sábado, 12 de diciembre de 2015

El ovejo

Siento envidia de un hombre que ha tenido
la fruta de tus muslos en su boca.
Hoy la ceniza al paladar sofoca
y es la lujuria un dolmen aterido.

No quisieron la muerte ni el olvido

que fracasara este fracaso. Hoy toca
soportar en el ánima esta roca
de lenta envidia por aquel que he sido.

Mientras mi piel conviértese en pellejo,

mi alma se acaba y mi vivir se cierra
sólo encuentro consuelo en esta envidia

de cuando eras mi oveja y yo tu ovejo,

de cuando era tu perro y tú mi perra,
de cuando era tu ofidio y tú mi ofidia.


Félix Grande


Hay una modalidad un tanto masoquista y tautológica de la envidia que toma forma de repetición inútil y viciosa. Como una serpiente enrollada sobre sí misma en una espiral sin fin, la envidia, que es tristeza o pesar del bien ajeno, en esta difícil modalidad, toma al yo, o una parte de él, como alguien ajeno. Una disociación que permite el extrañamiento, la enajenación por la que sentirnos, por fin, irremediable y rotundamente tristes. Ese estado de insatisfacción, esa incapacitación del presente en virtud de un pasado que nunca se ha ido, mezclados con un arranque de sangre en rebeldía, tiene sus resonancias en estos otros versos de Vallejo:

Intensidad y altura

Quiero escribir, pero me sale espuma,
quiero decir muchísimo y me atollo;
no hay cifra hablada que no sea suma,
no hay pirámide escrita, sin cogollo.

Quiero escribir, pero me siento puma;
quiero laurearme, pero me encebollo.
No hay toz hablada, que no llegue a bruma,
no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.

Vámonos, pues, por eso, a comer yerba,
carne de llanto, fruta de gemido,
nuestra alma melancólica en conserva.

Vámonos! Vámonos! Estoy herido;
vámonos a beber lo ya bebido,
vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva.



Así que vámonos! al grito unánime, enfrentemos el miedo al vacío, convirtámonos en otro yo, el ovejo que come yerba y se encebolla, encelado de su cuerva, su ofidia, su perra, su pasado, su vida, su todo, su nada.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

El banquillo

Podemos imaginar la vida como un partido de fútbol durante el cual la mayor parte del tiempo nos encontramos sentados en el banquillo. De vez en cuando, nos sacan a calentar a la banda con la esperanza de que tengamos que salir al terreno de juego sustituyendo a algún jugador titular. Pero, generalmente, suele ser una falsa alarma y regresamos al banquillo; aunque quizás hayamos salido a jugar alguna vez con la inconsciencia de quien no cree estar haciendo algo decisivo. Quizás, por ponernos hipotéticos, hayamos hecho una buena jugada, puede que nuestro juego haya sido consistente, incluso, quién sabe, hayamos marcado un gol y rozado la gloria. Sea como sea, siempre volvemos al mismo asiento conocido del mismo banquillo al que nos hemos acostumbrado y que consideramos nuestra casa, nuestro cómodo hogar. El partido transcurre y nosotros hemos estado allí pero hemos estado en otro lugar que, por más que quisiéramos, no podemos compartir con nadie. Hemos estado dentro de nosotros mismos y no sabemos nada de lo que había allí. Ni sabemos regresar. 








martes, 8 de diciembre de 2015

Renacía convertido en el rey del mundo

If I may trust the flattering truth of sleep,
My dreams presage some joyful news at hand.
My bosom's lord sits lightly in his throne,
And all this day an unaccustomed spirit
Lifts me above the ground with cheerful thoughts.
I dreamt my lady came and found me dead.
Strange that gives a dead man leave to think!
And breathed such life with kisses in my lips
That I revived and was an emperor.
Ah me! how sweet is love itself possessed,
When but love's shadows are so rich in joy!
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Si he de creer en la verdad del sueño adulador,
mis sueños son presagio de felices nuevas
que se acercan; quien es dueño de mi pecho se sienta alegre
en su trono y, hoy, un ardor insólito
me eleva del suelo con pensamiento de felicidad.
Soñé que venía mi dama, y me encontraba
muerto (extraño es que en sueños puede un muerto pensar).
Y tanta vida me inspiraba besándome en los labios
que renacía convertido en rey del mundo.
¡Qué dulce es, ay de mí, poseer el amor
cuando hasta en sueños tiene tanta alegría!
Shakespeare: Romeo y Julieta. Acto V.


Si uno se detiene a pensar y descubre, como visto al través de un cristal que de pronto y sólo durante un instante deja de estar empañado, que su propia imagen a las claras resulta difusa en sus contornos, errada en sus propósitos y calamitosa en sus resultados, uno puede por fin preguntarse qué se hizo de su vida, en qué erigió su ser, cómo pudo ceguera hacerle su presa y desvarío su carnicero. Entonces, se mesaría las barbas y concluiría algo que poco o nada tiene de romántico: es un soñador. Porque un soñador se abstrae de cuanto le rodea y vive su propia realidad, generalmente, con arreglo a unos principios ilógicos, incluso distorsionados. El soñador lo es en virtud de un trastorno que resulta del desajuste entre lo que desea y lo que tiene. Soñador es el adorno para una problemática irresoluble de índole metafísica. El soñador, además de vivir su no vida, no consigue otra plenitud que la que le procura su propia insatisfacción. Soñar es estar insatisfecho pero de una manera tal que destila gotas de un placer autocomplaciente y en absoluto saciador. Descubre su error. Sin llegar a la célebre prédica de Calderón y su filosófico revestimiento en Schopenhauer. Entiende, así, el concepto de caída, bíblico, platónico. Y se siente atraído, no obstante, por el dulce recuerdo de esa caída cíclica, su eterno retorno de niñez siempre entrevista, aquel jirón de sueño que quedó colgado de una rama, el balcón abierto en la noche de verano, un universo punzante bajo la sábana que, por más que lo desee, jamás vuelve a repetirse igual al amanecer. Uno es emperador, rey del mundo, al renacer envuelto en la brumosa luz artificial que ha de verle una vez más hundido y nostálgico de no sabe muy bien qué. 

lunes, 7 de diciembre de 2015

We're all nobody to somebody

Aprovechando que tiene nuevo libro, parece que el azar ha querido que hoy, inopinadamente, por decirlo al modo literario, cogiera aquel otro libro que compré hace tiempo y al que, como a tantas cosas, no le he prestado la atención que seguramente merece. Hablo de Rubén Martín, según creo poeta granadino y –de esto tengo menos dudas– lector voraz de todos los pies de página que encuentra en la novela del mundo.

El azar ha querido también –desconozco los motivos– que abra mi ejemplar de Radiografía del temblor (Renacimiento, 2007. Premio de poesía Andalucía Joven) por la página 43, donde aparece este poema: 


L'ESPIRT D'ESCALIER

Sostén estas palabras
e ilumina el descenso:
la intensa balaustrada hecha de alambre
recorrida por voces, por susurros
cada vez más profundos
y más débiles.
                       Sólo tu corazón
que aquí golpea, irregulares pasos
en peldaños que apuntalan tu caída,
la imposible escalera que trepa hacia el abismo
y este monólogo de luz que ahora se agota.


Creo que estoy desarmado. Siendo honestos, no tengo instrumentos críticos para desmantelar ninguna manifestación artística. Prefiero, por eso, recordar aquellas luminosas páginas iniciales de La muerte en Venecia, gracias a las cuales y a Thomas Mann puedo seguir con mi tarea:
«Los hombres no saben por qué rinden admiración a una obra de arte. Muy alejados de la verdadera comprensión, creen descubrir en ella cien virtudes distintas, para justificar su propia admiración; sin embargo, la verdadera causa de su entusiasmo es difícil de explicar, es simpatía.» 

Seguidamente, continúa:
«... casi todas las grandes cosas existentes nacieron a pesar del dolor y el tormento, la pobreza, la soledad, la flaqueza física, el vicio y la pasión».

Quien lea este poema y se sienta inerme, quien camine con indecisión por un tremedal al que llame vida, en la primera hora del día podrá agarrarse a sí mismo y, en ese abrazo cóncavo, tal vez presienta que ahora sí está en el momento decisivo. Sólo entonces su corazón admita ser dicho (de) una vez, tan fugazmente que cuando quiera repetirlo sólo hallará un hueco. Entonces recordará la caída con nostalgia. Y a eso podrá llamarlo arte, que es vida sublimada, rotunda, sin contemplaciones. 

Acabo con la cita que abre el Radiografía del temblor:

«I'm Nobody. Who are you?
Are you –Nobody– too?»
Emily Dickinson