Un mundo que agoniza, Miguel Delibes

No entiendo muy bien la razón por la que alguien decidió en su momento editar este texto de Miguel Delibes de esta manera. Se podría aceptar que contiene un mensaje ecologista –aunque también una advertencia pesimista y apocalíptica sobre nuestro mundo–, que está escrito con una prosa correctísima pero fluida y amena, hasta didáctica, y que estos elementos son idóneos para entretener y formar en valores a los niños. Lo que me sigue chocando es la edición tan naif, con unas ilustraciones propias de libro para colorear de parvulario que, a mi parecer, afean y 'simplonizan' algo que merecería aparecer en otras colecciones más cuidadas y más serias. 

El título lo dice todo sobre este libro que surgió a partir de las palabras que pronunció Miguel Delibes con motivo de su ingreso en la Real Academia en 1975. Habrá quien juzgue el fatalismo de este escrito fruto de un talante reaccionario y, siguiendo a Umberto Eco, apocalíptico. Habrá quien encuentre en sus páginas una conciencia solidaria y –el tiempo pasa rápido– visionaria. Si tiramos por el camino del medio, nos quedaremos con lo que hay de bueno en esta denuncia de las sociedades desarrolladas de nuestro tiempo que inspiraron igualmente a pensadores como Baudrillard o Lipovetsky. 

La conclusión del libro lo deja bien claro: 

si la aventura del progreso ha de traducirse inexorablemente en un aumento de la violencia y de la incomunicación; de la autocracia y la desconfianza; de la injusticia y la prostitución de la Naturaleza; del sentimiento competitivo y del refinamiento de la tortura; de la explotación del hombre por el hombre o la exaltación del dinero, en ese caso, yo, gritaría ahora mismo, con el protagonista de una conocida canción americana: "¡Que paren la Tierra, quiero apearme!" 
 
A fundamentar esto dedica los once capítulos precedentes que arrancan, significativamente, con un "credo" que parte de la ética personal y acaba por explicar el modo de hacer literatura. En este credo inicial, Delibes habla del suicidio colectivo que supone sacrificar la Naturaleza a la tecnología y, por ende, los valores humanos a la economía, y propone como única solución la constitución de pequeñas sociedades autoadministradas y autosuficientes bajo la premisa del desarrollo cero. Una visión utópica que apela en última instancia a la necesidad de ensanchar la conciencia moral universal, a un sentido moral que devuelva al ser humano la esperanza. Todo esto, sin embargo, está expuesto y argumentado tirando de una analogía cinegética que no por habitual termina siendo plausible. Delibes defiende que el hombre debería pasar por la naturaleza sin hacer ruido, "sin que se note"; pero no parece tener problema en arrogarse el derecho a disponer de la vida de los animales para satisfacer una tradicional actividad lúdica.

Cuando don Ramón, el boticario y alcalde de El camino, exclama aquello de "la cosa pública es un desastre" ante la negativa de sus vecinos a poner dinero para asfaltar la plaza, encontramos ese egoísmo atávico del hombre al que se refiere Delibes al hablar de la obsesión antiprogreso de sus novelas. Muchos de los personajes que creó muestran una conducta terca e individualista que representa, escribe Delibes, un mecanismo de rechazo al gregarismo y la masificación de las ciudades. En su búsqueda de asideros estables, sus personajes optarán por volver al origen, a las raíces, particularmente en los momentos de crisis. Son personajes más contemplativos que locuaces, escépticos y solitarios a su pesar, pues el propio progreso los ha ido dejando a un lado. No en vano suelen ser viejos, analfabetos, tarados o débiles. 

La única puerta abierta a la esperanza que deja el escritor vallisoletano se nos aparece como algo lejano, remoto, inútil. Una toma de conciencia real, con firmes compromisos de cumplimiento y que implique sin ambages a todos los países desarrollados, algo que, si bien se ha demostrado quimérico y hasta cínico por la falta de voluntad, nos sigue convocando hoy día. Casi cuarenta años después de aquel 1975, leer este pseudo-manifiesto deja una sensación parecida a la que debe de experimentar el corredor que, al darse cuenta de que no ha podido evitar el tropiezo, se prepara para el golpe.



























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