La metamorfosis, Kafka (una relectura abisal)
Me conmocionó la dupla Grete-Gregor porque cada dupla remite a cierto orden que hilvana lo divino con lo microscópico: el oxígeno y el carbono se diferencian en un puñado de protones. El Tao y la ultraderecha son letras del mismo alfabeto. El Dos, desde Platón hasta Wittgenstein, desde Jesucristo hasta Aylan Kurdi, es nuestra trama. Precisamente fue la trama y su perfecta estructura la que oía fluir al compás de mi propia respiración entrecortada, lo que estaba en la página, al otro lado, el hombre de otra época, en un piso familiar de Praga que ya no existe, deletreando un conglomerado de culpa y opresión, de impureza y asombro, esa estructura con forma de hogar que también levantó edificios de compañía. Veo en la estantería a Chéjov y su Pabellón 6, añoro la sencilla voluptuosidad de Gao Xingjian en La montaña de alma.
Mi yo antiguo dialoga con mi yo presente y sólo puede entregarle un hatillo de recuerdos mordisqueados por los años, por la desmemoria y por la insuficiencia, que es lo que tenemos de mortales. Esa manzana clavada en alguna parte de nuestro cuerpo colectivo, ese proyectil que como un hilo rojo enlaza la mano del agresor al costado de la víctima, esa danza tremenda del fuego amigo entre los extraños moradores de una familia que lleva el ADN de las estrellas que mirábamos por la noche de pequeños.



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