domingo, 20 de octubre de 2013

El rezagado feliz

Nadie se acuerda de él. O casi nadie. Revisaba la encuesta de la revista Quimera y solo uno de los encuestados incluye uno de sus libros en la lista de los treinta y cinco últimos años. Es otro poeta. Quizás comparte con él la condición de rezagado, aunque en este caso sea una cuestión más de convencimiento íntimo, de incomprensión un tanto lírica. 

El otro día, como lo haría un padre agradecido con su plebe, repasaba mi pequeña colección de libros de DVD. Entre Ashbery y Rilke, con el número 70 de la colección, rescaté de la estantería La lenta construcción de la palabra, de Lorenzo Plana. 

Me acuerdo de él con frecuencia. Por el escalpelo de sus versos que oscilan entre la ternura infantil y el lúcido desengaño. Por esos endecasílabos entrecortados, como mensajes autónomos que fueran explotando y liberando edades mientras los leemos. Pero también por un encuentro más que breve en Madrid a propósito de la presentación de un libro que ya no recuerdo. Está claro que esa noche lo que se me presentó fue el misterio del rezagado feliz. Y que aquella ráfaga de amistades significaba que algo de ese misterio también anidaba en mí. 

Así que me sentí como en casa pero estaba en un bar con un poeta del norte. Después, unos correos, pocos, y buscar sus libros para saciar la curiosidad. Cada vez que leo algo, al azar, celebro, como una ceremonia que ha caído en desuso, el acercamiento a mí mismo, el saber que sigo viviendo y que tampoco yo estoy a salvo en la memoria de otro que como tú, lector, has caído aquí sin saber nada más.


EL REZAGADO

Su cuerpo es un rincón que va hacia el alba.

La noche es la respuesta, aunque se pierda.

Las cosas deberían ser distintas,
vivir como quien traza
una fiesta insistente como un río.
Pero incluso la música es paciencia.

Al llegar a su casa
pide un poco de tiempo a la ventana:
la oscuridad, la luz, los ojos duros.

En las fotografías sigue joven.

La soledad de imaginarse muerto
le hace pensar con calma en sus pinturas,
en los libros que crecen en sus manos,
en una melodía del verde y libre océano.

Procura darse cuenta, saber si le requieren.
Pero sabe que hay sombras que prestan atención.

Y tal vez morirá rezagado y feliz,
porque sus prisas sólo son las nubes
de un mañana sin él: una ebriedad.

Ya no tiene más miedo.


La lenta construcción de la palabra
Lorenzo Plana
DVD editores, 2004





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