Majareta, de Juan Manuel Gil (una crónica)
Yo, en la última silla de la última fila, resignado a no ver nada, me entrego a la tarea exclusiva de oír –que dice Pepo (aka Alejandro Pedregosa) es materia obligatoria de todo escritor– cómo Juanma explica lo inexplicable (una novela que no escribe nadie con un protagonista que no sale y un final al que no se llega nunca), y me digo que se está bien así, en los umbrales, de camuflaje, oyendo de fondo, como un rumor lejano, esta fiesta colectiva que en Juan Manuel Gil siempre es la literatura y de la que me voy un poco contagiado, sobre todo después del Sancho, donde Pepo nos cuenta cómo unió Marbella con la Real Sociedad y Juanma, cerveza en mano, conjura nuestras grietas colectivas desde su personal entusiasmo, el mismo con el que trasiega literatura y vida, ficción y verdad, como si fueran dos cosas distintas e iguales a la vez, dos cosas tan inexplicables como impredecibles.
Por eso el el escritor habrá querido irse, para hablarnos desde los demás, como Unamuno se habló a sí mismo desde su personaje, así Juanma, el escritor, se habla desde nosotros y nosotros desde su voz que me llega cansada y feliz al despedirnos, él hacia plaza Trinidad y yo hacia la última silla de la última fila donde repito para mis adentros que sí, que viene bien perder teorías y que, después de todo, yo tampoco quiero entenderlo.

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