sábado, 12 de enero de 2013

No leer, Alejandro Zambra


No leer
Alejandro Zambra
Alpha Decay
2010


Autores chilenos como Enrique Lihn, Roberto Bolaño, Nicanor Parra, Gonzalo Millán o Diamela Eltit; latinoamericanos como Cortázar, Mario Levrero, Onetti o Borges; y de lo que no es Chile ni Latinoamérica como Pavese, Tanizaki, Natalia Ginzburg, Coetzee o Buzzati. En No leer se dan cita tantos autores que es necesario un índice onomástico al final. Todo en 226 páginas y a lo largo de cuarenta y siete ensayos, de extensión variada, pero por lo general de dos páginas, a modo de itinerario de libros de Alejandro Zambra, crítico literario, escritor y, fundamentalmente, lector.

Interesantes son las reflexiones del Zambra crítico, siempre atenazado por la obligación de leer todo tipo de libros –incluso los buenos– y, al mismo tiempo, el deseo de escapar de algunos, de no leerlos. Interesantes las del Zambra escritor cuando dice que lo que distingue a la poesía de la novela es escribir hacia abajo o hacia la derecha; o cuando ensaya una explicación o una justificación de sus propias novelas y concluye que “toda literatura es, finalmente, una falla”. Y, por último, interesante es esta guía de lecturas conformada por una vida de dedicación y disfrute, la del Zambra lector, con y alrededor de los libros. Los lectores gustarán en especial las anécdotas de quien vive la lectura como una necesidad: qué hacer con los libros cuando se viaja, aquellos libros que prestamos y no nos devolvieron o los que fotocopiamos entonces, cuando aún no existía internet.

No leer convoca a integrar esa comunidad de lectores invisibles que, desde las variadísimas e insondables razones que nos impulsan a cada uno, gustan de darse cita de vez en cuando en el interior de un libro. Allí, donde todos somos iguales, donde todos somos nadie, reconocemos a veces que está en juego lo importante, lo único que podría salvarnos. Esa virtualidad primitiva, previa incluso a la invención de internet, que se llama literatura. Literatura y libros, dos conceptos tan ilusionantes como odiosos, en torno a los cuales se construyen vidas enteras. La del mundo, por ejemplo. Por este elogio de la lectura personal y colectivo, concedámosle a Alejandro Zambra lo que merece: nuestra simpatía, al menos, lo que duren las 226 páginas.



CONTRA LOS POETAS (I)

     A los veinte años ya acumulan experiencias importantes: han publicado poemas en revistas y antologías, han participado en talleres, han escrito artículos para anuarios escolares y quizás han concedido una o dos precoces entrevistas. Ya tienen listos sus primeros libros, que están a punto de aparecer en editoriales emergentes. Son libros muy malos, pero por ahora eso no importa. (...) 

      A los veinticinco años ya han renegado de esos primeros poemas, que consideran lejanos pecados de juventud. Esperan encontrar pronto la madurez como poetas, que a ellos les importa mucho más que la madurez como personas. El segundo libro cumple con creces el objetivo: no es bueno, pero indudablemente es mejor que el primero. Dicen estar todavía buscando una voz propia. (...) 

     A los treinta años ya han sufrido varios desengaños. Han sido incluidos en antologías nacionales y latinoamericanas, pero han sido excluidos de otras tantas publicaciones y les cuesta muchísimo aceptarlo. Por momentos escriben solamente para demostrar cuán arbitrarias han sido esas exclusiones. Han publicado, a estas alturas, tres libros de poesía. (...) En sus reseñas biográficas se afirma que han participado en más de trece -en catorce- encuentros de poetas y que sus libros han sido parcialmente traducidos al italiano. En realidad les han traducido solamente un poema, pero da lo mismo: los han traducido, eso ya es mérito suficiente.

     Recién a los treintaicinco años comienzan a incomodarse cuando los presentan como poetas jóvenes. Ahora dictan talleres en los que aconsejan a sus alumnos que eviten los gerundios, que cuiden los adjetivos, que les declaren la guerra a los puntos suspensivos y a los signos de exclamación. Les inculcan la suprema libertad creadora, pero les prohíben una lista bastante larga de palabras: vacío, angustia, desolación, desesperación, crepúsculo, ocaso, alma, espíritu, corazón, vagina. Les hablan de melopoeia, de fanopoeia y de logopoeia, pero se enredan un poco en la explicación. Se enamoran de poetas de dieciséis años y las comparan con Alejandra Pizarnik, pero nunca han visto una foto de Alejandra Pizarnik.
     A los cuarenta años a nadie se le ocurre presentarlos como poetas jóvenes, pues sus caras y sus barrigas han cambiado de forma tal vez irreversible. Los poetas experimentan con mayor sufrimiento que el común de la gente la llamada crisis de los cuarenta. No decidieron ser poetas para tener cuarenta años. (...)

     Da lástima verlos junto al teléfono, esperando la noticia de un premio, de una pensión del gobierno, de un homenaje, de un viajecito al sur, lo que sea. Parecen niños asustados, adolescentes ya muy viejos para suicidarse. 

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