viernes, 29 de agosto de 2014

El ataque preventivo y la especie en el alambre

Cuando Gilgamesh conoce la presencia de Humbaba en el bosque, desoyendo el consejo de Enkidu y creyendo proteger de ese modo a su pueblo frente a aquella extraña criatura, decide matarlo. Este primer ataque preventivo, justificado por el miedo a lo desconocido, es uno de los comportamientos que mejor nos definen como especie. La violencia, consustancial al hombre, ha inspirado grandes obras, por ejemplo en el cine la desasosegante y memorable Funny games, de Haneke, o La naranja mecánica, de Kubrick.

Si a la extinción del hombre le sucede en la Tierra una nueva era de vida inteligente, a saber liderada por los mapaches, a buen seguro se interesarán por aquella antigua especie, otrora dominadora de cuanto existía, que acabó por destruirse a sí misma, capaz de la belleza y la barbarie a partes iguales.

Aquellos seres bípedos, erectos, pensarán, establecieron jerarquías en función de relaciones de poder. Los más fuertes primero, los más ricos después, persuadieron a los demás de que vivían en el mejor de los mundos; colmaron sus vidas con necesidades adquiridas. Así, mientras unos dedicaban sus días a comprar interminablemente la última vestimenta del mercado, a ir regularmente a grandes superficies mecanizadas donde muscularse o broncearse artificialmente, o mirar durante horas en pantallas HD los fuegos fatuos que resumían su forma de vida; sin tener que elegir nada aparte de la talla de su ropa de última moda, la marca de la pantalla o la tarifa más económica para estar siempre virtualmente conectado, los otros, mientras, agrandaban y perpetuaban su poder.

Los mapaches, entonces, estudiarán la relación entre dos hechos: el primero, que aquella lejana y portentosa especie, ya extinta, fuera eminentemente patriarcal, de principio a fin; el segundo, su probada tendencia a la autodestrucción.

Descubrirán, al remover la tierra para sus nuevas construcciones, capós de coches rayados por llaves insidiosas, casquillos de proyectiles usados entre iguales, radiografías de pulmones comidos por el cáncer, restos inútiles de maquinaria procedente de grandes compañías tabacaleras, tomos de leyes desglosadas en interminables epígrafes, bellas calaveras de mujeres que, a juzgar por la posición en que se encontraron, sentían la necesidad de abrazar.

Algún mapache, investigador perspicaz y perseverante, limpiará de polvo, reconstruirá los pedazos rotos y desentrañará aquella elaborada escritura de signos lineales; comprenderá que la especie que levantó su imperio, dominando y sometiendo la Tierra durante varios miles de años, había dejado por escrito, desde los albores de su existencia, los motivos que, mucho después, apenas un suspiro de tiempo, le llevarían a su propia desaparición.

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