viernes, 11 de julio de 2014

Diario íntimo, Unamuno

Es poco frecuente que en una conversación con compañeros de trabajo aparezca alguna alusión cultural, literaria o simplemente que merezca la pena. Reconozco un punto de cinismo y exageración, pero lo cierto es que la percepción que tengo de las charlas informales de trabajo no podía estar más viciada. Precisamente por esto, tanto más valoro y atesoro cualquier mínimo atisbo de sensibilidad hacia la cultura y la literatura, especialmente si aparece en este contexto. Así llegué a este Diario íntimo, libro que al parecer apareció muy tardíamente y que vino a arrojar más luz sobre la particular trama del pensamiento unamuniano, tan tendente a la confrontación y a la confusión. Conste así mi reconocimiento y mi gratitud al profesor de Religión que me habló de este intenso libro de anotaciones.

La figura de Unamuno puede ser tan fascinante como chirriante. Su ciclotimia describe la media circunferencia de un columpio que pasara una y otra vez, y sin solución de continuidad, de un lúcido análisis interior a un desmoronamiento del juicio. El único motivo: el miedo, aun más, el pavor ante el aniquilamiento final en que caerán nuestras vidas. Asistimos en este diario a una cruda vivisección de los yoes que era Unamuno y que, tras la crisis religiosa de 1897 ––cuando contaba con 33 años––, parecen resolverse en esa íntima espiritualidad con un acusado sesgo reaccionario, elitista y evasivo. Sólo así se entienden afirmaciones como: "el progreso sirve para la perdición de muchos pueblos"; "la razón humana lleva al nihilismo"; "si la humanidad progresa, [...] los hombres se harán más infelices en su propia infelicidad. Cuanto más grata y dulce y encantadora la vida más horrible la idea de perderla". Resulta desesperante esa especie de boicot del miedo que opera en en interior de Unamuno y que le obliga, justo cuando está a punto de llegar a algo ajustado a la razón, a recular ante ese temor congénito que le produce la idea de ultratumba.

No resulta difícil evocar al autor bilbaíno, aquella noche de un mes de marzo de 1897 tras una grave enfermedad de uno de los vástagos de su numerosa prole, saliendo a refugiarse a un convento acuciado por una crisis nerviosa que trascendía lo psicológico y se adentraba en ese abismo de lo espiritual y lo religioso. Su egotismo se exacerba, exaspera. Esa labor de topo de sí mismo se convierte en un espectáculo simbólico de la eterna lucha del hombre consigo mismo. "O imbécil o creyente", termina exclamando tras inventarse una religiosidad a su medida, puesto que, según dice, la búsqueda de una señal constituye ya la señal que necesita. Sorprende asistir a esta inocente autosugestión que sólo se explica a la luz de aquella crisis intelectual y espiritual y que dan fe de un carácter indómito, elemental, tristemente pacato: "Si la razón me daña, quítame la razón y dame paz y salud aunque sea en la imbecilidad".

Unamuno, que se declara "enfermo de yoísmo", propone como alternativa del superhombre nieztscheano un nuevo intra-hombre. El hombre es una sociedad condensada y la sociedad un hombre expansionado. Hombre exterior y hombre interior, costra social y esencia íntima, como reflejos de ese modo de acceder a la realidad basado en la oposición y la lucha.

Este Diario íntimo termina con un tono más sosegado, quizás resignado, por momentos iluminado, que parece apuntar a una espiritualidad panteísta del hombre que, desnudo de sí, sepa alumbrar la conciencia de Dios dentro de sí. Quizás esa paz en la guerra unamuniana no podía llegar de otra forma, ni por la humildad intelectual, ni por la caridad cristiana, ni por la fe colectiva; su yo entendido como eje central de las fuerzas que nos arrastran y nos desgarran. Unamuno, ejemplar intachable de la humanidad que experimenta consigo misma. Un-humano, genio encerrado entre unos barrotes profundos, oscuros, imaginarios.

"Esa sombra pura que atraviesa los siglos, sobre las aguas del mundo y sin sumergirse en ellas crees sea un fantasma, mas aun así le pides poder caminar también tú sobre las aguas del mundo sin hundirte en ellas. Pero te falta fe y te sientes sumergirte y le pides que te salve. Y entonces te dice: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
¿Por qué dudamos? ¿Por qué no reconocemos a Jesús verdadero hijo de Dios? Entonces pasaríamos sobre el tiempo, sin hundirnos en él, entonces atravesaríamos nuestros años como fantasma que sobre ellos flota, y siguiendo nuestra marcha al cielo discurriría bajo nuestros pies la corriente del mundo y fluirían las aguas del tiempo, llevándose cada día su malicia".




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