sábado, 26 de julio de 2014

Las ninfas contra la profesionalización del mundo: todo en el aire es pájaro

«La adolescencia, la juventud, siempre siente horror de profesionalizarse. Un horror irracional y repetido que quizá no sea sino la resistencia a pactar con el tiempo, a comprometerse con la muerte. En los reinos del amateurismo se vive como más impunemente y, en esa impunidad, pared que el tiempo y la muerte casi perdonan.»
A propósito de la adolescencia, del adolescente eterno que nos habita y que tan cáustica y tan deliciosamente nos evoca Umbral en Las ninfas, está, parece, el asunto de la profesionalización. No hablo, como don Francisco, de «esos donceles de expresión seráfica que adornaban los viejos grabados de la noche gremial de la historia», crueldad de explotación infantil en la era industrial; hablo de otra profesionalización, aquella que entendiera bien en su lamento el niño Expósito de La adoración, ese monumento de imaginería y vida de Juan Andrés García Román. Profesionalizarse, así en general, en la vida. Darle un puntapié a la pureza de tardes pasadas en el confort de quien aún no tiene más prisa que la de salir al encuentro del monstruo amable que es uno mismo cuando aún es uno mismo. 

Por eso Umbral, al repasar las circunstancias de su yo adolescente, parece desdoblarse, distanciarse del propio lugar para entenderse bien. En la pureza prístina de la juventud está todo. Después, todo lo que hacemos es una voluntad de revivir aquello: 

«La necesidad de sentirse deseado por una mujer quizá sea la necesidad de volver a sentirse amado por uno mismo, cuando uno mismo ya no se ama nada, a través de otra persona».

La analogía que se le ocurre a Umbral a propósito de la masturbación no deja de ser ingeniosa: la masturbación adolescente supone un desdoblamiento, un desearse a sí mismo, que se desvanece después dejándonos el hastío de la propia carne. Después, «la insinuación, el deseo, la progresión erótica, el hastío, la depresión, todo eso lo vive el adolescente en su cuerpo, como reflejo que le viene del futuro, de lo que luego va a sentir con las mujeres, de modo que cuando esas mujeres llegan, todo le parece ya vivido anteriormente, aunque sea la primera vez. La masturbación, pues, era la otra vida, una vida anterior y platónica en la que vivíamos, dentro del retrete (que venía a ser la caverna de Platón) todo lo que luego íbamos a volver a vivir de verdad en la vida». 

Este proceso de perderse a sí mismo para encontrar al otro es una arista más de aquella profesionalización de la vida. Cuando por fin nos hemos convertido en un despojo, el culatazo de nuestra existencia, la nada, nos reconforta dibujar en el cielo pesado de nuestra vida, como tablas salvadoras, las nubes de nuestra infancia. Y cantarlo, con mayor o menor tino, pero qué más da eso. Lo importante es dejarse decir en el canto:

Cima de la delicia, 
todo en el aire es pájaro,
que alacridad de mozo 
en el espacio airoso,
henchido de presencia.
Hueste de esbeltas fuerzas.
El mundo tiene cándida
profundidad de espejo,
las más claras distancias 
sueñan lo verdadero.

viernes, 25 de julio de 2014

Nada

«Me parecía que de nada vale correr si siempre ha de irse por el mismo camino, cerrado, de nuestra personalidad. Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otros para mirar la vida. Yo tenía un pequeño y ruin papel de espectadora.»

Carmen Laforet nos enseña en Nada que la audacia no es requisito indispensable para construir una buena historia. Andrea, la protagonista, hace poco, sólo escucha y ve. La precipitación final de los acontecimientos no dejan de parecerme un deux ex machina algo ingenuo y desgarbado –la autora tenía 23 años cuando escribió el libro. Sin embargo, la primera parte del libro resulta cautivadora, casi hipnótica, a través de los ojos bisoños y resabiados de Andrea, la que ve pasar, como Ortega en sus magníficos ensayitos de El espectador, como ese hermoso poema de Rafael Juárez que, serenamente, como si nada, parece transmitirnos toda una lección de vida en aquel sencillo verso: «Mirar por mirar el río». Los que, más que hacer, miramos agradecemos la compañía silenciosa. Nos extraña quizás que caminos tan dispares lleven al mismo sitio, pero nos consuela que haya otro parecido, desde su otra atalaya de mirón.



domingo, 20 de julio de 2014

Debajo de un almendro

Tengo que confesar que he disfrutado al menos un poquito viendo el debate entre Pablo Iglesias y Esperanza Aguirre que estos días se ha estado difundiendo por redes sociales. El tono del debate alternaba al buen tuntún una meritoria ironía con la acostumbrada zafiedad, la hosca gravedad con el cinismo casi snob. En fin, diversión garantizada. Luego me acordé de aquel hilarante diálogo a tres bandas que se marcan la SEÑORA, el MARIDO y el AMIGO en el prólogo de Eloísa está debajo de un almendro, de E. Jardiel Poncela. Como digo, pura diversión.



SEÑORA. Es lo que yo digo: hay gente muy mala por el mundo… 
AMIGO. Muy mala, señora Gregoria. 
SEÑORA. Y que a perro flaco, to son pulgas. 
AMIGO. También. 
MARIDO. Pero, al fin y al cabo, no hay mal que cien años dure, ¿no cree usté? 
AMIGO. Eso, desde luego. Como que después de un día viene otro, y Dios aprieta, pero no ahoga. 
MARIDO. ¡Ahí le duele! Claro que agua pasá no mueve molino; pero yo me asocié con el Melecio por aquello de que más ven cuatro ojos que dos, y porque lo que uno no piensa al otro se le ocurre. Pero de casta le viene al galgo el ser rabilargo: el padre de Melecio siempre ha sido de los de quítate tú para ponerme yo, y de tal palo tal astilla, y genio y figura hasta la sepultura. Total: que el tal Melecio empezó a asomar la oreja y yo a darme cuenta, porque por el humo se sabe dónde está el fuego. 
AMIGO. Que lo que ca uno vale a la cara le sale. 
SEÑORA. Y que antes se pilla a un embustero que a un cojo. 
MARIDO. Eso es. Y como no hay que olvidar que de fuera vendrá quien de casa te echará, yo me dije digo: "Hasta aquí hemos llegao; se acabó lo que se daba; tanto va el cántaro a la fuente, que al fin se rompe; ca uno en su casa y Dios en la de tos; y a mal tiempo buena cara, y pa luego es tarde, que reirá mejor el que ría el último". 
SEÑORA. Y los malos ratos pasarlos pronto. 
MARIDO. ¡Cabal! Conque le abordé al Melecio, porque los hombres hablando se entienden, y le dije: "Las cosas claras y el chocolate espeso; esto pasa de castaño oscuro, así que cruz y raya, y tú por un lao y yo por otro; ahí te quedas, mundo amargo, y si te he visto no me acuerdo". ¿Y qué le parece que hizo él? 
AMIGO. ¿El qué? 
MARIDO. Pues contestarme con un refrán. 
AMIGO. ¿Que le contestó a usté con un refrán? 
MARIDO. (Indignado.) ¡Con un refrán! 
SEÑORA. (Más indignada aún.) ¡Con un refrán, señor Eloy! 
AMIGO. ¡Ay qué tío más cínico! 
MARIDO. ¿Será sinvergüenza? 
AMIGO. Hombre, ese tío es un canalla capaz de to.


sábado, 19 de julio de 2014

Réquiem por un campesino español

Habla Juan José Millás en un artículo reciente ("Héroes", 18/07/2014, ELPAÍS) sobre los héroes de un tiempo por venir. Estos héroes hipotéticos y mesiánicos serían la figura opuesta a los actuales caciques feudalizantes que detentan los poderes fácticos de nuestra sociedad. Se refiere Millás a los episodios de indisciplina cívica protagonizados por el hijo de Gallardón, de un lado, y por la propia Esperanza Aguirre, de otro. En ambos casos se da una conducta delictiva que sin embargo no obtiene sanción alguna, situándose así por encima de la ley, en lo que viene a ser lo que Millás califica como privilegios de clase.

En su magistral relato Réquiem por un campesino español, Ramón J. Sender aborda con crudeza un episodio abominable y cruento, vergüenza de nuestra historia reciente que, como en los anteriores casos, no recibió sanción ni compensación alguna. El propio Sender dijo a propósito de su libro que reproducía "el esquema de toda la guerra civil nuestra, donde unas gentes que se consideraban revolucionarias lo único que hicieron fue defender los derechos feudales de una tradición ya periclitada en el resto del mundo".

Resulta perturbador que un país siga sometido, tanto tiempo después, a parecidas extorsiones, cacicadas y desplantes de unos señoritos que antes blandían carabinas y ahora se protegen con escoltas pagados por los contribuyentes. Y resulta no menos perturbador que tanto tiempo después podamos ver a Paco el del Molino actualizado en Carlos Cano, el joven que pasará tres años en prisión por participar en un piquete informativo que no causó ningún daño. No tengo claro que estos héroes que dice Millás puedan traer el tiempo por venir a un país que se condena día tras día a perpetuar su ignominia. 

jueves, 17 de julio de 2014

La hoja roja, Miguel Delibes

Camino sin prisa por la calle: paseo por la calle. Una multitud uniformada hace su vida con una febril inconsistencia. Uniformes, al fin y al cabo, son esos minishorts vaqueros obligados en toda adolescente. Esos pantalones remangados por unas pantorrillas masculinas debidamente bronceadas y depiladas. Esos peinados con el flequillo imitando el oleaje de un mar que se deshace en la orilla antes de llegar a las orejas. Incluso la propia piel, trabajada artesanía solar, hace las veces de un uniforme cuyo éxito me parece no tener precedentes en toda la historia de la militarización o alienación social.

Así que paseo por la calle. He comprado una tarrina con helado de nata y frutas del bosque y me he sentado en un banco junto a la Fuente de las Batallas. Antes, me he topado con un amigo y nos hemos saludado. 

Asistiendo al espectáculo de la miríada de bolsas de franquicias de ropa y complementes colgando de brazos debidamente flexionados, me pregunto qué hay de vida en todo esto. Qué hay de comunicación. Qué de naturalidad. Todo se me aparece revestido de un feroz artificio, una afectación vulgar y deprimente que nos tiene vampirizados a pleno sol, sin escrúpulo. 

Y me acuerdo de la Desi y del señorito don Eloy, aquellos personajes que Delibes trazó con maestría en La hoja roja, un libro que palidece en comparación con el magistral El camino, pero que contiene un vivo retrato de lo que sea el género humano, más concretamente el de nuestra apoltronada península. Un septuagenario obsesionado con el día de su muerte y su criada pueblerina se ven física y metafísicamente solos, pero por suerte sus dos soledades han coincidido, como un puzle bien armado de dos piezas. 

En sus frecuentes desvaríos repite don Eloy que "cuando se inventó el fuego todo iba bien porque los hombres se sentaban en torno y surgía una intimidad que provenía de las mismas llamas, pero desde que vino el progreso y el calor se entubó, la comunidad se había roto porque era un contrasentido servirse de un fuego sin humo". Abandonado por su familia, huérfano de sus amigos, a los que pueden encontrar más en el cementerio que en el pueblo, don Eloy se entretiene calculando los días, minutos y segundos que vivirá un hombre que llegue a los 75 años. La Desi alberga esperanzas de casarse con el Picaza, un muchacho brutísimo y desmañado que la cortejaba ya antes de irse del pueblo para servir en un piso. Ambos acaban siendo víctimas de una sociedad cerril, egoísta y despiadada. Una vez más Delibes nos habla del individualismo y la insolidaridad, elementos que parecen haberse avivado a medida que acomodábamos nuestras vidas a los escaparates y las pantallas electrónicas. 

Cuando ya nos íbamos de la plaza, un ciclista ha arrollado a un niño. Un señor bastante mayor me ha preguntado qué ha ocurrido. A mi lado seguía el desfile de maniquíes humanos. Tacones que desafiaban la compostura al andar. Nalgas sutilmente expuestas en un juego de espejos infinitos. Decía Delibes que si el progreso supone alterar esencialmente la Naturaleza, no quiere nada de ese progreso. Me quedo mirando los ojos azules de la modelo en la publicidad de una tienda de cosmética. Una joven portadora de varias bolsas de Zara nos esquiva con audacia felina. Me hago una concesión ególatra y pienso que soy como el salvaje de Un mundo feliz. El costumbrismo rural, por pesado que pueda parecer, con toda la estulticia e incultura de sus pobres gentes, me ha servido estos días de compañía. La Desi y don Eloy se tenían el uno al otro, aún no había luces de néon distractoras ni existía una devoradora carrera tecnológica que nos consolara de nosotros mismos.

viernes, 11 de julio de 2014

Diario íntimo, Unamuno

Es poco frecuente que en una conversación con compañeros de trabajo aparezca alguna alusión cultural, literaria o simplemente que merezca la pena. Reconozco un punto de cinismo y exageración, pero lo cierto es que la percepción que tengo de las charlas informales de trabajo no podía estar más viciada. Precisamente por esto, tanto más valoro y atesoro cualquier mínimo atisbo de sensibilidad hacia la cultura y la literatura, especialmente si aparece en este contexto. Así llegué a este Diario íntimo, libro que al parecer apareció muy tardíamente y que vino a arrojar más luz sobre la particular trama del pensamiento unamuniano, tan tendente a la confrontación y a la confusión. Conste así mi reconocimiento y mi gratitud al profesor de Religión que me habló de este intenso libro de anotaciones.

La figura de Unamuno puede ser tan fascinante como chirriante. Su ciclotimia describe la media circunferencia de un columpio que pasara una y otra vez, y sin solución de continuidad, de un lúcido análisis interior a un desmoronamiento del juicio. El único motivo: el miedo, aun más, el pavor ante el aniquilamiento final en que caerán nuestras vidas. Asistimos en este diario a una cruda vivisección de los yoes que era Unamuno y que, tras la crisis religiosa de 1897 ––cuando contaba con 33 años––, parecen resolverse en esa íntima espiritualidad con un acusado sesgo reaccionario, elitista y evasivo. Sólo así se entienden afirmaciones como: "el progreso sirve para la perdición de muchos pueblos"; "la razón humana lleva al nihilismo"; "si la humanidad progresa, [...] los hombres se harán más infelices en su propia infelicidad. Cuanto más grata y dulce y encantadora la vida más horrible la idea de perderla". Resulta desesperante esa especie de boicot del miedo que opera en en interior de Unamuno y que le obliga, justo cuando está a punto de llegar a algo ajustado a la razón, a recular ante ese temor congénito que le produce la idea de ultratumba.

No resulta difícil evocar al autor bilbaíno, aquella noche de un mes de marzo de 1897 tras una grave enfermedad de uno de los vástagos de su numerosa prole, saliendo a refugiarse a un convento acuciado por una crisis nerviosa que trascendía lo psicológico y se adentraba en ese abismo de lo espiritual y lo religioso. Su egotismo se exacerba, exaspera. Esa labor de topo de sí mismo se convierte en un espectáculo simbólico de la eterna lucha del hombre consigo mismo. "O imbécil o creyente", termina exclamando tras inventarse una religiosidad a su medida, puesto que, según dice, la búsqueda de una señal constituye ya la señal que necesita. Sorprende asistir a esta inocente autosugestión que sólo se explica a la luz de aquella crisis intelectual y espiritual y que dan fe de un carácter indómito, elemental, tristemente pacato: "Si la razón me daña, quítame la razón y dame paz y salud aunque sea en la imbecilidad".

Unamuno, que se declara "enfermo de yoísmo", propone como alternativa del superhombre nieztscheano un nuevo intra-hombre. El hombre es una sociedad condensada y la sociedad un hombre expansionado. Hombre exterior y hombre interior, costra social y esencia íntima, como reflejos de ese modo de acceder a la realidad basado en la oposición y la lucha.

Este Diario íntimo termina con un tono más sosegado, quizás resignado, por momentos iluminado, que parece apuntar a una espiritualidad panteísta del hombre que, desnudo de sí, sepa alumbrar la conciencia de Dios dentro de sí. Quizás esa paz en la guerra unamuniana no podía llegar de otra forma, ni por la humildad intelectual, ni por la caridad cristiana, ni por la fe colectiva; su yo entendido como eje central de las fuerzas que nos arrastran y nos desgarran. Unamuno, ejemplar intachable de la humanidad que experimenta consigo misma. Un-humano, genio encerrado entre unos barrotes profundos, oscuros, imaginarios.

"Esa sombra pura que atraviesa los siglos, sobre las aguas del mundo y sin sumergirse en ellas crees sea un fantasma, mas aun así le pides poder caminar también tú sobre las aguas del mundo sin hundirte en ellas. Pero te falta fe y te sientes sumergirte y le pides que te salve. Y entonces te dice: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
¿Por qué dudamos? ¿Por qué no reconocemos a Jesús verdadero hijo de Dios? Entonces pasaríamos sobre el tiempo, sin hundirnos en él, entonces atravesaríamos nuestros años como fantasma que sobre ellos flota, y siguiendo nuestra marcha al cielo discurriría bajo nuestros pies la corriente del mundo y fluirían las aguas del tiempo, llevándose cada día su malicia".




La capacidad de decisión de un hombre

Creo que el paso a lo que llamamos edad adulta o madurez conlleva en algún momento una reflexión de este tipo. Luego, claro, se olvida en los afanes diarios, en la puesta de largo de esa cíclica representación que llamamos vida. Viendo cómo los adultos llevamos esta vida que nos ha tocado, viendo, en tal caso, cómo esta vida aparentemente impuesta ––si no fuera así, ¿de qué nos quejaríamos tanto?–– nos lleva a empujones hacia un matadero espiritual basado en la autocomplacencia de lo superficial y el suicidio moral de cada día; viendo todo esto, y antes de volver a caer en el estado de letargo, habría que pararse a pensar siquiera un instante, de nuevo con Daniel, el Mochuelo, para qué vale la capacidad de decisión de un hombre.


Sin embargo, todo había de dejarlo por el progreso. Él no tenía aún autonomía ni capacidad de decisión. El poder de decisión le llega al hombre cuando ya no le hace falta para nada; cuando ni un solo día puede dejar de guiar un carro o picar piedra si no quiere quedarse sin comer. ¿Para qué valía, entonces, la capacidad de decisión de un hombre, si puede saberse? La vida era el peor tirano conocido. Cuando la vida le agarra a uno, sobra todo poder de decisión. En cambio, él todavía estaba en condiciones de decidir, pero como solamente tenía once años, era su padre quien decidía por él. ¿Por qué, Señor, por qué el mundo se organizaba tan rematadamente mal?  
El camino, Miguel Delibes. 


domingo, 6 de julio de 2014

Amarrados

Hoy he pasado por la calle Pedro Antonio de Alarcón en busca de un kiosko donde poder comprar Tintalibre. Ya venía de pinchar en hueso con el kiosko de la Plaza Gracia, así que me he armado de paciencia y he decidido llegar un poco más lejos hasta Pedro Antonio, como se le conoce aquí en Granada. Esta calle fue en otros tiempos más cercanos a mi adolescencia, junto a la calle Elvira, una de las zonas de marcha de la ciudad. Hoy en día los bares y pubs parecen haber cedido el protagonismo a los locales de comida rápida, comercios de telefonía móvil y alguna que otra terraza. Es decir, se ha adaptado a los tiempos. 

En una de las aceras de esta calle hay unos soportales que dan entrada al parking que comparte el mismo nombre que la calle. Dadas las dimensiones de esta acera, es propicia para actividades como la venta ambulante que hoy ejercía un vendedor de origen africano. Al pasar a su lado he podido ver cómo un presunto comprador arrancaba la etiqueta o el precio de la gorra que parecía estar comprando y tiraba este desecho al suelo delante del vendedor. 

Me he acordado de que hace unas semanas asistí a otra escena del mismo estilo. Sentados en una terraza, oímos cómo dos chicas de no más de veinte años regateaban a un vendedor ambulante, también de origen africano, unas gafas de sol hasta precios irrisorios, movidas, según entendimos, por el simple placer de humillar al vendedor. 'No te doy más de tres euros por esas gafas, las mías me han costado ciento cuarenta, las tuyas valen tres euros como mucho'. Con esa rotunda lógica levantó un muro insalvable para que se realizara una transacción que, en el fondo, creo que ellas nunca tuvieron intención de hacer. 

Al releer El camino estos días, ganado quizás por esa reviviscencia de la que hablaba Ortega, me admira la agudeza con que Delibes describe la cínica mojigatería con que se desenvuelven unos personajes que, sesenta y cuatro años después, parecen más vivos que nunca. Personajes como las Lepóridas o la Guindilla mayor quizás han cambiado de piel, pero continúan en la esencia poblando nuestras calles y haciendo valer a la mínima su preeminencia

España, país de la picaresca y del esperpento, se ha especializado en el cacareo y la escarnio, en el cainismo y la corrupción, en el rechazo rebajado con afectación; en definitiva, en ponerse en evidencia con escandalosa desvergüenza. Dicen que una de las máximas del capitalismo es la degradación de los productos y la consecuente vulgarización del gusto y las costumbres. Un país sin educación y un país, además, maleducado quizás sea el mejor rebaño que podían desear unos gobernantes. Dicen también que una sociedad no empieza a pensar en valores hasta haber cubierto unas necesidades básicas que, de no tener, avivan actitudes primarias basadas en la hegemonía y el instinto de territorialidad. Sea como sea, creo que nuestra sociedad, tan dada a furibundas exaltaciones patrióticas como a la espectacularización de la miseria moral, como digo, se distancia muy poco de aquella que nos describía Daniel, el Mochuelo, cuando evocaba, por ejemplo, al hermano mayor de Gerardo, el Indiano, que después de hacer las Américas volvió hecho un señorito: "Sus hermanos, en cambio, seguían amarrados al lugar, a pesar de que, en opinión de su madre, eran más listos que él; César, el mayor, con la carnicería de su madre, vendiendo hígados, solomillos y riñones de vaca a los vecinos para luego, al cabo de los años, hacer lo mismo que la señora Micaela y donar su hígado, su solomillo y sus riñones a los gusanos de la tierra".

martes, 1 de julio de 2014

Un mundo que agoniza, Miguel Delibes

No entiendo muy bien la razón por la que alguien decidió en su momento editar este texto de Miguel Delibes de esta manera. Se podría aceptar que contiene un mensaje ecologista –aunque también una advertencia pesimista y apocalíptica sobre nuestro mundo–, que está escrito con una prosa correctísima pero fluida y amena, hasta didáctica, y que estos elementos son idóneos para entretener y formar en valores a los niños. Lo que me sigue chocando es la edición tan naif, con unas ilustraciones propias de libro para colorear de parvulario que, a mi parecer, afean y 'simplonizan' algo que merecería aparecer en otras colecciones más cuidadas y más serias. 

El título lo dice todo sobre este libro que surgió a partir de las palabras que pronunció Miguel Delibes con motivo de su ingreso en la Real Academia en 1975. Habrá quien juzgue el fatalismo de este escrito fruto de un talante reaccionario y, siguiendo a Umberto Eco, apocalíptico. Habrá quien encuentre en sus páginas una conciencia solidaria y –el tiempo pasa rápido– visionaria. Si tiramos por el camino del medio, nos quedaremos con lo que hay de bueno en esta denuncia de las sociedades desarrolladas de nuestro tiempo que inspiraron igualmente a pensadores como Baudrillard o Lipovetsky. 

La conclusión del libro lo deja bien claro: 

si la aventura del progreso ha de traducirse inexorablemente en un aumento de la violencia y de la incomunicación;  de la autocracia y la desconfianza; de la injusticia y la prostitución de la Naturaleza; del sentimiento competitivo y del refinamiento de la tortura; de la explotación del hombre por el hombre o la exaltación del dinero, en ese caso, yo, gritaría ahora mismo, con el protagonista de una conocida canción americana,: "¡Que paren la Tierra, quiero apearme!" 

A fundamentar esto dedica los once capítulos precedentes que arrancan, significativamente, con un "credo" que parte de la ética personal y acaba por explicar el modo de hacer literatura. En este credo inicial, Delibes habla del suicidio colectivo que supone sacrificar la Naturaleza a la tecnología y, por ende, los valores humanos a la economía, y propone como única solución la constitución de pequeñas sociedades autoadministradas y autosuficientes bajo la premisa del desarrollo cero. Una visión utópica que apela en última instancia a la necesidad de ensanchar la conciencia moral universal, a un sentido moral que devuelva al ser humano la esperanza. Todo esto, sin embargo, está expuesto y argumentado tirando de una analogía cinegética que no por habitual termina siendo plausible. Delibes defiende que el hombre debería pasar por la naturaleza sin hacer ruido, "sin que se note"; pero no parece tener problema en arrogarse el derecho a disponer de la vida de los animales para satisfacer una tradicional actividad lúdica.

Cuando don Ramón, el boticario y alcalde de El camino, exclama aquello de "la cosa pública es un desastre" ante la negativa de sus vecinos a poner dinero para asfaltar la plaza, encontramos ese egoísmo atávico del hombre al que se refiere Delibes al hablar de la obsesión antiprogreso de sus novelas. Muchos de los personajes que creó muestran una conducta terca e individualista que representa, escribe Delibes, un mecanismo de rechazo al gregarismo y la masificación de las ciudades. En su búsqueda de asideros estables, sus personajes optarán por volver al origen, a las raíces, particularmente en los momentos de crisis. Son personajes más contemplativos que locuaces, escépticos y solitarios a su pesar, pues el propio progreso los ha ido dejando a un lado. No en vano suelen ser viejos, analfabetos, tarados o débiles. 

La única puerta abierta a la esperanza que deja el escritor vallisoletano se nos aparece como algo lejano, remoto, inútil. Una toma de conciencia real, con firmes compromisos de cumplimiento y que implique sin ambages a todos los países desarrollados, algo que, si bien se ha demostrado quimérico y hasta cínico por la falta de voluntad, nos sigue convocando hoy día. Casi cuarenta años después de aquel 1975, leer este pseudo-manifiesto deja una sensación parecida a la que debe de experimentar el corredor que, al darse cuenta de que no ha podido evitar el tropiezo, se prepara para el golpe.



Un mundo que agoniza
Miguel Delibes
Plaza & Janés, 1975