domingo, 26 de enero de 2014

Mirar el mundo primigeniamente

Hace unos días un profesor de un ciclo formativo de Administrativo me dijo que había leído un poema que yo había escrito. Me comentaba que no terminaba de entender algunas cosas mientras sacaba de un bolsillo de la chaqueta el folio doblado en el que lo había impreso. No conseguía relacionar las partes, decía. No encontraba el sentido lógico entre las oraciones, entre las palabras. Me llamó la atención aquel reconocimiento de una supuesta incapacidad que, pensé, en realidad no debía de ser tal. Más bien creo que estaba pidiéndole a un poema una respuesta ajustada al sentido y a la lógica. Es decir, miraba aquellos versos escritos con voluntad artística como se miraría una operación matemática. Al no obtener un resultado preciso, claro e inmediato, se frustraba.

He recordado esta anécdota mientras leía El Elemento, el popular libro donde Ken Robinson nos recuerda que muchas veces equivocamos el camino para acceder a eso que podemos llamar éxito. La equivocación comienza, dice Robinson, desde el mismo sistema educativo. Su organización y su metodología reproducen los sistemas reglamentaristas nacidos con la Revolución industrial y que se guiaban por criterios de racionalidad y lógica. El objetivo que perseguían, lógicamente, era crear individuos, moldearlos, conforme al nuevo modo de producción de las fábricas y el trabajo en serie de los operarios que con el tiempo sirvió de espejo oblicuo a las condiciones de autoritarismo y evaluación a las que se ven sometidos los estudiantes. Además de que el cambio de los tiempos ha desfasado ese modelo de producción, este sistema de pensamiento deja de lado los que quizás sean los aspectos más valiosos para alcanzar nuestra plena realización: la creatividad y la imaginación.

Cuenta Ken Robinson que un adulto se siente amenazado cuando entra a un museo: cree que hay mensajes que no acaba de entender, que debería decir o hacer algo ante una obra de arte. Para el niño, sin embargo, no hay nada demasiado extraño o diferente. Simplemente lo acepta, lo entiende. Eisenstein decía a propósito de Chaplin que "tenía la capacidad de ver con la mirada espontánea del niño, de ver con inmediatez, de ver primigeniamente, sin conciencia moral o ética, sin explicaciones". Esa mirada primigenia era todo lo contrario a lo que aquel profesor estaba haciendo con mi poema. La suya era una mirada dirigida, una pregunta que sólo se justifica en función de la respuesta. Me pareció que se enfrentó al poema en posición de defensa para protegerse de los peligros de aquel artefacto extraño y peligroso. 

El arte no se deja reducir a una operación analítica que resulte en una explicación única y satisfactoria. El arte tiene más que ver con esa libertad del niño que mira el mundo que le rodea como si de un número de magia se tratara, dispuesto a dejarse llevar y fascinar por las inesperadas conexiones que va encontrándose entre las cosas. 

Puede leerse el poema aquí.



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