domingo, 31 de agosto de 2014

Vicisitudes de un leedor impaciente

La contumaz programación de Divinity me ha enseñado, entre otras cosas, que una persona que padece el trastorno conocido comúnmente como Síndrome de Diógenes también puede llamarse, más a lo bruto,  "acaparador". Pues bien, mi instinto, quiero decir mi trastorno acaparador me llevó a pedir, hace ya un año –¿o dos?– este libro en la librería, a la sazón recientemente descubierta, Juan de Mairena de Granada. Libro nuevo de joven autor premiado, colección de narrativa breve en Pre-textos, sugerente fotografía en la cubierta de mujer caminando por el arcén de una carretera (no es baladí: así me pasó con Michon); reunía todos los requisitos para enfangarse en él.

Varios han sido ya los intentos de lectura de este libro al que me aventuré tras la simple referencia –eso sí, muy elogiosa– de un escritor y crítico en una red social. El primer intento, sin embargo, creo que terminó en un amodorramiento del que me auto-exculpé  levantando la ceja con soberbia: «Es el libro, que no...». Ese no sedimentó en mi lecho de expectativas condenando al inocente libro a un limbo con hilo musical y sillas en fila. Casualmente, cerca de la sección de poesía, últimamente asimismo agraviada, como la misma vida.

El buen ánimo que a algunos suele infundirnos el periodo vacacional –transformándonos en seres paradójicamente motivados, enérgicos, incluso ilusionados– me arrojó por el terraplén que yo mismo había ido cavando con mimo y desgana, dos cosas no excluyentes en absoluto. Allí estaba de nuevo este libro con título endecasílabo –lo que explicaba (?) la proximidad con la sección de poesía–. Y a su lectura me lancé de nuevo, como digo, investido de esa fuerza, a más física, con que las vacaciones hacen su divertimento de viejo señor condescendiente mirando las palomas.

Esta vez la lectura avanzó algo más pero en la misma dirección que la primera. Con un nuevo «este libro, que no...» zanjé mis ilusiones, a estas alturas ya deterioradas por la inminente llegada de septiembre, esa nube negra que siempre parece decir «mira que ya te lo dije».

Hace unos días, ya sin coraza estival, exento como siempre, abandonado al cuerpo a cuerpo, el habitual ovillo de dudas y desánimo me acogió dulcemente –por fin en casa– y, con el libro en las manos, comencé a entender.

El azar quiso que hoy leyera bajo una fotografía en blanco y negro de su autor, la frase célebre que aquí recreo de memoria: «Soy grande, soy contradictorio. Contengo multitudes». Walt Whitman, esa doble uve al cuadrado, como el Unamuno intempestivo de las cinco de la madrugada; así yo, me digo en un intento por disimular el poco asiento de mi cabeza, soy capaz de distintas lecturas de una misma cosa, contengo multitudes.

De la brillantez y el talento de Cristian Crusat escribiendo relatos hablaré algún día, si la contradicción, septiembre y el ovillo me dejan.

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