Larvas, Tamara Silva Bernaschina

Qué bien armado el relato «Mi piojito lindo». Con la duda, la magia de lo incompleto, porque la vida tampoco se da nunca del todo, menos en un relato, y qué gran narradora es la niñez, que no teme la formalidad y la esquematización del mundo a las que se pliega la adultez por puro miedo. Ah, y es obvio que el estado naciente debe darse tras el contacto con la sombra. De otro modo no emocionaría, o lo haría en un sentido estrictamente teórico, como lo hace cierta imaginería pseudoreligiosa que, de todas formas, como la vida misma, tampoco rechaza (antes bien, la requiere) la inestimable participación del mal.

En el segundo relato, titulado «No acampar ni abordar», Tamara Silva Bernaschina amplía el registro, esta vez hacia lo que podríamos denominar mágico-telúrico. Un intento de escapada y una historia de amor incipiente entre personas que acaba siendo punto de encuentro entre la intimidad del ser humano y el sustrato del que procedemos y al que volveremos. Las imágenes aquí se tornan casi visionarias, cargadas de una delicadeza sensorial, como chispazos evocadores que por momentos acercan el relato a la revelación. En ese contexto de atemporalidad, la breve historia de amor gana elevación y gana profundidad, y esto es todo un talismán para —más que dialogar— conectar con el lector, que siempre es alguien necesitado, pues todo acto de lectura no es más que un piadoso buscarse a sí mismo en los otros.

La manera tan sutil pero tan potente (imágenes, digamos, de una carnalidad que juega a ser ingenua: darse agua de boca a boca) de tratar la sexualidad avisa ya del acertijo que se nos presenta en el tercer relato, «La gallinita ciega». Se da aquí, además, esa proyección entre el interior y el exterior del texto, el acertijo que intentan resolver los niños es igual al que intentamos resolver los lectores. Esto habla bien de la arquitectura del relato y funciona como las buenas historias de suspense: hace que releamos en busca de alguna pista extraviada.

Y esa relectura, o más bien reescritura, aparece en «Arena, arena y arena» pues decanta ese realismo mágico de lo naif y lo macabro, sin rehuir cierto moralismo (esto es lo que te pasa por) ni, por supuesto, los enrevesados laberintos de la psique humana, con o sin Minotauro: la culpa o el miedo, como antes el amor o el deseo, manejan los hilos del relato en una puesta en escena que recuerda en el buen ritmo el suspense y el giro narrativo a celebridades como Poe o a Hemingway. No está mal.

En «Agua quieta» ya estamos dentro y muy a favor de lo que se nos descubre como un universo propio, de Tamara Silva Bernaschina, pero también un poco nuestro, y por eso es gustoso, porque nos regala extrañeza, ser otra cosa, la novedad de vivir otras vidas tan bien contadas que nos volvemos narradores y personajes. Aquí la autora confirma su predilección por la profecía, por el mal agüero, por las señales, una vena shakespeariana y de raíz popular que aquí no llega a trágica pero comparte el mismo destino de las estrellas, a miles de años y miles de kilómetros de distancia de él y de nosotros. Todo une. La escritura junta ante lo desconocido. Y lo desconocido cobra mil formas, demoniacas, perversas, intolerables, formas que se asocian a la animalidad y por eso los relatos están llenos de ellos, signos, premoniciones y animales, hacia una fusión que es destrucción pero también de alguna forma superación. En ese terreno se mueve «Jauría». ¿La obsesión por el mal salvaguarda el bien? ¿Es una circularidad la vida? ¿Y qué moralidad aguanta una existencia con todos sus ángulos y con todas sus oscuridades?

En «Larvas» tenemos de nuevo la infancia y ese elemento maravilloso y perturbador que consiste en subsumir algo humano y algo animal. Los juegos de niños son transgresores por un principio de inocencia que acaba en una oscura culpabilidad de especie. Y el volumen termina —se corona— con «La joven edad», donde entramos en la niebla espesa de un lugar maldito y de las transformaciones, entre Ovidio y Stephen King, de nuevo ser humano y bestia animal, que aquel provoca. Hay coherencia, hay despliegue y hay voz depurada, asalvajada y obsesionada con una especie de razón poética de lo macabro y dulce. Tamara Silva Bernaschina se luce aquí con historias cuyas chispas seducen y electrocutan, venera la tradición rompiéndola, desbordándola, y aporta ese brillo delicioso de la originalidad cuando ataca desde lugares reservados a cierto arquetipo humano que reconocemos en nuestras mejores pesadillas.

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