martes, 11 de agosto de 2015

Objetor de conciencia

Relatar mis propias experiencias psíquicas comenzando con el cristianismo y desarrollando a partir de él, de modo sistemático, la historia de mi credo personal, sería una  empresa imposible; todos mis libros son una tentativa de hacerlo. Entre sus lectores se encuentran muchos para quienes estos libros tienen un sentido y un valor bien determinados: porque en ellos han visto confirmadas sus propias y más importantes experiencias, victorias y derrotas. No son muy numerosos, pero tampoco son numerosos los hombres que tienen experiencias psíquicas. La mayoría no llega nunca a la madurez, se queda en el estado primitivo, en la fase infantil de los conflictos y desarrollos; quizás la mayoría no llega ni a conocer el «segundo grado», y se detiene en el irresponsable mundo animal de sus instintos y sueños infantiles, y la saga de un estado más allá de su penumbra, de un bien y un mal, de una desesperación por el bien y el mal, de una redención a la luz de la gracia, les parece risible.
(HESSE, H.: Mi credo. Bruguera, 1977. Págs. 92-93) 


No sin antes reconocer la poca utilidad y la casi ninguna fiabilidad de este juego, se entretiene Hermann Hesse en clasificar a los humanos en dos tipos: los piadosos, entre los que se incluye él mismo, y los racionales. Previamente, había explicado cuál es, según su experiencia vital y lectora, el camino que sigue todo hombre: «de la inocencia a la culpa, de la culpa a la desesperación y de la desesperación al fracaso o a la liberación». A la liberación final se accedería con la fe. Estos tres grados de la historia evolutiva del hombre, comunes a todas las creencias y religiones, tienen un carácter gradual y reversible, es decir, quien haya alcanzado el segundo grado puede por momentos sentir la vida como lo hacía en el grado anterior; sin embargo, quien esté en el primer grado, muy difícilmente entenderá las revelaciones que acontecen en los grados posteriores. 

Últimamente, y cuento ya en años, muchas de mis lecturas van, consciente o inconscientemente, al encuentro de algún tipo de hondura vital, alguna aproximación a la trascendencia que suele darse a partir de una vivencia personal. Recuerdo la angustia y la decepción última con la lectura del Diario íntimo unamuniano. Aún creo sentir a veces la excitación interior que me produjeron las dudas metafísicas del lúcido y desgraciado Andrés Hurtado en El árbol de la ciencia. Aunque no siempre la aplique, confieso que de cuando en cuando necesito la medicación revitalizante de Nietzsche. Mi mirada se abisma si pienso en Confesión, el admirable relato de la profunda crisis existencial que tuvo a Tolstoi al borde del suicidio en la plenitud de su vida. Y tiendo a la mansedumbre al evocar las conversaciones de Siddharta con Govinda, Kamala o Vasudeva o las de Harry Haller con Armanda. 

Trazamos nuestro perfil con cada elección y también, como nos avisa Ortega, con la oquedad que abrimos siempre al elegir. Agrandamos o achicamos nuestra huella casi sin reparar en lo que hacemos. Esa feliz inconsciencia no nos reporta, sin embargo, mucha tranquilidad de espíritu. Al contrario: nos hace sospechar del reverso invisible de todas las cosas, incluidos nosotros mismos. Instalados en la sospecha, ya todo tiene otra apariencia.

Siempre tuve la intuición de que la poesía era un medio privilegiado para establecer contacto con esas experiencias psíquicas, como dice Hesse, que de otra manera nos estarían vedadas. Encontré mis iguales, mis maestros, mis confidentes, mi réplica y mi impulso, en las páginas de los libros que, siendo aún adolescente, acariciaba como si en ellas palpitara la sangre caliente que entonces anhelaba. En ellas encontré también consuelo cuando la pena hizo de mí su territorio. Tuvo la poesía entonces su razón de ser, plena e insustituible. Contribuyó, en definitiva, a ese estado que a todos los jóvenes acucia, como una cortesana que irreflexivamente despreciáramos, y que después, llegados los años de las primeras canas, recordáramos con melancolía. Me refiero a la ilusión.

Hoy, con las primeras y las segundas canas, hablo con mi amigo el poeta, también entrado en estas canas metafóricas, y compruebo el maltrato al que sometemos los jóvenes y los mayores a la poesía. Como con tantas otras cosas, hacemos de la poesía una herramienta más de nuestra voluntad, sucia de anhelos, ansiedad y sed. Es el sino de los tiempos, deseamos figurar, exhibirnos, estar siempre online, esperando no sé qué reconocimiento o premio. En unos casos basta un puñado de Me gusta; en otros las ambiciones son más altas y se espera aparecer en una antología de las que sientan el canon, sea lo que sea eso. 

Cuando éramos jóvenes nos gustaba fantasear con un futuro en el que seríamos importantes. Después, la vida va colocando a cada uno en un sitio más o menos cómodo, al menos lo suficiente para soportarlo. El caso es que hay quien no lo soporta. Dejamos que nuestra voluntad, esa maraña de instintos y miedos, nos gobierne y que, de paso, haga suyo cuanto creamos. Me dijeron –y luego leí– que la mejor opción es la del observador. La de quien mira con un afán de pura contemplación, manteniendo su voluntad al margen, anulándola si es preciso, para así empaparse de las cosas tal como son, sin pretender nada detrás de ellas. Si buscamos algo detrás de las cosas, malo. Recuerdo el poema que abre La eterna cualquiercosa, el último libro de Martín López-Vega, como un animalillo manso a nuestros pies.

No es que el mundo esté bien hecho, como decía Guillén, es que el mundo es así y yo estoy en él, no para ensuciarlo, sino para contemplarlo, comprenderlo y admirarlo. Esta es la manera de comprometerse que no salpica a la belleza. En palabras de Billy Wilder en Irma la dulce, el mundo es una lucha total y no se puede ser objetor de conciencia. Pero cuidemos también la manera en que deseamos las cosas, pues de ello depende que cualquier cosa nos asombre y nos haga eternos.




CANCIÓN DEL RINOCERONTE 

Es hermosa la niebla en la mañana de Aluche
que no deja ver los edificios del centro ni la Sierra. 
Es hermoso el ladrido de Jacob en el rellano
y son hermosas las antenas orientadas a rutinarios satélites
y es hermosa la tienda de modas pasadas de moda de la esquina
y es hermoso el gesto de brazos caídos de los árboles
y el modo en que mi amor arrastra las zapatillas por el pasillo. 
Es hermosa la cuchara de madera para la miel
y el brillo turbio de la miel y su sabor dulce-amargo-dulce. 
Es hermoso el olor a café recién hecho y a pan recién tostado
que se abre paso desde una cocina en al que nunca estuvimos
en casas de generaciones anteriores a la nuestra:
nuestros genes huelen a pan y café. 
Es hermoso saberse aquí,
en el ínfimo instante de no estar en parte alguna,
moderadamente feliz y no desdichado, algo tan común.
Existente y no existente.
En el presente en lugar de en el no-presente
de las cosas que no volverán y las que no llegarán nunca. 
Aunque estando aquí estoy también en esos no-presentes
que un día se bifurcaron dejando atrás hoyes posible
sa cambio de este de hoy. Todo es cuestión
de un cambio de postura, estar aquí o allí,
incluso en los allíes que no existieron nunca.
Sentir cómo hubiera sido otro estar distinto de este mismo ser.
Y mientras tanto irme pero estar aquí, sin saber para quién. 
Es hermosa la niebla de los lugares a los que nunca iremos,
donde somos quienes ya no seremos.
Es hermosa la señal que emiten y hace interferencias
con la emisión del presente,
dejándonos entrever a un tiempo
qué fuimos, qué no seremos, descodificar el ahora
como si no fuera más que una ecuación cuya única incógnita
es si el resultado es +(yo) o –(yo). 
Es hermoso el sueño que tengo de otra vida paralela
en otra dimensión con otras leyes
y hermoso no saber, a despertar,
cuál es más real
ni cuál el basurero de la otra,
cuál la que la otra sostiene, la que me justifica. 
Es hermoso el encorvado andar de los ancianos
y es hermoso el insoportable palique de las cotorras
en los árboles vecinos y es hermoso este instante
sólo por ser este instante que ya no es
y es a la vez cuanto fue y no fue,
cuanto será y cuanto ya no.
Es hermoso el libro sobre la mesa del salón
que cita el primer texto budista:
«Camina solo como un rinoceronte».
Es hermoso recoger los hilos que el día tiende
y con ellos componer, delicada y exhausta,
nuestra canción. 
Es hermoso caminar solo entre la bruma
sabiéndome tantos a la vez.
Soy una conversación de inexistentes.
Soy lo que queda de una infinidad de futuros
que viven su truncada existencia dentro de mí.
Es hermoso haber elegido tantas veces:
soy un cruce de cruces de caminos. 
Es hermosa la niebla en la mañana de Aluche
que sólo deja ver hacia adentro,
niebla en la que entrar es entrarse.  
Como una multitud reconciliada,
camino solo entre la bruma
igual que un rinoceronte entre las ruinas
de un mundo suyo y no suyo.
Es hermosa la existencia. 
(LÓPEZ-VEGA, M.: La eterna cualquiercosa. Pre-textos, 2014. Págs. 9-11)

8 comentarios:

  1. Estupendo post, amigo. Por cierto creo que has escrito por error institutos en lugar de instintos en la cita de Hesse. Jeje, por qué será?

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    1. Gracias, amigo. Corregido, aunque no podía ser un gazapo más esclarecedor: "el irresponsable mundo animal de sus institutos..."

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    2. Qué peligro, jeje...

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Y es hermoso leer esta hermosa entrada al empezar el día.

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