lunes, 23 de marzo de 2015

'Subway & Pamela', Louie

Un día son muchas cosas. Aunque es cierto que un día no es nada, pero un día también son muchas cosas. Los diminutos rituales que oficiamos desde que aún no hemos salido de la cama, consagrándonos a cada nueva y laboriosa epifanía, cada anunciación de la cómoda nada en la que, con suerte, acabamos. Porque la inutilidad de cada cosa que hacemos es una de las grandes verdades que tenemos. Por supuesto, como toda verdad, se desmiente a sí misma, se dice "estoy de broma, no, en serio, estoy de broma". Aún con las migajas del sueño, nos despertarnos abruptamente y todavía podemos vislumbrar entre la niebla de nuestra memoria un rostro, un lugar, una emoción. Luego, nada. Luego, los rituales de la nada. Uno de ellos es ver Louie bien temprano mientras acunas al hijo. Hoy tocaba el capítulo sexto de la segunda temporada, Subway & Pamela. El título en dos gajos, con voluntad de simetría, refleja bien la condición dicotómica, bipolar, en lidia constante, de nuestras propias vidas. Y, sólo diez segundos después, descubrimos que asistimos a una lección magistral, una de esas que, al recibirlas, por su singularidad y excepcionalidad, reconocemos y en ellas nos reconocemos al instante. Entonces acabamos pensando, a secas; un pensamiento, un haz de luz en el ambiente aséptico de la habitación a las diez de la mañana. Pensamos en que otra materia gris ha conectado con la nuestra. Se ha producido un contacto, un trasvase, una comunicación, hemos recibido algo. Y sentimos la necesidad de devolver este favor que se nos ha hecho, hacer extensible esta dádiva y continuar la cadena de pensamientos y emociones que pone en funcionamiento alguna idea remota y en cuyo viaje al infinito ensarta aquí y allí cuantas materias grises se encuentra. Apuntamos: poesía es inteligencia más honestidad. La inteligencia es la que hace posible el humor, la ironía, el cinismo, la elección de las palabras adecuadas, el uso de las metáforas justas. La honestidad implica, por un lado, la valentía de exponerse a lo público y, por otro, la amenaza de la no correspondencia y, en último término, del rechazo. Andar por esa cuerda floja que tan vivos nos hace sentir. Seguimos apuntando: la emoción ante el mundo y cómo el propio mundo es un obstáculo para esa emoción. Otra vez la contradicción, la naturaleza bicorne, antitética, autolesiva, autoainquiladora. Otra vez el ser humano. Una de las grandes verdades que, como tal, se refuta a sí misma. Se cuestiona y se aniquila ella sola. Como cada hora que pasa. Como cada día que, siendo tantas cosas, no es nada.









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