Cortarse el cabello, Rosario Villajos

«Abel Roux» —en realidad «Mi primer cadáver», relato inicial de Cortarse el cabello—, es una feliz noticia. La del regreso de Rosario Villajos como narradora en diferentes registros al que le dio muy merecida fama y reconocimiento. Siempre existe el riesgo de quedar repitiendo en eco un libro tan certero, aunque, como intuiremos ya por el tercer relato, el eco existe como estructura profunda, el linaje que toda escritura necesita para fundarse. También es feliz el hallazgo de una voz segura es sus devaneos, firme en su pretendida inconsistencia, ligera y jovial en ocurrencias a las que automáticamente guiñamos el ojo como incitados a un disfrute antiguo. Rescatarnos de donde sea hacia donde podría haber sido, ahí está todo el encanto, el ritmo y la frescura tan pegadiza que se diría adol
escente. Bien por Abel Roux.

«Un retrato con los ojos cerrados», por si antes no lo habíamos visto venir, se reafirma en esa cosa lábil y caliginosa llamada autoficción. Y lo hace, de nuevo, con nota. La relación padre-hija, aparentemente escrita desde el resentimiento y el dolor, de pronto es reevaluada desde la incomprensión, un atisbo nuy lejano de ternura tan difícil porque no es sencillo mostrar compasión a solas, sin rabia y sin inquina, ante el ogro desvalido. La anagnórisis final del relato es lo más interesante aquí, pues obliga a esa relectura con ojos abiertos de una vida quizá mal leída por imperativo de ese mutismo forzoso de un padre de pronto más desvalido que ogro.

En el tercer relato, «Camina de Noche», ya se percibe el hilo conductor, el armazón emocional y, si se quiere, ideológico que sustenta la escritura de Rosario Villajos. La lucha desde abajo contra un poder que suele plantearse omnímodo, inicuo, inmoral pero aceptado como convención. La fragilidad volviéndose artillería ante la misma instancia represora o abusiva que perpetró el tablero de la injusticia. Una denuncia personal, familiar, social, política y hasta ontológica bombea con vigor las palabras transparentes e irónicas de esta escritora a la contra que es Villajos. En este relato tan alejado temporal y geográficamente Villajos opera con precisión con esa finta narrativa que tanto estimula al lector: crear expectativas que luego, deliberadamente, se defraudan. Una pequeña burla cómplice ante la que volvemos a guiñar el ojo en reconocimiento del detalle y la atención que supone haber contado con nosotros en la historia.

Y junto a esta técnica de vivacidad, tenemos el tono amablemente cínico, una ilusoria ingenuidad que hace de lo jovial un escudo y un arma. En el relato «Gris azulado» asistimos al relato con tintes incomprensiblemente cómicos de un aborto. La crítica, la amargura y el luto existen pero son pinceladas hábiles dosificadas en esta pieza que, aunque quizá algo irregular en su resolución, destaca por el buen uso de un desenfado y una ligereza tan improcedentes que cautivan. La genialidad aparece en estos destellos inesperados: Gris azulado, el resto orgánico expulsado, como «uno de esos trozos de plastilina que se ponen duros cuando hace tiempo que nadie los toca» o el vencejo, nueva hipóstasis del no nacido, y su parecido con María de Medeiros.

«No te gustan los bebés» se suma a la trabazón de los relatos con la elegancia y la soltura que Villajos imprime a una narración de lo confesional que ya degustamos. La unidad del conjunto queda a buen resguardo. Y la experiencia del límite, esta condición fronteriza de quien se sabe si no apartado al menos a cierta distancia de esa convencionalidad que se ha mostrado tan hostil al mundo y a sus pobladores: esos seres que sufren, aman y se extrañan. La Tierra es definitivamente un lugar demasiado simple y demasiado complejo a la vez. La escritora lo sabe o lo intuye o quizá siente cómo esa extrañeza se expresa por su boca, por su voz y sus palabras escritas y simplemente asiste con atención al milagro este del unoverso diciéndose a sí mismo en nosotros.

En «Vivir el momento» descubrimos una sensación que reconforta y enseguida averiguamos qué es: los libros de relatos gustan porque ofrecen más cosas, caben más cosas en ellos, por ejemplo distintas maneras de contar, otras formas de mirar que van trenzándose, una riqueza expresiva que acaba formando una paleta de colores a veces impresionista, a veces expresionista y a veces todo a la vez. En este relato, Villajos hace un homenaje al gran Manuel Puig y su monumental El beso de la mujer araña. Percibimos su aliento en los diálogos ágiles aunque también en la cinefilia, la intertextualidad. Hacer literatura es en gran parte saldar deudas y tributar reconocimientos. Leer también. Atrapa el recurso de la historia dentro de la historia, el teatro dentro del teatro, a lo Shakespeare, quizá porque es como la vida misma, alguien cuenta una historia en la que alguien más cuenta otra historia. La ficción al cuadrado produce más realidad.

A lo largo de los relatos se van haciendo visibles, como arterias que transportan el oxígeno, las líneas maestras de este libro: la paternidad fallida en retrospectiva, la maternidad en prospectiva. Dos fallas que definen toda vida, como un designio délfico, y ante las que el arte pueda acaso ser una tentativa de humilde redención. El amor, así, como la literatura, se convierte en un refugio ante la incertidumbre —o la certidumbre de pequeños horrores— de existir. No cabe más eternidad que el presente, esta puede ser quizá la lección que nos ronda al leer el magnífico relato «Vivir el momento». Un hedonismo tamizado por dentro como toda respuesta al tedio y al opresivo mundo de fuera. Por si hubiera alguna duda, no se pierde nada por decirlo: Rosario Villajos aquí está haciendo gran literatura.

Y muestra de que el hedonismo no es algo per se sino una respuesta más o menos lógica a la presión y las violencias que el mundo ejerce sobre el individuo en múltiples ámbitos (social, cultural, económico, ideológico), es el relato «Fantasma victoriano», con esta esclarecedora cita inicial de Christian Bobin: «No entregar nuestro corazón a los fantasmas. Los fantasmas no son los muertos, por supuesto que no, son los vivos cuando se dejan envolver por los vendajes de sus preocupaciones».

Hablábamos antes del tono amablemente cínico y aquí añadiremos algo de perogrullo: cinismo es lucidez, es poder permitirse el lujo de ser inteligente y sutil a la vez, observador y liviano, cáustico y delicado. Las descripciones de Villajos tienen esa opulencia expresiva de nuestros años noventa, mantiene la ocurrencia de la tradición, aquí actualizada pero que reconocemos como acervo propio al que nos plegamos de entrada como se pliega uno a la visita de un viejo amigo inesperado. Un ejemplo: «… porque si pienso en la palabra parque en español, lo primero que me viene a la cabeza no es el del Retiro sino el que tenía más cerca de casa cuando era niña, el de la Luna, un parque sin árboles frondosos ni hierba, sino de albero, con un estanque, un seto con flores, columpios de hierro y cuatro bancos para sentarse: tres para las madres que miraban a sus chiquillos encostrarse las rodillas y uno para los toxicómanos, que entonces me daban un miedo espantoso. Creía que eran zombis».

Los relatos merodean siempre de cerca la autoficción, lo confesional, la vivencia ficcionalizada, y es ahí, en el descaro y la frescura con que se cuenta, donde la voz de Rosario Villajos se degusta como un manjar regalado. Cuando uno es un voyeur de su propia vida consigue que el dolor pase de lo lacerante a una región más habitable, es la región donde lo individual desemboca, por fin, en lo colectivo. La minucia personal es el gancho perfecto para hacer del otro una presencia amiga, habitable y no lacerante. El gancho y también el testigo en esta carrera de relevos que llamamos escribir y vivir.

Rosario Villajos me recuerda por momentos aquí a David Sedaris o a Nora Ephron. Pero hay aquí un filo que los sobrepasa. No creo que se pueda elogiar mejor a nadie. La trazabilidad autobiográfica —ficticia o no— a lo largo de los relatos, contada con humor muchas veces negro y con perspicacia siempre y, además, esa zona gris que comporta toda cotidianidad, entre entrañable y amenazante.

Los relatos forman una trama, se llaman y responden, lo que empieza en uno termina en otro, y esto hace que Cortarse el cabello no sea ni un libro de relatos ni una novela o que sea las dos cosas.

Cierta inclinación al desdoblamiento y ese gusto por el cuento clásico, por la historia que no se resiste al elemento mágico o fantasioso, sin perder nunca de vista los pilares que como guiños se van repitiendo en cada relato, ecos de una voz que se vuelve fuerte —desde la fragilidad— al saberse atravesada por el asunto de la pérdida del padre, una ausencia que se vuelve atronadora en tanto que en ella reverbera toda una genealogía del yo vivido desde la carencia, el dolor y ahora la pérdida. Cortarse el cabello es también un ritual que representa al yo en su vulnerabilidad sin la muleta del tú. Desnuda la metáfora, nos queda el llanto, el perdón, la nostalgia, la incomprensión, la paradoja de ser uno y ser al mismo tiempo dos, como esas almas gemelas de Platón, como Prometeo, pagando quizá a el castigo de habernos creído demasiado cerca de los dioses, de haber usurpado su trono, y ese castigo no es otro que vivir para siempre desgajados, separados, distantes, sordos a la otra voz, con un solo llanto que hilvane dos costados atravesados por esta herida ancestral que Rosario Villajos retoma y actualiza y alivia, soplo a soplo, palabra a palabra, relato a relato. Un puñado de cuentos que nacen de la oralidad (esa transcripción de los sueños que se da en momentos de complicidad como los que en este libro se recrean) y de la necesidad de refugiarse y apartarse un momento, como un nuevo Decamerón, de la vida que nos pasa por encima.

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