lunes, 12 de diciembre de 2011

El discurso vacío, Mario Levrero

Los motivos de lectura de un libro son variados. Unos los leemos porque llevamos tiempo con la idea, otros sencillamente nos persiguen, y los hay que se hacen los encontradizos en una librería. El discurso vacío pertenece a este último caso: el de los encontradizos. Fue en la Antonio Machado, la del Círculo de Bellas Artes, y estaba en la sección de novedades-guay, creo. Venía avalado por dos recientes aciertos en Caballo de Troya, así que lo cogí, lo giré y leí la contracubierta:

«Cuando se llega a cierta edad, uno deja de ser el protagonista de sus acciones: todo se ha transformado en puras consecuencias de acciones anteriores. Lo que uno ha sembrado fue creciendo subrepticiamente y de pronto estalla en una especie de selva que lo rodea por todas partes, y los días se van nada más que en abrirse paso a golpes de machete, y nada más que para no ser asfixiado por la selva; pronto se descubre que la idea de practicar una salida es totalmente ilusoria, porque la selva se extiende con mayor rapidez que nuestro trabajo de desbrozamiento y sobre todo porque la misma idea de ‘salida’ es incorrecta; no podemos salir porque al mismo tiempo no queremos salir, y no queremos salir porque sabemos que no hay hacia dónde salir, porque la selva es uno mismo, y una salida implicaría alguna clase de muerte o simplemente la muerte. Y si bien hubo un tiempo en que se podía morir cierta clase de muerte de apariencia inofensiva, hoy sabemos que aquellas muertes eran las semillas que sembramos de esta selva que hoy somos.»

Dentro del libro sigue así:

«Sin embargo hoy vi, hacia la caída del sol, el reflejo de unos rayos rojizos del sol en unos ladrillos de cerámica barnizada, y me di cuenta de que aún estoy vivo, en el verdadero sentido de la palabra, y de que aún puedo llegar a situarme en mí mismo: todo es cuestión de encontrar cierto punto justo, mediante cierta voltereta espiritual; no puedo evitar la maraña de consecuencias, no puedo pretender ser el protagonista, otra vez, de mis acciones, pero sí me es posible rescatarme dentro de esas nuevas pautas, aprender a vivir otra vez, de otra manera. Hay una forma de dejarse llevar para poder encontrarse en el momento justo en el lugar justo, y este ‘dejarse llevar’ es la manera de ser el protagonista de las propias acciones ––cuando uno ha llegado a cierta edad»

Así que uno se embarca en la lectura del libro esperando encontrar esta intensidad. Esperando apabullarse de lo etéreo cotidiano. Pero va pasando las páginas y a duras penas se obliga a coger el lápiz y subrayar esta o aquella línea donde se entrevé algo. Dobla una página como certificación de que ha leído el libro y que encontró cosas interesantes. Pero no es suficiente, dónde está la selva, dónde está el desbrozamiento, se pregunta. La respuesta: al final, en las dos últimas páginas.

No me arrepiento de haber leído este libro. De hecho, a medida que su recuerdo me queda más borroso lo voy apreciando más. Encuentro en él algunas de las pequeñas manías diarias. Y esa caída y reconstrucción del yo, ese obrarse el mundo o el infierno cada vez que abrimos una puerta o sostenemos una taza. Estar buscando el centro, la estructura, cuando de pronto oímos al vecino a través de la pared. Me queda la frustrante sensación de que esconde más de lo que muestra. Y de que Mario Levrero habría sido un buenamigomío, de esos con los que nunca se habla, con los que se pierde el contacto, de los que no sabes absolutamente nada.

2 comentarios:

  1. Estoy en la pag 130 del libro, y aún no lo encuentro. Comencé a dudar, ¿seré yo el que no sabe leerlo? Entré a buscar experiencias y acá el amigo me dice que llegará en las últimas paginas. Es un aliciente...

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  2. sin embargo yo lo encontré desde las primeras palabras del libro... cuestión de afinar la percepción... no sé

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