miércoles, 30 de octubre de 2013

Bartleby y los libros que nunca llegan

Siempre me pregunté cómo hacían los críticos o los aspirantes a crítico o simplemente los lectores interesados no ya para leer tantas novedades editoriales en tan poco tiempo –que también, pues las redes sociales están continuamente haciéndonos llegar este o aquel último libro del nuevo autor revelación o del viejo autor imprescindible–, sino para algo mucho más peregrino: para hacerse con ellos. Serán gente con dinero, pensaba, gente que invertirá mensualmente unos cien o doscientos euros en libros. Después, viendo que literatura y dinero –más si es literatura independiente– no casan bien, pensé que iban a bibliotecas públicas. Pero las bibliotecas públicas difícilmente están al día de lo que publica, por ejemplo, Lengua de Trapo o Caballo de Troya, ni siquiera Páginas de Espuma. Incluso llegué a pensar –pues conozco algún caso– que para estar al día bastaba con pasarse por las librerías, coger una de esas novedades y ojear varias páginas del principio, varias del medio y varias del final. 

Cualquiera de estas opciones es viable y a buen seguro alimentará a numerosos lectores amateurs de lo más reciente en publicaciones. Sin embargo, olvidaba otro forma de adquisición de libros, seguramente la más cómoda, la que menos cuesta –ni esfuerzo ni dinero– y la que, además, otorga un aura de relevancia y complacencia. Me refiero a los que mandan las mismas editoriales. Supongo que, una vez publican un libro nuevo, lo remiten a un listado de críticos, medios de comunicación y lectores más o menos influyentes. Así que entrar en esas listas debe de constar en el sistema de escalafones de la industria literaria.

Por supuesto, entre quienes de manera periódica o sólo puntualmente reciben o han recibido libros de alguna editorial hay también distintos grados. Pues bien, puedo contarme entre los que alguna vez –y casi siempre a petición de alguna web que intercedió para que hiciera la reseña– han encontrado en su buzón un libro dentro de un sobre. Para honrar a quien se lo merece, diré que fue El Gaviero la editorial que una vez me envió un libro por simple y llana cortesía. Además, he recibido algún libro de La Bella Varsovia y de Salto de Página, todos por encargo. 

Otra historia es lo que me sucedió con la editorial Bartleby, historia, como todas estas, a buen seguro insignificante pero que esta mañana he recordado con cierta simpatía. Como digo, las editoriales no suelen remitirme libros todas las semanas, ni todos los meses, ni siquiera todos los años. Así que cuando me informan de que va a llegarme alguno suele ser, si no un acontecimiento, sí un motivo de alegría y expectación. Eso ocurrió con Bartleby. Me iba a llegar para hacer la reseña un ejemplar de la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters. El libro alcanzó cierto "éxito" y, además, me apetecía leerlo. Esperé y esperé pacientemente durante meses hasta que la expectación pasó a ser sospecha y, finalmente, renuncia. 

Por aquel tiempo la misma editorial Bartleby organizó en Facebook un concurso en el que el primero que acertara la pregunta propuesta ganaba un premio. El premio era un ejemplar de la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters. Pensé que esta vez sí. Como quiera que era temprano y nadie más parecía haber madrugado, fui el primero que contestó correctamente la pregunta, de la que sólo recuerdo que cualquier lector de poesía mínimamente informado podría contestarla al instante. Alguien de la editorial me escribió un mensaje en Facebook dándome la enhorabuena y pidiéndome la dirección para enviarme el para mí ya preciado ejemplar. Bastantes meses después, me armé de valor y superé cierta vergüenza para preguntar a la editorial qué fue de aquel libro y de aquel concurso. Se extrañaron de mi mensaje y volvieron a pedirme mi dirección postal para, según dijeron, volver a enviármelo. Esta vez ya no era tan iluso. Además, sentí cierta incomodidad reclamando algo que, si bien me correspondía, revestía una gratuidad, un favor y una cortesía.

Como es de suponer, esta historia aún no tiene un final feliz, lo que quiere decir que o bien hay dos libros extraviados que no encontraron su lector originario, o bien hay dos libros que ni siquiera llegaron a tenerme a mí como promesa de lector. Por supuesto, aquella reseña nunca se hizo, yo no llegué a leer la antología y este asunto, por raro que parezca, tampoco llenó portadas de suplementos literarios. Con todo, no renuncio a encontrar algún día en mi buzón, como en el poema de René Depestre, algo inesperado.


FLORES EN EL BUZÓN

I
Esta mañana, una mano puso flores en tu buzón:
¿será acaso un sol que te escribe
desde una cárcel de tu país?
¿O es un telegrama —SOS de la luna—
que de repente ve venir
las amenazas del hombre?
¿Será el último árbol romántico
de Nueva Zelandia que quiere
intercambiar sellos contigo?
¿Desde cuándo la lluvia envía
mensajes cifrados a sus amigos?
Puede que sea la carta certificada
de un ruiseñor necesitado de dinero.
¿Y si fuera la carta anónima de un
cocodrilo, alcalde de una aldea tenebrosa?
¿o la carta de algún maldito presidente
vitalicio de la república?
¿o la de un tiburón notario de un país racista?
¿Quizás sean flores explosivas, dotadas
de un maravilloso mecanismo de acción
retardada, flores cultivadas
en los invernaderos del Ku Klux Klan?

II
Las llevo a mi oficina
para descifrar sus olorosos mensajes:
son flores del fondo del mar. Un olor
de marea alta invade mi casa. En la firma
de alga marina. Estas flores son
los besos de una princesa de alta mar,
es el alfabeto de su vida, la morsa
gloriosa de su sangre en flor.
Es el violento misterio de su cuerpo
cuando el orgasmo la proyecta conmigo
a la cima del reino vegetal. Ella,
desde el fondo de las aguas, me envía
las noticias de las hierbas inocentes
del mundo. Me da los buenos días de las
primeras mariposas del año, los buenos días
de los primeros peces y los primeros besos
de adolescentes que reclaman un poco de ternura,
de paz y dignidad, con una luz fresquísima,
para todos los ojos que acaban de llorar.


lunes, 28 de octubre de 2013

Los libros y la libertad, Emilio Lledó

Hace unos días una alumna de catorce años, con ese aire de simpática contrariedad propia de su adolescencia, me decía que no le veía la utilidad a hacer resúmenes, a extraer las ideas de un texto y, en definitiva, a leerlo. 

Hoy me he acordado de esta anécdota mientras leía los primeros capítulos de este libro con un título casi épico: Los libros y la libertad. Me habría gustado tener en ese momento la claridad de ideas y, sobre todo, disponer del caudal de conocimientos y del discurso sereno pero incisivo de Emilio Lledó. Le habría explicado que los seres humanos somos memoria y lenguaje, que la memoria aglutina y sustenta nuestra experiencia dándole una continuidad imprescindible para saber quiénes somos. Le habría contado que el hombre inventó la escritura como remedio a nuestra temporalidad, como un artificio para sujetar el río del tiempo. Que esa escritura nos permite dialogar con otros tiempos, recoge nuestros anhelos y los consolida en signos perdurables; nos ofrece, en fin, una compañía desinteresada en la presencia física del libro, que puede entonces definirse como un recipiente donde reposa el tiempo.

Las palabras de Emilio Lledó se revisten de una carga que la sabiduría y erudición por sí solas no alcanzan a justificar. Hay algo más, una gravidez, una hondura, un aliento y una fuerza para los que los signos lingüísticos, por sí solos, tampoco son suficientes. 

En un tiempo dominado por una cultura de masas que se perpetúa en la general conformidad con la ignorancia, un tiempo, el nuestro, caracterizado por un anestesiante exceso de información que convierte el conocimiento en mera "apariencia", todo cuanto existe queda reducido a mercancía, adquiere valor por su utilidad. Las palabras han caído en las redes del pragmatismo extremo y, en un proceso de simulación infinita, son utilizadas como herramientas de manipulación y olvido. Ante esto, Emilio Lledó reivindica la educación en la reflexión de la lengua que nos constituye. La educación es la única salida posible a este tiempo, a nosotros mismos, prisioneros, que esperamos ser liberados mediante el mismo lenguaje que somos. Sólo así, convirtiéndonos en habla, lograremos conocernos y desarrollar una mirada que no esté vacía.

El próximo día prometo hacerlo mejor.



Los libros y la libertad, Emilio Lledó. RBA, 2013.




sábado, 26 de octubre de 2013

Márgenes, Julio César Galán

La escritura es ese signo que quisiera detener el tiempo, detenerse en él y su mar significante. Un ambicioso signo que, sin embargo, precisa de poco: la mirada del niño. Él solo conoce el juego y convierte en un azar la suma de letras. Su juego es fantástico, habla de transformaciones, une las sílabas con una voluntad de prestidigitador. Nombra el mundo señalando la fantasía con el dedo, ancla su realidad liberando el magma de la memoria. 

El niño está suelto en el mundo de significados. La experiencia de sus días van cobrando sentido y unidad gracias al hilo de la memoria. Por eso escarba con la mano en la tierra, sólo que la mano es un corazón y la tierra es tiempo. Así se reestructura un interior. Su yo anímico, esa otra vida que no se ve, está aprendiendo con los pájaros, los árboles, las nubes, un escenario mítico del deseo, donde éste es manoseado para que hable.

El niño que juega a cantar cumple también un oficio de esperanza. Los límites de la existencia son una amenaza. La identidad se disuelve en ellos. Él es la infancia eterna, él es la pérdida. Contra ella, el lenguaje. Varear el silabario: remover el árbol de las palabras mientras la naturaleza reclama unidad: la madre fue la pérdida primera. Todo converge hacia la unidad de la que la muerte no es sino reafirmación en la vida.


VERANO

el grillo: noche de verano
           parpadeo: fotografío
                    tu cuerpo
quiero quedar en la pupila
aquello que fue siempre cíclico
            las palmeras se contonean
                     para decir adiós
una canción para decir adiós

fuegos artificiales en el agua
la noche de San Juan
            esos barcos relucen
            en lo negro movible: ¿nuestra tumba?
dame tu mano
           las hogueras descubren
           la isla que espera dentro

                        *     *     *

¿anhelamos perder
para amar lo perdido?
pero olvidamos que la muerte
solo nos hunde en la belleza

                        *     *     *
ala o vela: el cielo es un anuncio de dentífricos
vela alta sin historia se abrirá el mundo en el último
pase de las clavias: líquida eternidad de la vista
isla sin bordes en donde me curé comienza a desprenderse
el cielo sobre el mar y las luces se filtran por los poros

          de las  dunas azules
                    por el tronco en espiral del olivo
sin nadie en este tiempo
          en este tiempo de verano
sin recuerdos ni dogmas
          dime la gran respuesta
                                             dímela





Márgenes, Julio César Galán. Pre-textos, 2012

miércoles, 23 de octubre de 2013

Destrucción de la mañana, José María Fonollosa

Escribe –supuestamente– José María Fonollosa el 9 de agosto de 1962 a José Luis Cano, en respuesta a una carta previa, lo siguiente: 

Aunque no lo parezca, me ha costado mucho llegar a esta "falta de poesía", a este ascetismo del lenguaje, a este buscar el alma de la poesía, despojándola de adornos, aun de los más efectivos. [...] Estoy decidido a no hacer ninguna concesión de ningún tipo, buscando producir el impacto emocional con el mínimo posible de elementos tradicionales en el poema. Será una obra pura auténticamente libre. [...] No puedo, no debo hacer concesiones; tengo que llegar a la concisión, la síntesis máxima, a la clave de la poesía; pero no por la imagen brillante, sino por el caudal emotivo de la situación, con el uso de palabras sencillas en las que también, como en todo, hay poesía.

Esta economía de medios respondería a la voluntad de llegar al lector. Hablarle en palabras que entienda, de cosas en las que se reconozca, para, quizás, decirle que está solo pero que no está tan solo. La poesía, tan minoritaria, siempre ambicionando la comunidad. Y a la comunidad se llega, parece, sin hacer concesiones, con la oralidad y empleándose en aquello que nos hermana: la soledad de quien llega de noche a casa. 

El libro Destrucción de la mañana, según el mismo Fonollosa, lo forman los poemas que iban a ser la primera parte de una trilogía que completarían Los rezagados y Tú, cotidiana. La soledad intelectual, la soledad física del que va solo por la vida y la soledad física del que va acompañado por la vida serían, respectivamente, la temática de cada uno de estos libros. Un proyecto silencioso condenado a quedar inconcluso. 

El propio título, Destrucción de la mañana, contiene ya, como una transposición, la pesada contienda del corazón que, con su incesante sístole y diástole, parece recordarnos la naturaleza conflictiva de nuestra existencia: acción y reacción, presencia y ausencia, vida y muerte. Dos polos en difícil convivencia que vuelven a repetirse en la misma estructura de los poemas. Por ejemplo, el poema número 12:

Si pudiera volver a mi pasado...
Quizás en mi pasado ella sí estaba
y yo no supe verla. Está tal vez
en él aún esperando y yo lo ignoro.

No es posible volver. Nada es posible.
Es todo tan distinto a lo soñado.
He de seguir en mi hoy. Confuso. Solo.
Aislado. Limitado yo a mí mismo.

La primera persona, recordada con insistencia, contribuye a que el lector se sienta dentro de un poema que comienza con el "si" condicional y el "pudiera" subjuntivo, ambos elementos que liberan el discurso del presente y lo levantan a un tiempo soñado, deseado, imposible. El yo divaga con una posibilidad que nace, quizás, únicamente del anhelo irrealizable. 

La segunda estrofa devuelve al sujeto a su realidad, le fija los pies en la tierra. Solo es real el presente, un hoy desprovisto de ese aire de ensueño en el que por un momento roza la ilusión de una esperanza. Un presente al que se vuelve en soledad, enclaustrado en las cuatro paredes de nuestro interior, marcadas aquí con la repetición de los pronombres de primera persona "yo" y "mí".

Fonollosa crea su obra en estricta coherencia con su poética. Una poética desnuda, desposeída del cansado lirismo, sin ornamentos metafóricos o léxicos, para retratar al individuo y su condición de aislamiento e incomunicación ante la cual, en poética contradicción, estos poemas quieren ser remedio. 



martes, 22 de octubre de 2013

Iván Repila: una buena noticia

Una de las mejores noticias editoriales del año 2013 ha sido la publicación de El niño que robó el caballo de Atila, un libro asombroso cuya lectura no dejo de recomendar. Sin embargo, el talento y el éxito son conceptos un tanto distantes, de difícil avenencia, y casi diría que a menudo entablan una relación contraproducente. Poco tiempo después de su publicación, la editorial Libros del Silencio sufría un duro golpe con la pérdida de su fundador, lo que acabaría siendo el primer paso hacia el cierre. Así que uno de los libros más originales y contundentes de los últimos años parecía estar abocado a la desaparición física y con ello a convertirse en otro de esos ejemplares difíciles de conseguir en librerías de saldo.

Por eso, hay que alegrarse doblemente de que la editorial italiana Sellerio Editore se haya hecho con los derechos de esta obra y asegure así su pervivencia entre nuevos lectores. Alegría por el libro, que no puede perderse en ningún pozo cavado por ninguna crisis, y alegría por el autor, con quien he intercambiado algunos correos para una actividad que al final no salió, pero que al menos me ha servido para conocer su trato amable y cercano.

Enhorabuena.

domingo, 20 de octubre de 2013

El rezagado feliz

Nadie se acuerda de él. O casi nadie. Revisaba la encuesta de la revista Quimera y solo uno de los encuestados incluye uno de sus libros en la lista de los treinta y cinco últimos años. Es otro poeta. Quizás comparte con él la condición de rezagado, aunque en este caso sea una cuestión más de convencimiento íntimo, de incomprensión un tanto lírica. 

El otro día, como lo haría un padre agradecido con su plebe, repasaba mi pequeña colección de libros de DVD. Entre Ashbery y Rilke, con el número 70 de la colección, rescaté de la estantería La lenta construcción de la palabra, de Lorenzo Plana. 

Me acuerdo de él con frecuencia. Por el escalpelo de sus versos que oscilan entre la ternura infantil y el lúcido desengaño. Por esos endecasílabos entrecortados, como mensajes autónomos que fueran explotando y liberando edades mientras los leemos. Pero también por un encuentro más que breve en Madrid a propósito de la presentación de un libro que ya no recuerdo. Está claro que esa noche lo que se me presentó fue el misterio del rezagado feliz. Y que aquella ráfaga de amistades significaba que algo de ese misterio también anidaba en mí. 

Así que me sentí como en casa pero estaba en un bar con un poeta del norte. Después, unos correos, pocos, y buscar sus libros para saciar la curiosidad. Cada vez que leo algo, al azar, celebro, como una ceremonia que ha caído en desuso, el acercamiento a mí mismo, el saber que sigo viviendo y que tampoco yo estoy a salvo en la memoria de otro que como tú, lector, has caído aquí sin saber nada más.


EL REZAGADO

Su cuerpo es un rincón que va hacia el alba.

La noche es la respuesta, aunque se pierda.

Las cosas deberían ser distintas,
vivir como quien traza
una fiesta insistente como un río.
Pero incluso la música es paciencia.

Al llegar a su casa
pide un poco de tiempo a la ventana:
la oscuridad, la luz, los ojos duros.

En las fotografías sigue joven.

La soledad de imaginarse muerto
le hace pensar con calma en sus pinturas,
en los libros que crecen en sus manos,
en una melodía del verde y libre océano.

Procura darse cuenta, saber si le requieren.
Pero sabe que hay sombras que prestan atención.

Y tal vez morirá rezagado y feliz,
porque sus prisas sólo son las nubes
de un mañana sin él: una ebriedad.

Ya no tiene más miedo.


La lenta construcción de la palabra
Lorenzo Plana
DVD editores, 2004





lunes, 14 de octubre de 2013

"Treinta y cinco años de poesía española", en Quimera

En el número de octubre la revista Quimera incluye los resultados de una encuesta realizada a poetas, críticos y editores con el siguiente título: Treinta y cinco años de poesía española. Se pedía a los encuestados una selección de diez libros de poesía de autores españoles, editados por primera vez durante los últimos treinta y cinco años en España. Quedaban excluidas las obras completas y las antologías. Y, claro, escritos en castellano.

Los diez libros que obtuvieron mayor número de votos fueron los siguientes:

1. Libro del frío, Antonio Gamoneda.
2. Cuaderno de Nueva York, José Hierro.
3. Casi una leyenda, Claudio Rodríguez.
4. Descripción de la mentira, Antonio Gamoneda.
5. No amanece el cantor, J. A. Valente.
6. Fragmentos de un libro futuro, J. A. Valente.
7. De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, Blanca Andreu.
8. El otoño de las rosas, Francisco Brines.
9. La tumba de Keats, Juan Carlos Mestre.
10. Y todos estábamos vivos, Olvido García Valdés.

Sin embargo, creo que lo más interesante, aparte estos diez libros más o menos "indiscutibles", ha sido echar un vistazo a lo que han propuesto los encuestados. Interesante, digo, repasar no ya los clásicos –en los que ha habido cierto acuerdo general– sino los libros que algunos poetas han seleccionado de otros poetas de su misma generación, incluso qué poeta se ha incluido a sí misma en la lista de los mejores libros de los últimos treinta y cinco años. 

Este juego de adhesiones, compromisos quizás, se comprende si tenemos en cuenta que los encuestados estaban avisados de que la lista de votaciones se haría pública. La duda que me queda es la de saber si la lista cambiaría mucho si se hubiera hecho otra votación paralela, totalmente secreta.