sábado, 4 de mayo de 2013

Las cosas naturales, Rafael Juárez


Otoño es siempre, ahora.
No existía el otoño
ni existirá. Va dentro
de nosotros, que somos
hoja caída hoy,
mañana viento fuerte,
un minuto la lluvia
que se anuncia sin alas
y otro minuto el lúcido
atardecer que huye.

No somos sino alarde,
mutación. No existimos,
como el otoño. Vamos,
ahora, siempre, dentro.




Cuando creía en la poesía. Había pensado empezar así, pero la otra parte del silogismo me atenaza: sería reconocer que ya no creo en la poesía. No tengo respuesta, sólo alguna intuición. Por ejemplo, la de que antes, cuando iba a tientas, creía más, o al menos de una forma provechosa, como el reino interior que se me iba construyendo para vivir. Después, cuando esto se profesionalizó, hubo un hechizo roto, un vanidad. La poesía se pareció al pie de página de la poesía, ese lugar en el que queríamos figurar. Por supuesto, eso era lo máximo a lo que se podía aspirar: a un pie de página. 

Me he comprado otro ejemplar de Las cosas naturales, un libro de poesía de antes, quiero decir de mi antes. Alguien me regaló mi primer ejemplar de este libro hace diez años, con lo que ya se ha convertido en mudo compañero de viaje. Abro el libro y lo huelo. La fecha de publicación es 1990 y pienso que, a juzgar por su olor, puede que nadie lo haya abierto desde entonces. 

Conocí a Rafael Juárez varias veces. No puedo decir que lo conozca, sólo que lo conocí, que coincidí con él en algunas ocasiones literarias. La primera con la edición de mi primer libro de poesía por la Diputación de Granada. Ahora se me hace evidente que "Pie de página" habría sido mejor nombre para la editorial y para mí. Rafael Juárez trabajaba en el servicio de publicaciones de la Diputación, o algo así. Leyó el libro y me aconsejó quitar de aquí y de allí. Después, pasados los años, lo volví a ver quizás tres o cuatro veces en alguna lectura poética que incluso compartimos. 

Pienso que Rafael Juárez, hombre esquivo, tímido y con tendencia al mutismo, también se ha convertido en mudo compañero de viaje. He ido leyendo sus libros y él, aquel ejemplar que me regalaron hace diez años, me ha ido leyendo a mí. No sé si he cambiado, pero el poema sigue ahí, trabajándome para que dé algún fruto. 

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