jueves, 8 de diciembre de 2011

Hemos venido aquí para nacer

Ayer conocí a Lorenzo Plana. La primera noticia que tuve de él fue a través de Juan Andrés García Román, quien me recomendó su libro Ancla como uno de los mejores libros de poesía de los últimos veinte años. Ahora, varios años después, puedo decir que ha influido enormemente en mi manera de escribir. Cuando tuve en las manos mi Carretera blanca le pedí a Juan Andrés su dirección y se lo envié. En respuesta recibí una carta manuscrita que transmitía algo tan intangible como la ternura. Ayer, en la presentación del libro La adoración (DVD) de Juan Andrés, tuve la oportunidad de conocerle. Descubrí algunos de esos detalles que nos sirven para recordar a las personas. Es bastante más alto que yo y pierde la mirada mientras cuenta algo con un hilo de voz que obliga a acercar el oído -y que de paso permite a su interlocutor escudriñarlo sin reparos. La conversación fluía despacio pero en crescendo. Nos contó que solía ver vídeos de David Bowie y de los Beatles en youtube. Pero creo que el mejor momento de la noche fue cuando, de improviso, nos hizo un truco de magia, el mismo truco de arrancarse el dedo que yo hago a los niños pequeños. Sin avisar, mientras hablábamos de música, lo hizo. Encuentro en Lorenzo Plana la misma ternura que en sus poemas. O dicho de otro modo, lo mejor de su poesía es que es la expresión sincera de un persona entrañable. Y que nos hiciera ese truco de magia infantil tiene mucho que ver con la maquinaria de su poesía: pesada y liviana a un tiempo. Después yo me fui a dormir y él se quedó. Claro, se quedó como se quedan sus versos. Sentado en un taburete, chaqueta de cuero negro, mirada observadora y un truco de magia en la recámara.


[Escrito el 31 de noviembre de 2011]

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