sábado, 1 de agosto de 2015

Cuaderno de anotaciones: Crear la escucha. Los objetos y la ética en Martín López-Vega

Siempre tras la huella de lo grande y de lo eterno, nunca satisfecho con lo minúsculo y lo bonito. Quienes se reconozcan en estas palabras que Armanda le dirige a Harry Haller en El lobo estepario, ya habrán intuido alguna vez que no hay conclusión a cada final de historia, que el aprendizaje es siempre otra posibilidad y otra ramificación, que vivir, en definitiva, es el arte de la sucesión y el aplazamiento. Una incómoda sospecha y, finalmente, una melancólica confirmación se erguía con cada hoja arrancada a todos los libros en los que nos hemos confundido. 

Quienes no puedan discernir lo minúsculo y lo bonito del envilecimiento, habrán comprendido alguna vez que no cabe más heroicidad que el repliegue. Este replegarse pasa por nuestros ojos niños como un tren descarrilado, y así lo queremos. Deseamos huir(nos) de ese modo: replegados, retorcidos, aniñados, felices. El poema que hemos querido escribir cada mañana y que siempre ha acabado, en el mejor de los casos, en un airoso humorismo, ese poema también ha fracasado. 

Quienes viven así ya sabrán que hay pocas salidas. Una de ellas es aprender de una vez a reír. La risa atronadora, la carcajada. Una mueca que nos distancie, ingrávida, huidiza; que nos abra en canal a la posibilidad que somos y nos cuelgue para que los que vengan pasen y miren lo que llevan dentro. 

Mis limitaciones me han impedido verlo de otro modo. La existencia, pues, diremos enigma irresoluble del que sólo nos llegan lejanas intuiciones. Debemos componérnoslas para dejar a medias un rompecabezas mínimamente aceptable. Y ese es nuestro legado. 

Pensemos que las cosas guardan mensajes ocultos, que cifran nuestra estancia, y que sólo con una atenta escucha –y un moderado distanciamiento– podremos sorprenderlas. Valoremos la escucha, la quietud, la vigilia, la pureza indestructible del instante. (Qué raro que los árboles no se tumben a dormir la siesta, canta Neil Young). Establezcamos correspondencias entre los objetos y dispongamos que sólo aquel que sabe escuchar las descubre. Escuchar será la contemplación del ahora, del yo, de todos los ahoras posibles, los que ni siquiera llegaron a ser y los que ya fueron. Todas las figuras en que se descompone el caos del yo quedarían reorganizadas en un proceso de adaptación al medio. La memoria y la conciencia serán el panel que une los cables.

Pero quizás no. Las cosas están ahí. Es la mirada que las relaciona, imaginando conexiones entre ellas. El poeta tiene como materia al mundo. Con él juega, consigo mismo juega. Juguemos. Y de paso abramos un camino. Concluyamos –es decir, reiniciemos– la búsqueda porque en la persecución del sentido lo que cuadra es hermoso y hemos venido para la hermosura.

Esta será la ética, el modo de estar en el mundo. Esta es la elección. Y no es poca cosa. No sé si fue Nietzsche quien dijo que, puesto que lo necesitamos, deberíamos tener mucho cuidado con lo que decidimos creernos. 


*     *     *

Es hermoso el sueño que tengo de otra vida paralela
en otra dimensión con otras leyes
y hermoso no saber, al despertar,
cuál es más real
ni cuál el basurero de la otra,
cuál la que la otra sostiene, la que me justifica.


*     *     *

Has regresado a casa y no ha cambiado nada.
Dejas el pan sobre la mesa,
lo partes y repartes entre todos.
Morderemos la corteza y al llegar a la miga
por fin entenderemos.


Los fragmentos pertenecen a los poemas Canción del rinoceronte y Puerta entornada, del libro La eterna cualquiercosa, de Martín López-Vega, publicado por Pre-textos en 2014.



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