Peces, Eva Baltasar
Tiene este libro, tan elogiado dentro y fuera de España —¿más fuera que dentro?— por su oscuridad, su exquisitez o su atrevimiento, tiene algo que a mi parecer lo hace más singular y más logrado: el acto de escritura (dolorosamente) consciente. Recuerda en este sentido al deslumbrante Hasta aquí todo va bien de Estela Sanchis, en cuanto a proceso simultáneo y entretejido de escritura y vida. Las otras virtudes que se le elogian quizá muestran defectos o vicios más o menos perdonables, sobre todo en comparación con las altas cotas alcanzadas en la trilogía conformada por Permafrost, Boulder y Mamut. Aquí la arquitectura de la trama vacila, el lenguaje cae por momentos en el fuego de artificio tan solemne y grandioso como forzado, las mismas fallas parecen contagiarse a la ortotipografía con errores abundantes y a veces incomprensibles.
Sin embargo, creo que este libro se salva por esa reflexión constante sobre y desde la escritura con que empieza y termina, pues lo que aquí se pone en juego no es tanto el amor retorcido y malogrado como la posibilidad de vivir fuera del propio libro sin que esto acabe siendo engordar la letra, una pugna feroz entre la legítima ambición de lograr una vida plena y la también legítima ambición de fagocitarla (y salvarla) ‘literariamente’. Que la escritura exija el sacrificio y la tortura del yo y que, llegado un punto, no se pueda vivir de otra manera.
Según Paul Ricoeur, damos sentido a lo que nos ocurre contándonoslo como un relato, de manera que la vida se vuelve comprensible cuando la narramos y finalmente somos el relato que elaboramos sobre nosotros mismos. En el escritor esta vida en construcción se vuelve obsesiva hasta el punto de que tiempo vivido y tiempo del relato llegan a colisionar gozosamente. El fruto es la obra que el lector hace suya para partir a su vez en busca de algún fruto con que confrontar sus propios dilemas.
Peces despliega con minuciosidad un arsenal de experiencias y emociones de las que en la última página reniega al estilo habitual de Eva Baltasar, con un apasionamiento gélido y enmarañado en esa densidad conceptual que pretende descifrarse lingüísticamente. Las cosas se ponen en su sitio, la vida se reordena. El caos nos atravesó pero necesita ser abatido, desmembrado, como experiencia de escritura que imponga un castigo moral a la experiencia de vida que sustenta.



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