sábado, 4 de abril de 2015

Provocación, Stanislaw Lem

Alguna vez, en mi ¿tierna? infancia y ya entrado en años, después de cualquier pensamiento más o menos afortunado, o después de uno de esos momentos que uno querría apresar y guardar para siempre en los bolsillos, he fantaseado con la idea de que hubiera alguien o algo en algún sitio, seguramente por tradición la mirada se me iría hacia arriba, alguien o algo que tomara nota y llevara un recuento de cada uno de nuestros actos o pensamientos, incluso los más fútiles y vanos. Esta especie de notario de los cielos llevaría el registro de las veces que he tropezado al salir a la calle, las que he pisado un excremento canino, de las que he llorado amargamente y también de las que he hecho llorar a otros. Pensar que esa instancia imaginaria estaba ahí velando por que no se perdiera nada, de algún modo, resultaba tranquilizador y perturbador al mismo tiempo. 

Digo esto porque leyendo Provocación de Stanislaw Lem me he acordado de aquella idea cándida y, por qué no confesarlo, saber que alguien, nada menos que el señor Lem, a miles de kilómetros y decenios de distancia, ha tenido a su vez esta extravagante idea, esta pueril ocurrencia, me ha entusiasmado como quien en el recreo del colegio encuentra a otro niño solitario mirando el mismo charco. La de Lem es sin duda mejor: unos supuestos autores, J. Johnson y S. Johnson, habrían escrito una magna obra, compuesta entera datos estadísticos, donde se recoge «lo que todo el mundo está haciendo simultáneamente durante un minuto». One human minute es el título de la supuesta obra a cuya reseña Lem dedica la segunda parte de Provocación. Reseña de un libro imaginario, con dos autores casi homónimos y editorial selenita (A Moon Publishers Book), supone el pretexto ficticio para abrir una caja de Pandora muy inquietante.

Lem es más que un escritor. Sus inquietudes de erudición incluyen regiones tan vastas como la ciencia, la literatura y la filosofía. Por eso su redacción en este nuevo género de las reseñas de libros imaginarios es de una densidad apabullante. Como con Borges, uno lee a Lem sabiendo que va dejando cosas por el camino pero que es necesario hacerlo así, de lo contrario se atascaría de manera fatal en esta o aquella piedra. Con la concisión y la seguridad de un científico que mostrara un hallazgo irrefutable, Lem expone los datos sobre los procesos más morbosos que ocurren mientras usted lee esto: la sangre que bombean todos los corazones del mundo o el semen que eyaculan todos los hombres del mundo en este mismo minuto y que empequeñecen a la erupción del mayor géiser. O las hipótesis más descarnadas: si juntáramos los cuerpos de todos los seres humanos existentes en el mundo y los arrojáramos al mar, el nivel de los océanos apenas lo notaría. Los resultados, expuestos con una precisión inapelable, parecen sugerir algo que no por conocido es menos indigesto: el ser humano es un elemento totalmente prescindible en la tierra y en el universo. En efecto, como diría la película, nosotros somos contingentes, insignificantes. Deberíamos recordar esto antes de levantarnos cada mañana. 

Pero este minuto humano es solo la mitad de Provocación. La primera parte es otra reseña de un libro imaginario, en este caso los estudios de un tal Aspernicus sobre una «antropología del mal» que sugeriría que el nazismo es solo la culminación del mal asentado en la cultura mediterránea y que sigue manifestándose por metástasis hoy en día en fenómenos como el terrorismo. Nuestra inclinación al mal resultaría de una naturaleza que encuentra mayor eficacia pragmática y, por tanto, más satisfacciones en hacer el mal que en hacer el bien. En otras palabras –no olvidemos que esto lo dice un superviviente del Holocausto–, el nazismo no supuso una excepción a la regla, un único y terrible exceso; antes bien, fue la constatación del tumor que sigue extendiéndose por el cuerpo extraño de nuestra civilización hedonista. Que la distancia hacia el mal es más corta que la que nos separa del bien ya pudimos comprobarlo, por poner dos ejemplos, con películas como Viridiana o La naranja mecánica. Aunque no hay que irse tan lejos: nada como ver un telediario. Lo irónico, lo macabro, es que la legitimidad del bien, para imponerse a la ilegitimidad del mal, ha de recurrir a sus mismos mecanismos. Caer en el agujero es una inevitabilidad.

Stanislaw Lem, por último, convierte al lector de este deslumbrante libro en un mirón. Las tablas estadísticas son el ojo de la cerradura por el que miramos lo macabro de la existencia. El mirón, nos recuerda un Lem muy cerca de Nietzsche, se enfrenta cara a cara no sólo con toda su especie, sino también con su destino.

Los actos vistos en miniatura son indiferentes, ya que muestran criaturitas del tamaño de una hormiga. Los ampliado, en cambio, dan asco porque la piel más suave de la mujer más bella se ve entonces como una superficie porosa y blancuzca, de la que salen pelos gordos como colmillos, y donde los orificios de las glándulas sebáceas segregan una mucosidad brillante y pegajosa. 

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