miércoles, 27 de agosto de 2014

La precesión del simulacro

Las reiteradas muestras y exhibiciones de fairplay en el universo futbolístico, valiéndose a menudo de la candidez e inocencia del niño como insignia, vienen a esconder precisamente que el cacareado fairplay es quizás aquello que de facto no hay en casi ningún aspecto relacionado con el fútbol.


La FI(L)FA, con su tremenda maquinaria de espectáculo detrás, se especializa en esta práctica disuasoria consistente en la construcción y escenificación de los signos, como neones y fuegos artificiales, que no hacen sino disimular justamente la ausencia de aquello que celebran: el fairplay.


Lo mismo ocurre con todo tipo de galas benéficas o iniciativas de concienciación. La reciente moda del ‘ice-bucket’ sigue esta línea de espectacularización de unos signos artificiosos cuyo referente sencillamente no existe. Para entendernos, el vídeo echándose el cubo de agua fría por encima es el signo espectacular y vacío, que se retroalimenta con la voluntad de viralización al retar a tres nuevos significantes vacíos; el referente inexistente es la enfermedad de ELA, que de ser el núcleo y justificante ha pasado a un segundo plano ante la fuerza parasitaria del fenómeno en redes sociales e informativos televisivos, para finalmente desaparecer, quedando el signo vacío, la simulación, como sustituto de una realidad extinta. Por último, para salvaguardar la producción de signos vacíos, el sistema reacciona reafirmando la realidad anulada.

En conjunto, se escenifica una realidad, un concepto, (el fairplay o la concienciación sobre el ELA) para celebrar que no existe. El referente, la vida, no existen. Lo que quedan son signos vacíos como drama litúrgico de la sociedad de masas.

Baudrillard ofrece en 'La precesión del simulacro', primer capítulo del libro Cultura y simulacro, suficientes claves para aplicar una mirada analítica a nuestra sociedad. Entrar en el mundo de Baudrillard es un camino sin retorno. Una vez que se ha vislumbrado algo luminoso, las sombras cotidianas se vuelven más claras, más monstruosas. Como siempre, la última palabra la tiene el lector: poner los ojos en el televisor o en el libro es sólo decisión suya.
 
 
  

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