domingo, 21 de septiembre de 2014

El placer de creer en lo que observamos

HOMBRE 1: Entonces, George, ¿quieres decir que los hombres somos esclavos del azar? [...] ¿De verdad piensas que no podemos dirigir nuestro destino? ¿Que los vientos de la circunstancia nos tañen como si fuéramos arpas y que no tenemos música propia?

HOMBRE 2: ¡Por Dios, Shiloh! Eres tú quien pone en mi boca palabras tan bellas. Que Dios me maldiga si he dicho yo alguna de esas cosas. Lo que tengo claro es que los hombres son como ovejas y obedecen a cualquiera que les pegue suficientemente fuerte en el culo.

HOMBRE 1: No estoy de acuerdo. Los hombres se sienten atraídos hacia la libertad. Como poetas, estamos obligados a salir del fangal para decir a nuestros compañeros que hemos visto un mundo mejor que este.

HOMBRE 2: Me encanta el mundo. Me gusta hasta tirarme pedos, mear y cagar. No estoy seguro de ser capaz de encontrar uno mejor o si me gustaría siquiera que fuera perfecto. ¿De qué escribiríamos? Hay un cuadro de monsieur Poussin, el francés, en el que se muestra tres pastores y una pastora en un paisaje ideal, La arcadia griega. Los tres se encuentran junto a una tumba y se ve cómo contemplan la inscripción en latín que hay en ella: ET IN ARCADIA EGO. 

HOMBRE 1: "Y estoy en el paraíso".

HOMBRE 2: Exactamente. Incluso en aquellos valles tocados por el sol, un esqueleto desnuda sus dientes y se ríe de nuestros sueños de un mundo perfecto. ¡Brindo por ello!

HOMBRE 1: A veces pienso que brindas por cualquier cosa. Y cuanto más borracho estás, más pesimista te vuelves.

HOMBRE 2: ¿Te sorprende? Aquí estamos, hablando de cambiar el mundo: George, Lord Byron, y Bysshe Shelley. Ateos, pervertidos, radicales, un vegetariano y un sodomita cojo. Mis versos los leen mujeres tontas y joven sangre "byroniana" y los tuyos, ni se leen. ¿Crees, honestamente, que suponemos amenaza alguna para los gobernantes del mundo?

HOMBRE 1: Se ríen de nosotros y nos enterrarán. 

HOMBRE 2: Pero nuestra poesía sobrevivirá a ellos. Los cañones disparan una sola vez, pero las palabras resuenan a lo largo de los siglos. Algún día, los hombres y las mujeres serán iguales, libres de la tiranía, libres de Dios y del miedo, y nosotros habremos ayudado con nuestras palabras a que ese día llegue.

HOMBRE 1: Lo que dices es una utopía, pero no hay una sola utopía cuyas raíces no sean el dolor y el sufrimiento humanos. Siempre empieza con palabras bonitas y termina con sangre. Piensa en el terror de Francia, la horrible montaña de cabezas cortadas.

HOMBRE 2: Nuestra responsabilidad es no ser presas del cinismo y la desesperación. La utopía de la que hablo forma parte de la imaginación. No se construye, crece, crece en los corazones de las personas que aman la libertad. Nuestras palabras han de trazar los mapas de ese nuevo mundo para que los demás puedan llegar a él.

HOMBRE 1: ¡Escucha! La campana del asilo llama a vísperas a los locos para que recen. ¿No te preguntas qué sueños dementes llenan esas cabezas? 

HOMBRE 2: La mayor demencia es creer que hay un creador. De esa manera negamos nuestra propia divinidad. Estamos condenados al yugo de la religión, forjamos a los que serán nuestra carga y nos la echamos a la espalda.

HOMBRE 1: ¿Acaso no hablaba Blake de "ataduras mentales"? Los dioses y los demonios nos convierten en niños y aterrados. Debemos apartarlos y caminar solos; ser felices, elatos y majestuosos, como soñamos.

HOMBRE 2: Algunos sueñan con otras cosas. Y cuanto más fuerte es la luz, más profundas son las sombras.


Los invisibles
Grant Morrison

2 comentarios:

  1. Me ha encantado igual que todo lo que haces. Estoy muy contento de poder leer cosas tan buenas cómo estas. Te doy mi enhorabuena.

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