viernes, 18 de enero de 2013

El tiempo menos solo, Abraham Gragera


El tiempo menos solo
Abraham Gragera
Pre-textos, 2012
Colección La Cruz del Sur


Crecí pensando que escribir de una determinada manera, siguiendo unos determinados esquemas formales, estaba pasado de moda. La moda, entonces, venía dictada por un discurso más, digamos, entendible, un léxico de uso diario, una poética que reconciliara al lector con la poesía. Después nos agarró esa otra moda moderna o posmoderna, no sé, de fragmentar las cosas, de coger la ola buena eliotiana, el buen Ashbery. Todo iba rápido y uno tenía que apresurarse. El endecasílabo bajo sospecha, el poema en prosa socorrido, Bukowski, Carver, Bolaño, realismo sucio, irracionalismo, el afterpop. Uno se pierde. Y, perdido, entiende que es mejor guardarse de escribir, al menos un tiempo, y echarse a leer. Después de todo, leer es otra forma de escribir. Quizás los libros que uno no escribiría nunca o los que uno querría escribir si pudiera. O sencillamente los libros que otro tiene que escribir para accionar algún mecanismo. Porque, de vez en cuando, aparece un libro que justifica nuestra paciencia y nuestra entrega. Y ahí está uno, leyendo unas páginas en las que se descubre, unos versos que nos contienen, un libro que nos dice.

El tiempo menos solo es el nuevo libro de Abraham Gragera. Todo un acontecimiento –en la modesta escala poética–, tras los casi ocho años transcurridos desde el primero, Adiós a la época de los grandes caracteres (Pre-textos, 2005). Martín López-Vega habla del tic imitativo que suscitó este debut, a su juicio, debido a que no fue bien entendido. Este segundo vendría a confirmar la propuesta del primero: una renovación formal basada en la “lectura honda y reveladora de la tradición”. El fruto de la contención y la coherencia es este libro que, con apenas dos meses en la sección de novedades, va camino de convertirse ya en un clásico. Si, como dice Italo Calvino, un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir, El tiempo menos solo ya lo es. Propone suficientes argumentos para abordar nuestra propia existencia y condición, para,  en palabras de Ángel Gabilondo, “sentir bien acompañada nuestra soledad”.

Abraham Gragera es un poeta de cualquier época nacido cerca del siglo XXI. Su inteligente y rico diálogo con la tradición se refleja en poemas portentosos, como “Los años mudos” o “Remoto figurado”, que piden ser releídos en voz alta como cuando intentamos memorizar algo que nos toca. Sentirnos llamados e incluidos en esa meditación por momentos iluminada sobre el hombre y su tiempo, sobre el hombre y su tarea en el tiempo y en el lenguaje, un suave misticismo, entre lo hímnico y lo elegíaco, que constituye un elogio de la poesía desde ella misma, sin recurrir a modas. Enseguida uno lo reconoce: aquí hay poesía. Poesía, además, rara, poco común: un nuevo clasicismo que recupera estrofas tan difíciles como la sextina o la décima con la eficacia de quien sabe que para decirlo hondo hay que decirlo sencillo. ("Por qué es difícil escribir, / por qué no basta / el simple amor...") Una poesía que recoge piezas tradicionales como la albada, que se enriquece con el recurso de la écfrasis que motiva el poema “La novia judía (Rembrandt)”, en un diálogo abierto y constante con la tradición pero sin caer en el culturalismo. Sin caer en nada, y aquí está el mérito, el de la palabra justa y necesaria.

El trabajo del poeta, escribía Rilke, era el de nombrar las cosas. Gragera está en esta misma encrucijada (“se muere cuando no nos queda a nadie quien decir”) y, de paso, nos convoca a nosotros, lectores, a reunirnos con algo también raro, poco común: la gran poesía.




LAGUNA

Y el ángel dijo entonces: te enseñaré qué pintan ahora los maestros antiguos. Y me llevó a otra sala, y me mostró un paisaje: una laguna de aguas verdiazules, con huellas de un naufragio, y una multitud en cada orilla.
Quiénes son, pregunté; por qué lloran.
Los que nacieron en el siglo de la muerte de la muerte, respondió; los que ya nunca podrán cruzar al otro lado.

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