir con cierta autoridad, sus versos de pronto pesan, hay que ir despacio por sus páginas porque ya no resulta tan fácil esa lectura transversal, porque hay versos por donde se asoma un precipicio. Esos versos, quizás porque es entonces cuando nos sentimos extrañamente llamados, es mejor leerlos bien entrada la noche.

Abraham Gragera habla sobre su tiempo, pero no desde una singularidad excluyente sino hacia una percepción que aúna sus preguntas con las de cualquier lector, le sea contemporáneo o no. Porque si el poeta joven afirma, quizás con una temeridad que se le perdona, el poeta no joven vuelve a preguntar con una sencillez que se le admira. Una sencillez, además, que nos hace cómplices. Igual que los niños preguntan por qué el cielo es azul o por qué las nubes no se caen, yo me preguntaba por qué yo soy yo. Nunca llegué a comprender por qué la existencia se me ha dado dentro de un cuerpo, precisamente éste, y cómo es posible que este escenario llamado mundo pueda seguir ahí cuando yo cierre los ojos. No alcanzaba a comprender mi singularidad. El mundo debía repetirse infinitamente en cada persona que abra los ojos. Cada ser único al que nunca podré acceder como nadie podrá nunca acceder a mí. Todavía no he encontrado respuesta. Ahí están también el cielo azul y las nubes que pasan.

En el poema que abre el libro, titulado "Los años mudos", Abraham, poeta no joven, hace de niño curioso que es lo que se hace al filosofar. Nuestra incertidumbre es también abandono. No tener a nadie que nos coja la mano otra vez, o peor: tener que dársela nosotros a alguien que empezará a preguntarse: Por qué es difícil escribir, por qué no basta el simple amor. Un poema no necesita nada más para ser perdurable. Igual que Clarice Lispector hablando sobre un saltamontes o Rilke sobre un escarabajo. En uno de sus cuentos fantásticos, Juan Gómez Bárcena habla de dos dioses que mantienen un pulso infinito y con él guardan el equilibrio entre el bien y el mal. La existencia nos convoca a un pulso infinito. En esa lucha perpetua seguiremos vivos.


LOS AÑOS MUDOS

Pero también perdimos la palabra
mucho antes, antes de que supiéramos siquiera
que la palabra existía
mucho antes de nosotros y de los que existieron antes
junto a nosotros, en los huecos que dejamos al cambiar de lugar, en cada instante
que inauguramos. Así que no es motivo de preocupación, más bien una posibilidad inesperada
de amar nuestra lengua porque una vez amamos la palabra
que dispersó las lenguas, sin ser estrictamente religiosos, ni vulnerables a las profecías.
Me pregunto por qué pasó de largo la poesía
furente a nuestros intentos de adquirir dominio público, y nos dejó de este modo, imaginando
con tanta imprecisión tragedias generalmente aceptadas, por los que sufren y por los que persiguen
transformar sus asuntos en ejemplos. Por qué es difícil escribir, por qué no basta
el simple amor porque las cosas sean
incapaces de aceptar el yugo, lo literal de nuestras voluntariosas
aproximaciones: los barcos mugen, crepusculares, las gaviotas levantan
su torre de Babel en la corriente térmica; el sol se agita como un saltamontes entre el bajo voltaje
[de las chicharras
y en los muros del solar abandonado las telarañas recuerdan
a la espuma marina. ¿Qué pensarán las nubes, es el tiempo el que cambia
o sólo lo hace nuestra forma de recordar? ¿Está nuestra ilusión del otro lado, por eso nos dispara
[por la espalda
y nos sentimos la espalda del futuro, y lo sabemos? Nos ha costado tanto llegar hasta el presente
que es demasiado tarde para ser mañana.
Por eso es cada vez la última.
Y agobiados hasta lo interminable, con vergüenza de ser como las falsas etimologías,
con aire silencioso, de futuros conocidos, tratamos de encarnar en lo posible
este amor imposible
por todo lo que es, perece y muda.
Porque en nuestro futuro no hay memoria
y somos el futuro de todo lo que está a nuestras espaldas.

martes, 19 de marzo de 2013

Daniel Mordzinski: 27 años de trabajo a la basura


Daniel Mordzinski
Lo que le acaba de ocurrir a Daniel Mordzinski es un crimen al patrominio artístico y literario de la literatura contemporánea, en especial la latinoamericana. Una persona sin criterio destruyó el archivo fotográfioco que Mordzinski guardaba en un piso de Le Monde y que contenía 27 años de fotografías, la mayoría de ella extraordinarias, realizadas además a escritores importantísimos, en momentos claves de su carrera. Mordzinski declara: “Solo se han salvado las cientos de fotos que alguna vez digitalicé para libros o exposiciones, el resto desapareció para siempre.” Angustia, indignación, frustración, tristeza infinita, es difícil decir lo que uno quiere ante este crimen cultural realizado simplemente por la ignorancia. 
Luis Sepúlveda, por su parte, está haciendo circular un comentario a través del Facebook:


Amigas y amigos: Este es una petición que hago desde la ira, desde la bronca y el dolor, porque a uno de mis más queridos amigos, a mi hermano del alma Daniel Mordzinski, el gran fotógrafo de la literatura, le han hecho desaparecer veintisiete años de trabajo, ¡27 años! , el trabajo de toda una vida botado a la basura, y no es una metáfora, no: las manos de un cretino que seguían los órdenes de otros cretinos decidieron que el trabajo de Daniel Mordzisnky no merecía más destino que el desprecio y la basura.
Durante más de diez años y en virtud de una alianza entre el periódico español EL PAIS y el francés LE MONDE, Daniel Mordzinsky utilizaba un despacho en el séptimo piso de la redacción parisina de LE MONDE para guardar y conservar su archivo de negativos y diapositivas. Eran miles de negativos y diapositivas, de originales conservados con el rigor que caracteriza a Daniel, y que sin más, sin ninguna contemplación fueron arrojados a la basura.
El pasado 7 de marzo, Miguel Mora, corresponsal de EL PAIS en Francia, llegó hasta el despacho de la séptima planta y se encontró con que lo habían vaciado totalmente, sin que mediara un aviso ni a él ni a Daniel. Simplemente habían sacado todo lo que ahí había y lo habían hecho desaparecer.
Tras horas de dramática búsqueda, de preguntas sin más respuestas que el cobarde bajar la cabeza y musitar “je suis desolé”, en un sótano encontraron el gran mueble archivador que el mismo Daniel había pintado de negro hace diez años, totalmente vacío.
En una demostración de cobardía y bajeza moral que manda al infierno toda la tradición de defensor de la libertad de expresión que caracterizó a LE MONDE, nadie ha querido responder quién y por qué se tomó la decisión de botar a la basura 27 años de trabajo de uno de los mayores fotógrafos del mundo.
Cuesta creer que en un periódico como LE MONDE trabaje gente a la que las palabras “Cortázar”, “Israel”, “Escritores latinoamericanos”, Escritores franceses”, “Escritores españoles”, “Escritores Portugueses”, “Semana Negra”, ” Festival de Saint Malo”, “Carreffour de Littèratures”, “Mercedes Sosa”, “Borges”, “Astor Piazzola” y un largo etcétara de nombres no le dijeran absolutamente nada, y simplemente tiraran a la basura ese tesoro fotográfico sin consultar a nadie.
Ese archivo de Daniel Mordzinski, esos 27 años de trabajo miserablemente perdidos, eran parte de la memoria social, cultural y literaria del siglo XX, eran parte de la cultura universal, eran parte del legado de un artista, de un fotógrafo cuya obra es reconocida como uno de los aportes fundamentales para el gran registro de la cultura contemporánea.
De toda la obra fotográfica de Daniel Mordzinsky, de mi amigo, de mi hermano compañero de aventuras en tantas partes del mundo, apenas se han salvado unos cientos de fotografías digitalizadas, que aparecen en sus últimos libros publicados, también en uno que firmamos juntos, “Últimas Noticias del Sur”, y que han sido vistas en las numerosas exposiciones que ha hecho en los últimos años. El resto desapareció, tragado por la ignorancia, la desidia y, lo que es más grave, por una demostración más de la falta de rigor, de ética, que está haciendo del periodismo una cloaca.
Escribo esto desde el dolor, desde la ira y la bronca, porque Daniel Mordzinski, es mi socio, mi amigo, mi compañero, mi hermano de aventuras dignas en el campo del periodismo y la literatura.
Amigas, amigos, les pido encarecidamente que copien y reproducan esto en todos los lugares posibles, también en la página que LE MONDE tiene en facebook, en los periódicos y revistas a los que tengan acceso, y que manden firmas de apoyo admordzinski@free.fr
Tengo una imagen fija en la memoria, y es del año 1996, cuando en medio del viento eterno de La Patagonia, yo veía a mi socio, a mi amigo, a mi compañero, a mi hermano del alma, cargar sus cámaras metiendo sus manos en una bolsa negra, para tomar del tambor de película el material con que dejaría testimonio de la vida dura de las gentes del Sur del Mundo. Y esa imagen me dice que esto no quedará así, que LE MONDE tendrá que dar una respuesta y disculpa convincentes, porque 27 años de trabajo, porque el archivo de una parte importante de la historia contemporánea no puede ser arrojado, sin más, a la basura.



lunes, 18 de marzo de 2013

El Sunset Limited, Cormac McCarthy

Durante mi adolescencia, puede que antes y seguramente desde entonces hasta hoy mismo, me sentía desde todos los frentes forzado a tomar una decisión acerca de algo resbaladizo e inaprensible: la fe. ¿Tenía fe? ¿Debería tenerla? ¿Cuál sería mi respuesta si alguien me lo preguntara? Y las iglesias, en mi caso una antigua construcción junto a la carretera con nombre de San Miguel Arcángel, estaban revestidas de un difuso halo de solemnidad y quietud en el que justifiqué esa abstracción llamada fe. Supongo que con el tiempo fui postergando esa difícil decisión a la que, sin embargo, me sentía atado como a una incapacidad propia: la de no poder escuchar eso que se supone yo debía oír antes, durante o después de las misas. Incluso me recuerdo rezando por las noches, tal y como nos enseñó algún catequista, pidiendo perdón por cuanto habíamos hecho mal cada día, en un intento de estar en paz, si no con Dios, al menos conmigo mismo.

La lectura de El Sunset Limited (2006) me devuelve, descontextualizado de la infancia, a un debate que, de puro dilatamiento, pasó de la cómoda indiferencia a la trituradora del juicio crítico y de ahí a una supuesta superación en la que me he establecido de manera inconsciente. La trama de este libro híbrido entre novela y teatro (el original llevó el subtítulo de "Novela en forma dramática") es muy sencilla: un hombre blanco intenta suicidarse en las vías del tren (Sunset Limited) pero un hombre negro lo salva. La acción comienza in media res, los dos están en el apartamento del hombre negro y charlan, entre otras cosas, sobre el suicidio. El hombre blanco es profesor, de una gran cultura y ateo. El negro se ha rehabilitado moralmente gracias a la fe en Dios tras su paso casi definitivo por la cárcel. Éste intenta salvar también moralmente a aquél en una interesante batalla dialéctica desde dos polos irreconciliables: el del malestar que ocasiona una dosis alta de conocimiento y, por otro lado, el de esa muelle felicidad que nos da la fe.

Esta contienda interior, tan del gusto unamuniano, termina con una cierta desolación: el hombre de fe encuentra su limitación, es incapaz de salvar al que no cree. De hecho, el mismo hombre de fe sólo acaba encontrando silencio a sus preguntas sin respuesta y el vacío que deja el hombre blanco al irse del apartamento. No poder retenerlo más tiempo conversando supone el fracaso de todo el edificio de su fe, pues no ha encontrado más argumentos para convencer a su interlocutor que el de algo que ni él mismo sabe explicar. Esta frustración del hombre negro, cuya fe se tambalea en el terreno dialéctico, acaba por hacernos entender que la fe, antes que una convicción plena y auténtica, era una elección. En el fondo, creer implica haberlo elegido previamente. Tomar la decisión de creer porque encontramos mayor recompensa, si no futura, sí al menos presente. 

La ilusión de la fe hace del personaje del hombre negro una mejor persona. Encontró ese asidero en la cárcel y ahora se dedica a ayudar a toxicómanos y a salvar a los que se arrojan al Sunset Limited. El hombre blanco, salvado contra su voluntad, prefirió el conocimiento de una verdad insoportable: "la evolución no puede impedir que la vida inteligente acabe a la larga siendo consciente de una cosa por encima de todas las demás, y esa cosa es la futilidad". Según desde dónde se mire, un exceso de cultura puede ser liberador o una bomba anímica y existencial. 

Como se dice en algún momento del libro, ninguna religión enseña a enfrentarnos a la muerte. Crecemos con –en el mejor de los casos– propuestas de salvación, promesas de una vida futura, imposiciones a veces, subterfugios del aquí y ahora. Al niño que fui le gustaría que le hubieran explicado las cosas sin recurrir al halo misterioso, al miedo de lo que vendrá, a la ocultación, el castigo y la represión. Quizás hubiera encontrado, más allá del extremismo de blanco o negro, vivir o morir, una apuesta sincera por lo primero sin perder de vista lo segundo. 


BLANCO: No. Se lo aseguro. Si la gente viera el mundo como lo que es. Si viera lo que la vida es realmente. Sin sueños y sin ilusiones. Dudo mucho que nadie pudiera aportar una sola razón para no elegir la muerte lo antes posible.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Quizás le llame Modagala, Anna Roig


Quizás le llame Modagala
Anna Roig
La Bella Varsovia, 2013


Es difícil llegar a uno mismo. Chantal Maillard comienza sus Diarios indios (Pre-textos, 2005) con esta afirmación que desencadena toda una teoría del amor como intervalos de luz y sombra, eros y thanatos: “Sólo las situaciones (…) en las que nos encontramos totalmente desprovistos de recursos, son las que, cerrándonos el mundo exterior, nos obligan a franquear los límites de nuestro interior”. Para penetrar en esa profunda oscuridad que nos habita, hay que estar de alguna forma obligado por unas circunstancias que ya no pueden ser amables. Sólo entonces sentimos la atracción de lo oscuro, ese abismo antiguo al que regresamos como a nuestra primera casa.

Me senté en la mesa del lobo. Así empieza Anna Roig (Barcelona, 1976) su libro Quizás le llame Modagala, dando continuación a la lógica de Chantal mediante un simbolismo marca de la casa, feroz y a la vez cándido: “me senté en la mesa del lobo // le expliqué // después cerré la caja de Pandora // la enterramos // nos fuimos a dormir”. Una subversión del orden establecido, –como aquel hermoso “morir atropellado por un ciervo” de Juan Marqués– en la que el lobo, ahora lobezno pero aún animal salvaje, acude a nuestro encuentro. El lobo nos está esperando y yo lo espero a él, parece decir Anna Roig. En la aridez del alma, representada por el animal, conviven Anna y Chantal como habitantes del mismo lugar llamado poesía y unidas por el mismo vértigo al que ambas se enfrentan en un acto que va de la lucidez de una a la temeridad de otra. Un balanceo suave de “gemir conceptos” que apuntan al centro de una diana que La Bella Varsovia coloca en nuestras manos con un gusto exquisito por el trabajo bien hecho y, lo más importante, con el atrevimiento y la intuición de apostar por nuevas voces más que interesantes (es el primer libro de Anna Roig).

Este libro puede leerse como una ética de conducta. Il faut tenter de vivre!, no lo dice Anna Roig pero ni falta hace. Paul Valéry lo escribió y Anna Roig lo lleva a la práctica lanzándose a la búsqueda de algo, aunque para ello tenga que transitar un terreno árido y desacostumbrado. La primera tarea es dar con el escondite del miedo. Un miedo esquivo: le preguntas y te dice otra cosa. Ahí nace el juego de conceptos, para describir el miedo hay que empezar cuestionándose los mismos pilares del lenguaje y de nuestra percepción: “las migas se tiraban a los no-patos”. El delirio verbal del libro es un invento para nombrar el miedo en un tiempo esquizofrénico que deja pocas opciones: por dentro la amenaza, por fuera el enjambre. La salida de Anna Roig es un gerundio: “soy // un ser // …siendo”. Hay que intentar vivir.

Para llegar a este momento luminoso hace falta haber descendido a lo oscuro. Seguir “el rastro de babosas en baldosas grises”, clasificar “la herrumbre rojiza de lo que deja huella”, sabernos “rotos enteros”. La primera parte del libro es un esfuerzo por soltar el lastre que nos permita, desnudos, mirar cara a cara a nuestros miedos. Un turismo de interior por paisajes estériles y deshojados, poemas de autoconocimiento que no excluyen la interpelación baudeleriana a esa masa felizmente acomodada en su propia trampa: “bienvenidos a la ciudad de las brasas // tomen asiento, mierdas (…) // meros soñadores insulsos cobardes autistas anónimos transeúntes cobayas trasnochadores putas magos murciélagos y murciélagas”. Un mundo agonizante, hecho de falsas apariencias, un mundo donde todo pierde consistencia incluido el propio lenguaje, que participa del mismo absurdo: cárceles construidas desde dentro. Y justo ahí la paradoja: como en la fotografía de Cartier-Bresson, por los barrotes de la cárcel asoman unos brazos y unas piernas. La esperanza.

Otro de los ejes del libro es, en la estela de Vallejo o Gelman, la torsión lingüística que se convierte en seña de identidad: “hilvanamimar ocasos”, “llorotristo”, “cojeomutilaciono”, “clasificolatristura”. Fragmentarismo, sintaxis rota, palabras que cobran vida y se entremezclan. El animal lingüístico está domado: se le ha dado libertad. Lo único que hacía falta era un ejercicio de imaginación: “cuenten estrellas, las vean o no”. Amansar el lenguaje era domar el mundo y esto era descubrir el conflicto interior que nace de una mutilación, de un recuerdo. Anna Roig, hermética y simbolista, incorrecta y tierna, invoca al Minotauro como cualquier otra actividad rutinaria: “Frío es que la ropa tendida no se haya secado aún”. La suya es una poética combativa por necesidad, contradictoria por convicción, poesía humana y social nacida de una fructífera lucha interna que queda visualmente representada en unos de sus poemas: puntos suspensivos forman lo que serían las cuerdas, varias xx en las esquinas, las señales cardinales (N, S, E, O) a los lados y en el centro su definición de poesía: cuadrilátero.

Escribir poesía como se pega a un saco de boxeo. Dice en un momento Anna Roig que la cordura es el acierto de disparar parábolas. Apunto algunos de esos proyectiles: un cuadrilátero existencial, la duda indudable, el miedo valiente. Escribir, mirar, desear, vivir son una actitud: la del que mira al cielo a pesar de no poder ver estrellas. Las estrellas para quien las trabaja. Por eso la poeta se sitúa en las alturas, la serie de poemas con este título (Alturas) es de lo mejor del libro. Los versos adelgazan, pierden suelo hasta desaparecer. El poema [alturas04] es una página en blanco. La palabra por fin liberada.

Anna Roig trabaja sus estrellas con la espontaneidad del niño que inventa juegos y con la sabiduría del cuerpo que conoce la ausencia. Crecer es abandonar el mito, el mundo abandona el cuento y camina solo. Su dolor es una niña que se ha hecho madre pero sigue soñando con árboles, los únicos que mueren de pie. Y la poesía es el jugo que queda después de estrujar el mundo.

Baudelaire condensó el potencial de la poesía en esta bella imagen: arrancarse un sol del corazón. Anna Roig va más lejos: se ha arrancado un hijo birmano llamado Modagala. Esta sublimación de la escritura como construcción del sueño entrecortado que renovamos cada día cuando, al calor de un recuerdo, abrimos los ojos y volamos. Quizás le llame Modagala es el resultado de una inmersión en todas esas voces que nos dicen por dentro. Un camino de formación disfrazado de huida en la que afrontar lo desconocido, como Lilith o Pandora, es la única forma de saber quiénes somos. Y lo que somos, recordando unas palabras de Luis Muñoz a propósito de Juan Ramón Jiménez, es el producto de una ecuación mágica: la que hace de la debilidad nuestra fortaleza


Publicado en Tendencias21.