domingo, 28 de julio de 2013

"La intuición empírica del pájaro...", de Olvido García Valdés

La intuición empírica del pájaro le lleva
a elegir el farol que un saledizo ampara
para ampararse él mismo del invierno.
Quisiera que mi intuición supiera
elegir, ver de qué modo 
la noche pudiera quedar fuera
(víscera de cavernas magulladas,
náusea y frío o aquella pesadumbre
sin raíz). Quisiera señalar y
(llamando a la hermosura) decir:
ven; que el corazón fuera ligero
y mirara y al mirar dijera: te amo,
como un ángel de Giotto que bajara
hasta Joaquín. Te amo,
debió de sentir que le decía,
y que quería decir: puedes amar.

Y todos estábamos vivos
Olvido García Valdés
Tusquets, 2006



No se destaca del pájaro las alas, el vuelo, el trino. Se destaca el instinto de protegerse, la intuición para elegir la mejor opción. Este hecho tan sencillo desata, por comparación, por contraste entre el tener y el no tener, el ser y el no ser, un anhelo que pone en juego la condición misma del que mira. Mirar es desear y se desea algo en virtud de una falta. La conciencia humana, que conoce su falta, su privación, su expulsión del paraíso, anhela –porque recuerda– una inconsciencia animal más certera, más natural, que sabe elegir y elige, pues es lo natural, el amparo. El ser humano anhela esa capacidad de ponerse en juego en cada elección. Anhela jugarse la vida en un gesto, algo que el yo humano y anhelante imagina parecido a una declaración, o mejor, a la comunicación de la potencialidad de amar y ser amado. Así el poema se vuelve natural, sencillo, con la dicción y el fraseo casi dictados por ese corazón que, teóricamente, es decir de manera no empírica, hila terminaciones ("quisiera", "supiera", "pudiera", "fuera", "mirara", "bajara") como recordatorio de ese modo subjuntivo que diferencia al hombre, mera potencialidad, ser deseante, del indicativo sereno del pájaro.

sábado, 27 de julio de 2013

Sobras, Maite Dono

Sobras
Maite Dono
El Gaviero, 2013


UNA APROXIMACIÓN

La lectura de un poema como estructura incompleta, como improvisación en un discurso atrapado, enjaulado, como denegación que rompe a hablar. Esa lectura pide a su vez lectura, aproximación. El juego del poema se parece así al de la caza, la desnudez que se ofrece y enseguida se oculta, el cazador que sigue y es seguido. Mirar y ser mirado. La mirada en Sobras es todo lenguaje precisamente porque no lo es. Es un lenguaje (in)significante, esquizoide (personajes se interpelan en el poema), que alterna la confesión con la confrontación. El poema es el no-lugar, un tránsito, algo a lo que no hay que llegar.


Tun. tun.tun.tun.tun.tun. tun.tun.tun
Tun. tun. tun. tun. tun.tun.tun.tun.
Tun. tun. tun. tun…
Glenn, corres demasiado
Aún no he comprendido ese pasaje y tu grito
Tu silla rota
Mátame
Mátame
Mátame
Glenn mata a esta
Glenn mata a mí
Glenn me mata
Glenn a mí me mata
Glenn mata a Maite
Glenn mata a esta nadie

(Quede un espacio aquí para lo que se quiera)

(p.16)


LA ZONA ABISAL

Los poemas de Sobras –que pueden leerse como un único poema largo, sostenido– son en apariencia intentos, juegan a la dispersión, la reiteración, la enumeración ilógica y la yuxtaposición. Emplean el lenguaje interrumpido de la memoria puesta a discutir con otras voces, consigo misma. El balbuceo, la glosolalia, configuran un lenguaje que cuestiona la validez del propio lenguaje, algo así como un "a-logos" (olvidar lenguas maternas, p.46) que se mueve bien en esta zona abisal. Las imágenes dislocadas se suceden como una sesión de hipnosis, a borbotones, conformando una memoria de la memoria, un relato simbólico donde se trocea el yo, disuelto en un mundo igualmente disperso y troceado.

Más que fragmentación, hay que hablar de descomposición. Una fractura creadora: tortugamente (p.23), arrumacarnos (p.46), marmorir (p.47), impasado (p.77). Un vacío que habla. El espacio en blanco y la indeterminación (aquí, así, esto) construyen igual que la palabra, ponen al descubierto las fallas de un logos incapacitado que finalmente estalla en una multiplicidad de voces encontradas.

Decíamos que la mirada en Sobras es todo lenguaje. Pues bien, también hay que decir que la voz en Sobras es toda mirada:

Aquí
Aquí, aquí
Aquí, aquí, aquí
Aquí, aquí, aquí, aquí
Aquí, aquí, aquí, aquí, aquí
Aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí
Aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí
Aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí
Aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí
Aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí
Aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí,
Aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí,
Aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí,
Aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí,
Aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí,

(p.26)

Lo visual se da la mano con lo sonoro: un ritmo musical sostiene estos poemas. Canciones con estribillo punk, repeticiones obsesivas, caóticas (Y corro / Y me corro / Y corro / Y corro entre los fantasmas […] Y veo a mi madre / Y corro / Y me corro / Con mis botas lamo las calles / Con mis botas lamo tu cuerpo… p.32) para una violencia que hace dialogar el centro y las afueras. El trazo negro (centro, logos, palabra) y el espacio en blanco (espacio, afuera, indeterminación, nada). Pensar cómo sería si lo que significara fuera el blanco que rodea al negro de las palabras. Fuera del centro es donde está el centro: los márgenes son el centro.


EL SUJETO DESDOBLADO

Maite Dono (des)compone en Sobras un collage en poemas desconcertantes, entre lo subversivo, la iconoclasia y el sufrimiento. Y todo al final para hablar de amor, ese “bicho álgido”, sin renunciar a un lirismo casi desesperado y a una belleza turbadora:

La visión de dos árboles entrelazados, derramándose uno
En el otro
Muriendo uno en el otro
Es todo lo que busco
Así de sencillo

(p.52)

Dime a dónde voy
Y si amar no es una pérdida de tiempo
(p.99)

Seré siempre un diecinueve de zapato
También en el parque hay niños demasiado solos
Hay niños que masturban a los gorriones
Con deditos de lana
(p.20)

Pero no de cualquier forma. Llama la atención el desdoblamiento del yo, su radical heteronomía que lo convierte en rehén de sí mismo. Perseguido, hostigado y enjaulado, apenas si acierta a articular un lenguaje donde no se sienta sometido. Este lenguaje en su descomposición adquiere nuevos significados. Una palabra repetida una y otra vez se convierte en muchas palabras. La palabra “palabra”: ¿qué es? Si no me sirve, no vale nada. La doblo con las manos y con la lengua de las manos y ya sirve. ¿De qué? De nada.

(Soneto do animalbicho)

Solasolasolasolasolasola
Solasolasolasolasolasola
Solasolasolasolasolasola
Solasolasolasolasolasola

Solasolasolasolasolasola
Solasolasolasolasolasola
Solasolasolasolasolasola
Solasolasolasolasolasola

Solasolasolasolasolasola
Solasolasolasolasolasola
Solasolasolasolasolasola

Solasolasolasolasolasola
Solasolasolasolasolasola
Solasolasolasolasolasola

(p.68)

Se trata también de un yo rehén de su temporalidad: Avanzar al pasado (p.76), Quiere reconstruir mentalmente la cadera del pasado, (p.77). Ir hacia delante es ir hacia atrás. Cuanto más retrocedo, más avanzo. La pregunta es: ¿dónde llegar? ¿Hay un destino? ¿O el destino es aquí: una circularidad?

Un yo pasivo, receptor, femenino: Jugué a ser la mujer resignada (p.93); También recuerdo que me acarició el ojo derecho / con su asquerosa polla cobarde (p.93). Un yo sometido a vejaciones y con una decidida voluntad de ocupar el lugar de abajo, el de la humillación, la cosificación, el ser-objeto. Llevado al extremo, su voluntad es la desaparecer: O ver desaparecer el bosque como un ensalmo / Ella en él (p.103). Crear un bosque que nos contenga y hacerlo desaparecer.

Un yo escondido en las “limitrofías” y, lo que es más importante, privado de palabra. De ahí la identificación con el animal, con su lugar, es decir, su no-lugar:

Auhhh!!!!!
El grito de un perro magullado lleno de pus
Soy un perro
Soy un perro
Soy un puto perro y como mierda de perro
Me gusta la mierda
Comemierda
Comemierda
[…]

(p.89)

Pero este lenguaje del animal, como decía Heidegger “pobre en mundo”, se revela iluminado y hace a ese estar-abajo fecundo. El sujeto, que se nombra perrapoet, se presenta desde lugares no habituales. No la erección, el estar de pie, sino el “debajo de”, la animalidad, el sometimiento. Paradójicamente, pues el animal ha sido desde siempre desprovisto de respuesta, la animalidad supone, más allá de la denuncia de sometimiento, una apertura al otro. Una desnudez que apela directamente a la otredad, sin lenguaje, como veremos más adelante, por la emoción.

Es un yo como mancha: Donde yo no mire florecerán los lirios (p.94), También maté a un pollo porque lo amaba demasiado (p.94). Un yo que debe castigarse (Me odio, p.92) y estirarse para comprobar sus límites. El sometimiento ha hecho su trabajo: la mujer ya sufre la mancha, el pecado original:

En la celebración de mi útero
Pagando en libras de sangre
Manchándole el sofá francés a las damas remilgadas
Jodiéndolo todo
Me despierto
En mi braga, un apasionado mapa
De la Isla sur de Nueva Zelanda

(p.98)


NO HAY NADIE

Este romanticismo como presentación, exhibición o confesión del yo, muestra una necesidad de respuesta. Una desesperación por derribar el automatismo del diálogo ficticio según el cual, al no existir reacción, al no haber respuesta, tampoco hay que responder ante nadie y el discurso puede así ser un no-discurso, una denegación, porque no hay nadie:

Lo que amo demasiado no manifiesta su existencia
O es sólo ramaje

(p.96)

Pero esta soledad –casi ontológica– se sirve de la página en blanco para mitigarse. En la sección final “Those final creatures”, el yo parece por fin ubicarse con cierta comodidad entre sus iguales: criaturas de papel, igual de frágiles y semiocultas tras los barrotes de una “jaula dorada”. Desde dentro, el más leve gesto puede desencadenar una catástrofe interior. Por eso el yo se confiesa: Soy emoción / Soy la erección de una emoción, (p.109). Es interesante señalar aquí que el sujeto se ha erigido, se ha puesto en pie, –en contraste con el anterior “debajo de”– toma altura y compostura humana gracias, y esto es significativo, a la emoción.

El sujeto se define por su hipersensibilidad ante un mundo que le ha maltratado. Y por su capacidad de entrega absoluta, hasta el punto de la auto-aniquilación. Esta confesión de raíz romántica permite conocer un fondo de mayor calado: el Siento, luego existo (p.111), o el Atrás la cabeza, delante el alma (p.112), es una propuesta de ética anticartesiana, antilogocentrista. Un trabajo de éxtasis y de sublimación, de una violencia catártica, un verdadero vaciado emocional y cultural: el yo se mira en un espejo y ve palabras sin sentido, es un ser-palabra en un no-lugar y ama los restos, las sobras.


DENTRO Y FUERA

Este sujeto que se confiesa “ama de nada” prefiere situarse en los márgenes, en un “detrás de”, en una espera. Premeditar un abandono, anticipar los restos de lo que aún no es. El frío, la nieve, se instala dentro porque fuera aún no es. Como aún no es fuera, hay una intemperie dentro, un abandono a uno mismo, a nuestro rigor. Una rotura donde no existe el romperse, pues nadie atestigua siquiera con su ausencia lo que es. La dialéctica dentro-fuera vuelve a cobrar fuerza y al mismo tiempo a no tenerla. Sencillamente son piezas intercambiables. El dentro está fuera y el fuera está dentro. Todo es intemperie. “Haz todo de mí” (p.105) dice el sujeto. Solicita una presencia que la construya y la destruya. Me construyes porque me destruyes. Haciéndome me deshaces. En esta lucha, en esta necesidad, habría que entender el amor a las sobras como un ejercicio de esperanza, una apuesta a doble o nada en la que “la emoción debería destruirte, o instruirte un poco más".

P. Qué le gustaría plantar si aún no lo ha hecho?
R. Un poema hermoso, uno, por si fructificase

(p.114)


viernes, 26 de julio de 2013

Librería Juan de Mairena y la resistencia

Hace unos años viví en Lucena. Llegué allí para trabajar y, durante aquellos dos años entre la especial idiosincrasia lucentina, tuve ocasión de conocer la "resistencia", en palabras de Pipo, el librero José Trapiello. 

Lucena es un municipio con unas señas de identidad consolidadas y asumidas, que vive su propia tradición en torno a distintos motivos festivo-religiosos, deportivos y culturales. Un municipio orgulloso de sí mismo –su particular acento se estudia en la carrera de Filología hispánica– y al mismo tiempo acogedor; un municipio que ofrece atractivos turísticos e interés histórico, con un gran espíritu emprendedor y que, sobre todo, ha construido una identidad colectiva con vínculos basados en una especie de familiaridad o fraternidad aparente. 

Hoy,  casi cuatro años después de aquello, casi sin querer, he dado con la nueva librería Juan de Mairena abierta recientemente en Granada como la hermana menor de su homónima y precursora en Lucena. Digo hermana menor aunque, como es costumbre, ya aventaja en altura y cuerpo a la mayor. Ahí ha sido cuando Pipo, al preguntarle sobre la vida lucentina, ha hecho referencia a esa "resistencia" integrada por presencias ilustres como Carmen Anisa, Arcángel Bédmar o el mismo Pipo. Durante mi estancia allí, para qué negarlo, estuve del lado de la resistencia. Acudía varias veces en semana a-que-Pipo y, guiado por el consejo de Carmen, me dirigía directamente a la sección de pedidos. Allí encontraba dentro de una goma elástica los libros que unos días antes yo había dictado de mi móvil y Pipo había apuntado en su ordenador. Así conseguí, por ejemplo, Vivir es una obra maestra, libro de Jorge Eduardo Eielson publicado en Ave del paraíso. 

Contaré dos anécdotas de mis estancias en la librería de Lucena. La primera, más de sociedad, fue el encuentro con el poeta Jesús Aguado, ante el que, entre libros de texto y material escolar, fui presentado como poeta. Yo lo desmentí o corregí a Pipo añadiendo que más bien era profesor, a lo que Jesús Aguado concluyó diciéndome: "no te rebajes". La segunda, más de sucesos, ocurrió en una de mis visitas sin propósito, mirando títulos en las estanterías, cuando algo se me atascó en alguna parte inapropiada de la garganta haciéndome toser como un loco y casi cortándome la respiración. Duró unos cinco largos minutos, en los que agradecí que no hubiera nadie más que la dependienta de quien me despedí por señas, incapaz de articular palabra hasta media hora después. 

Pasé aquellos dos años con más comodidades que penurias y mucha más gratitud que indiferencia. Fui correspondido por aquel entorno que se me presentó como un azar mal buscado. Fui feliz en Lucena. Y sin embargo, en cuanto pude, me fui. La razón que esgrimí: apego a mi tierra de origen. Hoy, en esta librería lucentina fuera de Lucena, con un Pipo volviéndome a saludar con un ¡poeta! al entrar, he comprendido que quizás la razón fuera otra: yo estaba en la resistencia pero tenía miedo a no resistir. 

Pipo me ha contado que abrir una librería en una zona a las afueras de la ciudad es una apuesta. Que pretenden especializarse en literatura infantil y juvenil así como ofrecerse como un espacio activo de intercambio cultural en la ciudad. Que sigue con sus ferias del libro por toda Andalucía. Que vive de viaje entre Lucena y Granada, "esquizofrénico". Me ha devuelto cuatro años atrás. Mis viajes a Lucena, a Granada, las visitas a la librería, las expectativas, el trabajo, la soledad, los amigos, lo que resiste con los años. Pues eso, suerte y a resistir.

Perfil de la librería Juan de Mairena de Granada en Facebook
Página web de la librería


miércoles, 17 de julio de 2013

"La vaca", un poema de Eduardo Mitre

Obra poética (1965-1998)
Eduardo Mitre
Pre-textos, 2012


LA VACA

Eso, en el valle a lo lejos, no es una cabaña.
Eso, en el valle a lo lejos, es la vaca.
Paz forrada de viento: la vaca.
Agua y nieve el cielo
y la vaca leche y queso.
La vaca está comiendo para eso.
Ajena al tiempo
y a lo que pienso de la vaca
está la vaca.


La idea de un sentido, de una finalidad que justifique el hecho de que exista algo tan a priori sencillo como una vaca pastando. Pero también un sujeto de la enunciación que la mira, que recrea su porción de realidad donde se ha colado la imagen –quizás mental– de una vaca, la asimila y la enuncia hasta nosotros que somos su mirada diferida, su interpretación esperando refugio. Sin embargo, esa misma realidad, o más bien esa otra realidad no necesita al sujeto que la mira ni nos necesita a nosotros. (¿O sí?) Pues la vaca parece estar ajena al tiempo y a lo que él piense de ella y, obviamente, aún más ajena a lo que nosotros podamos pensar que él piensa de ella. Y esto me lleva a la siguiente pregunta: ¿qué piensa la vaca? ¿Qué piensa que él piensa sobre ella? ¿O qué piensa que nosotros pensamos pensarle él a ella? Además, está el concepto de la desnudez. Desnudez de medios digamos técnicos en el poema, desnudez expresiva y conceptual, y desnudez de la vaca ante una mirada también desnuda, cándida, infantil en sus preguntas y afirmaciones casi obvias.

La sencillez engañosa de este poema debe ponernos en guardia. Así debe operar la poesía, una puerta a lo que no se deja atrapar ni siquiera con la palabra, ni siquiera con el sentido.

martes, 16 de julio de 2013

El animal que luego estoy si(gui)endo, Jaques Derrida

El animal que luego estoy si(gui)endo
Jaques Derrida
Trotta, 2008

Se sigue de ahí que jamás tendremos el derecho de considerar a los animales como las especies de un género que se llamaría El Animal, el animal en general. Cada vez que "se" dice "El Animal", cada vez que el filósofo o quien sea dice en singular y sin más "El Animal", pretendiendo designar así a cualquier ser vivo que no sea el hombre (el hombre como "animale rationale" , el hombre como animal político, como animal hablante, zoon logon echon, el hombre que dice "yo" y se toma por el sujeto de la frase que él profiere entonces a propósito del susodicho animal, etc.), pues bien, cada vez el sujeto de esa frase, ese "se", ese "yo" dice una tontería. Confiesa sin confesar, declara, de la misma manera que un mal se declara a través de un síntoma, hace que diagnostique un "digo una tontería". Y este "digo una tontería" debería confirmar no sólo la animalidad que niega sino su participación comprometida, continuada, organizada en una verdadera guerra de especies. 
P. 48

lunes, 15 de julio de 2013

"20 de enero de 1993", un poema de Penelope Shuttle

"20 de enero de 1993"
del libro Building a city for Jamie
Penelope Shuttle

Me pregunto qué significa despertarme corriéndome.
Porque así es como me despierto hoy,
una hora antes de la alarma, en la oscuridad del invierno,
en una cama distinta a la cama en la que estoy durmiendo
pero que aún pertenece al sueño
y a todos sus absolutos.

Me pregunto qué amante que se desvanece tiene su lengua
tan clarividente entre mis piernas y por qué,
mientras me estremezco despierta desde el harén
–la hamaca leonada donde paso la noche–,
jadeo como si fuera la primera vez
que mi yoni suena de una forma tan dulce y peculiar.

Es como si todos los orgasmos fueran el primero,
y unidos los extremos el conjunto trajera horas
de felicidad –especialmente valiosas
en un mundo asolado por la guerra y el turismo.


poema traducido por Antonio Mochón

viernes, 12 de julio de 2013

"Agua negra", Lêdo Ivo

Aurora
Lêdo Ivo
Pre-textos, 2013
Colección La cruz del sur
Traducción de Martín López-Vega

No deja de causar admiración que un poeta en el final de su vida –de hecho se trata de un libro ya póstumo– quisiera abrir su próximo libro con un poema titulado “Aurora”, que además da título al libro. Como si sólo en la última parte del trayecto pudiéramos comprender y agradecer el don de la luz cotidiana. Sin embargo, esta clarividencia no ignora la realidad que se apaga, la tiniebla que vuelve. Y aquí está el prodigio de la voluntad: aun conociendo la certeza del fin, el júbilo por la existencia sigue siendo mayor.

Esta percepción gozosa del mundo se manifiesta en el poema con una serie imágenes sensoriales que buscan reproducir lo luminoso, el movimiento, lo viviente. Así, un descriptivismo entre nostálgico y celebratorio sirve de ancla a una vida que, a final de cuentas, nos debe más de lo que nos ha dado.

El marcado simbolismo procedente de la naturaleza, con la aurora como el primer y más importante motivo, recuerda aquel simbolismo intimista de Antonio Machado. En Lêdo Ivo, por coherencia con su tiempo, hay un mayor apego a la estampa urbana que, no obstante, conserva un cierto regusto edénico de desnudez e inocencia. Como el Machado ligero de equipaje, el poeta brasileño parece despedirse enarbolando una preocupación social y política y, por encima de aquella, el simple y puro amor.


AGUA NEGRA

Estoy de nuevo en Rotterdam
entre navíos y guindastes.
Bajo el sol que abriga el frío y la noche
muchachas rubias y espigadas caminan por las calles floridas sorbiendo helados
y los pedales de las bicicletas que cruzan los canales modulan el tránsito del tiempo
que se yergue en el aire como la corola de un tulipán.
En los escaparates de las tiendas los maniquíes inmóviles
me hacen señas, saben que soy un extranjero
y sus ojos ciegos se clavan en mí con amor.
Vengo de los pantanos.
En el cielo claro de Rotterdam
que rechaza aceptar la imposición de lo oscuro
la prolongada noche de verano
se cobra en mí promesas no cumplidas.
En la mesa del silencio deposito
mi disculpa y justificación.
Sólo merezco perdón y tolerancia.
Vengo de los pantanos y de las miasmas que hierven en el agua negra de las lagunas.
Y no he traído conmigo más que una patria perdida
y el recuerdo de un pubis muy amado.