jueves, 3 de enero de 2013

Belinda y el monstruo, Luis Magrinyà

Belinda y el monstruo
Luis Magrinyà
DEBOLSILLO
2006



Leer este relato largo de Luis Magrinyà, al límite de la novela corta, es acordarse de Tolstói, por lo cabal y lo fascinante de una sintaxis de la que sólo un experto cirujano del lenguaje es capaz. Por momentos la lectura desdeña el objetivo previsible de llegar al sentido último de la trama por otro de círculos concéntricos: el de recrearse en la vida independiente de las palabras, en su plasticidad evocadora, el de darse al dominio del lenguaje de un Magrinyà del que debiera hablarse más y al que debiera leerse más.

Belinda y el monstruo nos presenta una historia, real y fantástica a un tiempo, que plantea profundos interrogantes -"¿Puede el amor sustentarse en la más feroz de las desigualdades?"- a la vez que establece un juego con la propia estructura narrativa. Un narrador provisional que hace continuas menciones sobre el propio hecho de contar esa historia y que en algún momento cede la misma narración a otro personaje.

Una tremenda capacidad narrativa, digresiones amenas, casi justificables por sí mismas, ironía y distanciamiento justo para convertirse en elegante provocación. Parecen motivos suficientes. Añadámosle la deferencia -inteligencia- de permitir al lector decantarse por cualquiera de las dos interpretaciones sugeridas al final de este preciosista artificio literario. Todos tenemos que elegir, procurarnos una salida. Belinda, la bella, la desfigurada, nos invita a hacerlo. Triunfar o fracasar es secundario a veces. Hay que elegir.



Pues con frecuencia volvemos sobre el asunto, y el tiempo nos advierte, con serenidad misteriosa, de que nunca habremos de dejar de hacerlo, y discutiendo sin influirnos sus horrores y hermosuras, llegamos siempre a un silencio del que sólo podemos escapar pronunciando una conclusión. Cada uno tiene, en este sentido, su propia salida: yo espero a que él se manifieste primero, amparándome infantilmente en el poder tiránico de la última palabra. Pero el círculo no se altera, y quizás repetirlo no nos haga, después de todo, sentir mejor:

-Es su triunfo -dice él.

-Es su fracaso.

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