jueves, 17 de julio de 2014

La hoja roja, Miguel Delibes

Camino sin prisa por la calle: paseo por la calle. Una multitud uniformada hace su vida con una febril inconsistencia. Uniformes, al fin y al cabo, son esos minishorts vaqueros obligados en toda adolescente. Esos pantalones remangados por unas pantorrillas masculinas debidamente bronceadas y depiladas. Esos peinados con el flequillo imitando el oleaje de un mar que se deshace en la orilla antes de llegar a las orejas. Incluso la propia piel, trabajada artesanía solar, hace las veces de un uniforme cuyo éxito me parece no tener precedentes en toda la historia de la militarización o alienación social.

Así que paseo por la calle. He comprado una tarrina con helado de nata y frutas del bosque y me he sentado en un banco junto a la Fuente de las Batallas. Antes, me he topado con un amigo y nos hemos saludado. 

Asistiendo al espectáculo de la miríada de bolsas de franquicias de ropa y complementes colgando de brazos debidamente flexionados, me pregunto qué hay de vida en todo esto. Qué hay de comunicación. Qué de naturalidad. Todo se me aparece revestido de un feroz artificio, una afectación vulgar y deprimente que nos tiene vampirizados a pleno sol, sin escrúpulo. 

Y me acuerdo de la Desi y del señorito don Eloy, aquellos personajes que Delibes trazó con maestría en La hoja roja, un libro que palidece en comparación con el magistral El camino, pero que contiene un vivo retrato de lo que sea el género humano, más concretamente el de nuestra apoltronada península. Un septuagenario obsesionado con el día de su muerte y su criada pueblerina se ven física y metafísicamente solos, pero por suerte sus dos soledades han coincidido, como un puzle bien armado de dos piezas. 

En sus frecuentes desvaríos repite don Eloy que "cuando se inventó el fuego todo iba bien porque los hombres se sentaban en torno y surgía una intimidad que provenía de las mismas llamas, pero desde que vino el progreso y el calor se entubó, la comunidad se había roto porque era un contrasentido servirse de un fuego sin humo". Abandonado por su familia, huérfano de sus amigos, a los que pueden encontrar más en el cementerio que en el pueblo, don Eloy se entretiene calculando los días, minutos y segundos que vivirá un hombre que llegue a los 75 años. La Desi alberga esperanzas de casarse con el Picaza, un muchacho brutísimo y desmañado que la cortejaba ya antes de irse del pueblo para servir en un piso. Ambos acaban siendo víctimas de una sociedad cerril, egoísta y despiadada. Una vez más Delibes nos habla del individualismo y la insolidaridad, elementos que parecen haberse avivado a medida que acomodábamos nuestras vidas a los escaparates y las pantallas electrónicas. 

Cuando ya nos íbamos de la plaza, un ciclista ha arrollado a un niño. Un señor bastante mayor me ha preguntado qué ha ocurrido. A mi lado seguía el desfile de maniquíes humanos. Tacones que desafiaban la compostura al andar. Nalgas sutilmente expuestas en un juego de espejos infinitos. Decía Delibes que si el progreso supone alterar esencialmente la Naturaleza, no quiere nada de ese progreso. Me quedo mirando los ojos azules de la modelo en la publicidad de una tienda de cosmética. Una joven portadora de varias bolsas de Zara nos esquiva con audacia felina. Me hago una concesión ególatra y pienso que soy como el salvaje de Un mundo feliz. El costumbrismo rural, por pesado que pueda parecer, con toda la estulticia e incultura de sus pobres gentes, me ha servido estos días de compañía. La Desi y don Eloy se tenían el uno al otro, aún no había luces de néon distractoras ni existía una devoradora carrera tecnológica que nos consolara de nosotros mismos.

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