Wilt, Tom Sharpe

Dentro y fuera de la trama, Wilt es todo un superviviente. Sobrevive a Eva, su mujer (desesperada busca vulgares sucedáneos de la Verdad), a la conspiración psicopática de su vecina, al cinismo institucional en sus colegas de docencia, a la brutalidad de sus alumnos (los buenos salvajes) y a la infinita torpeza de la policía (el Estado inoperante), pero también sobrevive a las desagradables imágenes de cubierta con que suelen acompañarlo y a la errática traducción que se ha mantenido canónica con las reediciones, la última no hace mucho.

Lo que empieza en un simple divertimento disparatado termina cerca del existencialismo: la necesidad de liberarse de dos de las instituciones opresivas por excelencia: el matrimonio y el trabajo. Es decir, cómo resolver casi heroicamente la eterna tensión con el otro cuando lo convertimos en becerro de oro al que amarrarse. Cómo merodear el Infinito desde lo burdo.

Tom Sharpe nos susurra desde una región sombría, muy adentro de nosotros, con un rictus en apariencia bufonesco pero en el fondo incitador, esclarecedor. Aquí hay cavernas y hay proyecciones que, una vez descifradas, devuelven una imagen especular de nuestra propia condición. Poca broma.






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