domingo, 29 de marzo de 2015

El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince

¿Por qué había cedido mi papá, que había estudiado en colegios públicos laicos, y había permitido que a mí me educaran en un colegio privado confesional? Supongo que tuvo que resignarse a eso ante la ineluctable decadencia que hubo en Colombia, hacia los años sesenta y setenta, de la educación púbica. Debido a los profesores mal pagos y mal escogidos, agrupados en sindicatos voraces que permitían la mediocridad y alimentaban la pereza intelectual, debido a la falta de apoyo estatal que ya no veía en la instrucción pública la mayor prioridad (pues las élites que gobernaban preferían educar a sus hijos en colegios privados y el pueblo que se las arreglara como mejor pudiera), a causa también de la pérdida del prestigio y el estatus de la profesión docente, y la pauperización y crecimiento desmedido de la población más pobre, por este conjunto de motivos, y muchos otros, la escuela pública y laica entró en un proceso de decadencia del que todavía no se recupera. Por eso mi papá, molesto pero resignado, incapaz de negar la realidad, había dejado que mi mamá, más práctica, se encargara de la elección de colegio, uno femenino para mis hermanas y uno masculino para mí, necesariamente privado, que en el caso de Medellín era también sinónimo de religioso.

Coincidiendo con una reciente entrevista a Joan Margarit donde habla de pasada de algunos de los males de nuestra educación; coincidiendo también con la publicación de El maestro, de Màrius Mollà, una novela que recupera la revolución educativa que supuso La Escuela Moderna a principios del siglo XX; y coincidiendo con el desastre educativo y social en el que se ha instalado este país sin cultura ni gracia, creo oportuno transcribir este párrafo del libro en el que estoy inmerso, El olvido que seremos, maravillosa obra del colombiano Héctor Abad Faciolince, su personal canto emocionado a la figura del padre asesinado que sirve, de paso, de celebración y canto a la libertad, al amor y a la vida. Y añado una conclusión: el hombre no es el animal que tropieza dos veces en la misma piedra. El hombre es la piedra en el camino. 

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